
A las 9.30 de la mañana del 20 de septiembre de 1988, Tara Leigh Calico salió de su casa en Belen, Nuevo México, para cumplir con su rutina: subirse a una bicicleta y recorrer las rutas de los alrededores. Tenía 19 años, estudiaba en la Universidad y llevaba una vida que, hasta ese momento, parecía seguir un recorrido perfectamente reconocible. Aquella mañana tenía previsto regresar para el almuerzo y planes para más tarde. Pero nunca volvió y su bici tampoco apareció.
Y lo que comenzó como la búsqueda de una joven que se había retrasado terminó convirtiéndose en una investigación que atravesaría décadas, estados, pistas contradictorias y una fotografía que todavía hoy genera una pregunta imposible de cerrar. Porque nueve meses después de la desaparición, alguien encontró en un estacionamiento de Florida una Polaroid. En ella aparecían una joven y un niño, ambos atados y amordazados. La chica tenía un parecido inquietante con Tara.
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Para su familia, aquella imagen podía significar que finalmente había aparecido una prueba de que seguía viva. Para los investigadores, en cambio, nunca llegó a convertirse en una identificación. Y esa diferencia, entre lo que una familia quiso creer y lo que la evidencia permitió demostrar, quedó en el centro de uno de los casos de personas desaparecidas más intrigantes de Estados Unidos.
Una salida de memoria
Tara vivía con su familia en Belen, una localidad del condado de Valencia. El FBI la describe como una joven de cabello castaño y ojos color avellana, de aproximadamente 1,65 a 1,70 metros de altura. La bicicleta era parte de su rutina.
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Aquel día no utilizó la suya porque estaba rota. Tomó la de su madre, una Huffy de montaña de color rosa fluorescente, con cables y laterales amarillos. El recorrido habitual tenía una extensión cercana a unos 58 kilómetros, y lo hacía con frecuencia. No salió rumbo a un lugar desconocido ni emprendió un viaje improvisado. Fue a pedalear por un trayecto que solía visitar. Ese detalle fue uno de los primeros elementos que desconcertaron a quienes comenzaron a buscarla.
Aproximadamente a las 11.45 horas, Tara fue vista por última vez mientras circulaba por la Highway 47, en el condado de Valencia. Se encontraba a unos pocos kilómetros de su casa. La familia esperaba que regresara para el almuerzo. Cuando el horario pasó y no apareció, comenzaron las llamadas y la búsqueda. Su bicicleta nunca fue localizada. Tampoco hubo una escena de secuestro, ya que nadie dijo: “Vi cómo se la llevaron”. Pero sí aparecieron testimonios sobre un vehículo.
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La camioneta sospechosa
Algunos testigos aseguraron haber visto una camioneta Ford de color blanco o gris claro siguiendo a Tara mientras circulaba por la carretera. La descripción incluía una característica particular: llevaba una estructura blanca hecha artesanalmente sobre la caja. Ese dato tomó importancia porque, en una investigación sin cadáver, sin bicicleta y sin testigos directos de un posible ataque, cualquier elemento que pudiera ubicarla en sus últimos minutos resultaba crucial. Pero el vehículo tampoco resolvió el misterio.
No apareció una prueba concluyente que permitiera afirmar que participó en la desaparición. La posibilidad de que hubiera sido interceptada por alguien se mantuvo como una hipótesis, no como un hecho demostrado. Con el paso de los días comenzaron a surgir otras pistas.
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Algunos objetos relacionados con el recorrido se encontraron en distintos puntos, entre ellos elementos vinculados con su Walkman y una cinta. Pero ninguna de esas evidencias permitió establecer qué había ocurrido. Entonces, la búsqueda se amplió. Se revisaron zonas rurales, se siguieron pistas anónimas y se entrevistó a personas que aseguraban tener información. Nada alcanzaba para explicar qué había sucedido.
Casi nueve meses después, recién apareció la foto. El 15 de junio de 1989, una mujer encontró una Polaroid en el estacionamiento de una tienda de conveniencia en Port St. Joe, Florida. La imagen parecía salida de una. Una joven y un niño aparecían juntos. Los dos estaban inmovilizados y tenían la boca cubierta con cinta adhesiva. La mujer, aparentemente de la edad de Tara, tenía un parecido físico que impresionó especialmente a la familia.
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No se sabía dónde fue sacada. La madre de Tara, Patty Doel, creyó que se trataba de su hija. Para una familia que llevaba meses sin saber absolutamente nada, la Polaroid abrió una posibilidad tan dolorosa como esperanzadora: quizá estaba con vida. Por supuesto la imagen fue analizada por investigadores y especialistas. Pero la respuesta nunca fue definitiva.
Con el tiempo, incluso el FBI expresó una conclusión desfavorable a la hipótesis de que se tratara de la joven. El organismo señaló que había analizado científicamente la imagen y que consideraba bastante probable que la mujer fotografiada no fuera ella. Eso no impidió que la foto se convirtiera en la pieza más famosa de la historia. Durante años volvió a aparecer en diarios, programas televisivos, documentales y sitios dedicados a personas desaparecidas.
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La Polaroid tuvo otro efecto: transformó la desaparición de una joven de una pequeña localidad de Nuevo México en un caso conocido en todo el país. Parecía contener una historia que nadie podía contar. Y surgieron preguntas: quién tomó la imagen, dónde, quién era el niño, por qué estaban atados, pero no hubo respuestas posibles. Algunas personas aseguraron reconocer a la joven; otras consideraron que se trataba de otra mujer. Y la familia quedó atrapada en esa incertidumbre.
La madre de Tara murió en 2006 sin saber qué había ocurrido con su hija. Hasta el final mantuvo la convicción de que la joven de la Polaroid era Tara. El caso, entretanto, siguió abierto. Y el tiempo empezó a convertirse en uno de sus peores enemigos.
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Treinta años después, una nueva investigación
En 2013 las autoridades volvieron a revisar el expediente y crearon una nueva investigación con participación de distintas agencias. Era una señal de que, pese al paso de un cuarto de siglo, el caso no había sido archivado como una historia imposible de resolver. En los años siguientes aparecieron nuevas declaraciones, búsquedas y posibles lugares donde podían encontrarse restos.
Ya en 2019 el FBI dio un paso más: anunció una recompensa de hasta 20.000 dólares por información que permitiera determinar el paradero de Tara y conducir a la identificación, arresto y condena de los responsables de su desaparición. Dos años más tarde surgió otra novedad. Los investigadores dijeron que habían obtenido una nueva pista y que se ejecutó una orden de registro en una vivienda del condado de Valencia relacionada con el caso. Los detalles permanecieron bajo reserva judicial.
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El avance más importante se produjo el 13 de junio de 2023. La sheriff de Valencia County, Denise Vigil, anunció que los policías consideraban que lograron reunir evidencia suficiente para enviar el expediente a la fiscalía y evaluar posibles cargos. La noticia fue trascendente, pero tenía una limitación fundamental. Las identidades de las personas consideradas de interés permanecían selladas por orden judicial. Las autoridades no dieron a conocer sus nombres ni los detalles de la evidencia reunida.
Más allá del anuncio, eso no significó que el caso estuviera resuelto. Tampoco que tuvieran un acusado. Pero después de décadas de investigación, se consideró que había elementos suficientes para que los fiscales analizaran la posibilidad de presentar cargos. Pero luego, misteriosamente, el caso se mantuvo en silencio, no se produjeron más avances ni novedades.

Con el correr de los años se siguieron formulando diferentes teorías sobre la desaparición. Una de ellas sostenía que Tara pudo haber sido atacada durante el regreso a su casa. La camioneta mencionada por los testigos alimentó esa posibilidad. Otra línea de investigación apuntó hacia personas jóvenes de la zona y hacia la posibilidad de que alguien supiera qué ocurrió pero guardó silencio. También existieron versiones de antiguos investigadores que aseguraron conocer nombres y circunstancias.
Pero ninguna de esas hipótesis puede presentarse como una verdad judicial. Porque no hubo condenados ni una confesión que cerrara el expediente. Tampoco restos que pudieran ser identificados como los de Tara. Y la Polaroid, por más perturbadora que resulte, tampoco logró convertirse en una prueba definitiva. Ese es uno de los aspectos más dolorosos de la historia: existen suficientes elementos para pensar que aquella desaparición pudo haber terminado en un crimen, pero no los suficientes para reconstruirlo públicamente de manera concluyente.
Hoy el FBI sigue buscando a Tara Leigh Calico. La ficha oficial conserva su nombre, su fecha de nacimiento, sus características físicas y las señas particulares que podrían permitir reconocerla. También se mantiene vigente la recompensa de hasta 20.000 dólares. Si estuviera viva, tendría 57 años. La institución incluso difundió una imagen de progresión de edad para mostrar cómo podría verse en la actualidad. Pero la fotografía que permanece en la memoria colectiva no es esa. Es la de la adolescente de 19 años que todavía parece estar mirando desde una bicicleta hacia algún punto de aquella ruta de Nuevo México.
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