
Gjystina Grishaj tenía 23 años cuando juró ante los ancianos de su aldea que viviría el resto de su vida como hombre. Su padre acababa de morir. Su madre tenía seis hijos y ningún ingreso. En Lëpushë, un valle encajado entre montañas en la región de Malësi e Madhe, en el norte de Albania, una familia sin varón adulto era una familia sin tierra, sin voz en los consejos comunales y sin nadie que pudiera negociar, trabajar el campo o portar un rifle. “Albania era un mundo de hombres - dijo Gjystina en una entrevistas con la BBC-. La única forma de sobrevivir era convertirse en uno”.
Gjystina se convirtió en una burnesha (del albanés burrë, hombre), lo que en Occidente se traduce como “virgen jurada”. Se trata de una transformación social y legal, reconocida por toda la comunidad, que dura el resto de la vida.
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El juramento se presta ante 12 ancianos de la aldea, a menudo en la iglesia o en una reunión de clan. La mujer jura castidad perpetua. A partir de ese momento, recibe un nombre masculino, se corta el pelo, viste ropa de hombre, hereda tierras, fuma, bebe raki con los hombres, se sienta con ellos en bodas y funerales, asiste a los consejos donde se deciden los asuntos de la comunidad y es servida primero en la mesa. Los parientes más jóvenes le besan la mano al entrar a la habitación.
El voto se consideraba irrevocable. Bajo las lecturas más estrictas del código que regía estas comunidades, romperlo podía castigarse con la muerte.
Se estima que quedan menos de una docena de burnesha vivas, casi todas mayores de 70 años, dispersas en aldeas del norte de Albania y Kosovo. No existe ningún organismo oficial que las tenga registradas. Cuando la última muera, desaparecerá una de las instituciones más específicas de la vida en las tierras altas albanesas.
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Un código de piedra que dejaba a las mujeres sin voz y a las familias sin hombres
Las tierras altas del norte de Albania fueron durante siglos un lugar donde el Estado otomano apenas llegaba. Las aldeas de Dukagjin, Shkodër, Tropojë y los valles de lo que los albaneses llaman las Montañas Malditas se gobernaban por el Kanun de Lekë Dukagjini, un conjunto de leyes consuetudinarias orales atribuidas a un príncipe del siglo XV y puestas por escrito recién a principios del siglo XX por el sacerdote franciscano Shtjefën Gjeçovi.
El Kanun era extraordinariamente detallado. Regulaba la propiedad, el matrimonio, la hospitalidad, la deuda y el sistema de vendetas de sangre conocido como gjakmarrja. Era también firmemente patriarcal. La tierra, la casa y el apellido pasaban por línea masculina. Un hogar sin heredero varón era un hogar sin futuro.
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Las mujeres vivían bajo restricciones que no dejaban margen. No podían heredar propiedades. No podían rechazar los matrimonios que sus familias concertaban para ellas. No podían fumar, beber raki con los hombres ni votar en los consejos de la aldea. “No tenían el derecho a decidir su propio destino ni a elegir su propia vida”, explicó la etnógrafa Aferdita Onuzi, que ha estudiado a las burnesha durante años.
Las vendetas de sangre agravaban esa fragilidad. El Kanun codificaba la gjakmarrja como una obligación social para salvaguardar el honor. Una vendeta podía comenzar con algo tan menor como una amenaza o un insulto, pero escalar hasta un asesinato. Cuando eso ocurría, la familia de la víctima quedaba obligada a buscar justicia matando al asesino o a otro varón de su clan.
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Las vendetas podían exterminar a todos los hombres de un hogar en una sola generación. Las mujeres que quedaban perdían toda representación pública. No tenían voz, no podían negociar y no podían portar armas.
En las aldeas del norte, las torres de piedra llamadas kulla, con muros de un metro de espesor en la base y ventanas estrechas diseñadas para rifles, no son reliquias. Algunas de ellas siguen habitadas. En Theth, la Kulla e Ngujimit (la Torre del Encierro) servía de refugio para los hombres marcados para morir en una vendeta. Podían pasar años encerrados ahí.

Dentro de esas reglas, el Kanun abría una salida. Una mujer podía jurar convertirse en hombre. Si la hija mayor prestaba el juramento, la tierra se quedaba en la familia. Si los hombres habían muerto en una vendeta, la burnesha podía hablar, negociar y cargar un rifle. Y si una joven no quería casarse con el hombre que su familia había elegido, el juramento era una de las pocas formas de rechazar el matrimonio sin deshonra. La comunidad lo aceptaba y el novio no podía objetar, porque la novia ya no era una novia. Se había convertido en hombre. Rechazar un matrimonio concertado sin ese recurso podía reavivar una vendeta de sangre entre las dos familias.
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Gjystina se levanta antes del alba en un valle sin señal de teléfono
Gjystina Grishaj tiene 57 años. La BBC la encontró en Lëpushë, donde la cobertura de telefonía celular es escasa y los inviernos duros bloquean el camino con nieve y cortan la electricidad. Regenta una casa de huéspedes, trabaja la tierra, cría animales y prepara tés y aceites medicinales con hierbas, un oficio que heredó de su padre. “Él se preocupaba mucho por las hierbas medicinales y me transmitió sus conocimientos. Y yo quiero que mi sobrina Valerjana herede esta práctica, aunque ella haya elegido otro camino”, dijo.
Su rutina diaria es la de un hombre de las tierras altas. Se levanta antes de que amanezca. Va al campo con los otros hombres o a la montaña con el rebaño. Por la noche se sienta en los bancos de piedra afuera de la kulla y bebe raki con los hombres de la aldea. Fuma si quiere. Discute sobre tierras. En las fotografías antiguas de estas comunidades se ve lo que parece un hombre menudo de unos 70 años, rostro curtido, cigarrillo en la mano, parado con un bastón frente a una casa de piedra. Solo quienes conocen a la familia conocen la historia.
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“Éramos extremadamente pobres - recordó Gjystina-. Mi padre murió y mi madre tenía seis hijos, así que para hacérselo más fácil decidí convertirme en burnesha y trabajar duro”. Nadie la obligó. Ella eligió. Pero su madre desaprobó la decisión. Le preocupaba que su hija estuviera sacrificando la maternidad y la posibilidad de tener su propia familia.

Drande saca una botella de plástico con raki casero en Shëngjin
En la ciudad costera de Shëngjin, lejos de las montañas y de las kulla de piedra, vive Drande. Se refiere a sí mismo en masculino.
“Nunca me asocié con mujeres, sino siempre con hombres. En bares, fumando”, explicó. “Siempre me sentí como un hombre”. Para Drande, adoptar la tradición fue una forma de acceder a las libertades que los hombres daban por sentadas. El raki, históricamente reservado a los varones, dejó de ser algo que le servían para convertirse en algo que él mismo destilaba.
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“A donde fuera, recibía un respeto especial y se sentía bien. Me respetaban como hombre y no como mujer. Me sentí más libre así”, contó.
Drande admitió que hubo un momento de duda, una noche en que estaba enfermo y nadie estaba cerca para cuidarlo. “Pensé por un momento cómo sería tener un hijo que pudiera cuidarme. Estaba muy enfermo y nadie estaba cerca para ayudarme”. Hizo una pausa. “Pero fue solo un momento. Una fracción de segundo”.

Sanie se pone un vestido en el Bronx y decide que siempre usará pantalones
La escritora albanesa Elvira Dones publicó en 2007 la novela Virgen jurada, la historia de una joven llamada Hana Doda que abandona la universidad a mediados de los años 80 para regresar a su aldea tras la muerte de su tío, rechaza un matrimonio concertado, jura el voto de castidad y pasa a llamarse Mark.
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Años después, una invitación de su prima Lila la lleva a Estados Unidos, donde enfrenta una pregunta que el Kanun no contemplaba. Socialmente es aceptada como hombre en su país, pero el documento de identidad dice otra cosa. La directora italiana Laura Bispuri adaptó la novela al cine en 2015 y compitió por el Oso de Oro en la Berlinale.
Después de la ficción, Dones viajó a las montañas a filmar un documental. Todas las burnesha que encontró le dijeron lo mismo. Sin la autorización de Shkurtan, la líder, ninguna se dejaría grabar. Dones se acercó a su casa. Shkurtan le puso una condición. La de beber raki con ella. “Bebí hasta casi perder el sentido”, recordó Dones. Cuando terminaron, Shkurtan le dio la mano: “Apareceremos en tu documental”.
De todas las burnesha que conoció, la que más se parece a su personaje de ficción es Sanie. Se convirtió en virgen jurada a los 16 años. Su padre estaba muriéndose. Tenía un hermano demasiado pequeño para hacerse cargo de la familia. Antes de morir, el padre le pidió que se convirtiera en hombre para ponerse al frente de todos. Obedeció.
“El problema vino poco después con la llegada del amor”, contó Dones. “Empezó a sentir que todo cobraba sentido, pero había prometido no tener relaciones sexuales jamás. Para no dar mal ejemplo a sus hermanos, optó por callar”. Las contradicciones la empujaron a emigrar. Necesitaba un lugar donde pudiera ser anónima, donde pudiera decidir “de forma meditada si quería seguir siendo un hombre o regresar atrás, pese al juramento”.
Sanie vive ahora en Nueva York, en el distrito del Bronx. Dones sigue en contacto con ella. En una de sus últimas comunicaciones, le preguntó por el futuro. Sanie respondió. “Lo que más deseo es ponerme un vestido o una falda”.

Valerjana recibe amenazas de muerte por hablar de derechos de las mujeres
Valerjana Grishaj creció al lado de su tía Gjystina en Lëpushë. Vio de cerca lo que significaba ser burnesha y lo que significaba no serlo. Las opciones para las mujeres de la zona eran dos: casarse joven o jurar el voto. Valerjana recuerda un momento que no ha podido soltar. Estaba en sexto grado. Una amiga suya, en noveno, se estaba comprometiendo. Tenía 14 años. “Me dijo que su marido no le permitiría continuar sus estudios y que ella necesitaba escuchar a su marido, quedarse con él y obedecerlo”, recordó ante la BBC.
Valerjana no se casó ni juró. A los 16 se fue de Lëpushë a Tirana a estudiar dirección teatral y fotografía. “En Tirana, las chicas y las mujeres tienen más ventajas y están más emancipadas. Mientras que en la aldea la situación, incluso ahora, sigue siendo un desastre”, dijo.
Desde la capital empezó a fotografiar a su tía y a otras burnesha para documentar una tradición que se apaga. También construyó una presencia en redes sociales para promover los derechos de las mujeres. La respuesta no fue solo positiva. “Recibí muchos mensajes de hombres, incluso amenazas de muerte, cuestionando por qué hablaba de derechos de las mujeres”, contó.
En 2019, la activista Rea Nepravishta salió a las calles de Tirana durante los actos del Día Internacional de la Mujer con un cartel grande. La palabra “burnesha” aparecía tachada con una cruz roja. Debajo: “mujeres fuertes”. “En la lengua albanesa, cuando queremos describir a una mujer como una mujer fuerte, usamos el término burnesha -explicó Nepravishta-. Es una palabra compuesta de dos partes. Burre significa hombre. No deberíamos referirnos a los hombres para mostrar la fuerza de las mujeres”.
Gjystina, la burnesha que a los 23 años juró castidad para alimentar a sus seis hermanos en un valle sin señal de teléfono, dijo que no habrá más como ella. “Yo seré la última”.
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