
La actividad física es reconocida tradicionalmente por su capacidad para mejorar la salud del corazón. Sin embargo, un reciente estudio de la Universidad de Bristol demuestra que el ejercicio no solo optimiza el funcionamiento cardíaco, sino que además reconfigura la red nerviosa que regula este órgano. La investigación, publicada en la revista Autonomic Neuroscience, señala que estos cambios podrían permitir el desarrollo de tratamientos más adaptados para afecciones como arritmias y angina de pecho.
Según informó la entidad académica británica, los resultados muestran que el ejercicio aeróbico moderado no solo favorece la salud cardiovascular general, sino que produce una reorganización distinta en el sistema nervioso que controla el corazón, dependiendo del hemisferio corporal. Esta diferencia podría explicar por qué ciertas terapias resultan más eficaces en un lado que en el otro, lo que facilitaría a los médicos ajustar mejor sus intervenciones en el futuro.
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Un descubrimiento sobre la reorganización nerviosa

El equipo de la Universidad de Bristol, en colaboración con el University College London (UCL) y dos universidades brasileñas, empleó tecnologías de imagen tridimensional para analizar la estructura nerviosa cardíaca. El estudio se realizó en ratones sometidos a diez semanas de entrenamiento aeróbico.
Los animales que realizaron ejercicio presentaron cerca de cuatro veces más neuronas en el grupo nervioso cardiovascular del lado derecho que en el izquierdo, en comparación con aquellos que permanecieron inactivos. A su vez, las neuronas del hemisferio izquierdo casi duplicaron su tamaño, mientras que las del derecho mostraron una ligera reducción de volumen.
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Para el Dr. Augusto Coppi, autor principal y profesor de Anatomía Veterinaria en la Universidad de Bristol, este hallazgo revela un patrón izquierda-derecha previamente desconocido en el sistema nervioso cardíaco. El especialista explicó que estos grupos nerviosos actúan como reguladores que ajustan la actividad del órgano ante distintas demandas físicas.
La investigación sugiere que el ejercicio regular modifica este regulador de forma asimétrica, lo que podría permitir el diseño de intervenciones terapéuticas más precisas para cada tipo de trastorno cardíaco.
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Implicaciones para el tratamiento de enfermedades cardíacas

Según el reporte, las arritmias, el síndrome del corazón roto causado por el estrés y algunos tipos de angina suelen tratarse mediante la reducción de la actividad de los ganglios estrellados. Estos centros nerviosos, ubicados cerca del cuello y el pecho, envían señales que aceleran el ritmo cardíaco.
“Hemos demostrado que el ejercicio moderado y regular remodela ese regulador de forma específica para cada lado. Esto podría ayudar a explicar por qué algunos tratamientos funcionan mejor en un lado que en el otro y, en el futuro, ayudar a los médicos a dirigir las terapias con mayor precisión y eficacia”, afirmó el profesional.
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Este descubrimiento sugiere que procedimientos médicos como los bloqueos nerviosos o la denervación podrían adaptarse para aplicarse en el lado más afectado, mejorando la eficacia y reduciendo riesgos. Aunque la investigación se llevó a cabo en ratones, los autores consideran que el principio podría extrapolarse a humanos, aunque serán necesarios nuevos estudios clínicos para confirmarlo.
Próximos pasos en la investigación

El equipo multidisciplinar anunció que los próximos trabajos buscarán determinar cómo estos cambios estructurales repercuten en la función cardíaca, tanto en reposo como durante la actividad física. También pretenden examinar si el patrón de reorganización izquierda-derecha hallado en ratones se presenta en otras especies y en humanos, empleando métodos de análisis no invasivos.
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El especialista señaló que entender estas diferencias podría ser clave para personalizar los tratamientos de los trastornos del ritmo cardíaco y la angina. “Nuestro siguiente paso es comprobar cómo se relacionan estos cambios estructurales con la función y si aparecen patrones similares en animales más grandes y en humanos”, concluyó el investigador.
Este avance representa un paso importante en la comprensión de cómo el ejercicio transforma el organismo a nivel profundo y podría abrir la puerta a una medicina cardiovascular más personalizada, donde las terapias se adapten a las características nerviosas de cada paciente.
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