
Murió en en su cama de Viena, en paz, a los 96 años. El hombre que sobrevivió doce campos de concentración nazis, tres intentos de fusilamiento y tres intentos de suicidio falleció mientras dormía el 20 de septiembre de 2005 sin que ningún verdugo pudiera atribuirse ese final. Simon Wiesenthal se apagó solo, en el departamento sencillo en los suburbios arbolados de la ciudad austríaca que eligió como hogar y campo de batalla.
Lo había dicho él mismo, con esa mezcla de asombro y humor que lo acompañó hasta el final: era un milagro estar vivo.
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La salud de Wiesenthal se deterioró de manera visible tras la muerte de su esposa Cyla, en noviembre de 2003. Los Angeles Times señaló en el obituario, publicado hace 21 años, que desde entonces su voluntad de vivir “mermaba visiblemente”. Hasta la primavera de 2004 siguió yendo a su oficina todos los días; después, la enfermedad lo obligó a quedarse en su casa.
Cyla había sido su compañera durante 67 años. Se habían casado en septiembre de 1936 en la casa de un rabino en Lvov. Cada uno creyó que el otro había muerto durante la guerra. Se reencontraron por una cadena de casualidades que Wiesenthal siempre describió como otro milagro.
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Ella fue enterrada en Herzliya, Israel, donde vivía su hija Paulinka. Wiesenthal pidió que lo enterraran junto a ella. Así fue: tras un servicio conmemorativo en Viena el miércoles 21, su cuerpo fue trasladado a Israel, donde el viernes 23 lo despidieron familiares y representantes de Alemania, Rusia, Polonia y la Unión Europea. Hubo llanto en aquella despedida.
Simon Wiesenthal nació el 31 de diciembre de 1908 en Buczacz, una pequeña ciudad de la Galitzia austrohúngara, territorio que hoy pertenece a Ucrania. Su padre, reservista del ejército del Kaiser, murió poco después del estallido de la Primera Guerra Mundial.
A los nueve años recibió su primera marca del antisemitismo: un soldado ucraniano le dio un sablazo en el muslo que le dejó una cicatriz de por vida.
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Era un dibujante dotado desde chico. Quiso estudiar arquitectura, pero las cuotas de admisión para judíos en el instituto técnico de Lvov lo obligaron a mudarse a Praga, donde se graduó en 1932. Volvió a Lvov, abrió su propio estudio, diseñó casas para familias judías acomodadas y editó una revista estudiantil que satirizaba a los nazis. En 1940 obtuvo el título de ingeniero arquitecto. Un año después, los nazis llegaron y arrasaron todo.

El 6 de julio de 1941, pocas semanas después de que Hitler invadiera la zona soviética de Polonia, Wiesenthal fue arrestado. Los nazis alinearon a más de 30 profesionales judíos y los fusilaron de a uno. El verdugo hacía pausas para tomar vodka. Cuando le llegó el turno a Wiesenthal, sonaron las campanas de la iglesia: era la hora de la misa vespertina. El hombre dejó el arma y fue a rezar. Wiesenthal quedó encerrado, pero vivo.
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Pasó casi cuatro años entre campos de trabajos forzados y de concentración. En Janowska pintaba esvásticas en locomotoras capturadas. Un oficial nazi, Adolf Kohlrautz, descubrió que era arquitecto y lo puso a trabajar como dibujante. A cambio, le consiguió comida de contrabando para su madre en el gueto de Lemberg. En agosto de 1942, Wiesenthal vio cómo los nazis metían a su madre en un vagón de carga con destino a Belzec, un centro de exterminio con cámaras de gas donde murieron 600.000 personas. No la volvió a ver.
En abril de 1943 lo sacaron del campo de trabajo y lo llevaron de vuelta a Janowska. Lo alinearon con otros cuarenta prisioneros frente a una fosa. Les ordenaron desnudarse. Seis hombres de las SS esperaban con subfusiles. Un cabo de las SS apareció y ordenó que lo dejaran ir: era el cumpleaños de Hitler y Kohlrautz necesitaba que Wiesenthal pintara un cartel que dijera “Wir danken unserem Führer” —“Le agradecemos a nuestro Führer”—.
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Escapó en octubre de 1943. Lo recapturaron en junio de 1944. Temiendo la tortura, intentó suicidarse tres veces: se cortó las muñecas, intentó una sobredosis de pastillas para dormir y trató de ahorcarse con sus propios pantalones. Lo hospitalizaron cinco semanas.
Cuando se recuperó, lo trasladaron de campo en campo: Janowska, Plaszow, Auschwitz, Gross-Rosen, Buchenwald. El Los Angeles Times reconstruyó que en Gross-Rosen un guardia de las SS levantó una piedra para aplastarle la cabeza y la dejó caer por accidente sobre su pie. Los nazis le amputaron un dedo del pie sin anestesia.
En febrero de 1945 lo subieron a un tren de vagones de carga abiertos con destino al campo de Mauthausen, en Austria. El viaje duró seis días sin comida ni agua. De los 2.000 prisioneros que partieron, 800 murieron durante el trayecto. Los vagones estaban tan repletos que muchos muertos no podían caer: permanecían de pie entre los vivos.
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Wiesenthal llegó en un estado tal que era imposible someterlo a trabajos forzados. Lo pusieron en el “bloque de la muerte”, reservado para los que ya agonizaban. Pesaba menos de 45 kilos. Un prisionero polaco le pasaba de vez en cuando un pedazo de pan. Con lápices y papel que ese mismo hombre le consiguió, Wiesenthal dibujó a los prisioneros, al comandante del campo y a la cantera cercana, que retrató como el Infierno de Dante.
El 5 de mayo de 1945, las tropas estadounidenses del coronel Richard Seibel liberaron Mauthausen. Wiesenthal vio un tanque gris con una estrella blanca y la bandera estadounidense ondeando en el cañón. Intentó llegar al patio. “Quería tocar la estrella, pero era demasiado débil. Recuerdo que di unos pasos y mis rodillas cedieron y caí de bruces”, escribió en sus memorias. Alguien lo levantó. Sintió la tela de un uniforme militar estadounidense contra sus brazos desnudos. Y se desmayó.
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El informe que Seibel elevó a sus superiores, citado por el Los Angeles Times, describió fosas con hasta 10.000 cuerpos, cámaras de gas donde apilaban niños sobre adultos, salas de disección y alambradas eléctricas a las que los prisioneros se arrojaban para morir rápido.
Dos días después de la liberación, un prisionero resentido lo golpeó. Sus amigos lo instaron a denunciarlo. Wiesenthal fue a las oficinas del ejército estadounidense y entró por una puerta con un cartel escrito a mano: “Crímenes de guerra”. Vio a los oficiales norteamericanos reunir información para posibles juicios. Supo en ese momento qué iba a hacer con el resto de su vida.
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Un teniente coronel lo miró, vio en qué estado estaba y negó con la cabeza. Le sugirieron que volviera a Polonia y retomara su carrera de arquitecto. Wiesenthal se negó. Diez días después, con las mejillas frotadas con papel rojo para darles algo de color, volvió a la oficina de crímenes de guerra. Esa vez lo aceptaron.
Su primera misión fue arrestar a un exguardia de las SS llamado Schmidt que vivía en un edificio cercano. Schmidt no opuso resistencia. Wiesenthal estaba tan débil que el detenido tuvo que ayudarlo a bajar las escaleras.
En 1946 abrió su primer Centro de Documentación Judía en Linz. En 1947 publicó KZ Mauthausen, una colección de sus dibujos y collages de los campos. Ese mismo año nació su única hija, Paulinka. Y ese mismo año empezó la búsqueda del jerarca nazi Adolf Eichmann.

Wiesenthal sabía que la familia de Eichmann seguía viviendo en la zona de Linz. Rastreó a su esposa hasta Altaussee, un pueblo de Estiria. En dos ocasiones creyó tener información precisa sobre visitas de Eichmann a su familia, pero las vigilancias fallaron. Lo que sí logró fue impedir que la esposa lo hiciera declarar muerto judicialmente: si Eichmann era declarado fallecido, desaparecía de las listas de buscados y el caso se cerraba.
Con el inicio de la Guerra Fría, las potencias occidentales perdieron interés en perseguir nazis. En 1954, Wiesenthal no tuvo más remedio que cerrar su centro y enviar sus archivos a Yad Vashem, el museo del Holocausto en Jerusalén. Guardó un solo expediente: el de Eichmann.
En 1957, un fiscal alemán confirmó a los israelíes que Eichmann estaba en Argentina. El primer ministro David Ben-Gurión ordenó al Mossad que lo encontrara. En 1960, los agentes israelíes secuestraron a Eichmann en Buenos Aires, Argentina. Wiesenthal siempre sostuvo que su aporte había sido decisivo para mantener viva la búsqueda durante los años en que nadie más la sostenía. El jefe del Mossad, Isser Harel, nunca lo mencionó en sus memorias. La disputa sobre los créditos de aquella recordada captura fue amarga y duradera.

El Los Angeles Times reconstruyó que en 1986, la noche antes del anuncio del Premio Nobel de la Paz, Wiesenthal llamó a un amigo y le dijo: “Tené el smoking listo”. Al día siguiente, el comité noruego se lo otorgó al escritor, activista por los derechos humanos y sobreviviente del Holocausto Elie Wiesel en solitario. Wiesenthal quedó destrozado. Siempre creyó que su negativa a calificar al expresidente austriaco Kurt Waldheim como criminal de guerra le había costado el premio.
Vivir en Austria no fue fácil. Wiesenthal recibió amenazas de muerte, fue agredido por un neonazi y en 1982 su departamento fue blanco de un atentado con bomba. El detonador eléctrico falló. El responsable, Ekkehard Weil, recibió cinco años de prisión.
El canciller austriaco Bruno Kreisky, él mismo judío, lo atacó públicamente durante años. El conflicto estalló cuando Wiesenthal denunció que cuatro exnazis integraban el gobierno de minoría de Kreisky, entre ellos un ex Untersturmführer de las SS. Kreisky respondió acusándolo de haber sido colaborador de la Gestapo. Lo repitió varias veces en público. En 1989, un tribunal condenó a Kreisky por difamación.
El diario Kronen Zeitung retrató a Wiesenthal como un “cazador demoníaco” y lo presentó como un enemigo. En aquellos años, el público austriaco estaba mayoritariamente del lado de Kreisky. Recién hacia el final de su vida Austria lo reconoció como un símbolo nacional. En junio de 2005, tres meses antes de su muerte, el entonces presidente federal Heinz Fischer —el mismo que en los 70 había pedido una comisión investigadora contra Wiesenthal— le entregó la Gran Condecoración de Honor en Oro de la República de Austria.

Wiesenthal nunca tuvo una gran organización a su espalda. The Guardian señaló que siempre trabajó solo, en una oficina de tres habitaciones atestada de archivos, con un par de secretarias y algún colaborador ocasional. Su secretaria de confianza era Rosemarie Austraat. Él abría el correo con pulso firme y se jactaba de recordar de memoria prácticamente cada expediente y cada carta.
Cuando le preguntaban por qué no había vuelto a la arquitectura y se había hecho rico como otros sobrevivientes, Wiesenthal respondía siempre con la misma imagen: la de un encuentro imaginario con los millones de muertos del Holocausto. “Cuando lleguemos al otro mundo y nos pregunten qué hicimos”, decía, “habrá muchas respuestas. Uno dirá que se hizo joyero. Otro, que construyó casas. Yo voy a decir: no me olvidé de ustedes”.
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