Cuando las etiquetas y el autodiagnóstico profundizan los padecimientos en salud mental

Las soluciones mágicas que se proponen por fuera de los ámbitos profesionales aumentan la confusión y pueden perpetuar dolores. La importancia de una atención respetuosa y singular

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Mujer extendiendo su mano en un claro gesto de alto, representando su rechazo al abuso y la afirmación de sus derechos. Este momento captura la esencia de la campaña por el respeto, la dignidad y la prevención de la violencia, enfatizando la necesidad de escuchar y actuar en defensa de la salud mental y física. (Imagen ilustrativa Infobae)
Las etiquetas médicas no dadas por profesionales proporcionan identidades inmediatas que no necesariamente representan el verdadero bienestar emocional (Imagen ilustrativa Infobae)

Nunca viví una época con más etiquetas y soluciones mágicas al padecer humano. Tampoco asistí a una etapa con tanta necesidad de reparaciones debido a las consecuencias que estas soluciones mágicas y seudodiagnósticos generan.

Una paciente adulta llegó al consultorio y me dijo: “Soy TDAH” (Trastorno por déficit de atención con hiperactividad). Luego explicó que fue diagnosticada tardíamente porque, según comenta: “Es algo que siempre tuve, pero antes no se conocía”. Las etiquetas alivian transitoriamente, pero no curan.

En estos días escuché a una streamer decir con entusiasmo que el día anterior, gracias a un “test” que le hizo una psicóloga, le diagnosticaron autismo.

La streamer, que ni siquiera utiliza el término Trastorno del Espectro Autista (TEA), responde a las preguntas de sus compañeros sobre los “síntomas” que la llevaron al diagnóstico. Sus respuestas describen situaciones que bien podrían ser parte de las vivencias cotidianas de cualquier persona, padecimientos, sin configurarse como signos de una condición neurológica o trastorno mental.

Imagen de una mujer con representaciones visuales de su cerebro y conexiones neuronales integradas con elementos de inteligencia artificial y robótica. La fotografía destaca la fusión de la neurociencia con la tecnología avanzada, ilustrando el impacto de la computación y la informática en la expansión de las capacidades cerebrales humanas. Refleja la evolución de la interacción entre el cerebro humano y los sistemas computacionales, como un paso hacia el futuro de la neurotecnología. (Imagen ilustrativa Infobae)
Las adicciones ocultan conflictos internos no resueltos más profundos que la ansiedad misma (Imagen ilustrativa Infobae)

El video tiene cientos de miles de reproducciones, y entre los comentarios destacan las voces de madres de niños y jóvenes diagnosticados con autismo. Estas mujeres manifiestan su indignación por lo que consideran una ligereza preocupante en la manera de hablar sobre algo tan serio.

“Es una falta de respeto para quienes vivimos las complejidades del autismo todos los días”, escribe una de ellas.

Por otro lado, una conocida me comparte con alegría que finalmente encontró una psicóloga que también es astróloga, que esta característica le parece mucho mejor porque puede comprender las implicancias de ser de un signo y no de otro.

Hace tiempo vengo pensando en algunos nuevos enfoques, sobre todo publicitados en redes sociales, no en ámbitos académicos, basados en simbolismos generales.

sin señal, lost signal, pérdida de comunicaciones - (Imagen Ilustrativa Infobae)
Las redes sociales ofrecen etiquetas de trastornos mentales sin aval científico ni profesional (Imagen Ilustrativa Infobae)

Me recuerda al Freud inicial, el de: “La interpretación de los sueños”(1899/1900), que argumentó en una sección completa de este trabajo y por la influencia de Wilhelm Stekel, la simbología para interpretarlos.

Sin embargo, Freud abandonó esta perspectiva hace más de 100 años, al comprender que los símbolos universales no respetan la subjetividad ni la singularidad del individuo, algo fundamental para entender y tratar el padecimiento humano.

Días después, escucho en la radio a una médica cardióloga hablar sobre constelaciones familiares y salud mental. Pienso en el daño que ocasionaría si yo, como psicóloga, me ofreciera a tratar enfermedades coronarias. Sin embargo, el camino inverso parece no solo aceptado, sino también celebrado en ciertos espacios. La salud mental siempre estuvo en otro plano, uno que algunos creen más permeable y que otros tantos se atreven a ejercer sin matrícula habilitante, aunque sea mala praxis.

El panorama actual de la salud mental está cargado de etiquetas y narrativas que prometen respuestas inmediatas. Los diagnósticos, en manos no capacitadas o tratados sin el respeto que merecen, se convierten en una moda. Los marcos de referencia, que deberían aportar herramientas para comprender y aliviar el padecimiento, se trivializan hasta el punto de perder su esencia. Al mismo tiempo, surgen prácticas que apelan a lo mágico, confundiendo a quienes buscan ayuda y muchas veces perpetuando su sufrimiento.

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Desde niños debemos adaptarnos a las diferentes situaciones para sobrevivir (Imagen Ilustrativa Infobae)

Esta ligereza y confusión invisibilizan el dolor de quienes realmente atraviesan condiciones complejas. He visto también la transmisión en vivo en redes sociales de sesiones con niños, como si fuera un espectáculo.

Urge cuestionarnos cómo llegamos aquí y, más aún, qué caminos podemos tomar para devolverle a la salud mental la seriedad y el cuidado que merece.

Mi enfoque acerca del dolor humano es psicoanalítico: todo comienza en la infancia, y lo que se reprime —es decir, se desconoce— se repite de manera inconsciente hasta su metabolización. Aunque el psicoanálisis no es una ciencia en el sentido estricto, su metodología y enfoque permiten explorar la complejidad del psiquismo humano, atendiendo a la singularidad de cada sujeto.

El aporte de Lacan, al plantear que el inconsciente está estructurado como un lenguaje, introdujo una perspectiva fundamental.

sin señal, lost signal, pérdida de comunicaciones - (Imagen Ilustrativa Infobae)
La trivialización de problemas serios profundiza el sufrimiento y retrasa el tratamiento (Imagen Ilustrativa Infobae)

Los síntomas y las formaciones del inconsciente no son meros códigos universales, sino que están determinados por la historia única del sujeto y su relación con el lenguaje. Esto resalta que cada paciente requiere una escucha singular y una interpretación que respete la subjetividad, alejándose de cualquier generalización o solución simplista.

Desde niños debemos adaptarnos a las diferentes situaciones que vivimos en la infancia para soportar momentos difíciles y otros que no comprendemos, que van desde gestos o frases que parecen inocuas y pueden no serlo, hasta las experiencias más traumáticas. Estas adaptaciones nos acompañan a lo largo de la vida y muchas veces nos limitan hasta que logramos comprenderlas y transformarlas. Nuestra forma de interpretar lo vivido es la clave para comprender por qué sufrimos.

Estas adaptaciones se basan en mecanismos de defensa que nos ayudan a soportar esos momentos difíciles y, en algunos casos, a sobrevivir. Luego, en la vida adulta, pueden convertirse en fuentes de disfunción, trastornos de ansiedad, trastornos alimentarios, pánico y los nombres con los que se nombra el dolor, el miedo y la angustia.

(Imagen Ilustrativa Infobae)
Vivencias de la infancia condicionan respuestas emocionales y conductas en la adultez (Imagen Ilustrativa Infobae)

Entonces, cuando estamos frente a una persona que porta una etiqueta y cree que eso de alguna manera aliviará su dolor, debemos pensar, con compasión, que es probable que su conducta esté comandada por los mecanismos que usó de pequeño y una maraña de palabras que lo preceden y hablan de él, sin que lo sepa.

La ansiedad se calma con comida y también con estupefacientes, pero la ansiedad no explica la adicción y tampoco al revés. Una persona no consume porque es fóbica; consume para no saber a qué responde su fobia.

Un ejemplo claro es la preocupación acerca de la ludopatía en los adolescentes, un problema muy grave. Los proyectos de ley son excelentes, y seguro lograrán trabajar en prevención, concientización y recursos para ayudar a los jóvenes.

Pero el deseo de jugar compulsivamente no se detiene con una ley. Ese deseo tanático singular, necesita espacio para encontrar la raíz, desde dónde partió, a qué significante inconsciente responde, que palabras lo sostienen. El cascarón es el juego, como puede ser la anorexia o el pánico, pero es solo la superficie.

(Imagen Ilustrativa Infobae)
El deseo de jugar compulsivamente no se detiene con una ley, dijo Almada (Imagen Ilustrativa Infobae)

Cualquier persona no puede atender en salud mental, porque en este campo se trabaja con las raíces mismas del dolor humano, muchas veces invisibles y profundamente arraigadas. Tampoco permitiríamos que alguien que no es cirujano lleve adelante una operación, en salud mental es igual.

Es en esta atención delicada donde reside la posibilidad de acompañar al otro en su proceso de recuperación, algo que ninguna etiqueta ni solución simplista puede ofrecer.

Dice Gabor Maté, el médico húngaro que creó el enfoque de la indagación compasiva, en una conferencia en Canadá: “Así que cuando dices que alguien ‘tiene TDAH’, estás describiendo cosas verdaderas sobre la persona: tiene problemas para prestar atención, tiende a desconectarse fácilmente, se aburre con facilidad, puede tener un mal control de sus impulsos, tal vez tenga dificultad para permanecer quieta, necesita ser hiperactiva. Todas esas son descripciones exactas de sus comportamientos, pero con eso no explicas mucho. La persona no es así o ‘asá’ porque tenga TDAH”.

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Abordar el sufrimiento psíquico exige no sólo conocimiento, sino también rigor y responsabilidad, dijo la psicóloga

Las personas somos más que los trastornos que padecemos. Esto, que puede parecer una verdad de Perogrullo, no deja de legitimarse a nivel social: “Soy TDAH”, “Soy autista”.

Esta simplificación también ocurre en espacios de mentores, influencers y coaches que, sin formación profesional, se atribuyen la capacidad de atender salud mental. La falta de formación ofrece soluciones superficiales, es decir, perpetúa el dolor y lo profundiza. Además de hacerle perder el tiempo, que es clave para la recuperación.

Abordar el sufrimiento psíquico exige no solo conocimiento, sino también rigor y responsabilidad. Hace rato renunciamos al furor curandis. Acompañar a un sujeto a revisitar los fantasmas de su pasado, como testigo, es una de las experiencias más honestas que se puedan transitar como paciente y como analista. Y no es fácil para ninguno de los dos y tampoco se hace de cualquier modo.

En este sentido, comprender que las personas enferman a diario, pero también gozan, permite revelar la complejidad de la psique humana, donde el síntoma no solo oculta un dolor.

(Imagen Ilustrativa Infobae)
Cada paciente requiere una escucha singular y una interpretación que respete la subjetividad (Imagen Ilustrativa Infobae)

Las personas enferman a diario, pero también obtienen un beneficio secundario de sus síntomas: no conocer la verdad de su padecimiento, porque conocerla implica dolor, y se imaginan que será devastador. Pero no es así.

Conocer la verdad acerca de uno mismo es un dolor agudo, pero dentro del marco de un tratamiento psicoanalítico, se navega con presteza y protección. No es un volver a vivir idéntico, pero es parecido; dentro de la seguridad de la consulta, ese dolor revisitado se desprende del sujeto, que lo percibe como adherencia externa, para integrarlo como parte de sí mismo pero metabolizado.

Esa travesía otorga una dignidad que hace que la vida recobre autenticidad. Y todos sabemos que al final, y por más vueltas que demos, todo comienza en la infancia: las marcas, las heridas, los traumas, pero también las primeras oportunidades para sanar.

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