
Imaginar lo que va a pasar no es solo un ejercicio mental: es una función profundamente ligada al funcionamiento del cerebro. Pensar en una conversación importante, anticipar un logro o incluso proyectar posibles problemas activa circuitos que influyen en cómo las personas aprenden, deciden y sienten.
Un nuevo enfoque teórico propone que este proceso está impulsado por la dopamina, una sustancia clave en el sistema de recompensa. El planteo fue desarrollado por el profesor Ekrem Dere, de la Universidad del Ruhr en Bochum y la Sorbonne Université, y publicado en la revista Psychological Review.
Según su hipótesis, la capacidad de “viajar mentalmente” hacia el futuro no es un hábito casual, sino un mecanismo que el propio cerebro estimula porque le resulta beneficioso. Sin embargo, ese mismo sistema puede volverse problemático cuando se orienta hacia pensamientos negativos repetitivos.
Cómo la dopamina impulsa la proyección hacia el futuro
La dopamina es un neurotransmisor —una molécula que permite la comunicación entre neuronas— asociado a la motivación, el aprendizaje y la recompensa. Cuando una persona experimenta algo placentero o anticipa un resultado positivo, este sistema se activa.

De acuerdo con la teoría de Dere, imaginar escenarios futuros gratificantes también desencadena esa respuesta. En otras palabras, pensar en algo que podría salir bien genera una sensación inmediata de recompensa, incluso antes de que ocurra.
Esto tiene una función adaptativa. Al reforzar ese tipo de pensamiento, el cerebro favorece la planificación: cuanto más útil resulta anticipar soluciones o estrategias, más probable es que la persona repita ese proceso en el futuro.
Fundamentos de aprendizaje en la anticipación mental
El modelo propuesto se apoya en principios conocidos del aprendizaje, como el condicionamiento operante. Este concepto describe cómo las conductas que generan una recompensa tienden a repetirse.
Según Dere, algo similar ocurre con la proyección hacia el futuro. Si una persona imagina una solución eficaz y eso activa el sistema de recompensa, ese tipo de pensamiento queda reforzado en la memoria.
El investigador compara este proceso con el aprendizaje en animales: así como repite una acción que le permite obtener comida, las personas tienden a repetir la “acción mental” de planificar cuando esa actividad resulta gratificante.

Este mecanismo no solo mejora la capacidad de anticipación, sino que también puede hacer que el futuro se perciba como más manejable, lo que reduce el estrés cotidiano.
El ciclo de la preocupación y sus efectos en la salud mental
Sin embargo, el estudio advierte que este proceso tiene un lado menos favorable. El mismo circuito que refuerza la planificación puede consolidar patrones de pensamiento negativos cuando la mente se centra en escenarios adversos.
En estos casos, la persona no imagina soluciones, sino posibles fracasos o amenazas. Aun así, el sistema de recompensa puede activarse, lo que refuerza la repetición de esos pensamientos.
Este fenómeno ayuda a explicar por qué algunas personas quedan atrapadas en la preocupación constante. El cerebro, en lugar de guiar hacia la resolución de problemas, mantiene un ciclo de anticipación negativa que se vuelve difícil de interrumpir.

Según Dere, este patrón puede contribuir al desarrollo o mantenimiento de trastornos como la ansiedad y la depresión.
El proceso de imaginar el futuro es conocido en psicología como “viaje mental en el tiempo”. Consiste en proyectarse hacia situaciones que aún no ocurrieron, utilizando experiencias previas y expectativas.
En condiciones normales, esta capacidad permite prepararse para desafíos y tomar mejores decisiones. Pero cuando se orienta hacia la anticipación negativa —es decir, a imaginar resultados desfavorables de forma reiterada—, puede tener efectos perjudiciales.
En esos casos, la mente repite escenarios adversos sin avanzar hacia soluciones. Esto puede deteriorar la percepción de control, afectar la autoestima y fomentar conductas de evitación, como postergar decisiones o evitar situaciones desafiantes.
Implicancias terapéuticas y abordaje del pensamiento anticipatorio
Uno de los aportes más relevantes de esta hipótesis es su potencial aplicación en el ámbito terapéutico. Si el cerebro puede aprender a reforzar ciertos patrones de pensamiento, también podría reentrenarse para orientarlos de manera más adaptativa.
El objetivo no sería dejar de imaginar el futuro, sino hacerlo de forma constructiva. Es decir, favorecer proyecciones que incluyan estrategias, alternativas y resultados posibles, en lugar de centrarse únicamente en riesgos o fracasos.

Según plantea Dere, este tipo de entrenamiento podría ayudar a interrumpir los ciclos de preocupación y a reducir síntomas asociados a distintos trastornos psicológicos.
El trabajo propone una idea central: la capacidad de imaginar el futuro no es en sí misma positiva o negativa. Su impacto depende de cómo se utiliza.
Cuando se orienta hacia la planificación, puede mejorar la toma de decisiones y facilitar la adaptación a nuevas situaciones. Cuando se enfoca en escenarios negativos reiterados, puede amplificar el malestar emocional.
Comprender este equilibrio permite interpretar de otra manera procesos cotidianos como la anticipación, la preocupación o la motivación.
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