Ganó dos Mundiales, fue uno de los mejores de la historia y murió a los 49 años sumergido en el alcohol: ascenso y caída de Garrincha

Nació con piernas deformes, columna torcida y un diagnóstico médico que le auguraba un futuro lejos del deporte. Sin embargo, contra toda lógica, el brasileño se convirtió en un futbolista legendario

Garrincha - Selección de Brasil
Garrincha, en acción (EFE)
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El 20 de enero de 1983, en una clínica de Río de Janeiro, murió un hombre que había desafiado a los médicos desde que nació. Manoel Francisco dos Santos, conocido en el mundo entero como Garrincha, tenía 49 años y su cuerpo ya no pudo resistir las consecuencias de décadas de alcoholismo crónico. El diagnóstico oficial habló de congestión pulmonar, pancreatitis y pericarditis, pero quienes lo conocieron sabían que la historia había comenzado mucho antes, en la miseria de un municipio del Estado de Río de Janeiro, con una familia de quince hermanos y unas piernas que ningún médico hubiera apostado a que algún día iban a regatear a los mejores defensores del mundo.

Nació el 28 de octubre de 1933 en Magé, un municipio del interior fluminense. Su columna vertebral estaba torcida, una de sus piernas era seis centímetros más corta que la otra, tenía los pies girados sesenta grados hacia adentro y había padecido una severa poliomielitis. Una de sus hermanas lo bautizó con el apodo que lo acompañaría toda la vida: Garrincha, nombre de un pájaro feo, veloz y torpe que habita en la selva del Mato Grosso. Desde los diez años fumaba. Sus huesos carecían del calcio suficiente. Fue operado sin éxito para corregir sus piernas y los médicos descartaron cualquier futuro deportivo. Ningún pronóstico fue más equivocado en la historia del fútbol.

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Porque esas mismas piernas, que la medicina consideraba irremediables, se convirtieron en su arma principal. Garrincha las usó para amagar hacia un lado y escabullirse hacia el otro, confundiendo a sus marcadores con una irreverencia que rozaba lo cómico. A todos sus rivales los llamaba “Joao”, sin importar quiénes fueran. “Hoy me marca Joao”, decía antes de los partidos, con la misma ligereza con que gambeteaba por la banda derecha. El Instituto de Historia y Estadística del Fútbol (IFFHS) lo ubicó en el octavo lugar en el ranking de los mejores jugadores del siglo XX. Eso, sin embargo, llegó después.

Antes estuvo la fábrica de tejidos de Pau Grande, donde comenzó a trabajar a los quince años y donde descubrió que había un equipo amateur, el Pau Grande Esporte Clube, que le permitió entrenar por primera vez con algo parecido a una estructura. El entrenador de ese equipo, Carlos Pinto, lo protegía y apenas lo mandaba a jugar, preocupado por la fragilidad de su cuerpo frente a rivales más grandes y fuertes. Harto de no tener oportunidades, Garrincha se marchó al Club Serrano, de la vecina Petrópolis, donde jugó casi un año. La actuación fue tan convincente que Pinto lo convocó de vuelta, y lo que siguió fue una recomendación unánime: tenía que probar suerte en Río de Janeiro.

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Intentó primero en el Fluminense, su equipo de corazón, luego en el Flamengo y en el Vasco da Gama. En ninguno de los tres le prestaron atención. Sus condiciones físicas eran el argumento que cerraba la puerta. Hasta que llegó al Botafogo, donde el DT Gentil Cardoso lo vio jugar unos minutos y decidió pagar su pase: dos mil cruzeiros. Debutó en primera en 1953, en lo que se considera el mejor Botafogo de todos los tiempos, junto a Zagallo, Didí, Amarildo y Nilton Santos. Dos años más tarde ya estaba en la selección brasileña, y no pararía de jugar durante once años.

Garrincha junto a otras leyendas, como Eusebio (Instagram: @coleccionistas.adictos)
Garrincha junto a otras leyendas, como Eusebio (Instagram: @coleccionistas.adictos)

El Mundial que lo consagró fue el que Pelé no pudo terminar

Su primera Copa del Mundo llegó en 1958, en Suecia, y estuvo a punto de no jugar. El psicólogo de la selección, Joao de Carvalhales, lo había calificado como “un débil mental, no apto para desenvolverse en un juego colectivo”, y en los test psicofísicos obtuvo apenas 38 puntos de los 123 necesarios para subir al avión hacia Estocolmo. Lo que lo salvó fue la intervención de Nilton Santos, su compañero en el Botafogo, quien lideró un movimiento interno para convencer a la dirigencia de incluirlo en la lista definitiva. Cuando llegó a Europa, la táctica del equipo se resumió rápido: “Hay que dársela a Garrincha”. Brasil ganó ese torneo con Garrincha y Pelé como figuras excluyentes, sin conocer la derrota en ningún partido que ambos disputaron juntos.

Pero el momento de mayor esplendor individual llegó en Chile, cuatro años después. Pelé fue lesionado en la fase de grupos por las entradas sucesivas de los rivales y quedó fuera del torneo. Garrincha tomó las riendas. Marcó dos goles ante Inglaterra en cuartos de final y habilitó el tercero. Volvió a marcar dos en la semifinal ante el equipo local, aunque la acumulación de faltas recibidas lo llevó a responder con violencia y fue expulsado. Fue entonces que se activó toda la maquinaria institucional: el presidente de la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF), Joao Havelange, y la propia diplomacia de Brasil intervinieron ante la FIFA para conseguir que pudiera jugar la final ante Checoslovaquia. Sus antecedentes de buena conducta terminaron pesando, y el organismo lo absolvió por cinco votos contra dos.

La ingenuidad de Garrincha era tan genuina como su talento. Cuando le explicaron quién sería el rival en la final, no recordaba haberlo enfrentado en la fase de grupos. Al informársele que ese partido había terminado en empate y que allí fue donde lesionaron a Pelé, respondió: “Ahh, sí, aquellos que son grandes y fuertes, pero no juegan a nada”. Poco antes del partido, le preguntó a su técnico, Aymoré Moreira: “Maestro, ¿hoy es la final?”, y cuando Moreira confirmó que sí, Garrincha sonrió: “Ah, con razón hay tanta gente en el estadio”. Brasil ganó 3-1 y fue campeón del mundo por segunda vez consecutiva. Garrincha fue elegido el mejor jugador del torneo.

De regreso a Brasil, las lesiones, que lo habían perseguido a lo largo de toda su carrera, comenzaron a agravarse. Lo que vino después fue una historia de explotación silenciosa. Los dirigentes del Botafogo, de acuerdo al propio jugador, le impedían someterse a tratamientos médicos para no perder la oportunidad de usarlo en giras y amistosos rentables. Jugó infiltrado durante una gira por Europa, con una lesión que comenzó a atrofiarle la pierna. El club no aceptó los cuarenta días de recuperación que el médico pedía.

Fotografía en blanco y negro del futbolista Garrincha con la camiseta a rayas del Botafogo y una cadena fina en el cuello
Garrincha con la camiseta del Botafogo, club en el que se convirtió en leyenda

El alcohol, Elza Soares y el final que nadie quería ver

En 1962, con 29 años y siete hijos con su esposa Nair Marques, Garrincha comenzó un romance con la cantante de samba Elza Soares que sacudió a la sociedad brasileña. La relación implicó el fin de su matrimonio y una catarata de críticas públicas, agravadas por el hecho de que era ella quien lo mantenía económicamente. Desde las tribunas le gritaban “gigoló”, una palabra que él no conocía y que, según contó, debió pedirle a Soares que le explicara. La presión social y mediática fue feroz: emisoras de radio empezaron a boicotear los discos de la cantante y la prensa deportiva se mofaba de sus lesiones. Fue en ese contexto que el alcohol se convirtió en un refugio cada vez más difícil de abandonar.

La pareja vivió años de esplendor y de tormenta en igual medida. En un accidente automovilístico, Garrincha perdió el control del vehículo y murió la madre de Elza. Fue juzgado por conducir ebrio y condenado a dos años de prisión que cumplió en libertad condicional. El clima político de la dictadura brasileña los empujó a emigrar a Europa durante los años setenta. Garrincha y Soares pasaron por Italia, donde estuvo cerca de firmar con el Milan, y luego por Portugal, donde intentó sin éxito acordar con el Benfica.

Regresaron a Brasil. El atacante siguió jugando en el Botafogo hasta 1967, luego en el Corinthians, después en el Junior de Barranquilla, en el Portuguesa Santista, en el Flamengo y finalmente en el Red Star París, donde jugó en 1971. En 1972 regresó a Brasil para ponerse la camiseta del modesto Olaria, donde se retiró. A lo largo de 614 partidos con el Botafogo marcó 245 goles y ganó cinco títulos. Para entonces, el deterioro era visible. En 1973, un club canadiense intentó contratarlo para diez partidos de exhibición por mil dólares cada uno, pero los dirigentes del Botafogo tardaron tanto en tramitar la operación que ya se habían perdido seis de ellos. Garrincha terminó cobrando mil dólares en total. “Ayer corrían a mi casa para tirarme flores y hoy ni siquiera se toman la molestia de contactar conmigo por teléfono, incluso sabiendo que necesito dinero”, se lamentó.

En 1974, sus excompañeros organizaron un partido homenaje en el Maracaná. Con 41 años, Garrincha tenía nueve hijos reconocidos, sobre un total de catorce que se le estimaban. Recibió a la prensa en su departamento de Copacabana, donde guardaba dos valijas llenas de medallas y fotos. “Sin embargo, lo que me gustaría conservar, los aplausos y los gritos de la gente, no los puedo guardar ahí”, dijo. Dos años después, en 1976, Elza Soares lo dejó, agotada por las peleas y la violencia.

Garrincha y Pelé sonríen juntos mientras visten abrigos deportivos verdes y amarillos de la selección brasileña
Garrincha y Pelé posan juntos luciendo la indumentaria oficial de la selección de Brasil

Los últimos años de Garrincha transcurrieron entre la artrosis de rodillas, decenas de internaciones y una pobreza que contrastaba brutalmente con los títulos que había conquistado. El 20 de enero de 1983, murió. Su velatorio se realizó en el Maracaná y su ataúd fue cubierto con una bandera del Botafogo.

El entrenador y periodista Joao Saldanha, artífice de la selección brasileña que ganaría el Mundial de México 1970, lo definió cuando una joven le preguntó por qué no lo había mencionado entre los grandes punteros de Brasil: “No le dije nada porque usted me preguntó por los grandes punteros que dio esta tierra y Garrincha, en cambio, es un misterio de Dios”.

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