Facundo Manes: “No necesitamos un docente que sepa todo; necesitamos uno que emocione”

En diálogo con Milagros Hadad en el auditorio de Ticmas, el neurocientífico habló del impacto de la pobreza en el desarrollo cognitivo, del aumento de los problemas de salud mental y del nuevo rol del docente: menos enciclopédico, más emocional, capaz de inspirar, contener y construir sentido

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La paradoja moderna: vivimos mejor y nos sentimos peor

Hay algo que Facundo Manes repite con la insistencia de aquel que sabe que no le están prestando la atención necesaria. Lo dice en congresos, en entrevistas, en auditorios como el de Ticmas en la Feria del Libro: ocho de cada diez jóvenes tienen síntomas de ansiedad o depresión. Manes lo lanza y deja que caiga. Después habla de otra cosa —la desigualdad, la inteligencia artificial, la pobreza— y uno entiende que no son otra cosa: son el mismo tema visto desde distintos ángulos.

Manes tiene el don —no tan frecuente en los especialistas— de hablar en público sin ponerse a salvo detrás del vocabulario técnico. En diálogo con Milagros Hadad, Manes eligió cada ejemplo con cuidado: nada de jerga, nada de abstracciones del lenguaje. Cuando quiso explicar el impacto cognitivo de la pobreza no dijo “déficit en el desarrollo neurológico temprano”. Dijo: chicos de cuatro años de familias pobres en Ecuador podían nombrar 10 de 60 imágenes. Los de familias con buen estímulo afectivo y nutricional, las 60. Ese gap existe antes de que empiece el colegio. Antes de que haya meritocracia posible.

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—Todos somos pro-mérito —dijo— pero para que haya meritocracia tenemos que partir del mismo escalón. Y eso no está pasando.

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Milagros Hadad junto a Facundo Manes

La paradoja moderna

Hoy vivimos mejor que un rey hace mil años. Tenemos antibióticos, medicación, ropa técnica, celulares. Sin embargo, los índices de depresión y ansiedad no paran de crecer. En Estados Unidos, uno de cada dos ciudadanos va a tener un trastorno cerebral a lo largo de su vida. En el mundo, uno de cada tres —aunque Manes sospecha que la diferencia es de diagnóstico, no de prevalencia—. La otra mitad, agrega, tiene que cuidar al que tiene el problema: no hay mitad sana que mire desde afuera. Manes impulsó la primera ley de salud cerebral del mundo, aprobada el año pasado en Diputados y a la espera del Senado. “Un país sin salud cerebral no puede tener capital humano”, dijo.

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Según Manes, el problema más grave en Estados Unidos no es la violencia ni la desigualdad: es la soledad. Es un país construido para gente sola que va al gimnasio sola, que trabaja sola. Para explicar los efectos de la soledad, citó al cirujano general del gobierno de Joe Biden, que en su último reporte señaló que la soledad crónica tiene el mismo efecto nocivo que fumar quince cigarrillos por día. Mata más que la polución ambiental. Tanto como la obesidad.

—Cuando vamos al médico nunca nos preguntan cuál es tu red social —dijo—. Te toman la presión, te sacan sangre para el colesterol. Pero la soledad no tiene biomarcadores. No aparece en la analítica.

Esta situación tiene un correlato directo en la educación. El valor del docente en la era de la inteligencia artificial, dijo, no va a ser enciclopédico sino emocional. Va a ser la contención, la compasión, la red. “Si yo te pregunto cuál es el docente que más recordás en tu vida”, dijo, “seguramente no va a ser el que te enseñó algo sofisticado, sino el que te contuvo emocionalmente, el que te inspiró”.

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“Si me preguntan cómo definir al cerebro, diría que es un órgano social”, dijo Facundo Manes en diálogo con Milagros Hadad

Cerebro, memoria y emociones

El cerebro, explicó Manes, aprende de tres maneras: cuando algo lo motiva, cuando algo lo inspira, cuando algo le parece un ejemplo. Las tres son funciones que ningún algoritmo puede replicar de verdad. Y no es porque la inteligencia artificial no sepa cómo motivar —ya está aprendiendo a simularlo—, sino porque la motivación, la inspiración y el ejemplo requieren un cuerpo. Requieren historia.

Luego de explicar esto, Manes propuso una imagen provocadora: en esta época ya no se aprende en el aula. El conocimiento se adquiere en casa, con cualquier dispositivo, en cualquier momento. El aula, en cambio, no va a ser el lugar donde se transmite información sino el lugar donde se procese de manera colectiva, donde haya creatividad compartida, donde el docente contenga.

Ya no necesitamos un docente que sepa todo. Necesitamos un docente que articule, que emocione.

La inteligencia artificial no va a reemplazar a la empatía, la resiliencia, la flexibilidad cognitiva, la creatividad. “Cuando no hacemos nada”, explicó, “el cerebro activa una red cerebral masiva llamada default network que conecta áreas que no estaban conectadas, pensamientos que no estaban conectados”. No hacer nada, entonces, es muy importante. Aburrirse es muy importante. "¿Se acuerdan cuando nos aburríamos?“. Para Manes, los chicos de hoy no se pueden aburrir porque siempre tienen un estímulo disponible y, si el cerebro no se aburre, nunca activa esa red.

¿Cómo se trabaja la resiliencia?

—Exponiéndose al estrés.

Manes explicó que los chicos y adolescentes que en su niñez tuvieron eventos estresantes tolerables tienen mejor resiliencia en el futuro. “Una frustración tolerable te vacuna”. El estrés en dosis razonables no es el enemigo: es el entrenamiento. “Con mi mujer hablábamos cuando nuestros hijos sufrían o se frustraban: déjalos”.

Otro factor para la resiliencia es la comunidad. La resiliencia se atraviesa mejor en equipo. “Si me preguntan cómo definir al cerebro, diría que es un órgano social”. Un factor más: el propósito. Mandela, recordó Manes, estuvo veintiocho años preso. En algún momento de esa historia, los que gobernaban Sudáfrica debieron haberle ofrecido algo. Dinero, libertad parcial, algún beneficio. Pero no aceptó: “Resistió porque tenía un propósito mayor”. Tener un propósito es una fuente de bienestar. Y también, dijo Manes, un antídoto contra la adversidad.

¿Cómo puede influir un docente o un padre en ese propósito? ¿Es algo que se construye?

—Ahí hay un rol clave del docente. Un poder mucho mayor que la inteligencia artificial para generar propósito es la experiencia. A mí me marcaron algunas personas. Mi padre, que era un médico rural, me impactó mucho. Mi madre fue la constancia. También me impactó Favaloro. Yo nunca lo conocía, pero mi papá me contaba que había un héroe argentino —porque a mí me gustaba jugar con Superman— que era Favaloro, un médico que había vuelto a la Argentina. Después yo terminé siendo rector de Favaloro. Me impactó Alfonsín, a quien tampoco conocía, pero era una persona que nos empezó a hablar de democracia. También me marcaron docentes. Claramente las personas son una fuente de propósito, y reconocer que uno es fuente de propósito, está en uno de los caminos para que el docente recupere la autoestima. Esta es una época difícil para ser docente. Antes respetábamos todo lo que sabía, pero hoy un chico pone el celular y tiene toda la información. Se ha quebrado la autoridad que da el conocimiento, pero la autoridad de la sabiduría, la autoridad de la búsqueda compartida del propósito, la autoridad de inspirar: ahí es donde tenemos que reforzar el camino del docente.

¿Te acordás de algún mensaje de un docente tuyo que te haya inspirado, que te haya dejado marcado?

–Sí... Después de Arroyo Dulce, crecí en Salto, que era más grande. Había 25.000 habitantes. Yo de chiquito, en la secundaria, yo trabajaba en una imprenta, después en el campo. Muchos docentes míos fueron gente de la calle también, porque lo bueno de crecer en un pueblo es que todos íbamos al mismo colegio y el patio de nuestra casa era el pueblo, y al lugar para salir iban los divorciados de 40 y los pibes de 16. Tuve muchos docentes de la calle. No quiero aburrir, pero me hacés acordar a la película Cinema Paradiso. El protagonista es un pibito que trabajaba en el cine del pueblo y se va a Roma, y en Roma se convierte en un productor exitoso. Y él tiene a un maestro de la vida, que no era del colegio, que le decía: “Andate y no vuelvas al pueblo”. A mí también me dijeron eso. “Andá y desarrolla tu potencial. Andá y soñá”. Después, tuve muchos momentos de docentes, pero de lo que más me acuerdo es de lo emocional. La emoción afecta la memoria. Somos seres emocionales.

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Manes habló ante un auditorio colmado. La charla pudo seguirse también por streaming

Hábitos para un cerebro feliz

Sobre el final de la conversación, Milagro Hadad le pidió a Facundo Manes que recomiende un hábito subestimado pero que tenga gran impacto en el bienestar mental.

—Estar presente. Estar acá.

Un cerebro presente es más productivo y más feliz, dijo. Tenemos tendencia a rumiar los próximos pasos y a revisar lo que ya hicimos. Nos olvidamos de lo que está pasando ahora mismo. La multitarea, dijo, es una ilusión: el cerebro no puede hacer bien dos cosas al mismo tiempo. La sensación de estar en una reunión y mandar mensajes de WhatsApp simultáneamente es exactamente eso: una sensación. Las dos cosas se hacen peor.

—En diez años —dijo— estar con el WhatsApp todo el día va a ser considerado pobremente. Como pasó con el cigarrillo. Ya había evidencia de que hacía mal, pero los cowboys fumaban en las películas. La sociedad tarda décadas en aprender lo que la ciencia ya sabe.

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