Día de las Personas Cuidadoras: alertan que la demanda en Argentina crecerá a un ritmo difícil de sostener para las familias

El 10% de los adultos mayores del país requiere asistencia para actividades cotidianas, y esa proporción crece con la edad. Las familias absorben la mayor parte de esa carga, casi siempre sin preparación ni recursos suficientes

Curso de Asistentes Gerontológicos Domiciliarios e Institucionales” de AMIA. Generación Silver
AMIA dicta desde hace 32 años una capacitación para asistentes gerontológicos con certificación oficial del gobierno porteño.
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Hoy, 5 de noviembre, se conmemora el Día Internacional de las Personas Cuidadoras, una fecha destinada a reconocer la labor de quienes acompañan y asisten a personas mayores, enfermas o con discapacidad y algún grado de dependencia. Instituida por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2014, la jornada busca visibilizar una tarea que muchas veces transcurre en silencio, tanto en el ámbito familiar como en el profesional, y poner en valor el trabajo cotidiano de millones de cuidadores y cuidadoras.

En el marco de esta fecha, Sebastián Fridman, coordinador general del área de Personas Mayores de AMIA; Vanesa Epstein, coordinadora del Curso de Asistentes Gerontológicos Domiciliarios e Institucionales; y Lara Rasch, responsable de la plataforma CuidAMIA, dialogaron con Infobae sobre los desafíos del cuidado, la importancia de la formación y las herramientas disponibles para acompañar a quienes cuidan de otras personas.

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Desde AMIA advirtieron que la demanda de cuidados para personas mayores en Argentina crecerá a un ritmo que las familias difícilmente podrán sostener solas. Fridman y Epstein describieron un sistema tensionado por el envejecimiento poblacional.

Curso de Asistentes Gerontológicos Domiciliarios e Institucionales” de AMIA. Generación Silver
El servicio CuidAMIA realiza entrevistas presenciales y verifica antecedentes laborales para vincular a cuidadores con los hogares.

—¿Cómo cambió la demanda de cuidados para personas mayores en Argentina durante los últimos años y qué factores explican esa evolución?

—Nos encontramos ante un escenario de acelerado envejecimiento poblacional que incrementa sostenidamente la demanda de cuidados. Este fenómeno representa un verdadero logro de la humanidad —reflejado en el aumento de la expectativa de vida—, pero también un desafío: nos exige revisar el sistema de cuidados existente y definir qué nuevos servicios requerirán las personas mayores que presentan diversos grados de dependencia.

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De acuerdo con informes del BID, 8 millones de personas mayores presentan hoy dependencia funcional en América Latina y el Caribe, lo que equivale al 12% de la población mayor de 60 años en la región. Para el 2050, se estima que esta cifra superará los 27 millones. En apenas tres décadas, la demanda de servicios de atención se triplicará, al tiempo que se reducirá la capacidad de respuesta y contención por parte de las familias.

Argentina es uno de los países más envejecidos de la región: el 16% de la población supera los 60 años. Se calcula que en el país viven 7 millones de personas mayores, de los cuales cerca del 10% requiere asistencia para realizar alguna actividad de la vida diaria, un porcentaje que aumenta de manera notable al analizar el segmento de 80 años o más.

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Las familias afrontan con recursos económicos privados la mayor parte de los costos del servicio de acompañamiento domiciliario.

La institución dicta desde hace 32 años una capacitación con certificación oficial del gobierno de la ciudad de Buenos Aires para asistentes gerontológicos. Tras la pandemia de COVID-19, el curso pasó de una modalidad completamente presencial a otra híbrida, con módulos teóricos virtuales sincrónicos.

—¿Cuáles son las principales necesidades de las personas mayores que requieren asistencia y de sus familias?

—Las personas mayores con dependencia funcional requieren apoyo para realizar actividades básicas de la vida diaria, como alimentarse, higienizarse, vestirse y desplazarse, pero también para tareas complejas como organizar la medicación, realizar trámites de salud y gestionar las compras.

Uno de los principales obstáculos es la dificultad que suele tener la persona mayor para aceptar sus limitaciones y admitir que necesita ayuda externa. En este punto, resulta fundamental construir acuerdos entre la persona mayor y su familia que permitan incorporar de manera gradual la figura del asistente gerontológico.

Por otro lado, más del 80% de los cuidados domiciliarios son asumidos por la propia familia. Los allegados acompañan el proceso de fragilización encargándose de la gestión de la salud y la logística cotidiana. Sin embargo, a medida que la dependencia avanza, suelen emerger situaciones de estrés y conflicto intrafamiliar. Las familias con frecuencia enfrentan la falta de recursos económicos para costear un asistente gerontológico, carecen de información sobre cómo actuar ante las distintas necesidades y no disponen de espacios de contención para prevenir el alto desgaste físico y emocional que conlleva el cuidado. A esto se suma la dificultad recurrente para hallar personal calificado y de confianza.

—¿Qué diferencias existen entre cuidar a una persona mayor en su domicilio y hacerlo en una institución?

—El cuidado en un marco institucional —como una residencia de larga estadía— cuenta por lo general con servicios de mayor complejidad e infraestructura para responder a eventuales requerimientos de salud. Lograr ese nivel de cobertura en el hogar es mucho más complejo, ya que exige coordinar a múltiples profesionales y actores del equipo de salud, algo que se vuelve crítico cuando se alcanza un esquema de atención de 24 horas los 7 días de la semana.

La elección entre la atención en el hogar o la residencia debe adaptarse a la situación de cada persona mayor, siendo imprescindible contar con su participación en las decisiones sobre sus cuidados. Las residencias ofrecen la ventaja de contar con equipos interdisciplinarios integrales; en cambio, en el domicilio, la labor suele ser más solitaria y compleja de coordinar, pero permite establecer un vínculo más estrecho entre el cuidador y la persona que recibe los cuidados. Priorizar la permanencia en casa brinda la valiosa oportunidad de preservar la cotidianeidad en un espacio impregnado de recuerdos, vivencias y vínculos significativos.

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Más del 80% de los cuidados en el hogar recae actualmente sobre los integrantes del grupo familiar.

—¿Qué conocimientos y habilidades necesita un asistente gerontológico para desempeñar su tarea y qué aspectos suelen ser más difíciles de aprender?

—El punto de partida central es la vocación de servicio y el compromiso con la formación continua. Es una profesión donde la demanda supera ampliamente a la oferta, lo que posibilita una rápida inserción laboral; sin embargo, la diferencia cualitativa la marcan el perfil del profesional y la solidez de la capacitación recibida.

En nuestras instancias formativas promovemos una mirada humanizada de los cuidados. Buscamos que los asistentes aprendan a vincularse con cada persona de manera personalizada, potenciando su independencia y autonomía. Deben estar capacitados para velar por el cumplimiento de los tratamientos médicos y reconocer pautas de alarma, pudiendo activar respuestas adecuadas ante emergencias médicas. En su tarea promovemos que puedan establecer un vínculo que permita conocer la historia, gustos y deseos de la persona mayor acompañada. El objetivo es preservar su funcionalidad e impulsarla a seguir desarrollando un proyecto vital con actividades gratificantes.

El aspecto más complejo de aprender suele ser el cambio de paradigma: lograr que los alumnos identifiquen y desarmen los prejuicios y estereotipos negativos sobre la vejez que condicionan su práctica. Es indispensable que desarrollen una labor fundada en la dignidad y el respeto hacia las personas mayores como ejes transversales de cada intervención.

—¿Cuáles son los principales desafíos que enfrentan hoy los cuidadores en el ejercicio cotidiano de su trabajo?

—Los mayores desafíos están vinculados a la sobrecarga de trabajo y al agotamiento derivado de jornadas de cuidados extensas. Esta problemática se agudiza en aquellas personas que asumen estas tareas sin contar con una formación técnica específica que les proporcione herramientas de autocuidado y gestión.

—¿Qué lugar ocupan el vínculo afectivo, la escucha y el acompañamiento emocional en las tareas de cuidado?

—Ocupan un lugar estructurante. Desde un modelo de atención centrado en la persona, el acompañamiento emocional para que la persona mayor despliegue al máximo su autonomía resulta fundamental. Esto requiere edificar un vínculo basado en la empatía, donde se comprendan las necesidades particulares del individuo y se preste apoyo respetando su biografía, sus intereses, sus preferencias y su participación activa en las decisiones.

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El 10% de las personas mayores en el país necesita asistencia para concretar actividades de la vida cotidiana.

—¿Qué dificultades encuentran las familias para sostener los cuidados en el tiempo, tanto desde el punto de vista económico como organizativo?

—En muchos casos, las familias reciben un diagnóstico difícil y no cuentan con las sugerencias de cómo construir un esquema de cuidados.

En el plano económico, la mayor traba es el costo financiero que implica acceder a servicios formales de cuidado —sean domiciliarios o institucionales— de calidad y adaptados a las necesidades reales de la persona mayor.

En la dimensión organizativa, predomina la falta de orientación. Dado que cada profesional de la salud interviene desde su especialidad de forma atomizada, suele faltar la figura de un profesional con visión gerontológica integral que oficie de “gestor del caso”. Esta función es clave para articular el dispositivo de atención entre los distintos actores y evitar que la familia quede desbordada intentando coordinar esfuerzos fragmentados.

Sobre este punto es importante resaltar que AMIA cuenta con Camino Compartido, un programa gratuito, especialmente destinado a los familiares, que ofrece información de calidad sobre cuidados, y espacios de reflexión y contención.

Intermediación laboral y cuidado domiciliario: cómo funciona CuidAMIA

Lara Rasch, responsable de la plataforma CuidAMIA, explicó el funcionamiento del servicio.

—¿Cómo funciona CuidAMIA y qué necesidad concreta busca resolver en el mercado de los cuidados?

—CuidAMIA es un programa que funciona dentro del Servicio de Empleo de AMIA y se especializa en la búsqueda y selección de personal para el cuidado domiciliario. A través de un servicio de intermediación laboral, conectamos a familias que necesitan asistencia y acompañamiento en sus hogares con personas que cuentan con formación y/o experiencia en tareas de cuidado.

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Argentina registra siete millones de habitantes mayores de 60 años, cifra que equivale al 16% de la población nacional.

Nuestro trabajo consiste en recibir los requerimientos de cada familia, identificar el perfil de personal que mejor se adapte a sus necesidades y realizar una búsqueda personalizada, teniendo en cuenta aspectos como las características de la persona que requiere cuidados, el tipo de asistencia necesaria, los días, horarios y las tareas a realizar. A partir de este proceso, presentamos perfiles de candidatos interesados para que las familias puedan avanzar con la selección y contratación.

En cuanto a la necesidad que buscamos resolver, CuidAMIA apunta a fortalecer y facilitar el acceso a una alternativa de cuidado diferente a la institucionalización, promoviendo la posibilidad de que las personas mayores puedan permanecer en sus propios hogares, en un entorno conocido y familiar, recibiendo la asistencia que necesitan.

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La cantidad de personas mayores con dependencia funcional en América Latina superará los 27 millones hacia 2050.

La formación busca evitar una atención que reduzca la autonomía

La capacitación técnica debe permitir el seguimiento de tratamientos médicos, la detección de señales de alarma y la respuesta ante emergencias, pero AMIA remarcó que el cuidado no se limita a esas herramientas. “Buscamos que los asistentes aprendan a vincularse con cada persona de manera personalizada, potenciando su independencia y autonomía”, explicaron los coordinadores.

Los referentes identificaron los prejuicios sobre la vejez como una dificultad para ese enfoque. La idea de que las personas mayores son como niños, que no pueden aprender o que la vejez equivale a una enfermedad puede derivar en prácticas sobreprotectoras que restringen su capacidad de elección y agravan la dependencia.

La estabilidad laboral es otro desafío para quienes cuidan, ya que la continuidad del empleo depende de la evolución de la persona asistida, de un eventual cambio en sus necesidades o de su fallecimiento. Aunque existe un régimen para registrar estas relaciones laborales bajo la categoría de asistencia y cuidado de personas, la formalización depende de que las familias empleadoras asuman esas obligaciones.

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Los especialistas señalan que los prejuicios asociados a la vejez promueven conductas de sobreprotección que reducen la autonomía.

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