“Si me sacan de acá, les cuento todo”: la revelación que desató la verdad detrás de un crimen brutal realizado por una familia entera

“Soy una prostituta y orgullosa de serlo”, decía la leyenda grabada con un cuchillo en la espalda de Sylvia Likens, una adolescente de 16 años que la policía encontró muerta en el sótano de una casa el 26 de octubre de 1965. El calvario de dos hermanas cuyos padres las dejaron al cuidado de una “buena vecina” y el plan para hacer pasar su muerte como un accidente

Sylvia Likens
Sylvia Likens tenía 16 años cuando murió el 26 de octubre de 1965, tras meses de torturas en una casa de Indianápolis
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La pareja de policías y los paramédicos que llegaron a la casa de del 3850 de la calle East New York, en Indianápolis, la tarde del martes 26 de octubre de 1965 no esperaban toparse con la escena de un crimen y mucho menos tan truculento. Respondía a la llamada al número de emergencias de un adolescente que se identificó como Richard Hobbs y denunció un accidente. Con voz nerviosa y palabras atropelladas, le explicó a la telefonista que una chica había tropezado y caído por la escalera del sótano, que estaba gravemente herida o quizás muerta, que él no podía asegurar ni una ni otra cosa, que por favor vinieran rápido.

A los hombres del patrullero y a los de la ambulancia les bastó echar apenas un vistazo para darse cuenta de que lo del accidente doméstico era puro cuento. Lo único cierto es que la chica estaba muerta, pero no como consecuencia de un resbalón inesperado en la escalera sino víctima de un asesinato. La idea de Ricky, como todos llamaban a Richard Hobbs, de disfrazar un crimen perpetrado en manada como un accidente había sido realmente ingenua: con solo ver el cuerpo mojado de Sylvia Likens en el piso del sótano, ni al más tonto de los uniformados se le podía ocurrir que la chica, de 16 años, había muerto al caerse por la escalera. Tenía moretones, cortes y heridas en la cabeza y el resto del cuerpo, olía horrible no por la muerte sino por las costras de roña que tenía pegadas en la piel y que, en algunos casos, tapaban las quemaduras provocadas con la brasa de su cigarrillo. Cuando los paramédicos dieron vuelta el cadáver y vieron su espalda, el horror se multiplicó: “I’m a prostitute and proud of it” (“Soy una prostituta y orgullosa de serlo”), se podía leer en la espalda de Sylvia, tallado quizás con una navaja, un cuchillo o, tal vez, un vidrio.

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De inmediato llamaron a los detectives de Homicidios y también a la oficina del forense. Mientras esperaban, reunieron a todos los habitantes de la casa en la cocina para custodiarlos. Allí estaban la dueña de casa, Gertrude Baniszewski, de 36 años, sus siete hijos, el vecino adolescente Ricard Hobbs, de 16 años, y una chica que llevaba un refuerzo de metal en una de sus piernas, secuela de una poliomielitis sufrida en su infancia. Era Jenny Likens, de 15 años, la hermana menor de Sylvia, la chica muerta del sótano.

Minutos después la casa se llenó de policías y de peritos forenses enfundados en sus mamelucos blancos. Mientras abajo los expertos trabajaban en la escena del crimen, arriba, en la cocina, Gertrude y Ricky seguían firmes en su historia del accidente. Jenny Likens, en cambio, permanecía en silencio, con los ojos clavados en el piso, hasta que en un momento le tiró subrepticiamente de la manga a un policía y le susurró:

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-Si me sacan de acá, les cuento todo.

El hombre la tomó de la mano y la llevó fuera de la casa. Entonces Jenny le relató, atropellándose con las palabras, cómo habían llegado allí, el calvario que habían vivido durante los últimos meses a manos de Gertrude y cómo habían matado a Sylvia, su hermana mayor.

Sylvia Likens
La policía llegó a la vivienda de East New York Street por una llamada que intentaba presentar la muerte de Sylvia Likens como un accidente

“Como si fueran mis hijas”

“Las voy a cuidar como si fueran mis hijas”, les había prometido Gertrude Baniszewski a sus vecinos Lester y Betty Likens, artistas de circo, cuando le preguntaron si podían dejar a Sylvia y Jenny en su casa por unos pocos meses porque partían en una gira larga por varias ferias de Indiana y otros estados cercanos y no podían llevarlas. Le pagarían veinte dólares semanales por el servicio y los gastos para alimentarlas. Gertrude les dijo que el trato le parecía justo y que no se preocuparan, que en su casa había espacio para dos chicos más. Corrían los últimos días de junio de 1965 y los Likens le aseguraron que volverían antes de fin de año porque querían pasar la Navidad con la familia nuevamente reunida para celebrar.

Jenny le contó al policía –y luego repetiría el relato en la comisaría sin cambiar un solo detalle– que los primeros días que pasaron en la casa la relación fue armónica, con Gertrude como matriarca vigilante y los chicos compartiendo los espacios del hogar y saliendo a jugar juntos con otros adolescentes del barrio. En esos juegos, Sylvia conoció a Richard Hobbs, de 17 años. El chico se enamoró de inmediato y le declaró ese amor, pero Sylvia lo rechazó. No le gustaba más que como amigo y, además, ella estaba ocupada: tenía que ir todavía a clases y había conseguido un trabajo por horas en un almacén del barrio.

Al principio, relató la chica, todo había sido normal, pero la situación cambió de golpe al final de la segunda semana de estadía en la casa de Gertrude, cuando el cheque de 20 dólares que habían prometido los Likens a Gertrude no llegó. No fue porque no pagaran, sino por un retraso del correo –llegó al día siguiente-, pero ese hecho dio inicio al calvario. Gertrude no esperó ni siquiera un día para reaccionar de manera bestial. Esa noche dejó sin comer a las dos hermanas y las confinó en una habitación. Antes de encerrarlas con llave les gritó: “¡Las cuidé toda la semana por nada, putitas!”. Era apenas el comienzo de un infierno. Al día siguiente, empezó también a golpearlas, generalmente con una pala de madera en las nalgas. Para proteger a Jenny, Sylvia le rogaba que le pegara solamente a ella, aunque fuera el doble.

Al mismo tiempo, Gertrude comenzó a decir en el barrio que estaba muy desilusionada por el comportamiento de las chicas que habían dejado a su cuidado, que Sylvia salía con muchos chicos, que era una prostituta precoz. Pero lo peor de todo eran los golpes. Gertrude le pegaba a Sylvia varias veces durante el día, con cualquier excusa: que le había sacado ropa a una de sus hijas, que había comido más que los otros chicos, que la desobedecía, lo que se le ocurriera en el momento de castigarla.

Sylvia Likens
Jenny Likens, hermana menor de Sylvia, fue quien relató a los investigadores el calvario que ambas habían sufrido en la casa de Gertrude Baniszewski

Un crimen brutal

La vida en la casa de Gertrude se convirtió en un infierno para Sylvia, una agonía dolorosa que terminaría con su muerte. Ya no era solamente Gertrude quién le pegaba, sus hijos se fueron sumando, uno por uno a las torturas. A principios de octubre, en un crescendo incontenible del sadismo de la matriarca, Sylvia terminó encerrada en el sótano de la casa, de donde no volvió a salir. A veces le llevaban agua o alguna sopa y a Jenny la obligaban a ver los castigos que sufría su hermana. Era otra manera de torturarla.

Mientras tanto, los agresores seguían creciendo en número. Además de los hijos de Gertrude, también bajaban al sótano para pegarle o quemarla con cigarrillos, Richard Hobbs, que había quedado despechado por el rechazo amoroso de Sylvia, y el novio de Stephanie, la hija mayor de la dueña de casa, un adolescente llamado Coy Hubbard. A estos dos, Gertrude les cobraba cinco centavos por cada vez que querían bajar al sótano para abusar de Sylvia. En una ocasión, la propia Gertrude y su hijo John, de diez años, recogieron la caca del pañal del pequeño Dennis Jr. Y obligaron a Sylvia a comerla. Sylvia, atada a una viga, no pudo resistirse.

Gertrude llegó a violarla con una botella que, además, se rompió en el proceso, lo que le provocó a las heridas en la vagina que fueron detalladas después en la autopsia. Desde ese hecho, Sylvia sufrió de incontinencia y debió pasar las horas y los días atada a la viga y sentada o acostada sobre un colchón mojado por su propia orina. Cuando rogaba que le permitieran lavarse, le tiraban agua hirviendo. Por esos días, Gertrude y Ricky Hobbs le grabaron en la espalda, con una aguja al rojo vivo, la frase “I’m a prostitute and proud of it” y un número “3”. “¿Qué vas a hacer ahora? Nunca te vas a poder casar”, le dijo Gertrude al terminar la macabra operación de tatuaje.

Sylvia Likens
“I’m a prostitute and proud of it” y un número “3” había sido inscripto en el cuerpo de la víctima

Para entonces, Gertrude tenía claro que quería matar a Sylvia. Pretendió hacerle escribir una carta a sus padres diciendo que se iba a escapar con unos chicos con los que tenía relaciones sexuales. Su plan era dejarla sin comer para que se debilitara del todo y después abandonarla en un bosque para que muriera de inanición. Después de hacerlo, les enviaría la carta a los Likens.

El 26 de octubre, Sylvia logró liberarse de las ataduras, subió como pudo las escaleras del sótano e intentó llegar a la puerta de calle para escapar. La descubrió Coy Hubbard, el novio de Stephanie, que la arrastró de regreso hasta la puerta del sótano y la tiró por las escaleras. No conforme con eso, una vez abajo, la volvió a atar y le pegó una y otra vez con la barra de una cortina en la cabeza. Sylvia quedó inconsciente, ya no despertaría. Atraída por los ruidos, Gertrude bajó al sótano y también la golpeó en la cabeza con un libro. “¡Falsa, falsa, no estás muerta!”, gritaba. La desataron de la viga y la dejaron tirada en el piso. Entonces a Ricky Hobbs se le ocurrió llamar a la policía y hacer pasar la muerte de Sylvia como un accidente. Ni a él ni a ninguno del resto de los asesinos se les ocurrió que la policía no creería ni una palabra de esa versión.

Luego de la autopsia Sylvia, los médicos de la policía de Indianápolis señalaron “hemorragia cerebral, shock y desnutrición”, como causas de la muerte. Agregaron que tenía heridas en la vagina, provocadas por algún objeto. Cuando la versión del accidente se terminó de caer a pedazos, Ricky, Gertrude y los hijos de la mujer la cambiaron por otra: Sylvia había salido a pasear con dos chicos y había vuelto así, que habían intentado salvarla pero que no pudieron. Tampoco les creyeron esa historia.

Sylvia Likens
Gertrude Baniszewski había prometido cuidar a Sylvia y Jenny mientras sus padres trabajaban en una gira de circo por Indiana y otros estados

Historia de una asesina

Más tarde, los investigadores revisarían a fondo el pasado de Gertrude, la buena vecina a cuyo cuidado los Likens dejaron a sus dos hijas. La mujer había vivido siempre en ese barrio de los suburbios de Indianápolis. No cambiaba de residencia pero sí de parejas, que en eso decía siempre que no tenía suerte. A los 16 años dejó la escuela para casarse con John Banisewski –cuyo apellido conservaría siempre-, un joven agente de policía. John era de todo menos bueno, alcohólico y violento, le pegaba para que tenga y guarde. Entre golpe y golpe, Gertrude tuvo cuatro hijos durante los diez años que pasó con él antes de separarse: Paula, Stephanie, John y Marie.

Cuando no soportó más los maltratos, se separó de John y se casó con Edward Guthrie. Duraron apenas tres meses juntos, quizás porque John le insistía a Gertrude que volviera con él, que nunca más le iba a pegar. Y Gertrude volvió. O, mejor dicho, Edward tuvo que irse de la casa de Gertrude para que volviera John. En ese segundo tiempo matrimonial, tuvieron otros dos hijos, Shirley y James. Y Gertrude siguió coleccionando golpes de su marido hasta que volvió a separarse en 1963 y se quedó viviendo sola con sus seis hijos. Pero la soledad no era una buena compañía para ella y, a los 34 años, formó pareja con Dennis Lee Wright, de 22. Estuvieron muy poco juntos, pero lo suficiente para que Gertrude quedara embarazada otra vez y tuviera un varón, Dennis Jr.

A esa altura, la salud de Gertrude dejaba mucho que desear. Con casi 1.70 de estatura, pesaba apenas 45 kilos, comía salteado y fumaba como un escuerzo. Ni John ni Dennis le pasaban un dólar para los alimentos de los chicos, de modo que Gertrude trabajaba limpiando casas, cosiendo o cuidando chicos por horas. Los vecinos la consideraban una mujer muy sufrida, pero también muy confiable. Así la veían Lester y Betty Likens y por eso decidieron dejar a sus dos hijas en su casa. Esa confianza le costó la vida a Sylvia.

Sylvia Likens
El juicio por el asesinato de Sylvia Likens comenzó en abril de 1966 y provocó una fuerte conmoción en Indianápolis

El juicio y las condenas

El proceso brutal que culminó con la muerte de Sylvia Likens, provocó una ola de indignación en la comunidad de Indianápolis. El juicio por asesinato en primer grado comenzó en abril de 1966 en el Tribunal Penal número 2 con cinco acusados en el banquillo: Gertrude Baniszewski, de 37 años, y dos de sus hijos, Paula Marie Baniszewski, de 18 años, y John Stephen Baniszewski, de 13 años, y dos vecinos, Richard Dean Hobbs, de 15 años, y Coy Hubbard, de 15 años.

Los medios siguieron día tras día el desarrollo del proceso, en el que Gertrude Baniszweski intentó desligarse del asesinato diciendo que los culpables eran sus hijos y sus amigos, que ella nunca supo qué pasaba en el sótano de su casa. En cambio, los hijos de Gertrude, y los vecinos Ricky Hobbs y Coy Hubbard reconocieron su participación en las torturas. “En tres meses golpeé a Sylvia Marie Likens unas 25 veces. La empujé por las escaleras varias veces y la tiré al suelo una vez. Vi a mi madre golpear a Sylvia... quemarla con un cigarrillo y también empujarla por las escaleras varias veces”, declaró Paula, la mayor de las hijas de Gertrude.

Gertrude y Paula fueron condenadas a cadena perpetua por asesinato; Hubbard fue condenado a 20 años de cárcel y, cuando cumplió su condena, se convirtió en un delincuente reincidente; Hobbs también recibió una condena de 20 años y nunca volvió a la calle porque murió en la cárcel de un cáncer de pulmón. Pese a que había ayudado a Hubbard a arrojar a Sylvia por las escaleras del sótano, Stephanie Baniszweski recibió una condena de apenas doce meses en calidad de cómplice. En cambio, su hermano John Jr., de solo doce años, fue sentenciado a 21 años de cárcel, que debió cumplir primero en un reformatorio y después en una prisión para adultos. Cuando fue liberado, desapareció sin dejar rastros.

Sylvia Likens
El caso de Sylvia Likens expuso la violencia sufrida por la adolescente y la falta de intervención de quienes conocían lo que ocurría en la vivienda

En 1971, la Corte Suprema de Indiana anuló las condenas de Gertrude y Paula, argumentando que los jurados habían sido influenciados por la publicidad y que los juicios debieron haberse celebrado por separado. En un segundo proceso fueron condenadas nuevamente por asesinato en primer grado. Gertrude Baniszewski salió en libertad condicional por buena conducta en 1985. Cambió su nombre por el de Nadine Van Fossan y se mudó a Iowa, donde vivió discretamente hasta su muerte por cáncer de pulmón el 16 de junio de 1990.

La historia de las torturas y el asesinato de Sylvia Likens fue llevada al cine en 2007 con la película de ficción “basada en hechos reales” An American Crime, dirigida por Tommy O’Haver y protagonizada por Elliot Page y Catherine Keener. La casa de los Baniszewski quedó abandonada y se convirtió en una molestia para los vecinos por la constante presencia de curiosos que querían conocer el lugar donde se cometió el peor caso de abuso físico seguido de muerte del estado de Indiana.

Cuando fue finalmente demolida en 2009, algunas antiguas amigas de Sylvia se reunieron allí para, de alguna manera, despedirla. Una de ellas, Mary Weaver, que vivía a la vuelta del domicilio de los Likens, le dijo entonces a un cronista de The Star: “Me alegro de que la hayan derribado, quizás ahora Sylvia pueda descansar en paz”. En cambio, otro vecino, que era un niño cuando la asesinaron, fue lapidario: “Si algunas de estas personas se hubieran preocupado por Sylvia antes, probablemente hoy estaría viva, pero miraron para otro lado. Es imposible que no supieran lo que pasaba en esa casa”, dijo.

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