
Los aperitivos y demás snacks representan, de media, en torno a una cuarta parte de las calorías diarias que consumimos. Este fue el dato que ha empujado a los investigadores del Centro de Evaluación Sensorial de Penn State de Estados Unidos a estudiar de qué manera convertir ese hábito alimenticio en uno más saludable. La clave podría estar en la salsa.
Un estudio más reciente de ese mismo centro examinó cómo cambia el comportamiento alimentario cuando los consumidores reciben una salsa junto con un snack salado. Los resultados, ya disponibles online aunque se publicarán en la edición de noviembre de Food Quality and Preference, indican que se come mucho más. Las patatas fritas con salsa resultaron en una ingesta calórica un 77% mayor y una tasa de alimentación más rápida en comparación con el grupo de control que las comió solas.
Sin embargo, lo sorprendente es que esa ingesta calórica no procedía de las patatas fritas, como explica John Hayes, profesor de ciencia de la alimentación y director del Centro de Evaluación Sensorial de Penn State. “El hallazgo más sorprendente de nuestro estudio es que las personas no comieron menos patatas fritas cuando había salsa disponible, sino que comieron la misma cantidad, más la salsa”, ha expresado. “Esta falta de compensación significa que agregar salsa a las papas fritas puede aumentar sustancialmente la ingesta total de energía sin que las personas se den cuenta”.
Intuitivamente, muchas personas pensarían que si se añade algo extra a un refrigerio, como la salsa, la gente compensaría comiendo menos del alimento principal. “Pero nuestra investigación muestra que no es así con las patatas fritas y la salsa. Nuestros participantes consumieron la misma cantidad de papas fritas independientemente de si había salsa, lo que llevó a una ingesta de energía mucho mayor cuando había salsa disponible”, ha argumentado Hayes.
Experimentos con patatas fritas
El estudio ha evaluado a 46 participantes adultos a los que se les sirvieron 70 gramos de patatas fritas con sabor a rancho, con o sin salsa ranchera. Los voluntarios comieron tanto como quisieron. Después, se midió su ingesta y se grabaron en vídeo todas las sesiones de alimentación para anotar datos sobre la cantidad de bocados y el tiempo de alimentación activa. Los investigadores usaron esta información para calcular medidas de la “microestructura alimentaria”, incluyendo la velocidad de alimentación y el tamaño de los bocados.
Harper sugiere que el mayor consumo de papas fritas y salsa se facilitó por un mayor tamaño de bocado debido a la inclusión de la salsa. En promedio, por sesión de comida, los participantes consumieron 345 calorías de papas fritas con salsa en comparación con 195 calorías de ellas solas.
Lo cierto es que se trata de una investigación novedosa, porque se ha estudiado poco sobre el efecto las fuentes externas de alimentación, como las salsas. “Es evidente que influye en la ingesta de alimentos, especialmente cuando se come entre horas. Sin embargo, en este snack de patatas y salsa, la mayor ingesta resultante de la inclusión de salsa puede haber sido facilitada por un mayor tamaño total del bocado, en lugar de una mayor velocidad de ingestión de papas fritas”, concluyen.
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