
Cuando el 24 de julio de 1917 Margaretha Geertruida Zelle se sentó por primera vez en el banquillo de los acusados frente al tribunal militar francés que iba a juzgarla a puertas cerradas sabía que su suerte estaba echada. Llevaba siete meses detenida y se la acusaba de alta traición por espiar a favor de Alemania, actuar como agente doble, mantener contactos con agentes enemigos en España, Holanda y Francia, y de proporcionar información confidencial sobre el movimiento de tropas para una próxima ofensiva francesa que había costado la vida de unos 50.000 soldados aliados.
Sabía, porque su propio abogado defensor, Édouard Clunet, se lo había dicho, que el juicio sería en realidad una farsa urdida por el alto mando francés para desviar la atención del público de sus propios errores militares y que ella, la muy famosa Mata Hari, era el chivo expiatorio ideal para lograrlo. No solo era conocida por su arte como bailarina, sino por su vida disipada y sus amoríos, faltas graves para la pacata sociedad de la época, y mucho más en tiempos de guerra. Que a eso se le sumaran cargos de espionaje se convertía en un cóctel fatal. De hecho, Clunet le anticipó que los jueces del consejo de guerra le impedirían interrogar a los testigos de la fiscalía y que le habían negado el derecho de examinar a fondo las pruebas que decían tener contra ella.
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Durante los interrogatorios y luego a lo largo del proceso judicial, Mata Hari siempre sostuvo que no había dado a los alemanes ninguna información de valor a pesar de la oferta que le hicieron porque lo habría considerado una traición a Francia, su país de adopción. Existe una versión – nunca comprobada, porque fue un proceso secreto - que cuenta que frente a los jueces se defendió con esta frase: “¿Una prostituta? Sí, pero una traidora, ¡nunca!”, dijo. De nada le sirvió: fue condenada a muerte.
Los últimos minutos de su vida, la madrugada del 15 de octubre de 1917, cuando enfrentó las bocas de los fusiles de doce soldados franceses, han sido contados de cien maneras diferentes, todas ellas novelescas. Su traslado, elegantemente vestida y maquillada, en un auto oscuro desde la prisión de Saint Lazare, en el centro de París, hasta el lugar de su ejecución; su negativa a que le vendaran los ojos, el desafiante beso que lanzó a sus ejecutores antes de ser atada al poste y luego de haber desprendido los botones delanteros de su blusa en un último striptease son algunos de los supuestos gestos que ayudaron a construir ese relato.
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Las crónicas que se escribieron sobre su muerte son contradictorias. Una nota de segunda mano en el diario estadounidense The New Yorker dice que enfrentó la ejecución vestida con “un elegante traje a medida amazónico, especialmente hecho para la ocasión y un par de guantes blancos”, mientras que un periódico francés la describe con tapado, blusa escotada y tocada con un sombrero tricornio elegido por sus acusadores para que usara en el juicio y que era “el único atuendo completo y limpio que tenía en prisión”. Tal vez el relato más fidedigno del momento de su muerte sea el del periodista británico Henry Wales, testigo del fusilamiento, escrito muchos años después de aquella madrugada de octubre en las afueras de París. Dice que después de escucharse los disparos Mata Hari fue cayendo “lenta, inerte, se acomodó de rodillas, con la cabeza siempre en alto y sin el menor cambio de expresión de su rostro. Por una fracción de segundo pareció tambalearse allí, de rodillas, mirando directamente a los que le habían quitado la vida. Luego cayó hacia atrás, doblando la cintura, con las piernas dobladas debajo de ella. Un suboficial se acercó a su cuerpo, sacó su revólver y le disparó en la cabeza para asegurarse de que estaba muerta”.
Ese mismo día nació la leyenda de que construyó como una gran espía, que se fue agigantando con el paso del tiempo y que dio lugar a innumerables libros y películas. Recién un siglo más tarde, con la desclasificación de una serie de documentos secretos, se conoció la verdad: Mata Hari no fue la espía fatal que pinta el mito y jamás reveló a los alemanes información estratégica, sino apenas simples chismes e historias de la vida íntima de algunos oficiales franceses.
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Una mujer desesperada
Margaretha Geertruida Zelle nació en los Países Bajos el 7 de agosto de 1876. Debió dejar los estudios secundarios por un hecho confuso: algunas versiones aseguran que fue amante del director del colegio; otras, en cambio, aseguran que sus padres la sacaron de las aulas porque era víctima de acoso. Después de eso, dejó la casa paterna para ir a vivir con su padrino, donde tampoco la pasó bien.
A los 18 años, desesperada por escapar del ambiente asfixiante en el que vivía, respondió a un anuncio publicado en un periódico por el capitán Rudolf MacLeod. Decía: “Oficial destinado en las Indias Orientales holandesas desearía encontrar señorita de buen carácter con fines matrimoniales”. El aviso era en realidad una broma de un amigo del militar, pero a MacLeod le gustó Margaretha. Se comprometieron una semana después de conocerse y se casaron en julio de 1895.
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El capitán fue destinado a Java, en la actual Indonesia, por lo que poco después la pareja se trasladó allí. Parecía un lugar de paraíso, pero para Margaretha se convirtió en un infierno en el que estaba atrapada, presa de un marido alcohólico y golpeador que la engañaba a la vista de todos. Tuvieron dos hijos, Norman y Jeanne, pero el varón murió cuando tenía dos años, supuestamente envenenado por uno de los sirvientes de la casa. Volvieron a Europa en 1902 y el matrimonio terminó viniéndose abajo cuando a Margaretha le diagnosticaron una sífilis que solo podía haberle contagiado su marido, al cual ella se había mantenido hasta entonces fiel. El divorcio la dejó sola y por su cuenta, porque MacLeod consiguió la custodia de su hija, le negó la posibilidad siquiera de visitarla y también se quedó con todos los bienes familiares.
Margaretha debió buscar una manera de ganarse la vida y lo hizo con lo único que sabía hacer. Durante su estadía en Java, había aprendido a bailar las danzas locales y también algo de la cultura javanesa. Con esos dos elementos decidió crear un personaje, “Mata Hari” (“Ojo del Sol”, en malayo), una princesa de Java que había llegado por razones misteriosas a París. “Mi madre, gloriosa bayadera del templo de Kanda Swany, murió a los catorce años, el día de mi nacimiento. Los sacerdotes me adoptaron y me pusieron Mata-Hari, que quiere decir ‘Ojo del sol’”, contaba para reforzar su imagen exótica.
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Dio los primeros pasos de su carrera en un circo, donde asombró al público unas supuestas danzas sagradas del hinduismo que en realidad eran bailes eróticos de su propia invención. Su fama transcendió pronto la carpa del circo y la llevó a presentarse en teatros y a ser contratada en fiestas privadas. Se presentaba como bailarina exótica pero el verdadero atractivo de sus bailes radicaba en que poco a poco se iba sacando la ropa hasta quedar casi desnuda. Cuando terminaba, su única prenda era un peto enjoyado que le cubría los senos. Una inédita audacia para la época y también pasto para el escándalo. “De una u otra manera ella inventó el striptease como forma de danza. Tenemos su álbum en la exhibición y hay montones de recortes de periódicos y fotografías. Era una celebridad”, la describe Hans Groeneweg, curador del Museo Fries, en Leewarden, la ciudad natal de Mata Hari.
En lo económico le iba más que bien. Además de ganar buen dinero con esos bailes, a cuyos ingresos sumaba los pagos y regalos que comenzó a recibir sus amantes, casi todos empresarios ricos y militares relacionados con el poder político francés. Estaba en eso cuando estalló la Primera Guerra Mundial y su vida dio el vuelco que la llevaría a la muerte.
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Los unos y los otros
Aunque tenía su residencia en París, Mata Hari realizaba presentaciones en diferentes países de Europa, algo que pudo seguir haciendo a pesar de la guerra por ser ciudadana de un país neutral. Fueron su fama como bailarina, su acceso a militares y personajes del poder y esa libertad para moverse libremente en diferentes países los que la pusieron en la mira de los servicios de espionaje de las naciones enfrentadas en la Primera Guerra Mundial.
Los primeros en contactarla fueron los alemanes y poco después lo hicieron los franceses. Mata Hari aceptó trabajar para los dos. Aquí las versiones que corrieron durante años son contradictorias: unas dicen que la bailarina comenzó a espiar para los franceses sin avisarles que la habían contactado los alemanes, otras aseguran que la inteligencia francesa estaba al tanto y que la utilizaba como doble agente.
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Los alemanes la captaron en 1914, cuando estaba actuando en Berlín y era amante del jefe de policía de la ciudad, que la contactó con Eugen Kraemer, un alto jefe de la inteligencia alemana. Así se convirtió en la agente H-21 de las fuerzas prusianas. Al volver a París la contactó el capitán Georges Ladoux, oficial del contraespionaje francés, que le ordenó seducir y espiar al embajador alemán en Madrid para obtener información. A partir de ese momento, multiplicó las misiones para uno y otro lado, aunque documentos desclasificados casi un siglo más tarde revelan que pocas veces obtuvo información relevante.

En cambio, los informes detallan paso a paso sus movimientos: “en junio de 1916 entabló relación con los militares de todas las nacionalidades que estaban de paso por París. Así, el 12 almorzó con el subteniente Hallaure, del 15 al 18 vivió con el comandante belga De Beafour, el 30 durmió con el comandante de Montenegro, Yovilchevic, el 3 de julio se acostó primero con el subteniente Gasfield y después con el capitán Masslov, el 4 de julio con el capitán italiano Mariani y el 16 con los oficiales irlandeses Plankette y Brien”, enumera uno de ellos.
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En enero de 1917 la inteligencia francesa interceptó un mensaje de Alemania que daba datos del agente H-21, revelando su identidad. Aparentemente fue una maniobra de los alemanes que buscaban generar confusión y distraer a los franceses, entregando un agente que ya no les servía. Pero si la inteligencia francesa se dio cuenta, no lo demostró. Ellos también la necesitaban, pero para contrarrestar las derrotas que venían sufriendo. Fue el final de la carrera de Mata Hari. Después de ser utilizada por los servicios secretos de los dos países se había vuelto prescindible y su vida pasó a ser descartable.
La detención y la farsa
Mata Hari fue detenida el 12 de febrero de 1917 por el Deuxieme Bureau – el servicio de inteligencia francés –, que la presentó como espía y traidora. A partir de entonces se desarrolló un montaje teatral para construir el chivo expiatorio que necesitaba Francia para justificar sus pérdidas en la guerra. “Cuando fue arrestada la guerra iba muy mal para los franceses y ella era extranjera, muy atractiva, tenía relaciones con todo el mundo y vivía con ostentación, mientras los parisinos no tenían pan. Había mucho resentimiento en su contra”, explica Pat Shipman, autora de Femme Fatale: Love, Lies, and the Unknown Life of Mata Hari, una pormenorizada biografía publicada en 1965.

A lo largo del juicio los agentes de inteligencia desmontaron la historia de la “princesa de Java”, el personaje que Mata Hari había creado para los escenarios, pero lo usaron convenientemente como prueba que se trataba de una mujer que había vivido del engaño. Ninguno de sus amantes intervino para salvarla. Fue un proceso irregular en el que no se garantizaron sus derechos de defensa y se presentaron pruebas fabricadas por los propios mandos de la inteligencia francesa.
Inevitablemente condenada a morir frente a un pelotón de fusilamiento, la madrugada del 15 de octubre de 1917 Margaretha Geertruida Zelle fue llevada desde la prisión de Saint Lazare a Chateau de Vincennes, en las afueras de París, donde fue ejecutada. Nadie reclamó su cadáver, que fue entregado a la escuela de medicina de París donde se lo usó en clases de disección. Su cabeza se preservó en el Museo de Anatomía, de donde desapareció misteriosamente años después. Se presume que fue robada por un coleccionista de gustos truculentos.
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