
Una presión en el pecho, la sensación de falta de aire, la visión nublada... Son varios los síntomas que comparten un ataque al corazón y un ataque de ansiedad. Por ello, muchas personas tienden a confundirlos, lo que puede dificultar notablemente la ayuda médica que se recibe.
Aunque hay diferencias claras entre un ataque de ansiedad y un infarto, ante cualquier dolor en el pecho es fundamental buscar atención médica para descartar problemas cardíacos. Si una persona presenta dolor torácico intenso, dificultad para respirar y sudoración fría, debe acudir de inmediato a un servicio de emergencia, ya que un infarto puede ser mortal si no se trata a tiempo.
Por otro lado, si el dolor varía con la respiración y los movimientos, y se acompaña de síntomas de ansiedad, es posible que se trate de un ataque de ansiedad. En estos casos, las técnicas de relajación, la respiración profunda o la distracción pueden ayudar a calmar los síntomas. Sin embargo, si los episodios de ansiedad son frecuentes o afectan la calidad de vida, se recomienda buscar ayuda psicológica para manejarlos adecuadamente.
Duración del episodio
Según la clínica Modern Heart and Vascular, una de las principales diferencias entre un infarto y un ataque de ansiedad es el tiempo que duran los síntomas. Un ataque de ansiedad suele durar entre 5 y 20 minutos, mientras que un infarto tiende a extenderse por más tiempo y, en algunos casos, el dolor puede volverse progresivamente más intenso. Además, los síntomas de un infarto no desaparecen por sí solos ni se alivian fácilmente, mientras que los de un ataque de ansiedad pueden disminuir con técnicas de respiración o distracción.
El dolor torácico
El dolor en el pecho es un síntoma común en ambos casos, pero tiene diferencias significativas en cuanto a su intensidad y sensación. En un infarto, el dolor torácico se describe como una presión intensa, opresión o una sensación de pesadez en el pecho. Es un dolor profundo y angustiante, como si algo estuviera presionando fuertemente la zona. Este dolor suele ser constante y no se ve afectado por el movimiento ni por la respiración. Además, puede extenderse a otras partes del cuerpo, como los brazos, el cuello, la mandíbula o la espalda.
Por otro lado, durante un ataque de ansiedad, el dolor torácico es más parecido a un pinchazo o una punzada aguda. No es un dolor de presión o de peso en el pecho, sino más bien una sensación de molestia que puede variar en intensidad. A diferencia del dolor de un infarto, este tipo de dolor suele cambiar con la respiración, los movimientos o incluso la deglución.
El movimiento y la respiración
Otro aspecto clave para diferenciar ambas condiciones es la respuesta del dolor a los movimientos corporales o la respiración. En un infarto, el dolor no cambia cuando la persona respira profundo o cambia de posición. Ninguna acción alivia el malestar, lo que lo hace más alarmante.
En contraste, durante un ataque de ansiedad, el dolor puede modificarse al inhalar o exhalar profundamente, moverse o cambiar de postura. Esto se debe a que la ansiedad genera tensión muscular en el pecho, lo que puede ocasionar molestias que se alivian o empeoran con ciertos movimientos.
Otros síntomas
Los síntomas adicionales también pueden ayudar a diferenciar entre un ataque de ansiedad y un infarto.
En un infarto, además del dolor en el pecho, suelen presentarse síntomas como la falta de aire repentina, mareos, náuseas o vómitos, sudoración excesiva (sudor frío) o un dolor que se irradia a otras zonas del cuerpo, como el brazo izquierdo, la mandíbula o la espalda.
En cambio, un ataque de ansiedad puede venir acompañado de síntomas como una sensación de irrealidad o desconexión del entorno, miedo intenso, palpitaciones o taquicardia, hormigueo en manos o cara y una sensación de falta de aire aunque los niveles de oxígeno en el cuerpo sean normales.
Factores desencadenantes
Un infarto suele ocurrir de manera repentina, muchas veces mientras la persona está en reposo o realizando un esfuerzo físico. No necesariamente tiene un detonante emocional claro, sino que está relacionado con factores de riesgo cardiovasculares como hipertensión, colesterol alto, diabetes o tabaquismo.
Por otro lado, un ataque de ansiedad generalmente es provocado por una situación estresante, pensamientos negativos o preocupaciones intensas. Puede ocurrir en momentos de tensión emocional o incluso sin un motivo aparente, pero está ligado a la respuesta del sistema nervioso ante el estrés.
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