Houdini, el rey de los escapistas: la última función una semana antes de su muerte del hombre que hizo de lo imposible un espectáculo

Durante décadas logró liberarse de esposas, cadenas, cajas cerradas y tanques de agua. Pero aquella noche de octubre, en Detroit, el mago húngaro-estadounidense siguió adelante mientras una grave enfermedad lo aquejaba. Soportó su actuación final con dolores abdominales y una salud muy deteriorada. Su muerte a los 52 años, el día de Halloween, dejó un misterio que todavía acompaña a su leyenda

El ilusionista murió el 31 de octubre de 1926 en el hospital Grace a causa de una peritonitis
El ilusionista murió el 31 de octubre de 1926 en el hospital Grace a causa de una peritonitis
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El telón se levantó el domingo 24 de octubre de 1926 en el teatro Garrick de Detroit. Sobre el escenario apareció Harry Houdini, el hombre que pudo convertir su propio cuerpo en una promesa de invulnerabilidad: esposado, encadenado, encerrado o sumergido, siempre encontraba la manera de regresar ante un público que contenía la respiración.

Pero esa noche algo no funcionaba. El artista tenía fiebre alta, padecía dolores intensos y apenas podía disimular que estaba enfermo. Aun así, salió a escena, hizo sus trucos y trató de sostener la función. No sabía que estaba protagonizando la última de todas.

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Tenía 52 años y llevaba décadas construyendo una leyenda a fuerza de disciplina, destreza física, audacia y una extraordinaria capacidad para convertir cada desafío en una batalla contra el reloj. En Detroit, sin embargo, el adversario no era una cerradura ni una camisa de fuerza, sino una enfermedad que avanzaba y que terminaría por vencerlo. El 31 de octubre, exactamente una semana después de aquella actuación, moría en un hospital de la ciudad.

Su show pese a el dolor

El hombre que había hecho de la fuga un arte no encontró, esta vez, una salida. La noche del Garrick Theatre comenzó con la puesta en escena característica de Houdini. Mientras sonaba la marcha Pomp and Circumstance, el artista se dirigió hacia las candilejas del borde del escenario, se quitó las mangas de la camisa para mostrar que no ocultaba nada y dio comienzo al espectáculo. El público había ido a ver al maestro de las desapariciones y los escapes; recibió, al menos al principio, al profesional seguro de sí mismo que conocía de memoria cada movimiento de su rutina.

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Entre los números iniciales hubo trucos de desaparición: monedas de plata y relojes despertadores que parecían esfumarse, además de una ilusión en la que una mujer desaparecía para dar paso a un arbusto con flores. Poco después, ella misma regresaba en la parte posterior de la sala. Era el tipo de secuencia que alimentaba la fascinación por Houdini: objetos que se evaporaban y personas que parecían desafiar las reglas de la realidad.

Pero el dolor empezó a imponerse. Houdini se apartó de la escena y necesitó ayuda de sus asistentes. Al caer el telón del primer acto, se desplomó y fue llevado a su camarín. Su estado era alarmante: según los relatos históricos, tenía una temperatura cercana a los 40 grados, además de sudoración y fuertes molestias abdominales.

Harry Houdini
Harry Houdini realizó su última función en el teatro Garrick de Detroit con casi 40 grados de fiebre

Se había hecho famoso por soportar pruebas extremas y por negarse a abandonar un desafío ante la mirada de los espectadores. Su imagen pública estaba ligada a una voluntad que parecía no reconocer límites. Esa noche, esa misma determinación lo llevó a seguir adelante pese a los síntomas.

Al terminar la función, ya no había lugar para sostener la ficción de que todo estaba bajo control. Houdini fue trasladado al hospital Grace, donde los médicos comprobaron la gravedad de su cuadro. La enfermedad que intentó sobrellevar en escena había llegado a un punto crítico.

El golpe que precedió al final

Para entender cómo llegó Houdini a Detroit en esas condiciones, hay que retroceder apenas dos días. El 22 de octubre, durante su estadía en Montreal, el artista recibió la visita de un estudiante de la Universidad McGill, J. Gordon Whitehead, acompañado por otros jóvenes. La conversación giró alrededor de la resistencia física del escapista y de su afirmación acerca de que podía soportar golpes en el abdomen si tenía tiempo de tensar los músculos.

Según los relatos que se difundieron después, Whitehead comenzó a golpearlo antes de que Houdini pudiera prepararse. El artista sufrió un dolor considerable, pero continuó con sus compromisos profesionales. Al día siguiente realizó otras funciones y luego viajó en tren a Detroit. Durante el trayecto su estado empeoró, hasta el punto de que tuvo que pedir asistencia médica.

El episodio se convirtió en una pieza central de la historia de su muerte. La proximidad entre los golpes, el dolor abdominal y el desenlace alimentó durante décadas la versión de que Whitehead provocó la ruptura del apéndice de Houdini. Sin embargo, la relación causal no puede darse por definitivamente demostrada. Algunos investigadores y especialistas señalaron que la apendicitis pudo comenzar antes del incidente.

El estudiante J. Gordon Whitehead golpeó al artista en el abdomen días antes del colapso durante una visita en Montreal
El estudiante J. Gordon Whitehead golpeó al artista en el abdomen días antes del colapso durante una visita en Montreal

Lo que sí se sabe es que llegó a Detroit enfermo y que, aun cuando necesitaba atención urgente, insistió en presentarse. Antes de la función del día 24, un médico lo examinó y le recomendó ir de inmediato a un hospital. La decisión de subir al escenario transformó una crisis de salud en una despedida involuntaria.

El 25 de octubre fue operado y le extirparon el apéndice. Pero la infección ya se había extendido. En una época anterior al uso generalizado de los antibióticos, una peritonitis provocada por la ruptura del apéndice podía ser mortal. Durante los días siguientes, el equipo médico intentó detener el avance de la infección, sin éxito.

Así, permaneció internado en el Grace Hospital. Su esposa, Bess, estuvo a su lado. El domingo 31 de octubre, a la 13.26 horas murió. Era Halloween, una fecha que, por su asociación con lo sobrenatural, terminó de envolver su fallecimiento en una atmósfera que parecía salida de uno de sus propios espectáculos.

El niño que aprendió a escapar de la pobreza

Mucho antes de que su nombre se convirtiera en sinónimo de escapismo, había sido un niño inmigrante con una infancia marcada por las dificultades económicas. Nació el 24 de marzo de 1874 en Budapest, entonces parte del Imperio austrohúngaro, con el nombre de Ehrich –luego derivó en Harry en diminutivo- Weisz. Su padre, Mayer Samuel Weisz, era rabino; su madre, Cecilia Steiner, crió a una familia numerosa que buscaba estabilidad en un mundo que cambiaba de manera vertiginosa.

En 1878, cuando Ehrich tenía cuatro años, la familia se reunió con el padre en Appleton, Wisconsin, donde este había conseguido trabajo en una congregación. El propio Houdini afirmaría más tarde que había nacido allí, una versión que contribuía a su identidad estadounidense, aunque los registros históricos establecen que fue en Budapest.

La situación económica familiar fue difícil. El padre perdió su puesto y los Weiss debieron mudarse varias veces. En 1887, Ehrich llegó a Nueva York con él. Allí vivieron en una pensión y él hizo distintos trabajos para ayudar a mantener a los suyos. La vida no parecía ofrecer un camino directo hacia los grandes escenarios. Pero el muchacho tenía una combinación de energía, habilidad física y fascinación por el espectáculo que terminaría definiendo su destino.

Houdini y su esposa Bess
Houdini y su esposa Bess

Desde niño se sintió atraído por las acrobacias. A los nueve años participó de un pequeño circo de barrio, donde se presentó como “Ehrich, el príncipe del aire”. Practicaba atletismo, natación y carreras, habilidades que más tarde serían fundamentales para los números en los que debía controlar la respiración, soportar esfuerzos extremos y liberarse de ataduras.

La magia también lo cautivó. En 1891 se asoció con un amigo, Jacob Hyman, para formar un espectáculo que llamaron “Los hermanos Houdini”. Ese apellido artístico lo tomó como propio porque cuando era adolescente leyó las memorias del ilusionista francés Jean-Eugène Robert-Houdin (1805-1871), considerado uno de los grandes renovadores de la magia moderna, y quedó fascinado por su trabajo. Como homenaje, tomó el apellido Houdin y le agregó una i final.

Houdini
El mago adoptó su apellido artístico en homenaje al francés Jean-Eugène Robert-Houdin y formó un dúo escénico con su esposa Bess (Wikipedia: Biblioteca del Congreso de Estados Unidos)

La muerte de su padre, en 1892, lo obligó a asumir nuevas responsabilidades. Dejó a su madre y a sus hermanos en Nueva York y comenzó a recorrer el país con sus actuaciones. Trabajó en pequeños teatros, museos de variedades y circuitos itinerantes. No fue un ascenso inmediato ni sencillo. Durante años tuvo que encontrar una fórmula que lo distinguiera de los muchos magos que competían.

En 1894 conoció a Wilhelmina Beatrice Rahner, una joven artista conocida como Bess, con quien se casó ese mismo año. Ella se convirtió en su compañera escénica y el dúo pasó a llamarse “Los Houdinis”. La relación personal y profesional sería central durante toda su vida: ella lo acompañó en los escenarios y, décadas después, también en la enfermedad y en los intentos por encontrar una señal suya desde el más allá.

De los pequeños teatros a la consagración mundial

La transformación de Ehrich Weiss en Harry Houdini fue también la construcción de un personaje. Pero el nombre, por sí solo, no alcanzaba. Comprendió que los trucos de magia tradicionales no lo distinguirían de manera suficiente. Su oportunidad estaba en convertir el escape en el centro del espectáculo.

A fines del siglo XIX comenzó a liberarse esposas, candados y grilletes. En vez de limitarse a mostrar una ilusión desde el escenario, se presentaba como alguien que podía superar una situación real. La policía podía esposarlo, los espectadores revisar las cadenas y cómo lo encerraban. Después venía la espera: Houdini desaparecía detrás de una cortina o dentro de una caja, y el misterio se resolvía cuando reaparecía liberado.

Su gran salto llegó en 1899, cuando el empresario Martin Beck lo vio actuar y le ofreció una gira por los circuitos de vodevil. Beck comprendió que el escapista tenía un atractivo especial y lo impulsó a concentrarse en las pruebas de liberación. La apuesta cambió su carrera. Houdini dejó de ser un mago más para convertirse en un hombre que desafiaba los límites físicos.

En 1900 inició una gira europea que lo llevó a Londres y a otras ciudades. Allí alcanzó una notoriedad creciente gracias a sus atrevidos desafíos. Su fama se extendió a medida que las noticias sobre sus proezas viajaban de un país a otro.

La clave no era solo la destreza manual. Houdini estudiaba los mecanismos, entrenaba el cuerpo y controlaba sus movimientos con una precisión extraordinaria. También comprendía el poder de la puesta en escena. Cada escape debía sostener la tensión hasta el último instante. La audiencia no necesitaba conocer el método; necesitaba creer, durante unos minutos, que el artista quizá no lograría salir.

Afiches de sus presentaciones
Afiches de sus presentaciones

En los años siguientes sumó pruebas cada vez más peligrosas. Se liberaba de cajas cerradas que eran arrojadas al agua, escapaba de camisas de fuerza mientras permanecía suspendido en altura y realizaba números que exigían fuerza, resistencia y un dominio preciso de la respiración. Una de sus especialidades era la llamada “celda de tortura china”: encerrado boca abajo en un tanque de agua, debía liberarse antes de quedar sin aire.

Su búsqueda del más allá

También entendió que la fama debía extenderse más allá del escenario. Publicó libros, participó en películas y se involucró en el negocio del espectáculo. Su figura aparecía en carteles, periódicos y anuncios; su nombre se convirtió en una marca reconocible a ambos lados del Atlántico.

Sin embargo, el artista no se limitó a construir una carrera basada en lo extraordinario. En sus últimos años se dedicó con intensidad a desenmascarar a médiums y espiritistas que afirmaban comunicarse con los muertos. Había crecido en una época en la que esas prácticas atraían a personas golpeadas por las pérdidas familiares y por la incertidumbre. Houdini investigaba sus sesiones, reproducía los trucos y denunciaba los métodos que, según sostenía, se utilizaban para engañar al público.

Bess dio por terminado en 1936 el experimento para recibir señales de su esposo mediante un código secreto desde el más allá
Bess dio por terminado en 1936 el experimento para recibir señales de su esposo mediante un código secreto desde el más allá

Esa cruzada tenía una dimensión personal. Había perdido a su madre y deseaba creer que el contacto con los muertos era posible, pero se negaba a aceptar afirmaciones sin pruebas. Con Bess acordó que el que moría primero, intentaría comunicarse desde el más allá mediante un código secreto. Después de su pérdida, su esposa esperó durante años una señal. Nunca llegó una que considerara auténtica y, en 1936, dio por terminado el experimento.

Tras su muerte, los homenajes y los relatos sobre sus proezas alimentaron la leyenda. Houdini fue enterrado en el cementerio Machpelah, en Queens, Nueva York. Su nombre sobrevivió con el recuerdo del telón de una última función y la certeza de que hasta el hombre que había hecho de lo imposible su oficio tenía un límite.

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