
La noche del miércoles 9 de octubre de 1991, Joseph Harris se presentó en la casa de Carol Ott, una mujer que fue su supervisora en el servicio postal estadounidense y a quien responsabilizaba por perder su trabajo. No había ido a conversar. Llevaba una espada japonesa de un metro de largo. Entró en la vivienda por la fuerza y la atacó hasta matarla. Después disparó contra Cornelius Kasten Jr., su pareja, que también murió.
El episodio no fue un estallido aislado ni una discusión que terminó de manera imprevista. Llevaba tiempo alimentando su resentimiento contra la mujer y la institución que lo despidió. Había buscado armas, estudiado sus movimientos y preparado una incursión que continuaría al día siguiente, ya que su objetivo no se limitaba a Carol.
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Quería regresar al lugar donde, según su interpretación, empezó su desgracia: la oficina postal de Ridgewood, una localidad del condado de Bergen, en Nueva Jersey. Allí todavía trabajaban hombres a quienes conocía. Algunos habían sido sus compañeros durante años. Otros participaron en las decisiones que terminaron con su carrera. Harris estaba convencido de que fue tratado injustamente. Y decidió que debían pagar por ello.
El hombre al que sus compañeros temían
Joseph Michael Harris de por entonces 35 años creció con graves problemas de salud mental. Según los antecedentes que aparecieron durante los procesos judiciales, desde niño experimentaba alteraciones de la percepción y afirmaba escuchar voces. Con el tiempo desarrolló creencias delirantes que tendrían un lugar central en la estrategia de su defensa.
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Durante su juventud ingresó en la Marina estadounidense, pero su paso fue problemático. Su expediente incluía referencias a dificultades de adaptación y a un posible trastorno de personalidad. Después consiguió empleo en el servicio postal. Durante un tiempo, aquel puesto le proporcionó una rutina y un ingreso estable. Sin embargo, las relaciones con sus compañeros y superiores se deterioraron.
Sospechaba que los demás conspiraban contra él. Llegó a interpretar determinadas situaciones cotidianas como intentos deliberados de perjudicarlo. También tenía conductas extrañas: podía presentarse con ropa de combate y realizar movimientos de artes marciales.
Sus compañeros no siempre sabían cómo reaccionar. Algunos lo consideraban imprevisible. Otros temían sus estallidos de ira. Los testimonios recogidos después de los asesinatos describieron a un hombre que podía pasar de una aparente tranquilidad a los gritos y las amenazas.
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La situación se agravó cuando Carol Ott informó sobre su comportamiento y pidió que se evaluara su aptitud para continuar trabajando. Harris se negó a colaborar con las medidas que le propusieron y terminó despedido en abril de 1990. Para él, la decisión no fue solamente la pérdida de un empleo, sino una humillación que convirtió a Ott en el blanco de su odio. Ella había llegado a temerle y comunicó que Harris la amenazaba. Pero el sistema no consiguió impedir que aquella hostilidad desembocara en un crimen.
Un año y medio preparando el ataque
Después del despido, Harris comenzó a reunir armamento y equipamiento. No se trataba de alguien que simplemente perdió la razón durante una discusión. Los investigadores encontraron elementos que apuntaban a una preparación deliberada: armas de fuego, municiones, explosivos, cuchillos y espadas japonesas.
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También adoptó una imagen que parecía salida de una película de acción. Cuando finalmente atacó, vestía ropa negra de combate, un chaleco antibalas y cubría su rostro con una máscara asociada a los ninjas. Llevaba ametralladoras, una Uzi, granadas y artefactos explosivos de fabricación casera.
Durante el juicio, los psiquiatras y abogados hablarían extensamente de una obsesión. Harris sostenía que una presencia a la que identificaba como un guerrero ninja influía en sus decisiones y le imponía determinadas conductas. La cuestión sería central para determinar si comprendía la naturaleza de sus actos y podía ser considerado penalmente responsable. Pero antes de que los tribunales examinaran su estado mental, él ya había puesto en marcha su venganza.
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<b>El amanecer de la masacre</b>
Durante la madrugada del jueves 10 de octubre de 1991 volvió a atacar, y esta vez se centró en la oficina postal. Ingresó armado y abrió fuego contra dos antiguos compañeros: Joseph M. PanderPaauw, de 59 años, y Donald McNaught, de 63. Ambos murieron. La elección de las víctimas no fue aleatoria. Harris volvió al lugar en el que trabajó, un escenario que asociaba con el despido y con el supuesto complot del que se creía víctima.
Cuando la policía llegó al lugar, se enfrentó a los agentes y les arrojó explosivos. Después se atrincheró dentro del edificio, donde permaneció durante varias horas. La situación se convirtió en un operativo de máxima tensión. Los agentes tuvieron que rodear la zona y buscar la manera de ingresar sin exponerse.
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La posibilidad de que hubiera más víctimas mantenía en vilo a las autoridades. Tenía suficientes armas para continuar el ataque y estaba dispuesto a utilizarlas. Los policías intentaron controlar los accesos y evitar que escapara. Finalmente ingresaron en el edificio y comenzaron las negociaciones. Después de aproximadamente cuatro horas y media de enfrentamiento, se rindió.
La detención puso fin a una secuencia de violencia que había comenzado la noche anterior. En menos de 24 horas, mató a Carol Ott, a Cornelius Kasten y a dos empleados de la oficina postal. La investigación pronto revelaría que el caso era todavía más oscuro de lo que parecía.
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El crimen que había permanecido oculto
Mientras los pesquisas reconstruían los movimientos de Harris, empezaron a examinar otros hechos violentos que hasta entonces no habían logrado relacionar con él. Uno de ellos sucedió en 1988, tres años antes de la masacre de Ridgewood. La víctima era Roy Edwards, un agente de inversiones con el que mantuvo una relación económica. Invirtió dinero en su empresa y posteriormente creyó perder una suma importante. Así, el resentimiento se transformó en una obsesión.
En octubre de dicho año, Harris entró en la casa de Edwards, en Montville, Nueva Jersey. Allí sometió a la familia, agredió sexualmente a la esposa y a las dos hijas del agente y asesinó a Edwards de un disparo. Las víctimas fueron reducidas y sujetadas, mientras él actuaba con violencia. Durante un tiempo, el caso no fue conectado con estos crímenes. Edwards había tenido numerosos clientes e inversores, y la investigación no colocó a Harris como sospechoso.
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La situación cambió cuando la policía registró la vivienda del exempleado postal después de su arresto en 1991. Entre los elementos encontrados hallaron objetos relacionados con el crimen de Montville, documentación y correspondencia que permitieron reconstruir el vínculo entre ambos. Las pruebas lo llevaron ante la Justicia por el homicidio de Edwards y los delitos contra su familia.
El caso añadió una dimensión todavía más perturbadora al expediente: Harris no había empezado a matar en octubre de 1991. La masacre expuso a un hombre al que también se le atribuyó un crimen anterior, acompañado de agresiones sexuales contra personas que no tenían relación con su disputa laboral.
El “espíritu ninja” y la batalla por su responsabilidad
La defensa de Harris intentó demostrar que no podía ser considerado plenamente responsable de sus actos debido a su estado mental. Los abogados presentaron antecedentes psiquiátricos y sostuvieron que sufría trastornos graves. Decía escuchar voces y afirmaba que un espíritu ninja lo guiaba, una creencia que, según sus defensores, debía ser considerada al evaluar su capacidad para comprender la criminalidad de su conducta.
La cuestión no era menor. Para que prospere una defensa por inimputabilidad deben cumplirse criterios jurídicos específicos, relacionados con la capacidad de comprender lo que se hace o de distinguir la naturaleza ilícita de la conducta. El jurado no aceptó la defensa como argumento suficiente para absolverlo. Y en 1992 fue declarado culpable de los asesinatos de Ridgewood y de los delitos cometidos en Montville. Por el homicidio de Edwards y las agresiones a su familia recibió una condena a muerte.
La sentencia fue confirmada por la Corte Suprema de Nueva Jersey en julio de 1995. En ese fallo, el tribunal examinó los argumentos de la defensa, incluidos los cuestionamientos al procedimiento y a la pena capital, y mantuvo el criterio. Harris quedó en el corredor de la muerte –prisión donde aguardan que se lleve a cabo la ejecución-. Pero nunca llegó a ser ejecutado.
Joseph Harris murió en 1996, mientras estaba bajo custodia, antes de que se ejecutara la sentencia capital. Tenía alrededor de 40 años. El deceso fue atribuido a causas naturales. El caso también reabrió preguntas sobre la manera en que las instituciones responden a las amenazas en el ámbito laboral. Carol Ott había manifestado temor por Harris y alertó sobre su comportamiento. Sin embargo, esas señales no impidieron que regresara para matarla y luego atacara a sus antiguos compañeros.

“Going postal”: una expresión nacida de una sucesión de matanzas
La historia quedó asociada a una expresión que pasó al inglés cotidiano: going postal, utilizada para describir a alguien que estalla de furia y, en su sentido más extremo, comete actos violentos en un entorno laboral. La frase no fue creada exclusivamente por el ataque de Ridgewood. Su difusión se vinculó con una sucesión de tiroteos cometidos por trabajadores y exempleados del servicio de correos estadounidense, especialmente desde mediados de la década de 1980.
Uno de los episodios más conocidos ocurrió en Edmond, Oklahoma, en agosto de 1986, cuando Patrick Sherrill mató a 14 compañeros de trabajo y se suicidó. En los años siguientes hubo otros ataques que alimentaron la asociación entre el servicio postal y los estallidos de violencia laboral. La expresión apareció documentada en la prensa estadounidense en diciembre de 1993, dos años después de la masacre. Para entonces, ya existía una preocupación pública por los tiroteos protagonizados por empleados que regresaban a sus lugares de trabajo para atacar a sus compañeros.
El término se extendió hasta convertirse en una manera coloquial de describir una pérdida explosiva de control. Pero su popularidad también tuvo un costo: con frecuencia se utilizó con ligereza para hablar de la ira, el estrés o los conflictos laborales, aunque su origen estuviera ligado nada menos que a asesinatos reales.
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