
Lesley Brown empezó a sangrar en el colectivo que la llevaba de vuelta a su casa. Se había sometido a otro tratamiento más. Pero cuando vio la sangre, le dijo a su marido John que quería bajarse, que no podía más, que hasta ahí habían llegado. Lesley lo miró antes de tocar el timbre y le dijo una sola cosa más: “Voy a quedar embarazada y voy a tener una nena”. Después bajó del colectivo.
Llevaban nueve años intentando ser padres. El problema era claro: las trompas de Falopio de Lesley estaban bloqueadas y no había ninguna cirugía que pudiera resolver su problema. Así, ningún embrión podía llegar al útero por el camino natural.
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Pero había un médico en Oldham, al suroeste de Inglaterra, que llevaba años trabajando en algo que todavía no había adquirido un nombre por el que todo el mundo lo identificara y que la mayoría de sus colegas consideraba ciencia ficción: la fecundación de un óvulo fuera del cuerpo humano. El médico se llamaba Patrick Steptoe.
Un experimento en secreto
Robert Edwards era fisiólogo y había empezado a intentar fertilizar óvulos humanos fuera del útero en los años setenta. En 1969 lo había logrado por primera vez en un laboratorio. El siguiente paso era implantarlo en una mujer y lograr que el embarazo prosperara. Para eso necesitaba a Steptoe, ginecólogo experto en laparoscopía. Esa técnica permitía extraer óvulos sin cirugía abierta. Se conocieron, se llevaron bien, y empezaron a trabajar juntos.
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Lo hicieron en condiciones de secreto casi total. La competencia entre laboratorios de fertilidad era feroz. La oposición de grupos religiosos se hacía escuchar y la de la propia comunidad científica no era menor. Quienes se oponían al proceso hacían públicas todas sus sospechas y aseguraban que los científicos que intentaban desarrollar esa forma de reproducción humana “estaban jugando a ser Dios”.

En el equipo de Edwards y Steptoe estaba también Jean Purdy, una pionera de la embriología en el mundo entero: ella fue quien finalmente implantó el embrión de Louise en el útero de Lesley. Por ser mujer, la prensa de aquellos años la redujo a ser “la comadrona del parto”. Tuvieron que pasar décadas antes de que se reconociera su verdadero aporte al procedimiento.
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Los tres científicos trabajaron en una clínica pequeña en Oldham: contaban con la colaboración de mujeres que no podían concebir naturalmente y que estaban dispuestas a participar de un tratamiento experimental.
Grace MacDonald fue una de ellas: había leído un artículo en The Lancet sobre la investigación de Steptoe y Edwards y su deseo de tener un hijo la llevó a ofrecerse como voluntaria. “Era todo tan nuevo que cuando empezamos en Oldham nos hicieron jurar guardar silencio, creo que para nuestra propia protección”, recordó años después. “Había mucha controversia. Yo nunca lo vi como un acto de valentía: era simplemente determinación”.
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La vida en una cabina
El tratamiento era entonces irreconocible si se lo compara con cómo es actualmente. Las mujeres debían internarse durante dos o tres semanas. Vivían en los llamados Portakabins, que eran módulos prefabricados instalados en los terrenos de la clínica.
Tenían que recolectar toda su orina durante el tratamiento porque esa era la única forma de que los médicos monitorearan sus niveles hormonales, lo que significaba cargar grandes envases de plástico a todas partes. Y dentro de la clínica, las muestras se tomaban cada tres horas, incluyendo en el medio de la noche.
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“Nos levantaban en la madrugada y todas íbamos caminando y teníamos que orinar en un frasco para que pudieran monitorear nuestras hormonas. Eso nos ayudó a vincularnos entre nosotras”, recordó Lucy Daniel Raby, que pasó por ocho ciclos de tratamiento en los años ochenta antes de quedar embarazada.
Cuando las mediciones mostraban el pico hormonal que indicaba la ovulación, los óvulos tenían que extraerse exactamente 26 horas después. Eso significaba que el equipo médico se levantaba frecuentemente en la madrugada para operar.
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Después de la transferencia del embrión, las mujeres debían permanecer en cuclillas durante una o dos horas con la parte posterior del cuerpo elevada, porque se creía que la gravedad podía mejorar las posibilidades de implantación.
Nada de todo el esfuerzo requerido disuadía a las pacientes. Las listas de espera crecían. La tasa de éxito promedio en esos primeros años era de apenas el 12%: la gran mayoría de las mujeres que llegaban a Oldham no se iban con un bebé. Pero seguían llegando.
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Doce embriones, una bebé
De los doce embriones que se habían implantado con éxito en mujeres durante esa etapa del programa, cinco habían resultado en embarazos clínicos. Solo uno llegó a término. Louise Joy Brown, la hija de Lesley y de John, fue la única que nació viva. Si algo salía mal con ella, el programa entero podía clausurarse para siempre. Steptoe y Edwards sabían eso. Lesley también.

Por eso, cuando llegó el momento del parto, los médicos filmaron la cesárea para mostrar al mundo las trompas de Falopio dañadas de Lesley y demostrar que sus afirmaciones no eran un engaño. El quirófano estaba en semioscuridad para reducir el impacto sobre los ojos de una recién nacida que nunca había visto la luz.
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Hacia la medianoche del 25 de julio de 1978, Louise Joy Brown llegó al mundo. Pesaba 2,6 kilos. El equipo médico sugirió el segundo nombre, Joy —“alegría” en inglés—, para representar lo que ese nacimiento podría significar para millones de parejas en el mundo.
Inmediatamente después, Louise fue sometida a más de sesenta pruebas médicas para comprobar que su estado de salud era normal. Nadie sabía exactamente qué buscar ni qué esperar.
El nacimiento más esperado en 2000 años
Al día siguiente, el mundo entero sabía su nombre. Periodistas de medios de todo el mundo llegaron a Oldham para documentar lo que la revista Time llamó “el nacimiento más esperado en quizás 2000 años”. La cobertura fue global, instantánea y totalmente fuera de proporción con lo que la familia Brown podía manejar. Algunos criticaron a Lesley y a John por haber hecho tan público el nacimiento.
No todo el mundo fue hostil. Llegaron también cartas de apoyo de parejas que llevaban años sin poder tener hijos y que por primera vez sentían que había una puerta que se abría. Pero llegó también un paquete de California con un tubo de ensayo roto y un feto falso bañado en sangre falsa. Y cartas con letras rojas que simulaban gotear tinta.
Un mes después de su nacimiento, Louise fue presentada en televisión. Las imágenes recorrieron todo el mundo. Seis meses después, en enero de 1979, nació el segundo bebé concebido por fecundación in vitro: Alastair MacDonald, hijo de Grace, en el mismo hospital de Oldham. Era el primer varón. Para entonces, otros científicos en todo el mundo ya intentaban replicar el logro británico. Australia tuvo su primer éxito en 1980. Estados Unidos, en 1981.
Los médicos filmaron la cesárea. Los periodistas cercaron la casa. Los fanáticos enviaron paquetes. Y en el medio de todo eso, Lesley y John Brown intentaron criar a su hija lo más normalmente posible.
Cuando Louise tenía cuatro años, sus padres le contaron que era una niña-probeta. Ella no entendió nada de lo que le explicaron. Después fue al jardín de infantes, a la escuela primaria, a la secundaria. Cada tanto, algún móvil de televisión la interceptaba a la salida.
“Hubo una mañana que un móvil de TV me interceptó cuando salía para el colegio y mi mamá me volvió a meter en casa”, recordó Louise de adulta. “Pude salir por el patio trasero que daba a la casa del vecino. Allí me esperaba mi papá con el auto para llevarme a la escuela”.
Cuando empezó el colegio, los Brown tomaron una decisión: Louise se retiraba de la vida pública. No más tours, no más entrevistas, no más viajes para hablar de los beneficios de la fecundación in vitro. Aunque cada tanto, cuando había un aniversario redondo o algún acontecimiento, los periodistas volvían a aparecer en las calles del pueblo.
La vida de Louise
En 2006, Louise tuvo su primer hijo, Cameron John Mullinder. Concebido de manera completamente natural. En 2013 llegó el segundo, Aiden, también por concepción natural.
Su hermana Natalie, la cuadragésima bebé concebida por fecundación in vitro del mundo, se le había adelantado: en 1999 fue la primera “bebé probeta” en dar a luz un bebé concebido de forma natural.
En 2015, Louise publicó su autobiografía. En 2018, cuando cumplió cuarenta años, declaró: “No importa cómo haya nacido o fecundado. La vida es igual a la de los demás”. Ese mismo año participó en un acto en el Museo de Ciencias de Londres donde posó junto a la probeta —técnicamente, el desecador de vidrio— en la que su embrión había sido cultivado antes de ser transferido al útero de Lesley. Hoy esa probeta se exhibe en el museo como lo que es: una pieza histórica.
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