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Ambición sin límites, oscuros juegos de poder, nepotismo y desenfreno sexual: el escandaloso pontificado del papa Rodrigo Borgia

Sobrino del pontífice Calixto III, accedió al trono de San Pedro como Alejandro VI el 11 de agosto de 1492. Las sospechas de sobornos para que fuera elegido, las maniobras en beneficio de su familia, su desmesurada afición al dinero, la leyenda negra sobre las orgías que protagonizaba y las extrañas circunstancias de su muerte

Rodrigo Borgia
Maquiavelo lo definió como el máximo maestro del engaño; Alejandro VI, el papa Borgia, construyó su poder entre sobornos, intrigas y una ambición desmedida, marcando a fuego la historia del papado
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En El Príncipe, su tratado político publicado por primera vez en 1513, Nicolás Maquiavelo se refiere al papa Alejandro VI de manera lapidaria: “No hizo jamás otra cosa que engañar a sus prójimos, pensando incesantemente en los medios de inducirles a error y encontró siempre ocasiones de poderlo hacer. No hubo nunca nadie que conociera mejor el arte de las protestas persuasivas, ni que afirmara una cosa con juramentos más respetables, ni que a la vez cumpliera menos lo que había prometido. A pesar de que todos le consideraban un trapacero, sus engaños le salían siempre al tenor de sus designios, porque, con sus estratagemas, sabía dirigir a los hombres”, escribió.

Muerto en extrañas circunstancias diez años antes, el pontífice número 214 de la Iglesia Católica no solo se caracterizó por el engaño, que fue apenas una de sus armas para llegar a los objetivos que se fijaba en su desmesurada ambición del poder, sino por el nepotismo, la venalidad, la arrogancia, una sexualidad desenfrenada y un amor sin límites por el dinero, otro de los instrumentos que utilizó sin pudor para lograr sus fines. En su descargo se podría decir que fue educado así, que todas esas “virtudes” le venían de familia, sobre todo por parte de su tío, el también papa Calixto III, que incentivó sus ambiciones y le abrió el camino para que llegara al trono de San Pedro.

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Quien se impondría el nombre de Alejandro VI para gobernar la Iglesia, llegó al mundo posiblemente el 1° de enero de 1431 y fue bautizado como Rodrigo Lanzol y de Borja. Los Borja se sentían orgullosos de su linaje, que se remontaba a la nobleza más antigua de la Corona de Aragón, lo cual influyó decisivamente en el carácter de Rodrigo, para quien la familia, su prestigio y su poder fueron siempre el propósito final de sus acciones, aún por encima de los intereses del Vaticano. Era hijo de Jofré de Borja y Escrivá y de Isabel de Borja, hermana de Alfonso de Borja, por entonces obispo de Valencia, consagrado más tarde como el papa Calixto III.

Cuando Alfonso fue elegido pontífice en abril de 1455 llamó al joven Rodrigo, de 24 años, para que terminara sus estudios de derecho canónico en Italia. Allí italianizó su apellido como Borgia para aceitar aún más su carrera en una Iglesia donde los mejores cargos siempre eran para los italianos. Su tío el Papa le dio los primeros grandes empujones para que pudiera llegar a lo más alto, en apenas tres años lo nombró cardenal y vicecanciller. En el ejercicio de esas posiciones, Rodrigo se mostró como un administrador eficiente y un diplomático sutil, al punto que, a la muerte de Calixto, los cuatro papas siguientes (Pío II, Paulo II, Sixto IV e Inocencio VIII) lo mantuvieron en su cargo.

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Sin embargo, generaba rechazo entre sus colegas purpurados por su arrogancia, su prepotencia y su vida sexual disipada. Tuvo siete hijos con más de una mujer, aunque solo reconocería a cuatro de ellos: Juan, César, Lucrecia y Jofré. Todos ellos, ácidos de su relación con la noble lombarda Vannozza Cattanei, con quien nunca se casó, aunque en esos tiempos el celibato no era obligatorio para los cardenales.

Rodrigo Borgia
El nepotismo y la acumulación de riquezas fueron sellos inconfundibles de su pontificado: Alejandro VI usó el Vaticano como herramienta al servicio de su familia y consolidó el dominio de los Borgia

Sobornos y ambiciones

Para 1492, la mala salud de Inocencio VIII había desatado las especulaciones sobre la identidad de su sucesor. Muerto el Papa el 25 de julio, el cónclave comenzó al terminar los funerales el 6 de agosto. Entre los veintitrés cardenales presentes en Roma se mencionaron como papables a Della Porta, Sforza, Della Rovere, Costa, Carafa, Zeno y Borgia, el único no italiano, lo que podía ser un factor en su contra. Las negociaciones en el Colegio Cardenalicio fueron duras y solo después de cinco días y cuatro escrutinios, Rodrigo Borgia obtuvo la mayoría de dos tercios requerida para ser nombrado Papa e investido el 11 de agosto.

Terminado el cónclave, su principal rival en la carrera hacia el trono de San Pedro, Giuliano Della Rovere, lo acusó de haber logrado la victoria sobornando a varios cardenales, aunque nunca pudo probar esa acusación. En cambio, es indudable que apenas llegó al papado con el nombre de Alejandro VI, utilizó al Estado Pontificio en beneficio propio y el de su familia. El ejemplo más claro de ello fue su hijo César, a quien le otorgó el señorío de muchos territorios en la Romaña que en teoría estaban bajo la autoridad del Vaticano. También aprovechando su posición, hizo casar tres veces a su hija Lucrecia –que enviudó de sus primeros dos esposos– para garantizarle un lugar prominente dentro de la nobleza italiana. Esa última movida terminó en escándalo, con Lucrecia sospechada de haber asesinado a su segundo marido, un hijo ilegítimo del rey de Nápoles.

Investido pontífice, tampoco ocultó su pasión por el dinero. Una de sus maniobras para obtenerlo fue abrir una pequeña puerta en la pared de la Basílica de San Pedro en Roma. Esta puerta, declaró a sus fieles, era una puerta sagrada secreta que solo podía ser vista una vez cada 100 años. El año jubileo de 1500 coincidió convenientemente con uno de esos años, y les dijo a los peregrinos que ahora podían ver la puerta si pagaban una suma exorbitante. También se lo acusaba de vender perdones a los pecadores, con documentos firmados de su puño y letra.

También utilizó la política exterior del Vaticano en beneficio de su familia. En 1492, el mismo año de su asunción, aprovechó la llegada de Cristóbal Colón a América mediante una fina jugada diplomática. Las perspectivas que ofrecían los territorios “descubiertos” convertían a los reyes Fernando e Isabel, a quienes ya había favorecido en el pasado, en los mejores aliados posibles y no dudó en ganarse su favor otorgándoles el título de “Reyes Católicos” con el que han pasado a la historia. Al año siguiente dictó las Bulas Alejandrinas, que daban a la Corona de Castilla “el dominio sobre tierras descubiertas y por descubrir en las islas y tierra firme del Mar Océano, por ser tierras de infieles en las que el Papa, como vicario de Cristo en la Tierra, tiene potestad para hacerlo”. Además, establecían que la ruta occidental a las Indias estaba bajo jurisdicción de la reina Isabel, por lo que nadie podía embarcarse hacia América sin autorización de la Corona a riesgo de ser excomulgado. En la práctica, esto significaba poner en manos del Reino de Castilla el monopolio de las rutas comerciales con el “Nuevo Mundo”. Como contrapartida, obtuvo de los Reyes Católicos importantes beneficios para su familia en territorio español.

Rodrigo Borgia
Escándalos, rumores de orgías y muertes misteriosas rodearon su vida y su legado: la figura de Alejandro VI permanece envuelta en la leyenda negra más célebre de la Iglesia

Las orgías y el banquete

Durante su pontificado, Alejandro VI fue acusado de tener una vida sexual desenfrenada, no solo por sus sucesivas “favoritas” sino también por su participación en orgías. El caso más notorio se conoce como “el banquete de las castañas”, una fiesta celebrada el 30 de octubre de 1501 en el Palacio Apostólico Vaticano. Según varias versiones, se trató de una orgía organizada por César Borgia, con la presencia de su padre, el Papa, y de su hermana Lucrecia.

El único relato contemporáneo de los hechos se conserva en un diario en latín, el Liber Notarum, escrito por el secretario apostólico y maestro de ceremonias Johannes Burchard. “Por la tarde hicieron un banquete con el duque Valentino en su cámara, en el palacio apostólico, cincuenta meretrices honestas, llamadas cortesanas, que después de la cena bailaron con los sirvientes y con otros asistentes, primero con sus ropas, después desnudas. Después de la cena se pusieron en el suelo los candelabros de las mesas con las velas ardiendo, y se esparcieron castañas, que las meretrices tomaban, gateando desnudas sobre sus manos y pies, el papa, el duque y su hermana doña Lucrecia presentes y mirando. Finalmente, se anunciaron premios como túnicas de seda, pares de zapatos, birretas y otras cosas, para los que más veces pudieran conocer carnalmente a las meretrices”, se cuenta allí.

En el siglo XIX, un investigador del Vaticano, monseñor Peter de Roo, rechazó la historia de las cortesanas descrita por Burchard, y sostuvo que la explicación más probable para la supuesta orgía es que se tratase de una invención de agentes hostiles a Alejandro VI, con el fin de crear una leyenda negra sobre los Borgia para desacreditarlos.

Otro rumor difundido durante su papado decía que, en 1494, antes de que se concretara el casamiento de su hijo Gioffre –el menor de sus vástagos con Vanozza Cattanei– con Sancha de Aragón, hija del rey de Nápoles, Alejandro VI y uno de sus otros hijos, César, la hicieron pasar por sus dormitorios para “dar su aprobación” a la novia.

Rodrigo Borgia
Ni su tumba escapó al destino agitado de su vida: los restos de Alejandro VI viajaron siglos por Roma antes de hallar, finalmente, un discreto reposo lejos de la pompa papal

Una muerte sospechosa

Alejandro VI llevaba once años sentado en el trono de San Pedro cuando, en agosto de 1503, una fuerte epidemia de malaria asoló Roma. A pesar de ese contratiempo, el día 11 se realizó un gran banquete en el Palacio Vaticano para celebrar el aniversario de su coronación. Al día siguiente, el Papa se despertó con fiebre y lo mismo sucedió con su hijo César y otros invitados que habían participado de la comida. En los días siguientes, mostró una leve mejoría, pero volvió a recaer. El viernes 18 por la mañana, el médico Bernardino Bongiovanni dio su caso por perdido y Alejandro VI recibió la extremaunción. Murió al atardecer.

Las versiones sobre la causa de la muerte de Rodrigo Borgia fueron muchas y contradictorias. El maestro de ceremonias del Vaticano habló de “tercianas”, el embajador de Francia en Roma de “fiebres” y el médico Scipione Lancelloti aseguró que se había tratado de una “apoplejía”. Sin embargo, el aspecto desfigurado que mostraba el difunto, que uno de los testigos definió como “el más feo, monstruoso y horrendo cadáver que nunca se viera, sin forma ni figura de hombre”, hizo que el rumor de que había sido envenenado corriera por toda la ciudad.

Alejandro VI fue sepultado junto a su tío Calixto III en la iglesia de Santa Maria della Febbre, anexa a la antigua basílica de San Pedro. En 1586 la tumba resultó destruida durante las obras del traslado del obelisco de Nerón a la plaza de San Pedro, por lo que los restos fueron colocados detrás del órgano. En 1605, coincidiendo con la demolición definitiva de la antigua basílica, pasaron a la capilla de Sixto IV. Cinco años después fueron trasladados a la iglesia de Santa María de Montserrat de los Españoles, en cuya sacristía quedaron guardados en una pequeña caja de madera. Finalmente, en 1889, fueron sepultados privadamente, sin pompa y a puerta cerrada, en la primera capilla de la derecha de la iglesia, donde todavía puede verse el sepulcro de mármol realizado por el escultor Felipe Moratilla.

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