La insólita causa de la tragedia del Concorde: un motor incendiado, 114 muertos y la larga agonía del “Rey de los Cielos”

El avión supersónico más veloz del mundo no había protagonizado ni un solo accidente en más de treinta años hasta que el 25 de julio de 2000 uno de ellos se estrelló a segundos de despegar del Aeropuerto Charles De Gaulle, en París. La causa del accidente, la actitud de un piloto con sangre fría y la desconfianza del público que ya no quiso volar el que hasta entonces había sido considerado el avión más seguro de la historia

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accidente avión Concorde 25 de julio de 2000 París
El vuelo 4590 de Air France despegó de Charles de Gaulle con destino a Nueva York, se incendió en el motor número 2 y cayó cerca de Le Bourget en poco más de dos minutos (AP)

“Llegar antes de partir” decía el slogan con que Air France y British Airways promocionaban sus vuelos con aviones supersónicos Concorde y la frase era apenas exagerada porque ninguna otra aeronave comercial podía volar a una velocidad que permitía unir París con Nueva York en apenas tres horas y media de vuelo sobre el Atlántico, menos de la mitad de lo que necesitaban los Boeing para realizar el mismo trayecto.

El sueño de duplicar la velocidad del sonido se había cumplido en 1979, cuando el avión alcanzó una velocidad de 2.500 kilómetros por hora durante 53 minutos en un vuelo regular. Pero no se trataba solo de esa rapidez que permitía desayunar en la capital francesa y llegar a tiempo para almorzar en Estados Unidos. Sir David Frost, el famoso periodista británico, describió el vuelo a bordo de un Concorde como “la única forma en que, en la vida humana, uno podía estar en dos lugares a la vez”. Ningún otro avión de pasajeros podía volar tan alto: llegaba a los 18.000 metros de altura, lo que permitía a los viajeros observar la curvatura de la Tierra.

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Era, además, un avión de lujo, con capacidad para cien pasajeros, que sólo podían utilizar quienes desembolsaran los 9.000 dólares (unos 23.000 actuales) que costaba el pasaje. Claro que su andar silencioso, la canilla libre de champagne a bordo, los bocaditos de caviar y el catering preparado por los más famosos chefs franceses hacían olvidar el precio a los pasajeros que se acomodaban en sus filas de cuatro asientos, contra siete de los Boeing. Los ilustres pasajeros que lo utilizaban constituían un atractivo adicional. Un pasajero de Concorde podía toparse dentro de la misma cabina con celebridades como Sean Connery, Phil Collins, Robert Redford, Elton John o los miembros de la familia real británica. La Reina Isabel II, cuando viajaba en los Concorde de British Airways siempre ocupaba el asiento 1A.

avión Concorde
El avión supersónico Concorde volaba a 18.000 metros de altura y ofrecía un servicio de lujo para cien pasajeros con pasajes de 9.000 dólares (unos 23.000 actuales)

Se lo consideraba también el avión más seguro del mundo. A excepción de un aterrizaje con un neumático desinflado en 1979 en Nueva York, sin ninguna consecuencia, los Concorde ostentaban un récord que ningún otro modelo de aeronave podía exhibir: más de tres décadas de vuelos sin accidentes. Eso cambió de golpe y de manera trágica el 25 de julio de 2000, una fecha fatídica que marcó también el principio del fin del avión al que todo el mundo llamaba “el Rey de los Cielos”.

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Volar hacia la muerte

Los relojes del Aeropuerto Internacional Charles De Gaulle, en la capital francesa, marcaban exactamente las 16 horas, 44 minutos y 55 segundos, cuando el vuelo 4590 de Air France con destino a Nueva York carreteaba por la pista principal a más de 300 kilómetros por hora para levantar vuelo. De pronto, un grito desesperado del operador de la torre de control retumbó en la cabina del avión:

-¡Detengan el despegue! ¡Hay fuego en uno de los motores!

-Avería en el motor número 2 – respondió el piloto Christian Marty con voz calma -. El fuego se extiende. Es tarde para frenar. Subiremos y viraremos hacia Le Bourget para aterrizaje de emergencia.

El Concorde levantó vuelo, seguido por una larga estela de fuego que salía de su flanco izquierdo. El piloto lo hizo girar con una maniobra que pareció una pirueta, pero ya no había nada que hacer: el avión cayó sobre un maizal a cinco kilómetros de la pista, a pocos metros de un hotel y explotó. El reloj marcaba las 16.47, todo había ocurrido en poco más de dos minutos. Después de 31 años de surcar invicto los cielos del mundo, un avión Concorde sufría un accidente.

A bordo viajaban 100 pasajeros y 9 tripulantes. Con sus depósitos llenos de combustible, al tocar el suelo el avión estalló y se desintegró en miles de pedazos. Una de las partes incendiadas voló hasta un hotel de la cadena Hotelissimo, de 45 habitaciones, construido totalmente en madera. Las llamas se difundieron con rapidez y dejaron sin escapatoria a cinco huéspedes, que murieron quemados. El saldo total fue de 114 víctimas. Pronto habría una víctima más: el propio Concorde.

accidente avión Concorde 25 de julio de 2000 París
El Concorde era considerado el avión más seguro del mundo hasta el accidente del vuelo 4590 de Air France el 25 de julio de 2000 (Reuters)

Las primeras hipótesis

Desde el momento mismo en que se apagó el último foco de incendio, los bomberos dejaron las operaciones a cargo de un grupo de expertos aeronáuticos, que rastrearon las partes de los restos necesarias para las pericias del accidente. “Presten atención a ver si encuentran algún pájaro”, fue una de las órdenes que dieron. No descartaban que algún ave se hubiera introducido en el motor y causado la falla. A medianoche encontraron las cajas negras, que fueron llevadas inmediatamente a París. La investigación oficial, con la carátula de “homicidio involuntario”, quedó a cargo de la Fiscalía del Tribunal de Gran Instancia de Pontoise, que de inmediato ordenó la suspensión de todos los vuelos Concorde en Francia.

Casi al mismo tiempo, el director de Comunicaciones de Air France, François Bouzet, trataba de apagar otro incendio. Una de las primeras informaciones que lograron obtener los periodistas fue que el vuelo había despegado con 66 minutos de atraso por “inconvenientes técnicos”. Ahí podía estar la clave del accidente. En la conferencia de prensa que Bouzet brindó en el mismo Aeropuerto Charles De Gaulle, un cronista insistió en que explicara de qué inconvenientes técnicos se trataba.

-El piloto Christian Marty y el copiloto Jean Marcot ejercieron su derecho a exigir un chequeo técnico antes de partir – respondió Bouzet.

-¿Qué resultó de esa revisación? – repreguntó el cronista.

-El comandante Marty insistió en que se reemplazara una pieza del motor número 2 del avión…

-¿Podría identificar la pieza? – lo interrumpió el periodista.

-El rear thrust (impulsor de reversa) – dijo Bouzet y esperó la pregunta que no podría evitar.

-¿No fue el motor número 2 el que se incendió?

-Sí, pero es absolutamente imposible en este momento atribuir a esa reparación el origen del accidente. Ruego que no se dejen llevar por rumores infundados – contestó. Era la única respuesta posible.

Rumores supersónicos

Veinticuatro horas después del accidente, los rumores volaban a una velocidad que superaba a la de los Concorde. Uno de ellos era muy sugestivo: si había una falla en alguno de los motores, una alarma debería haber sonado en el momento en que se iniciaban las tareas de despegue, lo que habría permitido que el piloto lo abortara. Si la alarma no había sonado, era evidente que los sistemas de seguridad habían fallado. Era una de las líneas de investigación que estaban siguiendo los expertos. “El piloto se dio cuenta de que había una avería en el motor número 2, pero ya no estaba en situación de poder frenar el aparato debido a la velocidad”, adelantó ese mismo día la vocera de la Fiscalía, Elizabeth Senot.

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El accidente del Concorde dejó 114 muertos, entre los 109 ocupantes del avión y cinco huéspedes de un hotel alcanzado por los restos incendiados (Reuters)

André Turcat, el piloto que había comandado el primer vuelo experimental de un Concorde en 1969, arrojó más leña al fuego, si eso era posible. El experimentado aviador creía que la causa era mucho más grave que una falla del motor. “De ser así, la tripulación habría podido constatarlo cuando el avión iba a una velocidad de 300 kilómetros por hora. A esa altura todavía es posible frenar el avión. Es algo bien demostrado, certificado y para lo cual todos los pilotos Concorde han sido entrenados. De modo que tuvo que ser algo mucho más grave”, dijo y multiplicó las sospechas de que la empresa intentaba ocultar la verdadera causa de la tragedia.

Pronto terció en la cuestión el vocero de Roos Royce. Con el motor Snecma Olympus en la mira de todo el mundo, la empresa salió a defender su producto. “En 24 años de ejercicio y casi un millón de horas de vuelo, jamás se experimentó el más mínimo problema”, explicó desde Londres el director de Relaciones Públicas de la compañía, Steve Fushelberg.

Otro dato relevante que comenzó a circular fue que el Concorde del accidente era el más antiguo de los 13 que estaban en operaciones. Había sido fabricado en 1975 y tenía 11.989 horas de vuelo. El año anterior le habían hecho un chequeo completo y cuatro días antes de la tragedia había pasado su último control reglamentario. Sin embargo, los medios se preguntaron si el revolucionario avión supersónico no se estaría poniendo viejo para volar.

Una pirueta heroica

Luego de la tragedia de Le Bouget, los vuelos de aviones Concorde fueron suspendidos más de tres meses, mientras duró la investigación sobre la causa del accidente. El resultado del trabajo de los peritos fue sorprendente: lo que originó el accidente fue un descuido que nada tenía que ver con el avión, ni con sus mecánicos, ni con los pilotos. La Oficina Francesa de Investigación de Accidentes Aéreos determinó, a partir del contenido de las cajas negras y del análisis de los restos, pero fundamentalmente por el análisis de grabaciones de video del Aeropuerto, que la falla en el avión había sido causada por una cinta metálica que se había desprendido de otro avión, un DC-10 de Continental Airlines que había despegado minutos antes que el Concorde.

accidente avión Concorde 25 de julio de 2000 París
Los peritos determinaron que una cinta metálica desprendida de un DC-10 de Continental Airlines perforó un neumático del Concorde y desencadenó el incendio (Reuters)

Ese fragmento de metal que había quedado sobre la pista sin que nadie lo viera perforó uno de los neumáticos del Concorde cuando el avión ya estaba a 300 kilómetros por hora. El neumático explotó y uno de los trozos de goma que se desprendieron golpeó contra uno de los tanques de combustible, lo que hizo reventar una de las válvulas situada en el ala izquierda. Eso había provocado una fuga de combustible que, al entrar en contacto con las chispas de un cableado afectado por el golpe, provocó el incendio.

Las grabaciones de las cajas negras del Concorde revelaron también que, gracias a una acción heroica y desesperada del piloto del avión, se había evitado una catástrofe mucho peor. La pirueta extraña que el Concorde había hecho en el aire antes de estrellarse se debió a que el comandante Christian Marty había tenido la lucidez – ya con la seguridad de caer a tierra y morir – de cambiar el rumbo del avión para impedir que cayera sobre un área poblada, donde había un hospital y varios hoteles. De no haberlo hecho, el número de víctimas se hubiese multiplicado. “Si no fuera por el piloto, la tragedia podría haber sido mucho mayor: cuando vio que ya no podía dominar el aparato y que iba a caer, evitó la aglomeración de hoteles de Le Bourget y con una enorme sangre fría apuntó a una zona descampada”, dijo el vocero de los investigadores.

La heroica acción del piloto Christian Marty hizo que un colega ya retirado, el excomandante de Concorde Claude Hetru, se sumara a lo que había establecido el informe: “Cuando uno pilotea un Concorde no está piloteando un avión, está piloteando un Concorde. Es algo especial, único… Y sus pilotos, perdonen la falta de modestia, también lo somos”, declaró.

El 6 de diciembre de 2010 – más de una década después del accidente -, Continental Airlines y John Taylor, uno de sus mecánicos, fueron declarados culpables por homicidio involuntario, al ser responsabilizados por el desprendimiento de la cinta que había causado en accidente del vuelo 4590. Ya era tarde. Hacía siete años que los aviones Concorde habían dejado de volar.

Los vuelos del final

Desde el accidente del 25 de julio de 2000, el número de pasajeros de los aviones supersónicos bajó tanto que hizo económicamente insostenible hacerlos despegar. A eso se agregaron las secuelas del atentado contra las Torres Gemelas, en septiembre de 2001, que afectaron la demanda de pasajes de todas las compañías aéreas y terminaron de sellar el destino del rey de los cielos.

Concorde avión supersónico
La caída del Concorde aceleró el final del avión supersónico, y Air France y British Airways retiraron sus vuelos en 2003 tras la baja de pasajeros y el impacto del 11 de septiembre (Wikipedia)

El miércoles 26 de noviembre de 2003, el avión supersónico Concorde G-BOAF, de British Airways, apuntó a la pista y aterrizó suavemente en la pequeña terminal aérea de Bristol Filton, en el suroeste de Inglaterra, como escala final antes de ser trasladado al Museo de Aviación. Así, discretamente, el avión más lujoso, rápido y glamoroso del mundo daba sus hurras finales luego de más de tres décadas de atravesar el Atlántico en los vuelos de menor duración de la historia de la aviación comercial, uniendo París y Londres con Nueva York.

La ceremonia final, con ese viaje de exhibición desde el Aeropuerto de Londres-Heathrow, sobrevolando el puente colgante Clifton antes de tocar definitivamente tierra en la pequeña pista de Bristol Filton, fue también la culminación de la crónica de una muerte que había sido anunciada en abril de ese mismo año, cuando Air France y British Airways habían informado el inminente final de sus vuelos con el avión supersónico.

La agonía de los Concorde había sido larga y dolorosa, pero sus vuelos finales – porque hubo más de uno - se parecieron a esa mejoría que algunos pacientes muestran poco antes de morir. En tiempos que la demanda de asientos había bajado de manera drástica, esos últimos vuelos se hicieron con los aviones llenos. Después de anunciar que retiraría a los Concorde de su flota, Air France realizó el último vuelo comercial transatlántico} el 30 de mayo de 2003, desde París a Nueva York, con un avión cuyo pasaje estaba integrado exclusivamente por personalidades y empleados jerárquicos de la empresa. Luego, el mismo avión hizo varios vuelos de exhibición en territorio estadounidense hasta volver a Francia el 27 de junio, cuando aterrizó en Toulouse para no despegar nunca más.

British Airways ofreció un programa de despedidas mucho más prolongado, en tiempo y en distancias. Era como si el Concorde se negara a pasar a retiro. La compañía de aviación inglesa hizo un recorrido final por Canadá y los Estados Unidos, que empezó el 1° de octubre en Toronto y terminó el 14 de ese mismo mes en el Aeropuerto Dulles de Washington D.C. A eso siguió otra gira de exhibición por el Reino Unido, durante la cual los Concorde de British visitaron Birmingham, Belfast, Manchester, Cardiff y Edimburgo, viajando siempre desde el Aeropuerto de Heathrow a baja altura que todos pudieran verlos desde tierra. El destino final del último de los Concorde que levantó vuelo fue ese pequeño aeropuerto de Bristol Filton, casi a la vista de nadie, como para que esa especie de muerte del avión supersónico más rápido de la historia tuviera una debida y respetuosa intimidad.

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