
El cáncer colorrectal es el tercer tumor más frecuente del mundo y la segunda causa de muerte por cáncer a nivel global. La Organización Mundial de la Salud (OMS) registró 1,9 millones de nuevos casos y más de 900.000 muertes en 2022, con las tasas de incidencia más altas en Europa y en Australia y Nueva Zelanda, y la mortalidad más elevada en Europa del Este.
La detección temprana permitió reducir ambos indicadores en varios países de ingresos altos, lo que refuerza la urgencia de ampliar el acceso al cribado.
En ese contexto, la American Cancer Society actualizó sus directrices e incorporó por primera vez análisis de sangre como opción de cribado, junto con pruebas moleculares en heces que el paciente puede realizarse en casa
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La organización reafirma que los adultos con riesgo promedio deben iniciar el cribado a los 45 años y mantenerlo hasta los 75, siempre que la expectativa de vida supere los 10 años. La medida responde al aumento de casos en adultos jóvenes y al peso de esta enfermedad como principal causa de muerte por cáncer en ese grupo etario.
La estrategia apunta a multiplicar las vías de acceso sin resignar eficacia diagnóstica. “Debemos aumentar nuestro énfasis en el cáncer colorrectal como una enfermedad altamente prevenible, tanto como tratable”, señaló Robert Smith, vicepresidente sénior de detección temprana de la entidad.
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“Al ofrecer más herramientas de cribado, más adultos elegibles podrán acceder a pruebas que salvan vidas”, añadió Smith, para quien ampliar opciones es clave para cerrar la brecha de cobertura y detectar más tumores en fases tratables.
Qué pruebas recomienda la American Cancer Society
Las directrices distinguen entre pruebas preferidas y opciones complementarias. Entre las primeras figuran los métodos basados en heces, todos realizables en el domicilio:
- Prueba inmunoquímica fecal (FIT): frecuencia anual.
- Prueba de sangre oculta en heces de alta sensibilidad (gFOBT): frecuencia anual.
- Test multitarget de ADN en heces (mt-sDNA), en su versión original o de última generación: cada tres años.
- Prueba multitarget de ARN en heces (mt-sRNA): cada tres años.
Todas detectan marcadores moleculares y hemoglobina.
Entre las opciones figuran la colonoscopia cada 10 años, la colonografía por tomografía computarizada cada cinco años y la sigmoidoscopia flexible cada cinco años. Cualquier resultado anómalo en pruebas de heces debe confirmarse con una colonoscopia en un plazo preferente de seis meses.
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Las pruebas sanguíneas —que buscan ADN tumoral circulante— se reservan para quienes rechacen las opciones anteriores. Según la American Cancer Society, presentan menor sensibilidad para detectar lesiones precancerosas avanzadas o cáncer en fase inicial, lo que limita su capacidad para reducir incidencia y mortalidad. Un resultado positivo también requiere colonoscopia de seguimiento.
Recomendaciones según edad y nivel de riesgo
Las guías establecen un rango claro para adultos con riesgo promedio: de 45 a 75 años. Los mayores de 75 deben consultar con su médico para evaluar si continúan, según su estado de salud general y sus antecedentes. En mayores de 85 años, la organización no recomienda continuar el cribado.
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Para personas con riesgo elevado o alto, la American Cancer Society no publica guías propias, pero remite a las del Grupo de Trabajo Multisociedad de Estados Unidos sobre Cáncer Colorrectal (USMSTF, por sus siglas en inglés), que organiza las recomendaciones según el perfil de cada persona.
Quienes tienen antecedentes familiares de cáncer colorrectal o ciertos pólipos pueden seguir las recomendaciones para riesgo promedio o requerir colonoscopias más frecuentes, posiblemente antes de los 45 años, según quién en la familia tuvo cáncer y a qué edad fue diagnosticado.
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Las personas a quienes se les extirparon pólipos durante una colonoscopia deben repetir el estudio, en la mayoría de los casos, a los tres años, aunque el intervalo puede acortarse o extenderse según el tipo, tamaño y número de pólipos.
Quienes tuvieron cáncer colorrectal deben iniciar colonoscopias de control aproximadamente un año después de la cirugía. En algunos casos de cáncer de recto, también pueden indicarse resonancia magnética o proctoscopia con ecografía, según el tipo de intervención.
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Las personas que recibieron radioterapia abdominal o pélvica deben iniciar el cribado 10 años después del tratamiento o a los 35 años, lo que ocurra último, con una frecuencia de al menos cada tres a cinco años.
Protocolos para enfermedad inflamatoria intestinal y síndromes genéticos
Quienes padecen enfermedad inflamatoria intestinal —colitis ulcerosa o enfermedad de Crohn— deben iniciar colonoscopias al menos ocho años después del diagnóstico y repetirlas cada uno a tres años, según sus factores de riesgo individuales y los hallazgos previos. En este grupo, la colonoscopia es el único método válido.
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Las personas con síndromes genéticos conocidos o sospechados —como poliposis adenomatosa familiar o síndrome de Lynch— también deben realizarse exclusivamente colonoscopias, con una frecuencia considerablemente mayor y un inicio que puede situarse en la adolescencia, dependiendo del síndrome específico y otros factores clínicos.
En todos los casos de riesgo elevado o alto, la American Cancer Society recomienda consultar con un médico especialista para definir el protocolo más adecuado según el perfil individual.
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Barreras de acceso y equidad en la detección
A pesar de los avances técnicos, persisten obstáculos económicos y de cobertura que restringen el acceso al cribado. La ACS Cancer Action Network (ACS CAN), filial de defensa de la organización, advierte que las mejoras en las opciones solo serán eficaces si la población puede utilizarlas.
Lisa A. Lacasse, presidenta de ACS CAN, fue directa: “La cobertura y la asequibilidad siguen siendo los factores principales para que los elegibles accedan a las pruebas”. La organización impulsa políticas orientadas a eliminar gastos de bolsillo y otras barreras, con el fin de garantizar una oportunidad igualitaria basada en la evidencia científica.
Completar cualquiera de los métodos reconocidos resulta determinante, en especial en comunidades rurales o poblaciones con atención insuficiente, donde la equidad y la continuidad diagnóstica siguen siendo los desafíos más urgentes.
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