El consumo de barritas de chocolate, patatas fritas, pizzas precocinadas y demás comida “basura” tiene un impacto en la actividad cerebral, como demuestra un reciente estudio publicado en la revista Nature Metabolism. El exceso de alimentos de este tipo provoca un patrón cerebral similar a los observados en las personas con obesidad.
La investigación ha comprobado que la comida “basura” es capaz de cambiar los patrones del cerebro en adultos jóvenes sanos, aunque el peso y la composición no se vieran alteradas. “No esperaba que el efecto fuera tan claro en una población sana”, confiesa la neurocientífica y directora del estudio Stephanie Kullmann de la Universidad de Tübingen (Alemania).
No obstante, el fisiólogo Christoph Buettner, de la Facultad de Medicina Robert Wood Johnson de Rutgers en New Brunswick, Nueva Jersey (Estados Unidos) considera que es importante tener en cuenta una limitación en el estudio, y es que esta se basó en un aerosol nasal para administrar la insulina. “Los autores administran dosis muy grandes de insulina, cuatro a cinco veces la cantidad que un humano libera en el torrente sanguíneo durante 24 horas”.
La insulina y los ultraprocesados
Después de comer, el páncreas libera la hormona de la insulina para ayudar al cuerpo a utilizar y almacenar la glucosa (azúcar), que es una fuente de energía. Parte de esa insulina llega al cerebro, donde se genera esa sensación de saciedad y de reducción del apetito. Sin embargo, en personas con obesidad, la respuesta cerebral a la insulina se debilita y afecta a la forma en la que se procesan los alimentos.
Para comprender mejor cómo la insulina afecta al cerebro, Kullmann y su equipo llevaron a cabo un estudio en el que reclutaron a 29 hombres sanos como voluntarios. De estos participantes, 18 siguieron una dieta alta en calorías durante cinco días, mientras que el resto mantuvo su alimentación habitual como grupo de control.
Para evaluar los efectos de esta dieta en el cerebro, los investigadores midieron el flujo sanguíneo cerebral como un indicador de la actividad neuronal. Se realizaron escaneos cerebrales en tres momentos: antes de comenzar la dieta de cinco días, inmediatamente después y una semana más tarde. Antes de cada sesión de imágenes, los participantes inhalaron un aerosol nasal de insulina para incrementar los niveles de esta hormona en el cerebro.
Los resultados mostraron que, al final del período de cinco días, el grupo que consumió comida ‘basura’ presentaba una mayor actividad en tres regiones cerebrales vinculadas a la respuesta a los cambios dietéticos y al sistema de recompensa. Este patrón de actividad es similar al que se observa en personas con obesidad o resistencia a la insulina, una condición que puede predisponer al desarrollo de diabetes tipo 2.
Siete días después de finalizar la dieta alta en calorías, la actividad cerebral en este grupo había disminuido en dos regiones clave asociadas con la memoria y la respuesta a estímulos visuales relacionados con la comida. Estos hallazgos son consistentes con un estudio previo en personas con obesidad, donde se observó que aquellos con cerebros sensibles a la insulina lograban una mayor pérdida de peso tras adoptar cambios en su estilo de vida, en comparación con aquellos que mostraban resistencia a la insulina.
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