
Fui a ver la película de la vida de Michael Jackson y hay una escena donde la madre se queja por la cantidad de animales de compañía que su hijo tiene desde la más temprana infancia. Él le dice: “No son mascotas, son mis amigos”. Se lo ve en todo el film como un niño solitario que sigue ese camino en la adultez. Eso me hizo pensar no solo en el valor de la amistad en la infancia, sino en las secuelas y en los modos de reemplazar ese vacío del lazo.
Un paciente adulto me contaba que había logrado que no le duela que se burlaran en la escuela en la niñez con un mecanismo que él llamaba “congelar los sentimientos” —una forma de anestesia afectiva frente al rechazo—, decía que así realmente no sentía nada y podía sobrevivir a los días de clases, pero lo que no había logrado nunca era soportar los recreos. Ahí se notaba mucho que nadie lo elegía, ni quería jugar con él y se sentía devastadoramente solo. Y lo estaba. Su vida se había reorganizado en donde había encontrado la forma de jugar con alguien.
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Otros niños y niñas, me han contado su enorme desilusión al no ser invitados a los cumpleaños. Aunque muchos tampoco elegirían a quienes no los invitan, no ser elegido no solo es muy doloroso, también te deja expuesto ante todos los demás lo que añade una nueva capa: la vergüenza.
No tener amigos en la infancia es obviamente doloroso y la investigación en salud mental viene demostrando hace años que la soledad en estas edades tempranas se asocia con mayor riesgo de dificultades emocionales que pueden sostenerse en el tiempo.
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A muchos chicos les pasa que necesitan más tiempo, no encuentran con facilidad cómo entrar en el juego de los otros. Otros tienen alguna discapacidad y se enfrentan a entornos que no están pensados para hacerles lugar, en el sentido amplio de alojar al otro. Ahí el problema es la falta de condiciones para que ese niño pueda participar. UNICEF advierte que los niños con discapacidad siguen siendo uno de los grupos más excluidos, expuestos a aislamiento social.
Otros, como mi paciente, son rechazados de manera directa. Burlas, exclusiones, pequeñas crueldades cotidianas que a veces los adultos no ven o minimizan. El grupo puede volverse un lugar hostil, y entonces el repliegue se convierte en la mejor defensa para soportar el dolor. También existen historias difíciles de violencia, inestabilidad, vínculos frágiles que pueden volver a los niños y niñas reactivos al lazo social. Muchas veces sus modos de relacionarse son torpes y complejos para los otros niños y niñas y terminan no siendo comprendidos.
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También diferentes padecimientos mentales en la infancia hacen que los grupos de niños los vean como algo extraño y hasta incomprensible: gestos, muecas, formas de pensar y de hacer tornan los vínculos difíciles.
Una pacientita a la que le costaba el lazo social iba a la escuela y se paraba todos los días, durante el recreo, en el círculo rojo para hacer amigos. Muchas escuelas han instaurado este tipo de dispositivos para que si alguien se siente solo o no tiene con quien jugar pueda acudir allí y otros compañeros puedan al verlo invitarlos a jugar. No siempre sale bien, lo que lo vuelve un poco más traumático por la exposición.
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En otra dimensión en Argentina, el 32,9% de los niños y niñas que crecen en hogares de menores ingresos tiene dificultades para hacer amistades, casi el doble que en los sectores más favorecidos (19,2%), según un estudio del observatorio de la UCA de la deuda social Argentina.
Agustina Bordigoni escribe en una nota titulada “Dificultad para hacer amigos: un indicador olvidado de la pobreza en las infancias“, que en este estudio les preguntaron a los niños qué significaba para ellos la pobreza, la mayoría respondió: “No tener amigos”.
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La pobreza condiciona los vínculos. Muchos niños y niñas deben quedarse en casa a cuidar a sus hermanos, ausentarse de la escuela o no contar con ropa adecuada para salir. En la adolescencia, la falta de productos de gestión menstrual limita la posibilidad de moverse con libertad y participar plenamente de la vida cotidiana. Este aislamiento también tiene secuelas psicológicas.
Un estudio reciente realizado en Argentina publicado en la Revista Ciencias del Comportamiento mostró que la calidad de la amistad funciona como un factor protector frente a la desesperanza y la ideación suicida en adolescentes. Los vínculos basados en la ayuda mutua y el tiempo compartido se asocian a menores niveles de malestar, mientras que las relaciones atravesadas por conflicto o desequilibrio los incrementan.
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Es decir no alcanza solo con “tener amigos”, lo que sostiene es la calidad de ese lazo, tanto las negativas como las positivas, se relacionan y predicen la desesperanza y la ideación suicida y destacan a la amistad como un factor protector frente a estos problemas internalizados.
Es en la amistad donde los niños empiezan a dar sus primeros pasos fuera de la escena familiar: escuchan otras versiones de la vida y el mundo, ensayan otras formas de ser, conocen otras familias, aprenden a tramitar conflictos que ya no están regulados por los adultos.
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En la adolescencia, ese movimiento se profundiza. Ricardo Rodulfo lo llamaba “segunda deambulación” para dar cuenta de ese avanzar sin mirar hacia atrás, a diferencia de aquella primera en la que el niño daba sus pasos iniciales buscando la mirada de sus padres. Sin embargo, ese desplazamiento simbólico y subjetivo no ocurre en soledad, se hace con otros, con amigos a la par.
La falta de amistades en la infancia deja marcas que muchas veces se sostienen en el tiempo. Cuando faltan las experiencias de reconocimiento entre iguales, muchos niños empiezan a construir una idea de sí mismos atravesada por la falta o la insuficiencia. Y cuando llega el momento de encontrarse con otros, lo que aparece muchas veces es la inseguridad o la dificultad para acercarse, para sostener un intercambio, para sostener situaciones sociales sin angustia. Ese ámbito quedó asociado al rechazo y la marca del quedarse afuera funciona como autoprofecía.
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En los hogares que alojan niños, niñas y adolescentes privados de cuidados parentales este también es un tema importante. Los lazos que allí se forjan muchas veces son forzados por las circunstancias de estar alojado allí, donde no quieren estar. Son niños que por diferentes razones, y para restituir derechos avasallados, han sido separados de su familia de origen, de su escuela y de su hábitat y de pronto de un día para otro se ven forzados a convivir con otros niños y niñas.
Esos lazos son temporales, así lo sienten, porque el hogar sustituto es siempre pensado como tránsito. Ello muchas veces ocasiona dificultades para hacer nuevas amistades cuando son externalizados. Muchas veces se hacen amigos virtuales para sopesar esa incertidumbre. Allí lo permanente es lo virtual, con todos los peligros que eso conlleva. Por ello entre todas las cuestiones que se deben atender esta es una que hay que prestar una especial importancia, tanto dentro de la institución como fuera de ella.
Hay algo más que conviene invertir. La idea misma de “integración”. Muchas veces se espera que el niño al que le cuesta el lazo social sea el que “se integre”, pero también hay que preguntarse por la capacidad de los grupos, de las instituciones, de las familias y las sociedades para alojar a todos.
Hace poco vi un video viral de una maestra que contaba que estaba aliviada y contenta porque a su clase no asistía más una niña con autismo, le decía “la escapista“. Se quejaba y se alegraba al mismo tiempo. No se preguntaba por qué la niña escapaba de ella: con ver el video se entiende rápidamente que la nena se estaba cuidando. Decía “de 6 casos quedan 5“, como algo a descartar, no hablaba de niños y niñas, sujetos de derecho y deseo.

Esa forma de pensar, decir y actuar es en parte responsabilidad de la falta de sensibilización en perspectiva de infancia y derechos, además de la ausencia de soporte y apoyo para llevar adelante la tarea docente y de cuidado, en general.
Incluir no puede seguir siendo mirar al otro como un extraño, una carga a la que hay que sumar a lo esperado. Educar y criar en la inclusión es valorar la diferencia, no tolerarla. Es formar a todos para alojar a cada niño y cada niña en su singularidad, sin ridiculizar, sin expulsar.
Y, al mismo tiempo, saber que cuando el lazo de la amistad y compañerismo falta o falla, los niños, niñas y adolescentes buscan reemplazos (muchas veces de manera desesperada): animales, pantallas, mundos virtuales, estos últimos pueden ser peligrosos sin acompañamiento e información.
Pero forzarlos a abandonar esas preferencias sin explorar de qué se trata puede ser otra forma de violencia, porque los deja aún más desamparados. En cambio leer qué están sosteniendo en esas escenas y con quien, es imprescindible para poder acompañar sin que queden como único refugio.

Quizás, además de intervenir haya que ampliar la pregunta acerca de los espacios de cada niño, niña y adolescente. No todos los escenarios son para todos y en algunos casos, como en las situaciones de pobreza y vulnerabilidad, hay que crear las condiciones de posibilidad.
La amistad es refugio y comprensión, pero a veces hay que irse como una forma de autocuidado, como la niña que escapaba de un aula donde no era deseada como alumna. O como Michael Jackson, que encontró en los animales un modo de habitar una infancia que no le permitían vivir. O como tantos niños y niñas que buscan un lugar posible anudado al otro.
Un niño no deja de necesitar a otros porque no los tenga. Solo aprende a arreglárselas sin ellos o buscar la forma de sentir que existen. Y eso también deja marcas que pueden acompañar a lo largo de la vida.
Sonia Almada es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de tres libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy, La niña del campanario y Huérfanos atravesados por el femicidio.
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