El denominador común de las diferentes formas de malnutrición que hoy afectan a unos 25 a 26 millones de argentinos, en forma transversal a los distintos niveles sociales y geografías de nuestro país, es la calidad de nuestros patrones o hábitos alimentarios.
Hace años que venimos estudiando la calidad de nuestra alimentación, los patrones alimentarios de la población argentina y, en particular, el concepto de brecha alimentaria. Con números que a lo mejor varían un poco, un punto por arriba o por debajo, la fotografía es siempre la misma: cinco déficits crónicos. Ingerimos muy pocas verduras, muy poca fruta, casi nada de legumbres, granos y cereales integrales, muy poca leche y menos yogur. A su vez, observamos dos excesos que nos preocupan: por un lado el de azúcares, fundamentalmente en forma líquida, a expensas, por ejemplo, de bebidas azucaradas pero también del azúcar que agregamos a nuestras infusiones, en particular al mate.
Un segundo exceso tiene que ver con los consumos elevados de harinas, panes, galletitas o de papas. Esta forma de configurar nuestra dieta tiene dos resultados adversos: la baja calidad nutricional y la monotonía en nuestra alimentación.

Cada 100 calorías que ingerimos los argentinos tienen una mayor concentración de nutrientes críticos -particularmente sodio y azúcares- y una concentración algo más baja de nutrientes esenciales -fundamentalmente vitaminas y minerales- y esta es la medida de la baja calidad de nuestra alimentación. Debemos invertir esta tendencia y cada 100 calorías consumidas incorporar proporcionalmente más nutrientes esenciales y menos críticos.
A lo largo de un mes, un argentino promedio combina no más de 25 a 30 alimentos, cuando en otras culturas alimentarias combinan más de 100 alimentos. La forma en que organizamos nuestra alimentación cotidiana hace que combinemos no más de cinco tipos distintos de fruta, no más de cinco tipos diferentes de verduras, no más de cinco formas distintas de carne y unas ocho más o menos formas distintas de cereales o de hidratos de carbono, más un poco de leche y poca cosa más.
Se trata de una medida de monotonía alimentaria, de una baja diversidad en nuestra dieta que también es sinónimo de baja calidad. Una dieta no diversa resta en materia de nutrición saludable y, a la vez, suma en materia de precios, pues cuanto más monótona es la dieta, menos opciones tiene el consumidor para enfrentarse para aquellos momentos en que el tomate salta por las nubes en su precio o la naranja, ya que como comemos pocas cosas. Si estos productos se encarecen, estamos en serios problemas.

Una dieta más diversificada, además de ser buena nutricionalmente, también es buena desde el punto de vista económico.
Son muchos los desafíos que enfrentamos en materia de buenas políticas alimentarias. En ese sentido, cualquier esfuerzo que realicemos, en términos de disponer de herramientas que permitan mejorar la calidad y la diversidad de nuestros alimentos, es bueno. Por eso, es bienvenida la discusión y la próxima implementación de algún modelo de etiquetado frontal de alimentos en la Argentina, porque es una herramienta positiva en este camino que tenemos que hacer en términos de mejores políticas.
Por supuesto que no debe ser la única herramienta, ya que debe estar complementada y coordinada con otras diferentes medidas que formen una política alimentaria de verdad en la Argentina, para de esa manera poder aspirar a que en los próximos 10 a 15 años compremos mejor, comamos mejor, mejoremos nuestra calidad de dieta, ojalá en algún momento paremos de subir los índices de malnutrición por exceso, y en algún momento podamos decir que estamos empezando a descender esa curva.
El objetivo de Stamboulian talks es transmitir a través de exposiciones atractivas y sintéticas aspectos interesantes, importantes o novedosos en temas sanitarios. La meta es que cada presentación sirva de disparador para que la audiencia se sienta motivada a profundizar, indagar, crear conciencia o pasar a la acción en relación a los temas presentados.
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