
A los 50, después de 41 años de silencio, un hombre escribe por fin algo que nunca había podido decir en voz alta. No se lo dice a su familia, ni a un amigo. Mucho menos a un profesional.
Se lo dice, primero a un chatbot, una inteligencia artificial, en privado, como quien tantea el borde de un abismo al que esquivó durante décadas.
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Lo que escribe no es lo mismo que lo que luego cuenta. No porque cambie el contenido, sino porque le agrega las modulaciones, las expresiones de los ojos, del cuerpo, su llanto. Quizá también lloró mientras tecleaba pero nadie lo pudo leer.
Es su primera consulta y me entrega una carpeta negra.
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-Está todo ahí–, dice, señalando las hojas impresas que tengo sobre mi falda. Me pide que lea su develación, lo hago en voz alta.

Me toma tiempo, pero mientras repaso cada interacción entre él y la máquina le voy preguntando, cómo completando todo lo que la IA no sabe hacer, pero sobre todo para que él se escuche.
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“Mi padre me visitaba por las tardes cuando mi mamá no estaba en casa, o cuando ella dormía“.
Tiembla y ese miedo enorme capturado en un cuerpo que es adulto pero infantil, se muestra como una fiera a la que acaba de liberar. Tiembla también el consultorio con su dolor y las lágrimas lo inundan todo.
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Todo comenzó cuando él tenía 9 años y se extendió por demasiado tiempo, al punto de arrebatarle casi toda la infancia. Los juegos, la comida, el dormir, ya no fueron lo mismo. Los días se volvieron grises, confusos y aterradores.

Me trae su conversación con el chat para que yo lo ayude a saber si es verdad o mentira, lo que recuerda, dice, o si se ha vuelto loco. Por supuesto no se lo inventó, su cuerpo habla más que todas las palabras que vienen después.
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Cuenta que lleva más de 40 años con “el tema tapado”, con “un secreto guardado” y que un día, con ayuda de la IA, pudo ordenar los miles de fragmentos que se partían en su cabeza, cada noche y también darle sentido a unos olores que no lo dejaban dormir, y que venían de su infancia.
La escena es común en la clínica con víctimas, lo nuevo es, en muchos casos de hoy, que aparece la IA como primer puente para la develación.
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Esta autoindagación frente al soliloquio que ofrece la inteligencia generativa, cuenta también dónde estamos parados en cuanto a la salud mental.

La misma red donde ocurre la violencia digital en todas sus formas, también puede convertirse en un ensayo de poner en palabra, en una búsqueda de nombrar a lo vivido, en una prueba de hechos acontecidos.
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Del mismo modo, la tecnología que amplifica riesgos también puede abrir sus puertas al apoyo, líneas de ayuda, chat grupales, grupos de sobrevivientes, consulta terapéutica a distancia, un contacto federal y a veces transnacional cuando no hay oferta local.
Por eso no alcanza y no es justo solo decir que internet es peligroso, aunque eso venda mucho. Lo cierto es que mal utilizada tiene un poder de destrucción brutal, pero también es una herramienta sofisticada que con buenas intenciones ayuda a niños y adultos a conversar lo que sienten cuando la vergüenza, la culpa y la humillación no se lo permiten.
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La IA no escucha aunque simula hacerlo y eso a veces es suficiente para que alguien se sienta acompañado. Devuelve patrones que ayudan a nombrar lo indecible. También confunde y miente en el sentido robótico de la verdad de los datos, es decir, falla.

Pero lo más grave es cómo le falla a la sociedad y el Estado a los niños, niñas, adolescentes y también adultos respecto a su salud mental.
Las víctimas de las violencias, que no pueden hablar por tantos años, o no obtienen justicia cuando develan o no tienen dónde recuperarse de ese dolor que es un mundo, muchas veces acuden a estas plataformas, y eso es parte de nuestra híbrida realidad.
Las y los sobrevivientes de violencia sexual en la infancia hablan cuando pueden, como pueden, y, ahora también, a través de lo que pueden, en este caso la IA.
La evidencia directa sobre develaciones mediadas por IA/chatbots en violencia sexual en la infancia todavía es indirecta y fragmentaria, pero alcanza para identificar algunos mecanismos.

Algunos estudios muestran que la interacción con chatbots puede facilitar la auto-revelación de información sensible. No obstante, la American Psychological Association (APA) advirtió en estudios comparados entre terapeutas humanos con chatbots que tienen limitaciones éticas y prácticas, incluyendo dificultades para poner límites ante ideas dañinas o imprudentes. Los entornos conversacionales pueden reducir la vergüenza inicial, facilitar un ensayo narrativo cuando todavía no se soporta la presencia del otro o no tiene oferta cercana.
Se recomienda también a profesionales de salud, educación, justicia y organizaciones comunitarias, que si una persona dice “se lo pude decir primero a la IA”, no discutirlo y trabajar la oportunidad. Es decir escuchar y trabajar con el material que trae la persona e integrarlo al dispositivo.
Para mí lo clínicamente productivo no es polemizar con el recurso digital, o demonizar las plataformas, sino desplazar el eje hacia la posibilidad de simbolización de las diferentes problemáticas de salud mental.
Hay verdades insoportables que encuentran cobijo en una interfaz. Eso habla menos de la potencia de las máquinas que del fracaso de nuestra escucha, de nuestro sostén y de nuestras redes de cuidado.
La inteligencia artificial no debería convertirse en el primer lugar seguro para una víctima de violencia sexual. Sin embargo, para muchas personas, lo es.

Esto tiene una razón. Demasiadas veces los adultos responden con incredulidad, minimización, miedo, burocracia, indiferencia o silencio.
Los discursos mediáticos refuerzan este movimiento al reinstalar una y otra vez el mito de las falsas denuncias, presentadas como si fueran un fenómeno masivo cuando en realidad resultan ínfimas frente a la magnitud de los abusos sexuales constatados.
Incluso avanzan periódicamente proyectos y movimientos organizados alrededor de las llamadas “falsas denuncias” que terminan funcionando menos como herramientas de protección jurídica y más como dispositivos de disciplinamiento simbólico para quienes intentan revelar situaciones de violencia. Al mismo tiempo, ciertos discursos de ofensores o defensores de vínculos abusivos circulan con indulgencia, relativización e incluso aplauso social, profundizando todavía más el silenciamiento de las víctimas.
Por eso no sorprende que muchos niños, niñas, adolescentes y sobrevivientes adultos recurran a la privacidad que, aparentemente, les ofrece la inteligencia artificial para empezar a acercarse a aquello que durante años no pudieron nombrar. Si pareciera que cada vez hay menos espacio y lugares para hablar de esta atrocidad que destruye vidas enteras o las hipoteca.

La IA no puede reemplazar la escucha humana, pero hoy ocupa el vacío que dejaron vínculos, instituciones y sistemas incapaces de alojar el sufrimiento sin expulsarlo a la soledad más devastadora.
Una sobreviviente adulta que asiste a un grupo de apoyo que dirijo en ARALMA contó, y no es la primera, que no pudo lograr hablar en terapia acerca de su vivencia infantil. No porque ella no quisiera, es más insistía, pero la terapeuta minimizaba las secuelas del crimen y le insistía en pasarlo por alto y enfocarse en el aquí y ahora. Esto también está pasando y debemos visibilizarlo porque es parte de una narrativa que, aunque no es nueva, está cobrando fuerza y vigor.
Quizás una de las escenas más aterradoras de nuestra época sea pensar en las y los sobrevivientes que, durante décadas, debieron guardar silencio para sobrevivir, o en los niños y niñas víctimas que hoy se encuentren buscando apoyo en una interfaz, porque el mundo no quiere y no sabe escucharlos.
Sonia Almada es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de tres libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy, La niña del campanario y Huérfanos atravesados por el femicidio.
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