Es muy común que se busque equiparar el sistema educativo de Argentina con el de Finlandia, con iguales parámetros, como si eso fuera posible.
En 1921 ese país era más pobre que Argentina. Sin embrago, hoy por hoy, todos los ciudadanos de allí no sólo tienen las necesidades básicas satisfechas, vivienda, vestimenta, agua potable y condiciones de salud, sino que en general cada familia tiene un automóvil y una segunda propiedad. Incluso el 70% de los padres asiste con sus hijos a las bibliotecas públicas. Es decir, partimos con diferencias desde la cuna entre los niños y niñas finlandeses y los argentinos.
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No obstante, más allá de la idiosincrasia de cada país, lo distintivo está en la educación, en las oportunidades de aprendizaje que esa sociedad confiere a sus ciudadanos. Allí ya no se enseñan conocimientos, enmarcado en el enciclopedismo que identificó a la escuela, en donde el estudiante repetía saberes acabados y recitados por su maestra, sino que se problematiza la realidad, se promueven habilidades cognitivas que les permiten a los estudiantes investigar y resolver problemas. De esta manera, pueden seguir aprendiendo aunque no estén en la escuela.
En el país nórdico, generalmente hay un maestro cada 12 alumnos. En algunas escuelas, llega a 22, ya que algunos docentes están con licencia por estudio de posgrado. A su vez, en cada clase hay un maestro titular, otro asistente y otro especial para clases particulares gratuitas en un aula contigua.
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Un dato no menor: mientras que en Argentina un maestro que se inicia gana un sueldo entre $30.000 y $55.000 mensuales, según la provincia, en Finlandia, un docente gana 3.300 dólares al mes, salario similar a otros profesionales, además de gozar de un gran prestigio social. Ahora bien, para acceder a un cargo necesita tener una maestría en una carrera acreditada en educación en una Universidad, donde estudia gratuitamente y recibe beca del Estado para hospedaje y alimentación.
¿Cómo salimos?
La pregunta obligada es qué hacer ante esta encerrona trágica que nos plantea la escuela hoy y nos envuelve en un círculo vicioso que todo el tiempo pone en tensión el paradigma de la escuela de antaño con la escuela de hoy, la cual necesita cantidad de días de clases, pero también calidad de enseñanza y aprendizaje, junto a la inclusión de todos los estudiantes a fin de romper con el desgranamiento escolar cada vez más vertiginoso.
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Primero y principal, hay que comenzar en la prehistoria de la escuela, trabajar con los niños y niñas de 0 a 3 años y con las mamás o quienes cumplan la función maternante. En ese sentido, el Estado debe estar presente con políticas públicas que acompañen a la familias, con alimentación sana y espacios de juego para el buen desarrollo motriz y psicológico de los niños.
Una vez en la escuela, con docentes capacitados, podrán tener metodologías activas y otros formatos escolares de cursado que finalice, de una vez por todas, con las materias atomizadas y divididas en disciplinas, en pos de trabajar con proyectos transversales que involucran distintas asignaturas y hagan al alumno protagonista del aprendizaje.
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Pero esto será posible si la formación docente pasa a ser prioridad para los gobiernos de turno, si aprovechan las plataformas virtuales para capacitaciones en servicio con acompañamiento en los saberes de las asignaturas, las didácticas específicas y se aborden los contextos socioculturales en los que los alumnos se encuentran insertos con sus problemáticas específicas. A su vez, es prioridad un fuerte acompañamiento a los docentes nóveles, a aquellos que se inician en la docencia, comúnmente en barrios vulnerados, y cuentan con pocas herramientas para abordar los dificultades con las que se encuentran.
Y, sin lugar a dudas, es fundamental que los docentes tengan un salario competitivo, es decir, ninguno esté por debajo de la línea de la pobreza a sabiendas que se necesita de cursos, de bibliografía y de otros bienes simbólicos para seguir enseñando y aprendiendo.
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Más y mejor educación sólo será posible con un compromiso del Estado que realmente esté preocupado y ocupado por la calidad y la inclusión educativa. Lo demás es cartón pintado.
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