
Palpitaciones, falta de aire, la sensación de que el corazón “aletea” dentro del pecho. Estos son síntomas que muchas personas asocian automáticamente con un episodio de ansiedad, y que con frecuencia se dejan pasar. Sin embargo, para una parte significativa de quienes los experimentan, la causa no es emocional, sino eléctrica: se trata de la fibrilación auricular (FA), la arritmia cardíaca más común, y el retraso en su diagnóstico puede tener consecuencias serias, explicaron expertos en la revista Parade.
El doctor Stuart Beldner, cardiólogo y electrofisiólogo del North Shore University Hospital at Northwell Health, en Manhasset, Nueva York, advirtió en declaraciones a la revista que este error de identificación es habitual en la práctica clínica. La FA puede aparecer y desaparecer, lo que lleva tanto a médicos como a pacientes a concluir que el problema es simplemente nerviosismo. “No es raro que un paciente llegue a la consulta y su ritmo cardíaco ya haya vuelto a la normalidad”, señaló.
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FA y ansiedad, dos condiciones distintas
La confusión tiene una explicación lógica: ambas condiciones producen palpitaciones y dificultad para respirar. Pero las similitudes se detienen ahí. La ansiedad es un trastorno de salud mental vinculado al estrés o a factores emocionales; la FA, en cambio, es una condición física originada en el sistema eléctrico del corazón: “Las aurículas son las cavidades superiores del corazón. Cuando las señales eléctricas se vuelven caóticas, irregulares y muy rápidas, esas cavidades se limitan a vibrar”, detalló Beldner.

Ese temblor constante de las aurículas impide que la sangre circule con normalidad y, cuando eso ocurre, es probable que se formen coágulos. “Si un coágulo se forma en el corazón, puede salir de él y provocar un accidente cerebrovascular (ACV)”, advirtió el cardiólogo. Más allá de ese riesgo, quienes padecen FA pueden experimentar fatiga, dolor de pecho, mareos y dificultad para respirar. En los casos más graves, la condición puede derivar en insuficiencia cardíaca congestiva.
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Un elemento clave para distinguirlas es la duración. Un pico de ansiedad o pánico tiende a ceder en un lapso de entre cinco y diez minutos. La FA, en cambio, puede prolongarse durante horas e incluso más tiempo. Esa diferencia temporal es uno de los indicios clínicos más útiles para orientar el diagnóstico.
Para llegar al diagnóstico más rápido, los dispositivos wearables —relojes inteligentes y similares— pueden resultar determinantes, ya que permiten registrar el ritmo cardíaco en el momento en que aparecen los síntomas y correlacionarlos con posibles desencadenantes.
Cuándo y cómo consultar a un médico
Frente a cualquier cambio en el ritmo cardíaco, Beldner recomienda consultar a un profesional de la salud para determinar la gravedad del cuadro. En casos de desmayo, dolor de pecho o dificultad respiratoria severa, la atención debe ser inmediata. “La pregunta más importante en medicina siempre es ‘por qué’”, enfatizó.
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Un cardiólogo puede realizar una evaluación completa que incluya la estructura del corazón, la función del músculo cardíaco y el estado de las arterias coronarias. También hay que tener en cuenta que ciertas condiciones pueden desencadenar FA de forma transitoria: infecciones, enfermedades pulmonares agudas, el estrés asociado a procedimientos quirúrgicos y alteraciones bioquímicas, entre otros factores.
Opciones de tratamiento según el diagnóstico
Si el diagnóstico confirma la presencia de FA, el abordaje puede incluir anticoagulantes para reducir el riesgo de coágulos, dispositivos mecánicos con el mismo objetivo, o un procedimiento de cardioversión para restablecer el ritmo normal. La condición es tratable y manejable cuando se detecta a tiempo.
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Para quienes, en cambio, experimentan taquicardia por ansiedad, Beldner sugiere técnicas de regulación como la respiración controlada —en particular la respiración en caja—, sumergir las manos en agua fría y la meditación.
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