Todavía con la emoción a flor de piel, Delfina Brea llega la cita después de vivir una de las semanas más especiales de su carrera. La jugadora argentina, actual número uno del mundo, se presentó en el Premier Pádel disputado en Parque Roca, donde fue una de las grandes protagonistas del certamen y recibió una ovación que todavía sigue procesando. “Este torneo lo quería disfrutar. Me lo quería llevar adentro y guardarlo en una cajita porque es único”, confesó.
Pero detrás del presente exitoso hubo años de esfuerzo, incertidumbre y sacrificios familiares. A los 17 años se instaló en España junto a sus padres por una apuesta que todavía no garantizaba estabilidad. “Yo no perseguía un sueño económico, perseguía una pasión”, explicó. Durante mucho tiempo, viajar a torneos significó compartir habitaciones, manejar horas por autopista y competir para intentar ganar apenas “100 euros para juntar”.
En esta charla con Infobae también habló sobre las renuncias inevitables de una adolescencia atravesada por el alto rendimiento: cumpleaños, fiestas, viajes de egresados y salidas. Y aunque hoy ocupa la cima del ranking mundial, reconoció que las inseguridades todavía la acompañan. “Por momentos aparece el síndrome del impostor y por momentos, se va”, admitió.
Además, se refirió a uno de los cambios más importantes de su carrera reciente: la separación deportiva de Bea González, con quien conformó una de las parejas más queridas del circuito (las bautizaron las Superpibas), y su presente junto a Gemma Triay, la compañera con la que alcanzó el número 1 del mundo.
Con una mirada honesta sobre el deporte profesional, Delfina remarcó la importancia de la terapia, el acompañamiento familiar y la salud mental para sostener una carrera de elite. “Prepararse para perder es mucho más difícil que prepararse para ganar”, aseguró. Y dejó una definición que resume buena parte de su recorrido: “Cuando uno está convencido de que está haciendo las cosas bien y da todo por algo, alguna recompensa va a llegar”.
—¿Cómo pasaste estos días en Buenos Aires?
—Bien, muy feliz. Fueron unos días impresionantes. Me reencontré con el público, con mi familia, mis amigos. Con toda la locura del pádel en Argentina.
—¿Cuándo nace el sueño?
—El sueño nace a los 11 o 12 años, cuando empiezo a jugar al pádel. Mi papá era jugador, profesor, y es el que me enseñó todo. Mis papás se conocieron gracias al pádel, así que literalmente nací por el pádel. Es el deporte de mi vida.
—¿Ellos se conocen en un partido de pádel?
—Toda la familia de mi mamá también está ligada al pádel. Hay cierta polémica con la historia exacta, pero la versión más certificada es que se conocieron en un torneo en el que jugaban mi papá y mis tíos, ahí ellos dos se conocieron y empezaron a salir.
—¿Y tus recuerdos de infancia son siempre en una cancha?
—Siempre. En el club de mi papá, en Parque Chacabuco. Dando vueltas con la paleta, mirando jugadores, queriendo meterme a jugar.
—¿Tu hermana mayor también juega?
—Nada, cero deporte. Se dedicó a la publicidad, a la producción de eventos. Es una genia total.

—¿Y cómo recordás esa infancia?
—Muy feliz. Muy deportiva. Yo quería hacer todo: fútbol, básquet, handball, pádel. Siempre me imaginé ligada al deporte.
—¿En qué momento deja de ser un juego y empieza a convertirse en algo serio?
—A los 15 años mi papá me planteó viajar a España para probar. El circuito profesional estaba allá y era donde se concentraba el mejor nivel del mundo. Fuimos un mes y me dijo: “Probá si realmente esto es lo que te apasiona”.
—¿Era un deseo tuyo, nunca hubo presión familiar?
—Jamás. Siempre fue un deseo mío. Mi familia me acompañó muchísimo, pero nunca me obligó a nada. Sí había una idea clara de responsabilidad: si hacíamos esto, había que hacerlo en serio.
—¿Qué sentiste cuando llegaste a España?
—Que descubrí otro mundo. Yo quería ver de cerca a las profesionales y ahí entendí lo que significaba realmente vivir del deporte: sponsors, público, entrenamientos, otra estructura. Siempre fui muy desordenada con la ropa, el pelo, todo. Y de repente veía jugadoras impecables, súper profesionales. Entendí que todo eso también era parte del deporte.
—¿Cuándo tu papá pasó de ser papá a entrenador?
—Fue progresivo. También tuve otros entrenadores porque él viajaba mucho, daba cursos para profesores, tenía armado su ecosistema. Ya cuando me mudé a España, cuando llegó el momento de separarnos profesionalmente, tuvimos una charla y fue él quien me recomendó otros entrenadores. Siempre pensando en lo mejor para mi carrera.

—En ese momento seguías en el colegio.
—Sí. Incluso en el secundario me cambié a un colegio deportivo porque necesitaba flexibilidad para viajar. A los 16 años me fui cuatro meses, por ejemplo. Lo que siempre tuve claro es que tenía que terminar el secundario.
—Debe haber sido una adolescencia distinta, ¿sentís que te perdiste cosas?
—Sí, totalmente. Cumpleaños, fiestas, viajes, salidas a boliches.
—¿Fuiste al viaje de egresados?
—No. Mi papá me dio la opción de ir al viajes egresados. Me dijo si querés ir hacemos este esfuerzo. Lo podemos pagar. Y me acuerdo que había dos torneos y yo tenía una compañera también. No estamos solas, no dependemos de nosotros mismos. Al final decidí quedarme, sentía que tenía que cumplir con mi compañera y con el calendario.
—¿A los 17 te instalaste en España definitivo?
—Sí, primero con mi papá, porque también era mi entrenador. A los meses fue mi mamá y empezaron a turnarse para acompañarme. Mis papás están separados, tengo una hermana, entonces el ecosistema familiar era complejo de manejar.
—¿Y económicamente fue difícil?
—Mucho. Somos una familia de clase media y todo fue con remos. Al haber jugado, mi papá tenía muchos contactos y así fuimos consiguiendo sponsors que me iban costeando la carrera. Compramos un auto barato para viajar a torneos e intentar ganar 100 euros el fin de semana, intentando crecer.
—¿Cuándo entendiste podías vivir de esto?
—Cuando era chica nunca pensé en lo económico. El pádel no daba la plata que da hoy. Yo perseguía una pasión, no tenía una motivación económica.
—¿El pádel femenino está parejo con el masculino en lo económico?
—Más o menos. La diferencia de premios existe, aunque no es tan grande como en otros deportes, donde a veces los hombres ganan diez veces más. Lo que sí varía mucho es en las marcas y los sponsors individuales, por una cuestión de visibilidad. Si a una pareja masculina la ponen a jugar a las ocho de la noche va a tener más exposición que nosotras jugando a las diez de la mañana. Y eso mueve toda la rueda de sponsors y oportunidades, pero estamos dando batalla.
—También debe influir la cantidad de seguidores y fans. Estuve en Parque Roca y era impresionante cómo la gente te quiere. ¿Sos consciente de eso?
—De a poco. Y es raro, porque yo antes era la que estaba en la tribuna mirando los partidos. Entonces hoy intento devolver ese cariño haciendo lo mejor posible dentro de la cancha. A veces todavía me cuesta entenderlo. Pienso: “Me quieren tanto que no sé si realmente lo merezco”. Tiene que ver un poco con el síndrome del impostor. Pero trato de simplificarlo: vivo de lo que me apasiona, hago lo que me gusta e intento dar todo. Si eso le sirve a alguien como ejemplo para motivarse, yo feliz.

—¿Qué te pasa cuando jugás en Argentina?
—Es tremendo. Este año pude disfrutarlo muchísimo. El año pasado había sido parecido, pero no lo disfruté porque mentalmente no estaba preparada para vivir algo así. Esta vez vine decidida a disfrutar cada momento y guardármelo para siempre en una cajita porque es algo único.
—Aunque también debe generar más presión ser local.
—Sí, totalmente. Antes del partido le dije a mi equipo: “Voy a estar nerviosa los primeros games. Voy a entrar congelada, las piernas no me van a responder”. Porque una ya se conoce en esas situaciones. Después me fui soltando y me sentí muy bien.
—Volvamos a España. ¿Cuándo sentiste que lo ibas a lograr?
—Hubo momentos de todo, el deporte es muy montaña rusa. Un día hacés un partidazo y al otro perdés en primera ronda. Son muchos torneos, todo cambia rápido, te podés lesionar. Tuve momentos de pensar “yo puedo” y otros de sentir que no iba a poder ser jugadora profesional de pádel.
—¿Por qué?
—Porque a veces sentís que el cuerpo no da más o que, aunque estás haciendo el máximo esfuerzo, no llegás. Y cuando atrás hay tanta movilización familiar, tanto sacrificio, te preguntás si realmente vas a poder seguir creciendo o si ese es tu techo. Pero siempre aparecía algo interno que me empujaba a segu
—¿Quién te sostenía en esos momentos?
—Mi familia. Siempre. Somos un bloque muy unido y eso empuja muchísimo.
—¿Cuál es el torneo o el partido que cambia todo?
—En 2019 tuve un llamado inesperado. Una de las mejores jugadoras del circuito se lesionó y su hermana —eran gemelas y jugaban juntas— me llamó para reemplazarla. Yo estaba bastante abajo en el ranking; era una opción lejana. Para mí fue una oportunidad enorme. Ahí sentí por primera vez que podía sostener el nivel, jugar partidos importantes seguidos y que me daba la cabeza para eso.
—Vos venías trabajando muchísimo y ese llamado abre una puerta.
—Sí. Me permitió experimentar lo que era jugar con presión real. Las hermanas habían sido número uno del mundo durante años, eran referentes del deporte. Y ahí apareció el desafío de demostrarme si estaba o no a la altura.

—Después vino la pandemia.
—Sí. En Madrid estuvimos tres meses completamente encerrados. Fueron meses difíciles, suerte que en 2019 me había ido un poco mejor y había podido juntar un poco de los premios, de los torneos, y teníamos un colchoncito para estar tranquilas con el alquiler hasta que volviera el circuito.
—Hablás mucho de las compañeras. ¿Qué es más difícil: armar una dupla o separarla?
—Separarla, porque armarla siempre tiene ilusión. Una compañera es casi como una pareja. Compartís viajes, hoteles, entrenamientos, emociones, la veo más a ella que a mi mamá o a mis amigas. Entonces hay que cuidar mucho ese vínculo, hablar todo, hacer acuerdos.
—¿Cómo fue separarte de Bea González, después de tantos años de jugar juntas?
—Muy duro. Era una decisión que me pedía el cuerpo: necesitaba darme un poco de oxígeno. Seguimos siendo muy amigas y pudimos hacer que nuestro vínculo continúe de la mejor forma. Pero fue muy duro, porque no hay decisiones correctas en esto y podía arrepentirme, pero necesitaba renovarme. Veníamos de un año difícil, ella se había lesionado un par de veces y yo intenté hacer lo mejor para la pareja. Seguramente en un futuro nos volvamos a juntar.
—¿Y cuando juegan una contra la otra?
—Ahí ya no somos tan amigas (risas). Pero sabemos que el cariño sigue estando.
—¿Cómo se llevan con Gemma Triay, tu nueva compañera?
—Nos llevamos súper bien.

—¿Qué te genera el boom del pádel en Argentina?
—Me encanta. Yo vi todas las etapas del deporte: cuando explotó, cuando fue cayendo, cuando nadie sabía qué era. Cuando en mi colegio, que era deportivo, decía que jugaba al pádel me miraban raro. Ahora todos juegan, me reencontré con muchos compañeros, gente que me escribe diciendo que ama el pádel, que la junta con su familia, con su pareja, me parece espectacular.
—¿Cuántas veces entrenás por semana?
—Todos los días.
—¿Y todos los días tenés ganas?
—No. Muchas veces no tengo ganas, pero voy igual.
—¿Cuántas horas entrenás por día?
—Entre pádel y físico son unas cuatro horas y media por día. Y después está toda la parte invisible: psicólogo, kinesiólogo, fisio, médicos. Dedicarse al deporte es darle tu vida.
—Recién nombraste al psicólogo. ¿Qué tan importante fue?
—Fundamental. Empecé en 2019 y fue un antes y un después en mi vida personal y deportiva. Al principio me ayudaba simplemente hablar y después, tener a alguien que te ayude a ordenar prioridades, cambia todo.
—¿Hay que prepararse más para ganar o para perder?
—Para perder. Muchísimo más. Soy muy competitiva y perder me frustraba muchísimo. A veces hay que perder muchas veces antes de empezar a ganar, y otras ni siquiera llega el triunfo. Es muy duro.
—Es interesante esto que decís, o sea, para poder ganar hay que haberse bancado perder muchas.
—Mucho y para ser número uno. Siempre lo dijeron los grandes del deporte, lo escuchás a Federer y te dice que del 100% de los puntos que jugó, ganó un 56%. Y vos decís: pero es Federer.
—¿Qué sentiste cuando llegaste al puesto número uno?
—Una felicidad tremenda, pero también alivio. Fue pensar: “Llegamos”. Nos fuimos a España, nos movilizamos, todo valió la pena. Y lo festejamos todos juntos.
—Contame, ¿cómo fue?
—Llegábamos con puntos muy parecidos con otra pareja que eran las número 1, nosotras éramos número 2, y llegábamos con puntos muy parecidos. Había un torneo que fue el Major de Acapulco el año pasado en México que iba a definir bastante. Era el anteúltimo torneo. Entonces depende lo que hicieramos las dos parejas definía un poco de quién iba a quedar al final número 1.
—¿Ustedes jugaban una contra la otra o estaban cada una...?
—Cada una empezando el torneo. La verdad que yo no estoy mucho en la noticia, de qué pasa, de qué va a pasar. Toda la gente especulaba. Y yo la verdad que no estaba muy ahí. Y estábamos viendo un partido de nuestras posibles rivales en una hipotética final, que faltaba mucho y veíamos que perdían y todo el equipo se empezó a reunir a mirar el partido. Todos tensos. Y yo miraba el partido. Estaba como en otra viste. Y cuando pierden me acuerdo de estar así y la miro a mi compañera y mi compañera me mira y me dice: “Ya está”. Porque matemáticamente ya éramos número 1. Íbamos a terminar el año número 1. Yo no me había parado a pensar, porque era mi forma de procesar lo que estaba pasando para sacarme presión. Y ahí fue cuando quedamos número 1, festejo, brindis, champán. Y teníamos que seguir el torneo. Teníamos que seguir jugando.
—Que espectacular.
—Increíble.
—¿Se fue esta imagen del impostor?
—Por momentos aparece y por momentos se va.

—¿Te importa mucho el vínculo con las nuevas generaciones?
—Muchísimo. Me escriben muchas chicas que quieren dedicarse al pádel e intento estar cerca y ayudarlas en todo lo que pueda, porque cuando empezás, cualquier mano suma mucho.
—¿Qué falta para impulsar más el pádel femenino en Argentina?
—Creo que la Asociación está tomando cada vez más fuerza y potenciando cosas muy buenas. Organizar un torneo como el que hicieron acá en Parque Roca es importantísimo, parecía un torneo europeo. Poder acercarle este nivel de competencia a gente que tal vez vive en un pueblo de Córdoba y no tiene la posibilidad de viajar o de ver algo así tan de cerca, fue impresionante. No era un torneo “hecho así nomás”, realmente lo hicieron a lo grande. Y eso, para una chica que está empezando, significa mucho. Porque uno necesita sentir que eso que ve también lo puede alcanzar. Ahí es donde empezás a proyectar.
—¿Qué te pasa cuando nenas te dicen que quieren ser como vos?
—Es súper lindo. Siempre me imagino a mí cuando era chica, porque es la mejor forma que tengo de empatizar y sentirme cercana a ellas.
—Delfi, te voy alguna maldad, teniendo que elegir entre dos situaciones: ¿ganar feo o perder bien?
—Ganar feo. Siempre.
—¿España o Argentina como lugar para vivir el resto de tu vida?
—Argentina. Siempre.
—¿Preferís que te recuerden como la mejor jugadora de la historia o que tus amigas del colegio te llamen para decirte que empezaron a jugar al pádel?
—Uf… Creo que me recuerden como una gran jugadora está buenísimo, pero también que mis amigas sigan ahí conmigo.
—¿Final sufrida en tres sets o título fácil?
—Título fácil (risas). Tampoco vamos a elegir complicaciones.
—Cuando perdés una final, lo primero que hacés es…
—Sentarme en silencio.

—¿Qué le dirías hoy a esa Delfi de 17 años que se fue a España?
—Que no sea tan severa consigo misma. Que esté un poco más tranquila. Ya estaba haciendo muchísimo esfuerzo y, cuando hoy miro para atrás, pienso que tendría que haber aflojado un poco conmigo misma. A veces somos nosotros los que nos decimos las peores cosas.
—Viene una Delfi del futuro, dentro de 20 años. ¿Qué le preguntarías?
—Si pudo formar su vida más allá del deporte.
—¿Tenés claro cuál es tu sueño?
—Me encantaría formar una familia y poder equilibrar mi carrera con una vida personal feliz.
—¿Sentís que para los hombres eso es más fácil?
—Totalmente. Biológicamente, no tener la responsabilidad de pasar por un embarazo es una ventaja para un deportista.
—¿Te imaginás entrenadora?
—Sí, algo relacionado con el deporte voy a hacer.
—¿Qué significa la Selección para vos?
—Me genera muchísima ilusión. Son de las semanas más felices de mi vida deportiva. Juntar a Argentina y al pádel es todo para mí. Este año es en noviembre y se juega en Doha, Qatar.
—¿Elegís ser número uno o ganar el Mundial con Argentina?
—Hoy elijo ganar el Mundial con Argentina.
—¿Sentís que hoy disfrutás más?
—Sí, aunque sigue siendo una montaña rusa, pero intento mantener un equilibrio: ni estar demasiado eufórica cuando las cosas salen bien ni demasiado abajo cuando salen mal.

—Me gusta que cuentes también la parte difícil del camino. El esfuerzo, las dudas, la importancia de la familia acompañando. Porque hoy hay mucha gente perdida, preguntándose si vale la pena seguir un sueño.
—Yo siempre tuve claro que el camino era para adelante. Mi cuerpo me decía que tenía que estar en España, que tenía que entrenar y esforzarme porque algo bueno iba a llegar. Y creo que, cuando uno está convencido de que está haciendo las cosas bien y da todo por algo, alguna recompensa aparece. Y, si no aparece, al menos te vas a dormir tranquilo sabiendo que hiciste todo lo que estaba a tu alcance.
—¿Hay algo que te gustaría transmitir?
—Me parece importante hablar de la salud mental, de la familia y del esfuerzo que hay detrás de todo. Es muy importante mantenerse mentalmente tranquilo, acomodado, acompañado por profesionales que te ayuden a estar bien, tanto cuando las cosas salen bien como cuando salen mal. Y también aprender a valorar esos momentos de micro felicidad y estar realmente presente en ellos.
—¿Te sale eso de estar presente?
—Lo practico todos los días. Todo el tiempo. En el torneo tuve la posibilidad de abrazar a mucha gente y, en esos momentos, intentaba realmente estar ahí, mirar a la persona, darle un abrazo de verdad. Porque eso es lo que queda, lo que se van a llevar de mí.
—¿Alguna vez choluleaste a alguien?
—No soy muy cholula, la verdad. Pero me pasó con Luciana Aymar. La conocí y me impactó muchísimo que sea una persona tan talentosa y al mismo tiempo, tan normal y tan cálida.
—¿La terapia también ayudó cuando cambió la economía familiar?
—Sí, totalmente. Ahí valoré la educación que me dieron mis papás. Siempre me enseñaron a ser independiente, a manejar mis cosas, mi carrera, mi plata. Hoy cuido mi economía, tengo gente que me ayuda, obviamente, pero siempre me inculcaron la importancia de saber manejarme sola en todos los ámbitos.
—¿A tu familia pudiste agradecerle todo lo que hicieron por vos?
—Sí, siempre. Yo soy mucho más de demostrar con actos que con palabras. Soy cariñosa, abrazo mucho, pero quizá no me sale tanto decirlo. Me sale más demostrarlo estando presente y pensando siempre en ellos.
Si querés contar tu historia escribinos a:voces@infobae.com
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