Alzheimer: cuál es el hábito que podría retrasar el deterioro cognitivo en personas con riesgo genético de la enfermedad

Un estudio que siguió durante 22 años a casi 18.000 adultos en los Estados Unidos encontró una asociación favorable entre una práctica cotidiana y la evolución de la memoria y el pensamiento

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Un estudio de la Universidad de Texas siguió a casi 18.000 adultos durante 22 años para analizar la evolución de su función cognitiva. (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Un estudio que siguió durante 22 años a casi 18.000 adultos de Estados Unidos encontró que el voluntariado y la ayuda a otras personas se asociaron con un deterioro cognitivo más lento entre quienes portan la variante genética APOE ε4, el principal factor de riesgo genético conocido para el Alzheimer de inicio tardío.

La investigación, publicada en la revista Alzheimer’s & Dementia y dirigida por la profesora Sae Hwang Han, de la Universidad de Texas en Austin, analizó los cambios en la memoria y otras funciones cognitivas de 17.972 personas entre 1998 y 2020.

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Ayudar a los demás aleja el deterioro cognitivo

Los resultados sugieren que empezar y sostener actividades de ayuda fuera del hogar podría atenuar parte de la vulnerabilidad asociada a esa variante genética.

Según las estimaciones de los autores, los participantes con mayor riesgo genético que incorporaron estas conductas y las mantuvieron alcanzaron un nivel medible de deterioro en una prueba cognitiva casi dos años más tarde que quienes no participaban en ellas.

Cómo se investigó el impacto de ayudar a otros en la memoria

Una mujer con delantal sirve fruta en un plato a una niña que espera junto a otros niños con vasos en la mano.
El análisis incluyó el voluntariado formal en organizaciones y la ayuda informal a vecinos, amigos o familiares ajenos al hogar. (Imagen Ilustrativa Infobae)

El trabajo utilizó datos del Estudio de Salud y Jubilación, una encuesta representativa de adultos mayores de Estados Unidos. Los investigadores evaluaron la evolución cognitiva de los participantes a medida que comenzaban, abandonaban o sostenían dos tipos de actividades prosociales.

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Por un lado, analizaron el voluntariado formal, es decir, la colaboración con organizaciones o iniciativas comunitarias. Por otro, incluyeron la ayuda informal a personas ajenas al hogar, como amigos, vecinos o familiares que viven en otra casa.

El análisis consideró factores que también pueden incidir en el deterioro cognitivo, entre ellos las condiciones de salud, la edad, el nivel socioeconómico y otras características demográficas. Aun con esos ajustes, el inicio y la continuidad de las actividades de ayuda se vincularon con una trayectoria cognitiva más favorable entre los portadores de APOE ε4.

“Muy pocos tratamientos farmacológicos o cambios en el estilo de vida han demostrado ser eficaces para frenar el deterioro cognitivo provocado por esta variante genética”, afirmó Han. La investigadora añadió que ayudar a otros es una práctica accesible que se relacionó con una menor velocidad de declive en ese grupo.

La variante APOE ε4 aumenta el riesgo, pero no determina un diagnóstico

La variante APOE ε4 se asocia con un mayor riesgo de Alzheimer de inicio tardío pero no determina el desarrollo de la enfermedad.
La variante APOE ε4 se asocia con un mayor riesgo de Alzheimer de inicio tardío pero no determina el desarrollo de la enfermedad.

El gen de la apolipoproteína E tiene distintas variantes. La denominada APOE ε4 se asocia con un mayor riesgo de Alzheimer de inicio tardío y, en promedio, con un deterioro cognitivo más rápido. Sin embargo, portarla no significa que una persona vaya a desarrollar la enfermedad.

La relación entre genética y demencia incluye múltiples factores. Según el estudio, APOE ε4 puede estar vinculada con procesos neuroinflamatorios, vasculares y de respuesta al estrés. Los autores plantearon que las conductas prosociales podrían actuar sobre algunos de esos mismos sistemas, aunque el trabajo no midió de manera directa los mecanismos biológicos involucrados.

Hasta ahora, existen pocas intervenciones modificables con resultados favorables específicos frente al deterioro asociado con esta variante.

Menos de cuatro horas semanales de ayuda también mostraron una asociación favorable

(Imagen Ilustrativa Infobae)
El estudio detectó una menor velocidad de declive cognitivo incluso con menos de cuatro horas semanales de ayuda a otras personas. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Los beneficios observados no requirieron una dedicación extensa. El estudio detectó una relación con un deterioro cognitivo más lento incluso entre quienes destinaban, en promedio, hasta cuatro horas semanales al voluntariado u otras formas de ayuda.

Esa ayuda puede adoptar modalidades cotidianas: acompañar a un vecino, colaborar con compras o trámites, asistir a un amigo o participar en actividades comunitarias. La investigación no permite establecer una cantidad de horas como recomendación médica ni demuestra una relación causal directa, pero indica que una participación modesta y sostenida podría tener importancia.

Los autores señalaron que el voluntariado formal se asoció con un menor declive cognitivo en todos los grupos raciales y étnicos evaluados. En tanto, la ayuda informal mostró una protección más marcada entre los adultos mayores hispanos, un resultado que podría reflejar el peso de las redes familiares y comunitarias en ese grupo.

Por qué los vínculos sociales tienen un papel protector para la memoria

Cuatro adultos mayores sentados en una mesa de picnic con tazas de café y un cesto de frutas, conversando y riendo en un parque.
El aislamiento social se vincula con una mayor vulnerabilidad al deterioro de la memoria y a la pérdida de independencia. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Trabajos previos vincularon la vida social con una mejor preservación de la función cognitiva. Un estudio británico recogido en una nota previa de Infobae reunió datos de más de 30.000 adultos mayores de 50 años y concluyó que el aislamiento social se asocia con una mayor vulnerabilidad al deterioro de la memoria, la atención y la independencia.

Ese análisis, basado en 137.653 evaluaciones cognitivas realizadas entre 2004 y 2018, mostró que una vida social frecuente podía amortiguar parte de la pérdida cognitiva acumulada con el paso de los años. También planteó que el aislamiento y la soledad no son equivalentes: el primero refiere a la escasez objetiva de contactos o participación social, mientras que la segunda describe una experiencia subjetiva.

El nuevo trabajo agrega un componente diferente. Además de mantener vínculos, propone que participar activamente en la vida de otras personas puede asociarse con una evolución cognitiva más lenta. La ayuda combina interacción social, sentido de propósito, actividad cotidiana y, según las hipótesis de los investigadores, posibles efectos sobre el estrés y la inflamación.

La importancia de una mirada integral y redes de apoyo

Un doctor en bata blanca sostiene una carpeta frente a un hombre de cabello canoso y anteojos sentado al otro lado de una mesa.
Un informe de The Lancet estimó que cerca del 45% del riesgo global de demencia responde a factores potencialmente modificables. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Para el médico psiquiatra y neurólogo Enrique De Rosa Alabaster, la prevención y el abordaje del Alzheimer requieren una perspectiva que contemple más que los factores biológicos.

En una columna publicada en Infobae, el especialista planteó la necesidad de poner a la persona y su entorno en el centro de la atención, junto con el tratamiento de la enfermedad. El informe de 2024 de The Lancet, revista médica británica, estimó que cerca del 45% del riesgo global de demencia se vincula con factores potencialmente modificables.

Entre ellos figuran la hipertensión, la diabetes, el déficit auditivo o visual, el tabaquismo, la inactividad física, la depresión, el aislamiento social y un menor acceso a la educación. Ninguna conducta aislada elimina el riesgo, pero el control de estos factores puede contribuir a reducirlo.

En ese marco, construir redes de apoyo y sostener actividades significativas puede complementar el seguimiento médico, la actividad física, la estimulación intelectual y el tratamiento adecuado de las enfermedades crónicas. También resulta relevante para preservar la autonomía y disminuir la soledad en la vejez.

Los autores del nuevo estudio advirtieron que será necesario profundizar las investigaciones para determinar qué mecanismos explican la asociación y si programas que impulsen el voluntariado o la ayuda informal pueden producir efectos similares. Por ahora, los datos muestran que una práctica cotidiana orientada a los demás podría estar vinculada con una trayectoria cognitiva más favorable, incluso entre quienes tienen mayor predisposición genética al Alzheimer.

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