Franco Yan: “Nunca hay que perder la oportunidad de decirle a alguien cuánto lo querés”

El actor, que atraviesa un gran presente con “Margarita”, recuerda cómo fue crecer tras la muerte de su madre, reflexiona sobre el bullying, cuenta por qué eligió formarse en Inglaterra y revela los proyectos con los que busca abrirse camino como autor y productor

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Franco Yan: “Nunca hay que perder la oportunidad de decirle a alguien cuánto lo querés”

Hay historias que inevitablemente vuelven al origen. En el caso de Franco Yan, ese recorrido pasa por los escenarios, las cámaras, los viajes y también por las ausencias. A sus 26 años, mientras conquista a una nueva generación de espectadores con su personaje en Margarita, el actor empieza a construir una identidad propia dentro de una de las familias más influyentes de la televisión argentina.

Durante una charla íntima con Infobae, recordó cómo fue dejar el país a los 18 años para estudiar actuación en Inglaterra, una experiencia que lo enfrentó a sus mayores inseguridades y le permitió comprobar que podía ocupar un espacio por mérito propio. “Nadie tenía idea de quién era yo. Fui como uno más. Y fue maravilloso”, contó sobre aquellos años en Londres, donde atravesó una formación tan exigente como transformadora.

Pero la conversación también transitó los momentos más difíciles de su vida. Habló del bullying que sufrió durante la infancia, de la importancia de pedir ayuda y de la muerte de Romina Yan, cuando tenía apenas diez años. Con una emoción que atravesó toda la charla, aseguró que “mi mamá es mi mundo entero” y recordó el enorme legado afectivo que dejó en su vida. También contó cómo la sigue encontrando en pequeños gestos cotidianos y destacó el rol fundamental que tuvieron sus abuelos para sostenerlo y acompañarlo durante los años más difíciles.

Lejos de quedarse únicamente en la actuación, Franco también mira hacia adelante. Acaba de terminar un cortometraje escrito y producido por él mismo, trabaja en una obra teatral propia y sueña con seguir contando historias desde distintos lugares. Mientras los fanáticos esperan novedades sobre el futuro de Margarita, él se entusiasma con los proyectos que vienen y con un aprendizaje que resume buena parte de su camino: “El éxito no pasa por cuánta plata ganaste, sino por lo que dejaste en la gente”.

—¿Cómo estás viviendo este fenómeno que es Margarita?

—Muy bien. Es impresionante todo lo que genera. En esta temporada mi personaje creció mucho, se profundizaron sus vínculos y aparecieron temas nuevos. Como actor fue muy interesante explorarlo.

—¿Cómo llegaste al proyecto?

—Fue como un remanso después de todo lo que venía viviendo entre Inglaterra y España, un recorrido tremendamente enriquecedor, con sus pros y sus contras. Pasar por Margarita fue como volver a casa. Los chicos ya estaban elegidos, yo estaba trabajando en España así que cuanto terminé ese proyecto, hice un casting y ahí empezó todo.

—¿Cuándo decidiste irte a estudiar afuera?

—Terminé el colegio y a los 18 años me fui. Siempre supe que quería dedicarme a esto y tenía la ilusión de formarme en el exterior. No era solo por la actuación: también quería vivir otra cultura. Londres me atraía muchísimo por su historia y por todo lo que representa para nuestra profesión. Fue de las experiencias más maravillosas que tuve.

—¿Qué estudiaste allá?

—La carrera de actuación, con una formación muy completa: música, canto, baile, movimiento, actuación frente a cámara, teatro clásico. Estudiábamos Shakespeare, Marlowe y otros autores.

—¿Irte también tenía que ver con despegarte del apellido y de la historia familiar?

—Sí. Pero recién lo entendí cuando llegué. Entré a una universidad muy difícil y muy exigente. Era el único argentino de mi clase. Hablaba español únicamente cuando llamaba a mi familia. Todo lo demás era en inglés y en una cultura muy distinta. Siempre recuerdo una anécdota. En el primer mes de clases hice un monólogo y, cuando terminé, una compañera irlandesa que hoy es una gran amiga se me acercó y me dijo: “No te conozco, pero me parecés muy bueno y quería decírtelo”.

—Sos parte de una familia que cambió la industria y la televisión.

—Totalmente. A veces parece una película. Mi tatarabuelo, mi bisabuelo, mi abuelo, mi mamá. Es difícil pensar que no esté en el ADN.

—Y sin embargo tus hermanos fueron por otros caminos.

—Sí. Mi hermano corre autos y lo veo feliz haciendo lo que ama. Mi hermana estudia en Los Ángeles. Empezó dirección y ahora está enfocada en guion. Hace poco fui a visitarla y fue hermoso verla tan contenta.

—¿Con quién charlaste la decisión de irte a estudiar afuera?

—Con todos. Era algo que venía diciendo desde muy chico. Después llegó el momento de elegir entre Estados Unidos e Inglaterra. Me decidí por Inglaterra porque me fascinaba su historia y porque sentía que ahí estaba una parte muy importante de la tradición teatral que tanto admiraba.

—¿Sentís que podrías haber elegido un camino más fácil?

—Tengo muy claro que la formación es clave. No solamente para trabajar, también para vivir. Hay que estudiar, seguir aprendiendo y mantenerse abierto a nuevas experiencias.

—¿Es verdad que te rechazaron en un casting de Aliados?

—Sí. Estaba en el colegio, tendría 12 años. Fui, canté, actué y no quedé, como pasa tantas veces en este rubro. Nunca pregunté nada, lo tomé como una experiencia más.

—¿Ya venías haciendo castings?

—Sí. Hacía mucha comedia musical y después entré a la escuela de Nora Moseinco, donde salían castings todo el tiempo para publicidad, cine, teatro, series. Y yo me presentaba sin decir quién era ni de dónde venía, y muchas veces no quedaba.

—Pero cuando fue el día de Aliados ¿no llamás a tu abuela para decirle: “Escuchame, me bocharon”?

—No, nunca lo viví así. De chico tampoco tomaba dimensión de quienes eran para el resto, solo sabía que eran personas muy queridas para la gente. Para mí el éxito no pasa por cuánta plata ganaste o cuánto te reconocen. El éxito está en lo que dejaste en los demás y eso lo veo cada vez que alguien se me acerca y me dice: “Vos sos el hijo de Romi”. Ni siquiera de Romina, “de Romi”, porque la sienten cercana. Y eso habla de lo que ella generó. A mí me llena de orgullo, porque ellos la conocieron a través de la televisión, pero nosotros la vivimos como mamá. Entonces es muy lindo ver que esa persona que fue tan importante para nosotros también dejó una huella tan grande en tanta gente.

—Te escucho hablar de tu mamá con muchísimo orgullo.

Mi mamá es mi mundo entero, no tengo otra forma de hablar de ella. Y además tuve la enorme suerte de que dejó muchísimo material. Hoy puedo verla no solo como hijo, también como espectador. Y pienso qué ser humano tan genuino era. Tenía un talento increíble y un ángel muy difícil de encontrar.

—¿Mirás ese material?

—Sí, claro.

—Ella también hizo de hacker. ¿Hay alguna complicidad o fue casualidad?

—Para mí las casualidades no existen. Me di cuenta cuando los fans hicieron un video comparando a Ariel, su personaje en Casi Ángeles, con el mío en Margarita. Yo ni lo había pensado.

—Me dijiste que no hay casualidades. ¿Dónde encontrás señales de tu mamá?

—En cosas pequeñas. En la música, en la calle, en los sueños. Hay que estar abierto.

—¿Esa apertura la tuviste siempre o fue un trabajo?

—Es un proceso. Llega cuando tiene que llegar. A veces aparece en algo que compartías solamente con esa persona, en un recuerdo, en una sensación.

—¿Te pasó?

—Me pasa con los colibríes y las mariposas. A veces aparecen de una manera muy particular y para mí tienen un significado. Claro que cada uno puede creer lo que quiera y también quiero aclarar, no es que sea un opio para distendernos de la realidad, es más bien ver esa realidad con otra óptica diferente. Obvio que me encantaría abrazarla todo el tiempo, somos seres terrenales, seguimos acá y ellos no. Uno siempre quisiera volver a compartir un momento más, por eso también valoro tanto poder verla en entrevistas, videos o fotos.

—¿Qué edad tenías cuando murió tu mamá?

—Diez años. Ya pasaron 16.

—¿Cómo te enteraste?

—Volví del colegio y enseguida sentí que algo no estaba bien porque ella no había ido a buscarnos. Cuando llegué a casa estaba toda mi familia. Mi casa siempre fue un lugar de encuentro, pero ese día se sentía distinto. Nos sentaron y nos lo dijeron.

—¿Quién te sostuvo en esos años? En ese momento debe haber sido una trompada.

—Es muy desafiante atravesar algo así siendo tan chico, pero tampoco quiero quedar solo ahí. Son heridas que quedan para siempre. Cuando sos chico te obliga a crecer antes de tiempo y a tomar decisiones que quizás no te correspondían todavía. Es verdad eso de que se va una parte de uno. Fue dolorosísimo durante mucho tiempo, pero también hay que seguir.

—Y quienes tenían que ayudarlos a seguir también estaban rotos.

—Claro. Y eso habla de un temple y una fuerza que a veces no sabés de dónde sale. Mi abuelo mismo me lo dice: “No sé de dónde saqué las fuerzas, pero tenía que salir adelante por ustedes”. A todos nos pasan cosas difíciles y cada uno las atraviesa como puede con las herramientas que tiene.

—Pensaba especialmente en tus abuelos. Perder una mamá es terrible, pero perder un hijo no tiene nombre, también lo vivió Tomás hace poquito. Y ellos tenían que ser fuertes para sostenerlos a ustedes.

—Sí. Y ahora lo volvimos a vivir con lo que pasó con mi tío. Pasaron tantos años y uno tampoco está preparado. Se sacan fuerzas de donde no las hay, pero también pienso que no hay otra opción. Porque si no, nos iríamos con ellos. Y no es por ahí.

—¿Cómo están tus tíos?

—Bien. Es un dolor que siempre va a estar, pero siguen adelante. Y como familia estamos siempre presentes más allá de las distancias.

—¿Cómo elegiste el apellido Yan?

—Es un apellido artístico. También es un homenaje. Nos dedicamos a lo mismo y siento que me acompaña. Implica cargar con un legado, pero a mí me genera orgullo y felicidad llevarlo.

—¿Es verdad que sufriste bullying?

—Sí. Sobre todo en la primaria. Era un bullying mucho más físico y verbal que el de ahora. Me da pena que siga existiendo.

—¿Quién te ayudó a atravesarlo?

—Mi mamá. Era la que iba al colegio, la que hablaba, la que ponía límites. Nunca dejó que se apague mi mundo de niño que seguía jugando.

—¿Alguno de los que te hacían eso se disculpó después?

—No. Pero me crucé con algunas personas años después y se notaba en la mirada. No podían sostenerte los ojos. Ya somos personas diferentes. Nunca hay que olvidar, pero tampoco tendría por qué sentirme incómodo yo. El que debería sentir vergüenza o remordimiento es quien ejerció la violencia.

—Está bueno hablarlo porque sigue pasando mucho.

—Y cada vez peor. Sobre todo, con las redes sociales. Sigo viendo muchísima violencia.

—Vos por lo menos podías contarlo.

—Gracias a Dios sí. Y por eso siempre les digo a los chicos que hablen. Los niños tienen que hablar y los adultos tienen que escucharlos. Siempre hay alguien dispuesto a escuchar: un abuelo, un amigo, un docente, un terapeuta. Lo importante es no quedarse callado. Y perdóname por cómo lo voy a decir, pero que se dejen de joder con los niños.

—Adhiero completamente a lo que decís y qué bueno poder decirlo.

—Sí, gracias también por el espacio.

—¿Vos siempre fuiste escuchado?

—No siempre. Pero tuve una familia y, sobre todo, unos abuelos que estuvieron ahí. Mi abuelo siempre me escuchó y me apoyó. No en todos los ámbitos encontré esa contención, pero sí en mi círculo más cercano.

—¿Hiciste terapia desde chico?

—Sí. Y sigo haciéndola hoy. En Argentina el psicoanálisis está bastante naturalizado, aunque entiendo que todavía existen prejuicios.

—Además de todo lo que vivieron, había mucha exposición pública.

—Sí, pero por suerte siempre pudimos preservar lo íntimo. Uno necesita refugiarse en su familia, sus amigos y sus espacios personales.

—Seguías haciendo terapia incluso en Inglaterra.

—Sí. Y me acuerdo de que allá les llamaba muchísimo la atención. Terminábamos de cursar y mis compañeros se iban al pub. Yo les decía que me tenía que ir porque tenía terapia y me miraban sorprendidos.

—¿Cuál es el mejor consejo que te dio tu abuelo?

—Me dio uno que es simple, pero para mí fue fundamental: “El que quiere celeste, que le cueste”. Me la dijo en un momento muy duro, durante mis estudios en Inglaterra. Era una formación muy exigente y tenía a una profesora que nos decía cosas muy duras frente a todos, al límite. Una noche, porque cursábamos de siete de la mañana a nueve de la noche a veces, me llevó a su oficina y me cuestionó duramente sobre qué estaba haciendo ahí: “¿A qué estás jugando? ¿Qué venís a buscar acá?”. Salí destruido, llamé a mi abuelo y a mi psicólogo convencido de que me iban a echar, y era mi sueño. Además, estaba lejos de casa, tratando de abrirme camino en una cultura muy distinta a la nuestra. Por eso esa frase que me dijo terminó siendo tan importante y me ayudó a seguir adelante.

—¿Actuar en inglés fue muy difícil?

—Sí. Hoy todos tenemos el idioma mucho más cerca, pero actuar en inglés es otra cosa.

—¿Llegaste a pensar en inglés?

—Llegué a soñar en inglés. Viví cuatro años allá.

—¿Cuándo te viste en un trabajo y te sentiste bueno por primera vez?

—No sé si bueno, pero sí recuerdo un clic. Tenía 16 años y me tocó hacer Dr. Jekyll y Mr. Hyde en un musical. Ahí entendí que me fascinaba construir personajes complejos, con distintas capas. Sentí que eso era lo que quería hacer. Después, en Inglaterra, tuve momentos de muchísima confianza y otros en los que pensaba que era el peor actor del mundo. Hay otra frase de mi abuelo que me marcó mucho: “Siempre con la verdad”. Y él nunca me miente. Me acuerdo que antes de irme a Londres me fue a ver a una obra, me felicitó, pero después me llevó aparte y me dijo: “No me gustó lo que hiciste”. Me quedé helado, pero me aclaró: “No te quedes con esto. Te lo digo porque el día que hagas algo que me vuele la cabeza y me parezca increíble, me vas a creer”. Y hasta el día de hoy es así.

—¿Y cuándo llegó ese día?

—Cuando fue a verme actuar en Inglaterra. No recuerdo si era Shakespeare, pero me dijo que lo había impresionado mucho. Creo que también le impactó verme actuar en inglés, con textos complejos y todo el trabajo que había detrás.

—Ahí sí le creíste.

—Ahí sí. Hace poco me pasó algo muy lindo: terminé de filmar un corto que escribí y produje yo, que todavía no se estrenó, pero ya falta poco. Ahí además hago un personaje bastante particular y cuando se lo mostré a mi abuelo me dijo: “No me lo esperaba, me sorprendiste”. Y para mí eso fue un montón.

—¿Qué consejo te dio Cris?

—Muchos. Pero si hay algo que siempre hizo fue impulsar mi creatividad. Los dos lo hicieron, pero con ella comparto mucho eso: nos gusta hablar de cine, de filosofía, de historias. Podemos pasar horas analizando películas o personajes. Siempre fomentó esa curiosidad y esa necesidad de crear.

—¿Cómo es como jefa?

—Igual que con cualquier persona. No tengo un trato diferencial. Si algo le gusta, me lo dice. Y si no le gusta, también.

—¿De qué trata el corto que escribiste?

—Es un western filmado en la Argentina, pero ambientado como si transcurriera en Estados Unidos. Interpreto a un forajido que vuelve para reencontrarse con un viejo compañero. Me gustan mucho las historias de época, investigar contextos. Ya lo tenemos, nos falta hacer un mastering de sonido y estamos.

—¿Qué te gustaría que venga ahora?

—¿Próximamente? Ay, de todo. Ojalá pronto tengamos novedades sobre Margarita. Estamos todos esperando, ya se viene el final. Todo puede suceder, Cris es muy impredecible, siempre saca algo de la galera y la temporada dos terminó con un cliffhanger increíble. Hay que ver ahora por dónde va.

—Lo que más me gusta de Margarita es que reúne generaciones. Los adolescentes de hoy y también las madres que crecimos con Chiquititas, Rebelde Way o Casi Ángeles. ¿Entendés lo que significan esos productos para tanta gente?

—Sí, me lo dicen todo el tiempo. Hay gente de 30 años que me dice que mira Margarita y me parece hermoso. Los públicos se renuevan, pero también quedan los que crecieron con esas historias. Y cuando un proyecto logra unir generaciones distintas, pasa algo muy especial.

—¿En algún momento pesó el apellido?

—No. Para mí es un orgullo. Pero también tengo claro que soy Franco y que estoy construyendo mi propio camino. Estoy empezando a contar mis historias, escribiendo, produciendo y aprendiendo cada vez más.

—¿Te gusta más estar delante o detrás de cámara?

—Me gusta todo. Estoy aprendiendo mucho de lo que pasa detrás y cada vez lo disfruto más. Hoy entendí que, de una manera u otra, todos los que trabajamos en esta industria somos contadores de historias. Y no hay nada más lindo que seguir contándolas.

—¿También te interesa la parte empresarial?

—Sí, me parece importante entender también esa parte del oficio. No podés esperar que aparezca alguien y financie todo. Este corto, por ejemplo, lo produje con mi propio dinero, el que me gané laburando afuera, en Margarita, haciendo cualquier otra cosa, no es que me lo dio mi familia.

—¿Por qué decidiste volver a Argentina?

—Porque surgió Margarita y porque Argentina es mi casa y siempre lo va a ser. Hoy tampoco existen demasiado esas ideas de “me quedo” o “me voy”. Estamos constantemente moviéndonos, somos nómades. Hace poco, por ejemplo, me llegó un casting y me fui a Sudáfrica a grabar una publicidad. Fueron cuatro aviones para llegar, fue una locura. Miraba alrededor y decía: “¿Qué hago en Sudáfrica?”. Son experiencias que regala esta profesión, es un lujo y una alegría hacer lo que amo en un país que no conozco.

—Vivir de lo que a uno le gusta es un privilegio enorme.

—Es un privilegio, siempre.

—Le decís a la gente que la querés todo lo que la querés?

—Siempre. A la familia, a los amigos, a quien corresponda. Nunca hay que perder la oportunidad de decirle a alguien cuánto lo querés. Y cuando existe la posibilidad de despedirse, también hay que aprovecharla. Porque no siempre la tenemos. Por eso creo que hay que decir las cosas. Hay que decirse todo el tiempo cuánto nos queremos.

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