
A pesar de la vida nómade y algo aventurera que fue la suya en sus tiempos de corresponsal de guerra, y a pesar de un oficio —el de escritor— que se suele asociar a la bohemia, Arturo Pérez Reverte es un hombre de rutinas bastante estrictas, de concentración en el trabajo y de pocas distracciones.
“Si no estoy de viaje, me levanto cada día a las ocho de la mañana, hago ejercicio en el jardín y después una ducha. Trabajo hasta las tres de la tarde, más o menos”, sintetiza.
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Casi como un trabajador de oficina, mantiene un horario fijo para sus diferentes actividades. Y aunque no tiene otro jefe más que sí mismo, respeta esa disciplina autoimpuesta. “Soy mi propio jefe y yo decido el ritmo, procurando siempre que sea eficaz”, explica.
Una de sus conclusiones es que lo importante no es tanto levantarse muy temprano, como hacerlo siempre a la misma hora. Y asegura que esa es una de las claves de su éxito profesional: ser “un hombre muy disciplinado que siempre cumple sus rutinas diarias”.
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Salvo los días jueves, cuando asiste a la RAE —la Real Academia Española de la que es miembro y en la que siempre da que hablar por su encendida defensa del correcto castellano—, trabaja todos los días “laborables o festivos”.
Se permite de tanto en tanto algunas escapadas, pero incluso éstas son recreos para poder volver a concentrarse: “Cuando estoy harto, me voy a navegar, cargo las pilas y vuelvo a trabajar”.
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Pérez Reverte, de 74 años, vive en una casa en las sierras a 40 kilómetros de Madrid, situación que le garantiza cierto aislamiento y el poder eludir compromisos sociales y otras distracciones y concentrarse en el trabajo.
Desde la Editorial Zenda, por él mismo fundada, informan que allí tiene “tres escritorios en el sótano donde construye sus ficciones: uno para crear, otro para revisar y el tercero reservado para otros materiales del universo de sus novelas”.
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Pérez Reverte cuenta que sólo escribe cuando está en su casa. Mientras viaja o navega, se dedica a leer o a lo sumo a corregir alguno de sus textos.

El trabajo de escribir lo asume como una jornada laboral cualquiera: “Escribo cinco o seis horas cada día”. Horas que se vuelven 8 ó 10 sumando las de lectura y corrección, por lo general, de tarde.
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“Raro es el día de trabajo que hago menos de página y media, y raro es el que sobrepaso las cuatro. Por ahí anda la media”, dijo en una entrevista con el sitio de crítica literaria Hislibris.
Las horas de trabajo solo las interrumpe con una pequeña pausa a media mañana, de entre 15 y 20 minutos, y luego retoma la escritura hasta las dos o dos y media de la tarde. La mañana está consagrada a redactar nuevo texto, la tarde a la revisión.
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Es evidente que tiene una gran capacidad de concentración ya que asegura que sólo se levanta “un momento a tomar un café, pero nada más”.
En una charla con Jorge Carrillo (Jordi Wild) para el podcast The Wild Project, habló una vez más sobre la vejez: “Antes teníamos la necesidad social de escuchar a las personas mayores que transmitían su experiencia. Era útil porque cuando llegaba el dolor y el sufrimiento, que siempre llega, sabían cómo afrontarlo. Eso lo hemos ido perdiendo”, dijo.
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“La vejez es fea y se arrincona. Todos tenemos que ser guapos y jóvenes. El viejo queda fuera. Es un error enorme que estamos cometiendo en Occidente y en Europa —insistió—. Eso no sucede en África, en Asia, en América del Sur, donde la gente mayor sigue siendo una referencia y la joven calla”.
Él por su parte no se descuida; al contrario, a sus 74 años mantiene en lo físico la misma constancia que en lo intelectual: “Si te mueves, si nadas y caminas, si viajas y si haces cosas con la cabeza también, imagino que eso ayuda a envejecer despacio”, fue su respuesta ante la pregunta por lo que hace para mantenerse en forma.
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En resumen, dedica tiempo a esas actividades clave para un envejecimiento saludable. Moverse —sobre todo caminar—, reducir el sedentarismo para activar el metabolismo y la circulación y fortalecer el sistema cardiovascular. La caminata ofrece la ventaja de no afectar las articulaciones como pueden hacerlo ciertos deportes más exigentes.
La natación es incluso más beneficiosa en ese sentido ya que al realizarse en el agua se evita que el peso corporal impacte en las articulaciones, a la vez que se trabaja la fuerza y la capacidad cardiovascular de forma equilibrada. Este deporte está especialmente indicado a partir de los 65.

Finalmente, no hay modo de exagerar los beneficios de la actividad mental. Mantener la cabeza activa —a través de la lectura, la escritura o nuevos aprendizajes— permite ejercitar la memoria y la atención, y ralentiza el deterioro cognitivo y neurológico.
Temores futuros
Parte de su actividad como intelectual es la reflexión sobre los problemas de su tiempo. Mantenerse conectado con la realidad e informado es otra actitud que contribuye a evitar la declinación de las facultades y a mantener un espíritu positivo. Aunque las noticias del mundo no sean alentadoras, es esencial considerar que se tiene algo para decir y aportar, aunque más no sea en el círculo reducido de familia y amigos.
En el caso de Pérez Reverte, su fama como escritor amplifica todo aquello que suele decir sobre lo que acontece en su país y en el mundo.
En la citada entrevista con Carrillo, expresó su recelo respecto de la creciente dependencia tecnológica y los riesgos que ésta conlleva: “Cuando venga el apocalipsis digital, que va a venir, no tengo la menor duda... Yo no voy a estar, pero va a venir. Y va a ser muy desagradable. Solamente sobrevivirán aquellos que estén preparados para saber diferenciar, para saber cuál es bueno y el malo, si eres víctima o verdugo”.
Y señalaba: “Hay tres posibilidades. O tú eres dueño de tu vida digital dentro de lo que cabe, con sentido común, manteniendo una actitud lúcida, despierta, o la otra posibilidad es que el Estado te controle, te estén dando el sesgo de información. Saben que te gusta la música, que te gustan los videojuegos, y te la van a meter. Esa es la segunda posibilidad”.
“Y la tercera —siguió diciendo— es cuando el Estado pierde el control, cuando sea incapaz de controlar siquiera la manipulación. Cuando ya todo sea tan caótico que el mundo se convierta en un sálvese quien pueda. Eso sí que va a dar miedo, porque entonces ni siquiera va a haber un malo al que cortar el cuello. Ya no sabrás a quién atacar ni dónde está la amenaza”.
Luego ponía un ejemplo acerca de cómo esta dependencia nos vuelve vulnerables: “La gente piensa que un teléfono móvil se enchufa directamente y ya está. Y yo me he pasado la vida en lugares donde no había luz. Si todo se va al diablo, ¿dónde enchufas el ordenador y el teléfono? Como la supervivencia ya depende de la tecnología, cuando falle, ¿cómo va a ser? Ponerse en manos de la electricidad y la tecnología para todo nos hace tan vulnerables como nunca lo hemos sido”.
Cerraba estas reflexiones con una nota pesimista, o realista, según se mire: “Imagínate un apagón de un mes, o de seis meses, o de un año. Entonces, ¿qué vas a hacer? Yo creo que estamos a tiempo de cambiar, pero no vamos a cambiar. El hombre es el animal más estúpido de la creación”.
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