
La ciudad es un espacio complejo y, lejos de ser pensada como homogénea, está constituida por sujetos sociales diferentes con una red de relaciones y un entorno que da sentido a la vida de las personas que la habitan.
Las metrópolis tienen, por un lado, una dimensión geográfica y, por otro, una simbólica, en la cual se incluye calles, edificios públicos, plazas, puentes; pero todos estos lugares son significados por quienes las habitan. Un espacio urbano entra en el mundo de cada uno de los vecinos cuando sintetiza la identidad y el significado, cuando hay una implicación emotiva para el sujeto.
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Así entonces, la ciudad no es sólo un lugar ocupado, sino más bien un lugar practicado, usado, experimentado, un territorio vivido en toda su dimensión; es un escenario para la coexistencia de experiencias diversas. De modo que el ciudadano se convierte en un actor social que construye una ciudad de la cual se apropia, hecha de itinerarios, gustos, redes de relaciones, imágenes y deseos.
Los espacios públicos, como lo fue desde la Grecia antigua, siguen siendo el gran lugar de reunión y de construcción de lo ciudadano. Y es de vital importancia destacar que dicha construcción es con otros, nunca individual. La coexistencia con lo diferente, con lo diverso, hace que los límites de lo urbano, de la ciudad vivida, se hagan hoy más inciertos que nunca, de manera que lo ignoto se insinúa cotidianamente en la ciudad a través de la presencia del otro y de lo extraño.
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No obstante, la ciudadanía es lo que garantiza el principio de igualdad, estatus que otorga a los individuos los mismos derechos y deberes, libertades y garantías, poderes y responsabilidades. Pero, a su vez, dicha ciudadanía garantiza la pertenencia y participación en una comunidad; pertenencia a una identidad compartida y participación en la toma de decisiones para la concertación.
La pregunta obligada es: ¿cómo planificar una sociedad ordenada que responda a las inquietudes y necesidades de todos los ciudadanos?
Si entendemos a las ciudades como escenarios colectivos de encuentro o conflicto de culturas diferentes, como espacio urbano con diferentes configuraciones, facilitaremos nuevas formas de interacción y diálogo para enfrentar el conflicto e intentar resolverlo.
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Al decir de Alain Touraine, el papel de la ciudad es el de fomentar y proteger el deseo y la capacidad de cada uno de nosotros de comunicarse con gente que busca la construcción de su proyecto de vida. Esto no significa que el papel de la ciudad sea el de dar una plena libertad, pero una meta importante para una política urbana es la de organizar la heterogeneidad, es decir, defender y fomentar la comunicación entre gente diferente.
Una verdadera gestión participativa, que se tilde de tal, que apunta al desarrollo local, debe mejorar su capacidad de gestión y fortalecer las competencias de los actores locales, convirtiéndolos en interlocutores válidos y legitimados por un equipo de gestión con escucha atenta; quienes, frente a algunas problemáticas, no apliquen soluciones únicas; sino que se identifiquen los desafíos locales para construir respuestas focales y espacios más sostenibles.
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En este sentido, el urbanismo va de la mano con las ciencias sociales; desde allí deben salir las respuestas para el peatón, el ciclista y el automovilista. Por lo tanto, la circulación en las calles, el transporte, la movilidad inteligente, la convivencia son sólo algunas de las cuestiones que la Gestión de gobierno debe mirar para lograr una ciudad habitable, en el sentido más amplio del término.
La ciudad debería convertirse en el lugar estratégico para que el convivir, una vieja palabra casi en desuso, potencie los encuentros personales, individuales y colectivos, en pos de una sociedad mejor. Cada uno de los ciudadanos nos debemos la oportunidad de debatir e intercambiar, pero con la clara convicción que la ciudad la construimos entre todos.
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