
Un ensayo clínico halló que la dieta cetogénica logró mayores mejoras metabólicas y hepáticas que la mediterránea y una dieta baja en grasas, aun cuando las tres permitieron una pérdida de peso similar en adultos con obesidad, prediabetes e hígado graso. El trabajo fue publicado en Cell Metabolism.
El equipo encabezado por investigadores de la Universidad de Washington en St. Louis quiso responder una pregunta concreta: si dos personas adelgazan lo mismo, ¿da igual el tipo de dieta que siguieron?
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La respuesta del estudio fue que no del todo. Los tres planes alimentarios ayudaron a bajar cerca de un 10% del peso corporal, pero la composición de la dieta sí pareció influir en varios marcadores de salud.
Qué comparó el estudio sobre dieta keto, mediterránea y baja en grasas
El ensayo incluyó a adultos con tres rasgos comunes: obesidad, prediabetes y exceso de grasa en el hígado. Cada participante recibió todas sus comidas y colaciones, con menús ajustados al plan que le tocó al azar. Un grupo siguió una dieta cetogénica muy baja en carbohidratos, otro una dieta mediterránea y el tercero una dieta muy baja en grasas con predominio de alimentos vegetales.
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El seguimiento duró alrededor de cinco meses, hasta que cada persona alcanzó una reducción de peso cercana al 10%. Ese punto es central para leer los resultados: el objetivo no era solo ver qué dieta hacía bajar más kilos, sino qué ocurría dentro del organismo cuando la pérdida de peso era parecida.
El estudio comparó tres maneras muy distintas de comer para ver si eso alteraba la respuesta metabólica. Y la diferencia entre los planes fue amplia. En la dieta keto, solo el 4% de las calorías procedía de carbohidratos y el 73% de grasas. En la mediterránea, los carbohidratos representaron cerca del 50% y las grasas el 35%. En la dieta baja en grasas, los carbohidratos llegaron al 70% y las grasas al 15%.
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La dieta cetogénica mostró mejores resultados en hígado graso y prediabetes
Los tres grupos mejoraron: todos redujeron grasa corporal y mostraron una mejor respuesta a la insulina, la hormona que ayuda a que la glucosa entre en las células y permite que el cuerpo use mejor el azúcar en sangre. Pero cuando los investigadores observaron con más detalle los resultados del hígado, apareció la mayor diferencia.

El hígado del grupo keto respondió mejor a las señales metabólicas que ayudan a procesar energía y a regular la glucosa. La grasa hepática cayó un 67% en el grupo cetogénico, frente a un 45% en la dieta mediterránea y otro 45% en la dieta baja en grasas. También mejoró más la sensibilidad del hígado a la insulina.
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“Nos interesó mucho ver que varios aspectos de la salud hepática mejoraron más con la dieta cetogénica”, afirmó Max Petersen, endocrinólogo y primer autor del estudio. El investigador añadió que observaron mejoras en la grasa hepática, en la producción de grasa del hígado y en la producción de glucosa, todos indicadores que apuntaron en la misma dirección.
Otro dato llamó la atención del equipo. La mitad de los participantes del grupo keto dejó de cumplir criterios de prediabetes, frente al 29% del grupo mediterráneo y apenas el 7% del grupo bajo en grasas. La prediabetes es una situación en la que los niveles de azúcar en sangre están por encima de lo normal, aunque todavía no alcanzan el rango de diabetes. Dicho de otro modo, es una señal de alerta previa.
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Por qué los investigadores creen que la restricción de carbohidratos tuvo ese efecto

La hipótesis del estudio apunta a la reducción extrema de carbohidratos. Ese patrón alimentario habría mantenido bajos los niveles de glucosa e insulina en circulación. Esa combinación podría frenar la formación de nueva grasa en el hígado y favorecer el uso de la que ya estaba acumulada.
“Si solo un aspecto de la salud hepática hubiera mejorado, no habría resultado tan convincente”, dijo Petersen. Para el autor, el peso de los resultados estuvo en que varias mediciones mejoraron al mismo tiempo y no de forma aislada.
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El estudio también registró cambios hormonales. Quienes siguieron la dieta cetogénica mostraron un mayor aumento de glucagón y una caída más marcada de la insulina en sangre. El glucagón es una hormona que ayuda a movilizar reservas de energía y favorece que el cuerpo recurra a la grasa almacenada.
Uno de los puntos más comentados del ensayo fue que la dieta keto no empeoró los perfiles de colesterol pese a su alto contenido de grasas, incluidas grasas saturadas. “Nos sorprendió que, en nuestros participantes con obesidad metabólicamente no saludable, la dieta cetogénica no causó efectos dañinos en los perfiles de colesterol en sangre”, señaló Petersen.
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El trabajo se hizo en un grupo muy específico: personas con obesidad, prediabetes e hígado graso. Eso significa que sus resultados no pueden extenderse sin más a toda la población. Tampoco responde si una dieta baja en carbohidratos menos estricta produciría efectos parecidos ni si la keto mantiene esas ventajas a largo plazo.
La dieta mediterránea conserva una base de evidencia mucho más amplia en salud cardiovascular a largo plazo. Esa diferencia importa porque una intervención para bajar de peso no se mide solo por lo que ocurre en unos meses, sino también por su seguridad, su adherencia y sus efectos sostenidos en el tiempo.
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