En un nuevo episodio de La Fórmula Podcast, Oriana Sabatini presentó su primera novela Podría quedarme acá y profundizó en el proceso creativo detrás de su escritura. Explicó que el proyecto surgió como una inquietud personal de larga data y que, una vez iniciado, sostuvo una disciplina de trabajo diaria durante dos años. En ese recorrido, destacó el vínculo emocional construido con sus personajes y el proceso de cierre que implicó la entrega final del manuscrito.
Asimismo, abordó la exposición que conlleva escribir ficción atravesada por experiencias y emociones propias, así como la representación de la salud mental en la novela y los estigmas asociados a la depresión y los trastornos alimenticios. Señaló el rol de la escritura como herramienta de elaboración personal, su interés por la muerte —que la llevó a formarse en tanatopraxia— y el impacto de la maternidad en su vida. El episodio completo podés escucharlo en Spotify y YouTube.
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Oriana es una artista multifacética que se destacó tanto en la música como en la actuación. Inició su carrera en la televisión con series juveniles y, con el tiempo, consolidó su perfil como cantante pop con proyección internacional. Además de su trabajo artístico, se convirtió en una figura influyente en redes sociales, donde comparte aspectos de su vida personal y reflexiones sobre salud mental, identidad y crecimiento personal, construyendo una conexión cercana con su audiencia.

—Acabás de sacar un libro Podría quedarme acá. Quiero preguntarte cómo es el proceso de escribir tu primer novela.
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—Siento que para cada escritor debe ser diferente. Se dio todo como muy natural y un poco arrancó como un proyecto personal. Escribir un libro es un deseo que tengo desde muy chiquitita y siempre fue como esos deseos que quedaron en el imaginario de mi mente, que sentí que eran algo imposible. Si bien yo he estudiado escritura y todo, me parecía que escribir un libro era medio un fantasma. Empecé a conocer quizás personas a lo largo de mi vida que me incentivaron y me ayudaron a creer que era algo que podía ser posible. Y con el libro un poco me pasó que, cuando de chiquita decía que quería escribir, pensaba que quería, no sé, escribir de repente una autobiografía. Me creía mil de repente. ¿Por qué se me ocurrió que una autobiografía? Después un poco le perdí como el amor a la lectura, porque empecé a leer cosas que no me gustaban.
Siempre digo lo mismo: para mí no hay gente que no le gusta leer, hay gente que no está leyendo lo que le gusta. Y a mí me pasó eso. Entonces, cuando retomé, cuando me volví a encaminar en qué tipo de literatura a mí me gustaba. Como que se me ordenó la mente y ahí un poco me llegó la historia de la novela, pero me faltaba el componente de cómo arrancó. Ahí empecé a conocer personas que me ayudaron en ese proceso: “Mirá, se puede hacer esto, se puede hacer lo otro”. Yo lo que hice con esta novela fue clínica de obra, que es básicamente como, reunirte con un editor, periódicamente, cada cuanto uno quiera, y trabajar, y ponerme a trabajar todos los días.
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La historia se dio muy natural, porque yo venía estudiando, no sé si estudiando, porque no es que fui a una universidad, pero hacía muchos cursos de escritura, escribía cuentos y hablaba con una profesora en ese entonces y le decía: “Me muero por escribir una novela, pero no sé si la historia que tengo en mente es lo suficientemente interesante como para contarla”. Y me gustó mucho esa profesora y ese curso, porque empecé a aprender que no es que la historia tiene que ser fantástica, es cómo está escrito que hace la diferencia. Y me puse como a ejercitar eso para tener más confianza en lo que quería contar y decir: “Sí, lo puedo contar”. No tiene que ser una gran historia de repente fantástica, superadora y trascendental. Hay historias más o menos increíbles y depende mucho de cómo uno elige contarlo. Arrancó como un proyecto personal y en ese momento no estaba Penguin, no había nadie. No me estaba corriendo nadie y podría haber ido a un ritmo muchísimo más tranqui, pero cuando arranqué dije: “No paro”. Y desde el día que arranqué estuve todos los días trabajando en la novela por dos años.
—¿Te sentabas en tu casa y le dedicabas un par de horas?
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—Sí, sí. Me sentaba en mi casa, tenía mi espacio en Italia y acá en Buenos Aires tenía otro. Me ponía mi playlist, que tenía armadita para inspirarme un poco, para que mi cerebro conecte esa música que me daba una sensación de inspiración y me ponía a escribir. Me ponía a escribir un poco la clínica de obra, que lo que también ayuda a hacer es ponerse metas para cada semana. “Esta semana quiero terminar esta escena o corregir esto en esta escena y lo entrego al final de esta semana para ver si vengo bien”. Y eso es lo que hice.
—¿Te costó entregarlo?
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—Me costó entregarlo por muchos motivos. Primero porque obvio, una es exigente y perfeccionista siempre y siento que, con todo, en realidad, no solo con la literatura. Creo que siempre hay algo que se puede seguir tocando, corrigiendo, cambiando. También por otro lado, porque amo a mis personajes y me encariñé mucho con ellos y fueron parte de mí mucho antes de arrancar a escribir la novela. No sabés el duelo que hice, te juro. El día siguiente que entregué el último manuscrito, me acuerdo que, yo encima re embarazada tenía las hormonas por cualquier lado, lloraba como si estuviese haciendo el duelo de una persona real. Me acuerdo de haber llorado así solo por otra gente que se ha ido.
Nunca jamás por alguien ficticio. Y me pasó con estos personajes que decía: “¡Wow! Es una despedida”. Además también es muy loco porque esos personajes siento que al escribirlos es como que conocés todo, pero absolutamente todo de ellos. Por ahí con la protagonista, si sos una narradora en primera persona, literalmente te tenés que meter ahí adentro con el personaje. Me pasó que decía como: “Chao”. Fue una re despedida y muy dolorosa, pero también en cierto punto creo que fue sanadora y hermoso porque me acompañaron durante un montón de tiempo. Y bueno, la vida tiene ciclos y a veces hay que despedirse de algunos para dejar entrar otros.
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—El libro, por más de que sea ficcionado, toca un montón de temas que has atravesado en tu vida personal. ¿Te costó exponerte de alguna manera? Por más de que uno en la ficción se refugia un poco, no estás contando sobre vos. Pero igual termina siendo algo muy íntimo.
—Sí, fue difícil. Lo que pasa por ahí con la protagonista de mi novela es que es una chica que puede ser muy fácilmente odiable. Porque vos la lees, y con esto me he sentido identificada muchas veces porque me lo ha dicho, es una piba que lo tiene todo para ser feliz, y te pasa de decir: “Pero flaca, buscate un problema honesto. ¿Qué es lo que te pasa realmente, que es tan grave que te tiene así de, de triste con la vida?”. Yo no quería que a mi personaje lo odiaran. De hecho, todo lo contrario. Quería que a Ariana la termines queriendo porque, porque llega a un lugar donde le es posible ser vulnerable y un poco para encontrar esa vulnerabilidad, hay que, hay que ponerse a tocar fibras de uno mismo.
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No en el sentido personal de escribir lo que le pasó a uno. Pero hay que tocar fibras de: “¿Y yo qué pienso de esto? ¿Cómo lo traduciría a la hoja desde el punto de vista de esta protagonista?” Que al fin y al cabo es una mujer. Entonces, es imposible no sentirme identificada con ella y sentir que lo que le pasa me ha pasado a mí y nos ha pasado un montón. De hecho, es un guiño a propósito, una ironía, no es casualidad que Ariana se llame Ariana y que tengamos tantas similitudes. Yo sentía que al principio era como un alter ego mío.
Nuestros caminos al principio de la escritura empezaron como muy pegaditos, porque en todos los cursos que yo he hecho de escritura y todos los profesores que tuve, muchos me han dicho: “Bueno, escribí desde lo que conocés, desde lo que te salga más natural”. Y eso inevitablemente es lo que uno tiene a mano. Sí, toca lo personal. Pero obvio que llegó un momento en la ficción y en todo el proceso donde el personaje y yo nos separamos, pero porque cuando te empezás a meter en lo hondo y lo profundo, sí, qué sé yo, Ariana de repente piensa cosas que yo no pienso y hace cosas que yo no haría, pero en el general creo que sí me puedo re sentir identificada con ella y por eso también esto que te digo fue incómodo, porque toca temas que creo que a muchas mujeres nos han tocado.
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—Cuando terminaste de escribir el libro, ya con el manuscrito entregado, ¿sentías cierto pudor al pensar que lo iban a leer tu familia o tus amigas más cercanas? ¿Cómo te sentís cuando alguien cercano lo lee y te da devoluciones o comentarios?
—Primero me encanta porque siento que entregué un proyecto. ¿Viste cuando entregás un proyecto y decís: “A ver qué nota me van a poner”? Siento un poco eso y como todas las formas del arte. Uno quiere saber si llegaste a tocar de alguna manera las emociones o las fibras internas de las personas que conocés y que no conocés también. Antes de empezar a charlar me estabas contando que te había parecido el libro y para mí es, es increíble saber que algo te haya generado, ya para mí es importante, me quedo con eso para siempre. Yo creo que es difícil a veces, y esta novela por ahí no colabora con eso, porque Ariana, Oriana, arrancamos con trabajos muy similares.
Pero, por ejemplo, si mi personaje no se hubiese llamado así, ponele que se llamaba Clara o María, lo que sea, la historia hubiese sido diferente, ponele que en esa historia hay una escena de sexo de repente o que el personaje atraviesa una situación personal y podés ver y sentir y leer todos esos pensamientos. Siento que inevitablemente la gente que te conoce como autor o que lo lee sabiendo que vos sos el autor, un poco piensa: “Mmm, esto lo debe pensar el autor si lo escribió”. Obvio. No sé, leés la escena de sexo y decís: “Esta tiene fetiche”.
—El personaje de Ariana atraviesa una depresión y volviendo a lo que decías sobre las dificultades invisibles, ¿cuál creés que es la percepción más errada sobre la depresión?
—La depresión tiene muchas formas y se puede ver de miles de maneras diferentes. O sea, sí, a veces puede ser una persona que está triste. Sí, a veces puede ser una persona que está feliz o sí, puede ser una persona que se ve muy enojada también. Yo creo que el concepto errado de la depresión es creer que se tiene que ver de una manera, como pasa con todos los problemas de salud mental. Vos pensás en bipolaridad e instantáneamente quizás te vas como a un concepto que aprendiste, no sé, culturalmente, socialmente, y no es siempre así. Las enfermedades tienen mucho, sobre todo las de salud mental, no voy a hablar de otras porque no tengo tanto conocimiento, pero tienen muchas formas de manifestarse. Todas entran adentro dentro de un mismo como lenguaje quizás. Y esto por ahí es inentendible para alguien que no lo vive, pero uno por ahí que conoce y lo vivió, que tiene gente que lo ha vivido, habla en un mismo idioma.
Pero si no lo experimentaste en primera persona, es muy difícil que lo entiendan. Es muy difícil. ¿Cuál es como el concepto más errado de la salud mental? Para mí es pensar que las personas que lo sufren deciden sufrirlo. Se cree que uno que lo padece por ahí puede así, como por arte de magia, salir de esa situación. Doy una mala noticia, no. Porque no es una decisión tener, no sé, depresión, bipolaridad, anorexia o trastorno por el atracón, no es una decisión. Cada cosa requiere un tratamiento. Pero esto me ha pasado por ahí de conocer mucha gente que creían que era como: “Bueno, levantate de la cama”, ¿entendés? O esto de: “Comé bien. ¡Ay! ¿Pero no te podés comer un cuadradito de chocolate?

—¿Sentís que en algún punto te liberaste al contarlo? ¿Te ayudó a sanar en algún punto?
—Sí. Siento que me saqué una mochila. Fue mi forma de decir como: “Me saco quiero sacar la presión que me puse yo misma”, de tener que ser de una manera. O sea, a mí me pasa esto y por ahí me ves de un día así y me ves un día asá y está bien y es porque lidio con trastornos alimenticios hace mucho tiempo. Ahora estoy muy bien. Pero sí, me pasó. Fue como “hoy me quiero sacar esta mochila, ya me pesa un montón”. Además me sentía una impostora tratando de fingir demencia para las fotos que me decían: “Qué divina”, “Mirá qué rellenita que está ahora”. “Pero en la foto no es nada parecida”. No, escuchame, me cagaba de hambre para la foto, ¿entendés? Era quitarme esa mochila, sincerarme también conmigo misma y sacarme ese peso y esa presión de tener que ser o verme de alguna manera.
Yo toda la vida o cuando era más chica super creía que la felicidad era igual a todas estas cosas que uno tenía que tener y que si las tenías, tenías que ser feliz. Y que si no eras feliz, tenías un gran problema. Y uno empieza a decir: “Pero che, ¿me pasa algo? Porque estoy mal, ¿cómo puede ser que no sea feliz con esto?”. Es verdad que he estado en un lugar de muchísimo privilegio y a veces es verdad que ese privilegio te marea, te marea un montón, porque es como: ¿qué hago? O sea, ¿qué, qué hago con esto, con esta suerte que me tocó, con esta oportunidad y posibilidad?
Creo que también estamos muy gobernados por el concepto que tenemos primero de la felicidad y del éxito, que si tenés todos estos elementos, entonces es la fórmula para la felicidad y no hay otra. Y te empezás a perder y a meter en una que no tiene sentido. Uno pierde tanto tiempo tratando de ser feliz que no te das cuenta que en realidad tenés muchas otras cosas que son tan más simples para ser feliz.

—Hablemos un poco de la tanatopraxia, que es la profesión que ejerce la protagonista del libro. Ella estaba a punto de firmar un contrato como cantante y no quiero spoilear nada, pero se vuelve a Buenos Aires y empieza a trabajar en una funeraria. Contame cómo esto llegó a tu vida personal y cómo funciona ese trabajo.
—La tanatopraxia llegó a mi vida porque la muerte siempre me llamó mucho la atención, me genera una curiosidad tremenda, porque claro, es el misterio más grande de la vida. Creo que siempre todo eso que la gente se empeña en correr a un lado o ignorar, yo es como que digo: “No. Vamos ahí. Vamos a lo que estás tratando de correr”. Y la muerte es un poco eso. Siento que no en todos los países, en todas las religiones, no en todas las culturas se hace de esta manera. Pero yo creo que la mayoría de la gente le tiene tanto miedo a la muerte que nadie le pone atención. Pero es lo más natural. No sé si fue como ganas de, de naturalizarlo más o de quitarle ese fantasma tan grande que tiene alrededor la muerte. También, me ha pasado a lo largo de mi vida, que ya sea por los trastornos alimenticios o por cualquier otra cosa, he tenido tendencias como un poco autodestructivas y con una psicóloga hablábamos un poco de cómo podíamos encontrar un lugar para que canalices toda esa energía autodestructiva, como de pulsión de muerte y no tanto de vida.
Y me encontraba en un momento de mi vida donde yo me fui a vivir afuera porque me enamoré y mi pareja trabaja afuera y siempre me dividí entre allá y acá. Pero también llegó un momento donde es difícil dividirte y poner tu 100 por ciento en todo. Entonces llegó un momento en que dije: “Bueno, vamos a ordenarnos, vamos a ordenarnos. ¿Qué quiero hacer realmente? Porque no puedo hacer todo”. Y me fijé en qué me gustaba. Había descubierto que la tanatopraxia era algo que existía y dije: “Siento que voy a saciar mi curiosidad por la muerte estando en contacto directo con ella.
Voy a poder canalizar como esa energía de pulsión de muerte, voy a creerme una especie de médica forense reprimida y aparte voy a estar haciendo algo que me interesa, que me apasiona”. De hecho me sirvió para escribir esta novela. O sea, uno nunca sabe para qué le puede llegar a servir algo. Y lo empecé y es eso, para los que no lo saben, es el acondicionamiento de los cuerpos para los velatorios.

—Y cuando hablamos de vida, además, estás atravesando un momento muy nuevo que es Oriana mamá. ¿Qué cosas te sorprendieron de esa nueva versión tuya? ¿Qué sorpresas o cosas que no esperabas te encontraste?
—Ahora cumple dos meses… La transformación a nivel anatómica (risas) y personal, emocional, que vive una mujer cuando atraviesa el embarazo, el parto, el posparto, me parece que no se habla mucho de eso. Ni hablar de tener un ser humano que depende de vos y al cual tenés que cuidar y proteger. Salí del hospital diciendo: “Tener hijos me parece lo más hardcore que hay en esta vida y no entiendo cómo lo hace todo el mundo”. Está muy poco reconocido el tener hijos y animarse a eso. Se naturaliza un montón y sí es muy natural, pero es extraordinario, es increíble. Y no me refiero a lo que todos ya saben, que sí, es hermoso, es divino, todo lo que quieras, pero es muy extraordinario. Y hasta de momentos siento que tengo como sensaciones como medio fuera de mi propio cuerpo, donde no entiendo nada. Las primeras tres semanas, eh, yo sentía que estaba completamente desorientada.
Sos otra persona, literalmente. No sé cómo explicarlo. Yo creo que no lo hubiese ni podido entender ni aunque me lo imaginara. Te transformás y no solamente a nivel emocional, a nivel anatómico. Te cambia el cuerpo, se te mueven los huesos. O sea el embarazo y la maternidad a una mujer la atraviesan por completo, pero por completo en serio. Y no sé si alguna otra mujer se puede sentir identificada con esto que voy a decir, pero yo sentí que entré al hospital y salí y me habían cambiado el set (risas).
—Te escuché en una entrevista decir lo siguiente: “Lo que más me emociona de mi bebé es que va a ser muy distinta a mí”. ¿A qué te referías con eso?
—No sé si va a ser muy distinta a mí, pero va a ser otra persona. Me parece emocionante la idea de esto: va a ser otra persona y va a tener otras opiniones y probablemente me va a pelear y también me da mucho miedo eso. Me emociona tanto como me aterra. Pero creo que lo interesante está ahí, en que es otra persona, es que no va a ser una figurita repetida de mí, ni de mi mamá, ni de mi abuela, ni de ninguna, va a ser alguien nuevo.

—Ori, te voy a hacer las últimas preguntas. Como te contaba, este es un podcast de bienestar. ¿Qué es el bienestar para vos? ¿Dónde lo encontrás? ¿Qué cosas te hacen bien o te estimulan? ¿Hay hábitos que hayas incorporado últimamente o descubrimientos que te ayuden a conectar con tu mejor versión?
—Leer, escribir, estar con mis amigas, con mi marido, con mi hija ahora, obviamente, con mi familia. Todo lo que siento que nutre mi alma, por así decirlo, siento que es bienestar absoluto, que es mucho mejor que cualquier détox, cualquier deporte, cualquier suplemento que puedas tomar. ¿Quiero serotonina? Voy a charlar un ratito con mi marido o no sé, con mis amigas. Quiero vitamina D, salgo a ver el sol o a tocar el pasto.
—Siento que algo que repetimos mucho en el pódcast es que lo que más impacto y paz nos da suele estar al alcance de todos: respirar, dormir bien, tener buenos vínculos —aunque esos sí requieren tiempo y dedicación—. No es algo que haya que comprar ni que exija un esfuerzo descomunal; al final, se trata de volver a lo más simple.
—Total. Sí, es que todo se reduce a eso. Como lo hemos dicho en esta charla, uno se empieza a marear y empezás como a separarte un poco de tu esencia. O sea, nacés y somos pura esencia. A medida que vas creciendo te vas como separando porque hay diferentes estímulos y cosas que uno se distrae. El bienestar se trata de eso, un poco de aprender a volver a esa esencia.
—¿Qué cuál es la sensación que quisieras que alguien se lleve cuando termina de leer el libro?
—Me gustaría que se vaya con alguna sensación, cualquiera. Ojalá, no sea de que es una mierda (risas). Ojalá no esa. Pero con cualquier sensación… Ya generarle una sola emoción a la persona que lee mi novela, ya para mí eso es ganar. Es difícil a veces saber qué pasa del otro lado porque no es que se te van a acercar todos los lectores a decirte. Yo ahora tengo y tuve a mis amigas que cuando han leído el manuscrito o alguna escena que les pasé, yo les exigía detalladamente, por favor, que me digan el paso a paso de lo que sintieron, en qué momento lo sintieron, por qué lo sintieron. De hecho, casi ningún lector creo que vaya a hacer eso. Si lo quieren hacer igual, yo feliz de escucharlos. Pero ya generar una sola cosa en una persona que lee, ya sea, no sé, asco, rechazo, bronca, felicidad, emoción, miedo, lo que sea, yo siento que estoy realizada.

—Te voy a hacer la última pregunta que le hago a todos los invitados. En realidad, más que una pregunta, es pedirte que nos dejes algo: puede ser algo que te haya sorprendido o conmovido últimamente, algo que vengas pensando, una recomendación o una frase, lo que quieras compartir.
—Nunca dejar de ser curiosa. Siento que si dejas de ser curioso en la vida un poco te mata. Si ya nada te genera intriga, ganas de saber, averiguar, aprender y conocer… Cada uno vive como quiere, pero la curiosidad es de las cosas que más me han impulsado y creo que es otra manera de bienestar mantenerse curioso. Como cuando sos chiquito, que todo: “Mamá, ¿y qué es esto? ¿Y para qué? ¿Y por qué? ¿Y quién hace? ¿Y quién y qué y no sé qué”. Es hermoso. También en algún momento es como que se tiene que acotar a una sola profesión o a una sola cosa y a mí me gustan muchas cosas.
—Has explorado muchas en tu vida: cantante, actriz, escritora, tanatopraxia, como que se nota que llevás la curiosidad a la acción en tu vida también.
—Re. Y un poco como no dejarse dominar, y no hablo en lo profesional sino en lo personal, porque no siempre tenés la oportunidad de decir: “Ahora hago esto y mañana hago lo otro y después hago esto”. Pero a veces uno cree que te tenés que quedar con eso. Si tu sueño de chiquita fue este, entonces tu sueño de grande tiene que ser el otro. Y si a vos te gustaba esto hace un mes, que te deje de gustar hace tres… Si ya opinaste que sos fan de esto, entonces dejar de serlo y ser fan de lo opuesto. Qué sé yo. La gente crece, uno cambia, todos tenemos derecho a evolucionar y a probar diferentes cosas y ser otras personas. Como que a mí no me gusta, detesto cuando me presentan y dicen: “Oriana Sabatini, modelo, cantante, actriz”. Qué se yo. Siento que desde chiquita, porque empecé a hacer eso, de repente me definió.
¿Por qué no te pueden presentar por una sola cosa? Porque uno puede ser una cosa un día, otra cosa el día de mañana. Y esto no me refiero específicamente a la profesión, pero digo a las opiniones. Como que a veces no nos permitimos opinar diferente, pensar diferente de uno mismo, ¿eh? No de los demás. Si bien la gente puede opinar una cosa o la otra y eso me puede afectar o no, al fin y al cabo nunca nada es peor, y esto ya lo he dicho, que lo que yo ya he pensado sobre mí misma. Entonces digo: “Qué sé yo, ¿me querés odiar? Sí, la verdad preferiría caerte bien, me encantaría caerte bien, no te miento. Pero sí, odiame, porque yo también me he odiado, no me he bancado. Yo también he opinado que qué boluda esta”. Entonces digo, la verdad no hay mucho que las personas puedan decir o hacer que yo ya no lo haya pensado sobre mí misma. Entonces, como que digo bueno, mejor reírse de eso que tomárselo en serio. Uno aprende.
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