
Cuando el año pasado, la revista belga Humo reveló que se habían encontrado fotos de menores desnudos en la celda de la cárcel de alta seguridad de Nivelles donde estaba alojado el asesino en serie Marc Dutroux se produjo un escándalo que puso en jaque al sistema de justicia y al servicio penitenciario de Bélgica. Aunque habían pasado casi tres décadas de su detención, los aberrantes crímenes de Dutroux seguían presentes en la memoria de la sociedad. Cargaba —y carga— una condena a cadena perpetua por violar a seis niñas y adolescentes de entre 8 y 19 años, y matar a cuatro de sus víctimas, a algunas por hambre, luego de agredirlas sexualmente. Todo en complicidad con su segunda esposa, Michelle Martín, y un amigo de la pareja.
El hallazgo de las fotos se produjo durante una revisión de rutina para encontrar teléfonos móviles, durante la cual los guardiacárceles encontraron en poder del preso unas doscientas imágenes, muchas de ellas de corte pornográfico. La única persona que lo visitaba en la prisión era su abogado, Bruno Dayez, siempre en encuentros rigurosamente supervisados. Era imposible que él hubiera introducido las fotos en Nivelles. La conclusión resultó obvia: su proveedor debía ser un funcionario de la cárcel. Dutroux aseguró que no sabía nada de la existencia de esas fotos y que seguramente alguien se las había puesta en la celda para perjudicarlo.
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En ese momento, la Justicia belga estaba estudiando una nueva petición de Dutroux para conseguir la libertad condicional y el hallazgo de las fotos terminó de dinamitar esa posibilidad, que de todos modos era muy lejana. Los informes de los peritos decían siempre lo mismo: el violador y asesino no se había rehabilitado y, de volver a las calles, el riesgo de reincidencia era muy alto. La revelación del hallazgo de las fotos provocó una fuerte reacción de las familias de las víctimas, mientras en los medios de comunicación se le daba una amplia cobertura al caso y se volvía a contar la historia de los crímenes aberrantes que lo llevaron a ser calificado como el “enemigo público número uno” en Bélgica. “Han pasado casi treinta años. Sin embargo, el nombre de Dutroux vuelve a saturar el espacio público belga. Como si el tiempo no hubiera desgastado nada. Como si la memoria nacional siguiera a flor de piel”, escribió un editorialista del diario La Libre sobre ese resurgimiento público del violador y asesino.

Un criminal reincidente
Marc Dutroux nació en Bruselas en 1956 y residió casi toda su infancia cerca de Charleroi con sus padres y sus cuatro hermanos. Al terminar la secundaria comenzó a trabajar como electricista durante el día y a ejercer la prostitución de noche. Se fue de la casa materna cuando tenía 19 años para casarse con su primera esposa, con la que tuvo dos hijos. La pareja se divorció en 1983. El nombre de la mujer no aparece en los archivos judiciales, para preservar su identidad y la de los hijos, que se cambiaron legalmente el apellido para no ser relacionados con su padre.
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Cuando se separó de su primera mujer, Dutroux ya mantenía una relación amorosa con Michelle Martin, por entonces de 19 años, y había inaugurado su carrera criminal con una serie de robos, agresiones, y tráfico de drogas a pequeña escala. Juntos. Dutroux y Martin se potenciaron uno al otro, y encararon un nuevo camino por fuera de la ley, el de los crímenes sexuales.
En febrero de 1986, fueron detenidos por violar a cinco niñas. El proceso judicial fue lento y terminó en abril de 1989, cuando Dutroux fue condenado a 13 años y medio de prisión y Martin, considerada cómplice secundaria, a cinco. Pese a la gravedad de sus crímenes, la Justicia aceptó el primer pedido de libertad condicional del violador cuando había cumplido poco más de tres años de su condena y a pesar de una carta enviada por su madre al juez pidiéndole que no lo liberara porque iba a reincidir. Tras las rejas, había mostrado buena conducta y eso era suficiente.
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Corrían los últimos meses de 1992 y fuera de la cárcel lo estaba esperando Michelle Martin. No tardaron en volver a las andadas. Entre 1992 y 1995, Dutroux se dedicó a vender autos robados que llevaba a Checoslovaquia y Hungría, al tráfico de drogas y a robos con violencia que le permitieron amasar una pequeña fortuna. Con ese dinero compró una casa lujosa en la ciudad de Charleroi y otra en Sars-la- Buissière, en las que construyó mazmorras que serían funcionales al plan que ya venía amasando con Michelle: volver a violar.

Secuestros, violaciones y muertes
La reconstrucción de las actividades de la pareja que hizo la fiscalía es espeluznante. El 24 de junio de 1995 secuestraron en la calle a Julie Lejeune y Melissa Russo, dos niñas de ocho años, a las que encerraron en la celda de la casa de Sars-la-Buissière. Dutroux abusó durante varios días de ellas y filmó videos de sus agresiones sexuales. Allí las dejó “al cuidado” de otro cómplice, Bernard Weinstein.
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El 22 de agosto de ese año secuestró, ayudado por su amigo y cómplice Michel Lelièvre, a quien le pagaba con drogas, a otras dos chicas, las adolescentes An Marchal, de 17 años, y Eefje Lambrecks de 19. Se las llevaron en un auto mientras estaban haciendo una excursión por Ostende. Las llevaron a la casa, donde Dutroux abusó de ellas durante varias semanas antes de asesinarlas y deshacerse de los cuerpos.
Después de eso, volvió a llevar a Julie Lejeune y Melissa Russo a la mazmorra. Ese encierro les costaría la vida, porque el 6 de diciembre Dutroux fue detenido e investigado por el robo de autos de lujo. No pudieron probarle nada, pero estuvo detenido hasta el 20 de marzo de 1996. En el ínterin, las dos niñas, encerradas en la celda de Charleroi, murieron de hambre, porque Michelle no se atrevía a bajar para darles de comer. Esperó a que Dutroux fuera liberado para sacar los cadáveres de la casa.
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Lejos de detenerse, al quedarse sin víctimas, el violador volvió a secuestrar. La mañana del 28 de mayo de 1996, ayudado por Lelièvre, levantó de la calle a Sabine Dardenne, una nena de 12 años que iba caminando a la escuela. Durante más de dos meses la mantendría encerrada en la celda para violarla cotidianamente. El 9 de agosto sumó una víctima más, Laetitia Delhez, de 14 años, a la que secuestró cuando volvía a su casa después de una clase de natación. La encerró en la celda de la residencia de Charleroi, junto a la pequeña Sabine.
Fue el último secuestro. Al investigar la desaparición de Laetitia, denunciada por sus padres, la policía encontró un testigo que recordaba la patente de un auto donde habían subido a una chica. Gracias a los datos del registro automotor, el 13 de agosto un grupo de agentes llegó a la casa de Dutroux y lo detuvo junto a su esposa y Lelièvre. Al revisar la vivienda, los policías no encontraron la mazmorra donde estaba encerradas las dos niñas. Recién dos días después confesaron y les indicaron cómo llegar a la celda, cuya entrada estaba oculta. Sabine Dardenne y Laetitia Delhez fueron encontradas con vida, aunque desesperadas por el hambre y la sed.
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En una entrevista realizada varios años después, Dardenne contó que Dutroux le había dicho que ella había sido secuestrada por un gánster que exigía un rescate a su familia, la cual no quería pagarlo y que entonces, el gánster planeaba matarla. Le dijo que tenía suerte de poder estar con él, que él no la mataría, a cambio de “favores”. Incluso le permitió escribir varias cartas a su familia para hacerle creer que estaba en contacto con sus padres.

Las confesiones y el juicio
Puesto a confesar, Dutroux le reveló a la policía la existencia de la casa de Sars-la-Buissière y le indicó el lugar del jardín donde estaban enterrados los cuerpos de Julie Lejeune y Mélissa Russo, y el de su cómplice Bernard Weinstein. La autopsia demostró que las dos chicas habían muerto por inanición. El asesino contó entonces que había matado a Weinstein porque no les había dado de comer. También reveló el lugar donde estaban los cuerpos de An Marchal y Eefje Lambrecks, que fueron encontrados el 3 de septiembre de 1996 en Jumet, enterrados bajo una choza próxima a una casa propiedad de Dutroux donde Weinstein había vivido tres años. En esas casas la policía halló también centenares de videos de los abusos de las chicas y varias filmaciones pornográficas protagonizadas por Michelle Martin.
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El juicio con jurado contra Dutroux comenzó el 1 de marzo de 2004, siete años y medio después de su arresto. Fue acusado de las muertes de An Marchal, Eefje Lambrecks y Bernard Weinstein, su cómplice. Al principio Dutroux confesó haberlos raptado a los tres, pero negó los asesinatos. Algo que ya había revelado a la policía. Además, fue juzgado por otros crímenes como robo de coches, secuestro, intento de asesinato e intento de secuestro, abuso sexual infantil y de tres violaciones no relacionadas con los asesinatos, de mujeres procedentes de Eslovaquia. Michelle Martin fue juzgada como cómplice, igual que Lelièvre. Para protegerlos, los acusados participaron del juicio detrás de un vidrio blindado.
Durante la primera semana, el tribunal prohibió a los medios publicar fotografías de los acusados. Pronto se supo la razón: en su testimonio Dutroux sostuvo —aunque no lo pudo demostrar— que él y sus cómplices integraban una organización pedófila que operaba en toda Europa y de la que formaban parte empresarios, oficiales de policía y altos funcionarios belgas. No hubo investigación en ese sentido, pero aún hoy circulan teorías conspirativas que aseguran que esa línea de pesquisa fue abortada por fuertes presiones políticas.
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El 22 de junio de 2004, Dutroux fue condenado a cadena perpetua, mientras que Martin fue condenada a 30 años de cárcel y Lelièvre a 25. A punto de cumplir 70 años, Marc Dutroux sigue cumpliendo su condena en la prisión de alta seguridad de Nivelles. Luego del escándalo provocado por el descubrimiento de las fotos en su celda ha perdido toda esperanza de obtener la libertad condicional. En cuanto a la identidad de quién le proveyó esas imágenes, sigue siendo un misterio.
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