Tiene tics desde los cuatro años, sufrió el rechazo de la sociedad y solo el humor lo salvó: “Pensé que nadie me iba a querer nunca”

Nicolás Litman dice que cuando era un niño tenía infinidad de movimientos involuntarios en el rostro, en los brazos, en el cuello: “Era una máquina”. Fue al psicólogo, lo medicaron y padeció el acoso en su infancia por ser alguien distinto. En este capítulo de Voces, la transformación de un joven que tardó en aceptarse como quien es: “Yo era el diagnóstico, me sentía el Tourette”

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Tiene tics desde los cuatro años, sufrió el rechazo de la sociedad y solo el humor lo salvó: “Pensé que nadie me iba a querer nunca”

Se chupaba la palma de las manos con el ancho de su lengua, guiñaba el ojo izquierdo, agitaba los dedos con violencia, movía los brazos con frenesí, sacudía la cabeza, se metía los dedos hasta la garganta. El cuello le dolía, los costados internos de los dedos le ardían, vomitaba cuando intentaba tocar su campanilla. Pero el dolor no estaba ahí sino en los efectos sociales de su comportamiento impulsivo: el bullying y el rechazo, el aislamiento y la desconfianza como reacción de ese estímulo externo. “Tenía ganas de venir porque tengo ganas de contar mi historia”, dice ahora un Nicolás Litman ya adulto y curtido, sentado en un sillón, moviendo las manos, guiñando su ojo izquierdo sin querer hacerlo.

Padece el síndrome de Tourette, esa condición médica del sistema nervioso que provoca espasmos, movimientos o sonidos repentinos y repetitivos: los tics. Se le manifestaron por primera vez a los cuatro años. A los ocho, llegó el diagnóstico. Con el diagnóstico, la medicación: clonazepam, ritalina, fluoxetina, Prozac, risperidona. Con la medicación, los efectos adversos: descompensaciones, alucinaciones, noches de desvelo. El proceso de un niño, de un joven que atravesó su infancia y su adolescencia con angustias y desvelos, un adulto que trabajó de repositor, de telemarketer, de canillita, de guionista antes de enamorarse del teatro.

Mazel TOC es la obra que protagoniza y su hoy. Lo que pasó hasta entender que no es el chico con síndrome de Tourette, sino un sinfín de cosas más, lo que pasó hasta alcanzar este nivel de aceptación personal, es lo que retrata su historia.

Nicolás Littman: "Uno no es el diagnóstico. Pero yo sentía que yo era el diagnóstico. Yo me sentía el Tourette"

—Cuando uno habla de Tourette automáticamente piensa en gente que no puede evitar ciertos insultos o ciertos movimientos constantes. No es así.

—Se ve o se lo piensa al Tourette como pronunciar insultos constantemente, lo cual existe, pero ese es un síntoma que se llama coprolalia y que solo lo tiene el 10% de la población mundial con Tourette. Yo no lo tengo. Sí tengo tics en este momento de mi vida. Cuando era más chiquito tenía un montón de tics. Era una máquina. Y los dolores por supuesto que eso me producía. Pero ahora, cada tanto puedo tener algún tic pero no es que todo el tiempo lo tengo. Y en el escenario hay una magia que sucede que hace que no los tenga ahí arriba del escenario. El Tourette tiene varios síntomas: hay tres que son los principales y los suele tener el 80% de la gente. Uno son los tics nerviosos, que son los movimientos involuntarios, que pueden ser con el cuerpo, un ojo, un brazo, o fónicos también de carraspeos o sonidos con la garganta, con respiración. Después el TOC, el trastorno obsesivo compulsivo. Y el déficit de atención, que son esos problemas para prestar atención. Yo capaz hablo con vos y me voy un ratito y vuelvo.

—Yo te traigo. ¿Vos llegás al diagnóstico siendo muy chiquito? ¿Qué pasaba?

—Mis papás empiezan a ver que yo hago unos movimientos con el cuerpo, que eran tics. Y eran poquitos de arranque. Entonces, lo que uno dice es: “es normal que los nenes tengan tics”.

—¿Qué edad tenías?

—Y tenía cuatro años en ese momento cuando empezaron a manifestarse. Pasaban los meses, los años y yo tenía más tics todavía. Entonces me mandaron con una psicóloga. Y la psicóloga al principio, pensaba que era algo nervioso, algo psicológico, pero después pasó el tiempo y se dio cuenta de que las sesiones no hacían que se me fueran los tics. Entonces empezaron a buscar respuestas. Esto fue entre el ’91 y el ’94. Y la medicina, la psiquiatría, no es la misma que ahora. Entonces costó mucho. Había dos equipos que estaban empezando a investigar el síndrome de Tourette, que uno es del Hospital Gutiérrez, el de niños, y el otro es del Hospital Durán. Entonces me llevaron a ambos lugares. Y fue en el Durán que me terminaron diagnosticando con el síndrome de Tourette.

Voces - NIcolas Litman - Fotos Personales
A los 4 años de Nicolás Litman comenzaron a aparecer los tics y a los 8 llegó el diagnóstico.

—¿A qué edad te dan el diagnóstico?

—A los ocho. Fueron cuatro años de búsqueda.

—¿Cómo era tu familia en ese momento? ¿Cómo era tu casa?

—Mi papá, mi mamá y mi hermana Noli, dos años mayor que yo. Estoy totalmente agradecido con mis papás, con mi hermana. Siempre me bancaron. Es una familia, digamos, funcional.

—Papás que acompañaron, que buscaron el diagnóstico, que hicieron lo que había que hacer, que no siempre pasa.

—Exactamente. Sí, sí, sí. Aparte, mi papá también se ve que tenía Tourette. Lo que pasa es que no lo sabía porque no había diagnóstico. Entonces cuando me dieron el diagnóstico a mí mi papá lo pudo encontrar también.

—¿Hay algún componente genético?

—Sí. Puede ser hereditario o no serlo. Por ejemplo, mi hermana no tiene Tourette y es hija también de mi papá. Y mis primos paternos tampoco. En mi caso yo lo heredé.

—¿Cuándo empezaste a sentir vos que había algo raro?

—Yo registro que fue en segundo o tercer grado más o menos, por las cosas que me fueron quedando en la mente. Yo recuerdo un tip que tenía de chuparme las manos y recuerdo el momento del patio, del recreo, con mis compañeritos y que estábamos jugando un juego en ronda, yo me chupaba las manos y no me querían dar la mano. Lo cual tiene sentido, ahora lo entiendo después de tantos años, pero en ese momento dolía. Y después también recuerdo casi todos los días de la semana yendo a psiquiatras, tomando medicaciones psiquiátricas, probando una nueva, una un día, otro día, una semana, otra semana, y con las consecuencias que traía eso en un chico de ocho o nueve años.

—¿Cuáles eran los tics que existían en ese momento durante el transcurso escolar?

—Yo recuerdo el de las manos, el guiño siempre estuvo, mover las manos así que hace que me lastimen esta parte y en los dedos. Hay uno, que lo ubico más en los once, doce años, que era meterme los dedos hasta la gargantilla, entonces terminaba vomitando. Mucho movimiento de cabeza, mucho movimiento de brazos, esos son los que más recuerdo.

—¿Uno entiende que lo está haciendo y no puede evitarlo, o es automático y no se da cuenta?

—No, uno no se da cuenta. Capaz me doy cuenta en la milésima de segundo antes de que salga. Pero va a salir. Es difícil reprimirlo, por lo menos para mí.

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En la escuela primaria comenzó el Bullying.

—¿Y cómo fue el transcurso durante la primaria con todo esto?

—Tuve momentos lindos, pero varios momentos feos. Sufrí bullying. Fueron años no muy fáciles. Había algunos chicos con los cuales me llevaba bien pero la realidad es que yo me sentía mirado, observado. Y en la primaria particularmente había dos chicos que me hacían la vida imposible y cuando hay dos chicos que son los líderes que te hagan la vida imposible empiezan los demás a hacértela porque es como seguir a la corriente. Y después tuve un cambio de escuela para séptimo grado y primer año, y fue peor que lo que había pasado porque había arrancado bastante bien y me había hecho amigos. Cuando iba todo bien de repente les pintó que no y volví a sufrir cosas peores que las que había sufrido en la otra escuela.

—¿Qué te hacían?

Me cargaban, me marginaban, no me dejaban jugar con ellos. No te digo que era un gran jugador de fútbol pero tampoco era tan malo, pero siempre era el último al que elegían. Y después, pegarme. Yo igual era bravo, no es que era sumiso.

—¿Podías defenderte?

—Yo me defendía. Iba a una escuela privada y había un sistema de firmas. A las tres firmas te suspendían. Y yo me acuerdo que en tercer o cuarto grado me suspendieron porque me estaban molestando dos compañeritos. Uno era uno de estos dos y el otro no, pero también era bravo él. Me estaban molestando. Los lockers eran de chapa, yo agarré una tapa y los empecé a perseguir por toda la escuela.

—El bullying pasó de lo verbal a lo físico.

—Sí, sí. Yo me acuerdo también en la segunda escuela que abrí la mochila y me habían puesto todos chicitos adentro. O chicles en la silla o chinches. Eso lo recuerdo. Y en la primera escuela mi mamá me contó, porque yo no me acordaba, que agarraron mi mochila y me tiraron todas las cosas en la zanja del lado de la escuela. Y cuando mi mamá fue a reclamar a la directora le dijeron no, si pasó afuera la escuela no se hace cargo. Y había sido en la puerta.

—¿Siempre estuvo vinculado a esta patología?

—Yo creo que sí, con consecuencias vinculadas a la patología pero ya capaz era ya un combo: años 90, era medio gordito entonces eso también ayudaba a que ellos tengan algo para cargarme. Si bien me defendía a veces podía estar medio depre, entonces eso ayudaba a que me vean indefenso. Igual también había chicos con los cuales yo me podía refugiar y llevarme bien. En la obra cuento la historia con mi mejor amigo, con él fue todo lo contrario, lo conocí a los 8 años y ahí sí fue la amistad que legó hasta el día de hoy.

—¿Cuándo entendiste vos que era una enfermedad?

—Y creo que cuando empecé a tomar las medicaciones, a los ocho, nueve años. Yo tomaba clonazepam, ritalina, fluoxetina, Prozac, risperidona. Risperidona era el principal.

—Siendo muy chiquito.

—Siendo muy chiquito. Me bajaba la presión, no sé si me llegué a desmayarme pero sí a descompensarme. Una vez probé con homeopatía: estaba toda la noche despierto y de día dormía por el efecto. Lo probamos en vacaciones de verano por lo cual no me trajo problemas pero me acuerdo de despertarme a las ocho de la noche. Y después me la pasaba toda la noche desvelado. Y después hay algo que termina siendo cómico: tuve una alucinación y vi a Jesús en una nube. “Yo siendo judío lo vi a Jesús en una nube”, hago el chiste, para tomarme también las cosas con un poco de humor. Pero en ese momento no había risas.

—¿Pero algo de la medicación trajo alucinaciones?

—Sí. Ahora no me acuerdo cuál era. Todas las medicaciones tienen efectos secundarios y era un chico entonces los efectos secundarios se magnificaban.

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El dolor por los rechazos en entervistas laborales lo llevó a motorizar el deseo de actuar y hacer humor.

—En tu caso se manifestaba todo con tics. ¿El tema del déficit de atención estaba también o no?

—Sí, de hecho a mí me costaba mucho concentrarme. En la secundaria repetí cuarto año también por los efectos de la meditación pero por la concentración. Yo me quedaba dormido en las clases. Y me acuerdo escenas con mi mamá donde ella intentaba explicarme y yo me ponía a cantar, me ponía a hacer cualquier cosa porque no me podía concentrar. Y en una de las escuelas me habían dicho que probara con una computadora porque me costaba escribir: también tengo un tema de displaxia, entonces me concentro en escribir y me olvido del contenido de lo que tengo que pensar. Me han recomendado a usar la compu y medio que se oponían: “¿por qué él usa la compu y los demás no?”. “Y porque la necesito era la respuesta”. Yo ahora tengo un déficit de atención más bajo que en esa época. Pero sí, me trajo problemas. De hecho cuando hice la Facultad, aprobaba con lo que podía e hice una carrera hace unos cuatro o cinco años y me sacaba todo diez y nueve.

—¿Qué cambió?

—Cambiaron un montón de cosas. Lo principal cambió la confianza en mí mismo. Pero después cambió mi capacidad para poder estar ahí concentrado.

—¿Tus papás sufrieron mucho?

—Sí, sí, de hecho ahora con el proceso de la obra tuve muchas charlas con ellos. Tenían mucha fuerza. Se la bancaban todas y ellos defendiéndome a mí. La emoción de verme así en este momento les hace acordar todo lo que sufrieron.

—Debe haber sido un camino con mucho amor y con momentos difíciles.

—Sí, aparte había escenas en mi casa que no eran fáciles para ellos. Yo estaba muy alterado, me ponía muy nervioso.

—¿Te ponías violento?

—Sí. Me enojaba mucho en la adolescencia. De hecho ya les he pedido perdón varias veces porque ahora soy completamente distinto a todo eso. Porque hay algo que con el Tourette, que entre los 18 y 25, como que va bajando un poco el nivel que es distinto del proceso de crecimiento de todas las personas en esa edad, entonces el Tourette como que va bajando un poquitito. Entonces en eso yo las conductas que tenía hasta esa época después dejé de tenerlas.

—¿La adolescencia de alguien con Tourette es más difícil que la de una adolescencia normal?

—Yo no sé si me animaría a decir eso pero sí te puedo decir que es muy difícil la de una persona con Tourette porque te están pasando un montón de cosas. Yo llegué a la conclusión de que no tenía que ir a kinesiología o RPG porque el cuerpo mío no era igual de tanto que lo movía. No hay terapia que a mí me haga que a mí me deje de doler la espalda, el cuello. Y eso te estoy hablando desde los ocho años, de los cuatro años en movimiento. Un cuerpo está todo el tiempo en movimiento. Imaginate en la adolescencia, en una etapa donde a todos nos pisa y vos tenés un síndrome, tenés Tourette, tenés autismo. Una afección es mucho más compleja que entiendo que alguien neurotípico sin grandes complicaciones.

—Hablemos del dolor. ¿Cuándo se siente dolor?

—Se siente dolor en muchas facetas, en muchos momentos. Se siente dolor cuando te rechazan porque a mí me han rechazado, amorosamente hablo también, en trabajos, en entrevistas de trabajo. Se siente dolor cuando uno se cree que no vale la pena, cuando vos mismo te creés que no estás para nada.

—¿Vos te creíste eso en algún momento?

—Sí, mucho tiempo. Llegó un buen momento de luchar contra mí mismo. Ahora estoy feliz y feliz en pareja, pero yo creía que no iba a tener pareja nunca, que nadie iba a poder quererme.

—Ahora charlamos de eso. ¿Y el dolor físico?

—Yo, por ejemplo, tengo un tic que es de mover algo en el cuello. Capaz me ves hacer así y yo estoy moviendo, no sé si es un hueso, un cartílago, no sé bien qué es. Imaginate estar todo un día: te termina haciendo mucho daño en el cuello. O un tic que es de mover la cabeza y el cuello en general. O como te dije antes: las manos, te empiezan a salir callos en los dedos. O la garganta, que se te empiece a doler un poco la voz por hacer el carraspeo.

—¿Te lastimaste alguna vez?

—No, lastimarme no. Sí tenía ideas, pero después entendí que esas ideas eran que yo me quería escapar. Yo siempre quise vivir pero me quería escapar. Otra manera es decir “me voy de viaje, me voy a vivir a donde sea”. Y en realidad no es que te querés vivir a donde sea, es que te querés ir de donde estás.

—De la realidad en la que uno está.

—De la realidad. Pero no, nunca llegué porque no era real eso.

Voces - NIcolas Litman - Fotos Personales
Hoy protagoniza Mazel Toc en La Pausa Teatral.

—¿Cuándo te enamoraste por primera vez?

—Y yo creo que de chiquito. Uno lo ve a la distancia y decís no, eso no es enamorarse, pero cuando lo sentís. Y fue en la primaria. Había una nena, que yo hablo de ella en el espectáculo, que no digo el nombre, la llamo Dana, que era como la más linda del grado y a mí me encantaba. Pero como no creía que una chica así me pudiera mirar, nunca le hablé. Después de años le conté a algún amiguito o amiguita, y ella se terminó enterando. Yo podía sentirme que no valía la pena, podía un montón de cosas, pero me la bancaba, si pasaba algo yo iba y lo enfrentaba. Y se lo dije. Me acuerdo la escena en quinto grado, la tengo la cabeza: primer piso de la escuela, ella estaba saliendo del aula, yo estaba entrando, se lo dije, que me gustaba, y ella me dijo “ay nene, sos un monstruo”. Esa fue la primera vez que me enamoré y la primera vez que me sentí rechazado de esa manera.

—Que dolor.

—Después tuvimos un reencuentro de grandes y me pidió perdón. De hecho lo loco es que yo trabajaba hace unos ocho o nueve años en un cena-show haciendo conducción de un evento. Y estoy ahí haciendo la conducción y de repente veo un grupo de chicas y una chica vestida de prisionera, por despedida de soltero, y era Dana. Y yo le conduje la despedida de soltera a ella. Y terminamos, nos dimos un abrazo.

—¿La perdonaste?

—Sí, yo cada vez que hablo lo revivo, pero en realidad sí, la perdoné, porque éramos chicos.

—En algún momento empezás a crecer y a contarle a la gente con la que te vinculás que tenés Tourette. ¿Cómo fue eso?

—Hay dos caras de eso, porque por un lado hay gente que no sabe que tengo Tourette. Se enteró porque lo empecé a decir en el último tiempo, como tengo pocos tics... Entonces no se daban cuenta. Ahora también digo mucho una frase que es “yo tengo Tourette pero no soy el Tourette”. Uno no es el diagnóstico. Pero yo sentía que yo era el diagnóstico. Yo me sentía el Tourette. Entonces capaz iba a una cita y le decía tengo Tourette como carta de presentación. Y mi psicólogo me decía mucho “vos no sos eso, le podés contar un montón de cosas de vos ¿por qué tenés que contar eso como carta de presentación?”. Y bueno, después lo pude cambiar cuando pude aceptarme a mí mismo.

—¿Cómo eran esas situaciones? ¿Qué explicabas del Tourette?

—Que tenía tics, eso, porque en realidad yo no era consciente -del déficit de atención sí- pero yo era así y listo, mi cabeza funcionaba así. A veces uno piensa que la mente de todos funciona de la misma manera cuando sos pibe, después te das cuenta de que no.

Voces Nicolás Litman
Nicolás Litman junto a Tatiana Schapiro en Infobae (Adrián Escandar)

—Ahora empezamos a hablar más del cerebro neurotípico, del cerebro neurodivergente, y de ese distinto espectro en el que nos podemos ubicar. Cuando vos eras chico y había que explicarle a alguien, no estaba esa posibilidad.

—No se sabía. Ahora hablo con amigos que uno me dice yo pienso rapidísimo, yo pienso lento, yo pienso con imágenes. En ese momento pensaba que todos éramos iguales y no lo asociaba con un síntoma. Había uno en particular que me acuerdo que sí me cargaba y yo le decía “si me cargás por eso es porque no tenés corazón”. En ese momento ya lo podía asumir de otra manera. Y después es capítulo aparte lo del trabajo. Ahí sí me costó mucho más porque antes era te tomamos un psicotécnico y si no lo pasás, no entrás. Entonces a mí me hacían hacer esas pruebas de escribir, de hacer los puntitos y yo no puedo agarrar bien el lápiz y no los hacía bien. Pero no era porque yo no podía funcionar para ese trabajo, era porque no me salía. Era hablar o presentarme con una bola de tics y lo veían. En algunos sí terminaba quedando. Después había todo un tema mío con lo que me gustaba hacer y lo que no. Entonces capaz no duraba tanto en algunos trabajos porque tenía el arte ya en las venas, pero me ponía a trabajar de telemarketer y no pasaba. Había como una cosa de la mirada. Yo me acuerdo de una entrevista que fui y me sentí discriminado. Yo sentí que yo no estaba entrando por los tics, por cómo me veían. La entrevista era en el barrio de La Boca y yo me había tomado el colectivo y vi que la gente también me miraba mal. Fue una entrevista que de verdad a mí me fue muy, muy significativa. Desde ese momento entendí que no tenía que buscar por ahí, tenía que buscar trabajo en lugares donde pueda encajar.

—Pero ese día dolió.

—Ese día dolió mucho. Y al día de hoy si me preguntas por entrevista de trabajo me puedo acordar dos, tres y es esa es la que más presente tengo.

—Ese dolor motorizó.

—Sí. Es sentirse no elegido y justamente ese día yo me tomé el colectivo para volver a mi casa y me bajé por las miradas de la gente, y cuando me bajé me bajé por el centro y vi el Teatro San Martín. Y ahí, no sé, será porque soy espiritual, porque me conectó, dije “es acá, es esto”. Y me puse a mirar el Teatro San Martín, entré, pasé. Ahí entendí qué era lo que yo quería hacer.

Voces Nicolás Litman
Nicolás Litman: "Hoy puedo decir que soy feliz" (Adrián Escandar)

—¿Cómo siguieron las historias de amor?

—Las historias de amor fueron complejas. No me gusta excusar solamente al Tourette pero yo era complicado. También tenía mis temas. Entonces no pasaba de la primera a la segunda cita. Me costaba. También había una cuestión de…

—¿Te ponías nervioso?

—Sí, me ponía nervioso. Y también había una cuestión de querer ser elegido. Entonces cuando solo buscás que te elijan capaz no tenés citas con alguien que querés estar sino con tal de que te elijan tenés citas con cualquiera. Obviamente que he tenido vínculos también lindos pero siempre fueron muy cortos. En ese momento lo más largo era un mes, tres meses. Y yo también me enganchaba mucho. Entonces después sobredimensionaba y cuando se cortaba me quedaba muy mal.

—¿Te ponías tóxico?

—Sí, en ese momento sí. Esa es la palabra. Más o menos por 2023 yo ya venía haciendo un cambio pero hice como un clic muy fuerte: tenía las aplicaciones de citas y me las borré todas, no quería saber más nada. Empecé a ir a la vida real y fui a un centro cultural por Villa Urquiza, se llama “Experiencia para ir solo”: vos vas solo y conocés gente. Y me senté en una mesa, había una chica que se llama Gaby y hoy estamos hace tres años y estamos conviviendo. Y yo le pude mostrar a ella el verdadero Nico. Ella pudo conocer a Nico. Entonces yo siempre le digo, si nosotros nos conocíamos antes esto no estaría pasando. A veces uno necesita en el mejor de los casos entender cosas para tropezarse y caerse para cambiar.

—¿Cuando pudiste empezar a hacer humor con esto?

—Yo creo que siempre. Me parece que yo siempre me podía reír de eso. De hecho siempre fui muy de hacer chistes, muy de hablar todo el tiempo. De chiquito estaba, en un supermercado y hablaba con la gente. En el colectivo. O con los policías. Yo hablaba. Entonces siempre el humor fue una carta muy importante para mí.

—Pero hacer humor con lo que a vos te pasaba.

—Sí, sí, yo creo que siempre estaba como el chiste de “te guiño” y no sabemos si es el ancho de basto. O que estoy haciendo breakdance. Lo podía hacer. Y un momento clave, que fue en 2015, que yo hice stand up con Pablo Molinari y ahí hice un monólogo sobre el Tourette. Tenía 28 años. Y ahí fue todo, yo me metí en stand up. Yo arrancaba y decía “soy judío, soy gordo y tengo tics, más problemas que un libro de Paenza”. Ese era mi inicio. Me ponía a contar todo lo que me pasaba con los tics. Fue una manera de empezar a exorcizar todo esto.

—Volverlo recurso de alguna manera.

—Yo hablaba del personaje Ticman porque un amigo, que ahora es muy amigo mío, en una pelea me dijo “Ticman” a los 15 años y entonces dije “Ticman”. Me imagino como un cómic, una cosa así. Se enfrenta con un villano. Antes yo hacía ese chiste. Entonces todo eso a mí también me servía. Para mí el humor salva.

—¿Cuándo llegás con este espectáculo Mazel TOC?

—Las funciones arrancaron en marzo pero en realidad es una historia que viene de largo. El director, Fernando Rico, me venía diciendo que tenía que contar mi historia. Yo decía no, a nadie le interesa mi historia. En 2024 yo fui a ver una obra que se llama El equilibrista, el unipersonal de Mauricio Dayub, y yo me quedé totalmente maravillado con lo que él hacía. El despliegue, su actuación, cómo hace distintos personajes, y yo justamente fui con Gaby, mi novia, y salimos y le dije “el que hace una obra así se recibe de actor”. Entonces esa semana yo dije “tengo ganas de hacer algo”. Hacía mucho que no hacía teatro. Lo llamé a Fer Rico y le dije “sí, hagámoslo”. Esto fue diciembre de 2024, todo el proceso de marzo a junio de 2025 fue escribir la obra, y desde julio, agosto, empezamos a ensayar y fueron como ocho meses de ensayo porque queríamos tomarnos tranquilos. Fuimos escribiendo y reescribiendo a medida que íbamos ensayando. Y llegamos a marzo, 6 de marzo que estrenamos Mazel TOC y bueno, ahora nos pasan cosas muy, muy lindas con la obra.

—¿La estás pasando bien?

—La estoy pasando re bien y creo que hay gente que, bueno, viene y se emociona, se ríen también. Vienen personas con Tourette que se sienten identificadas. Viene gente de psicólogos, psicopedagogas, gente de la salud. Y después hay algo que tiene la obra que nosotros nos lo propusimos que no sea solamente para alguien que tiene Tourette, cuento del bullying, cuento del amor y el desamor, hablo de la amistad, hablo de la familia.

—¿Qué tenés ganas para adelante?

—Hoy en día me imagino primero siguiendo con Mazel TOC y pudiendo girarla. Ahora estamos viendo para hacer en algunas provincias. Llevarla a otros países. Me encantaría que la gente venga a ver la obra y poder empezar a tener otro rol: que me llamen a mí para actuar también. Porque yo hice algunas participaciones en películas pero me encantaría que vengan a ver la obra y digan “che Nico, me gusta cómo actúa, lo quiero en tal película, tal serie”.

—Atentos productores.

—Sí, atentos por favor. Está mi Instagram en algún lado me imagino así que me escriben.

—¿Hay algo que no hayamos hablado Nico que te parezca importante?

—Me gusta remarcar que el que no se sienta cómodo en un lugar que vaya, intente ser feliz. Que a veces el contexto de uno es difícil pero que se haga el intento de una escuela, de un trabajo, en una casa donde uno no es feliz mejor no estar. Y es buscar la felicidad. Yo durante mucho tiempo no me sentía feliz y hoy puedo decir que soy feliz. Yo tengo Tourette pero no soy el Tourette. Así que no somos nuestros diagnósticos. Y somos muchas otras cosas.

Si querés contar tu historia escribinos a:voces@infobae.com

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