
La noticia de la cadena CBS fue devastadora: “Muere Robin Williams a los 63 años en su residencia de California: la policía investiga un posible suicidio”. Hubo una llamada al 911 a las 11:55 de la mañana desde su casa en Tiburon, California. Minutos después, los médicos constataron su fallecimiento. En pocas horas, la noticia ocupó las portadas de los principales medios internacionales y confirmó la muerte de una de las figuras más queridas del espectáculo.
Era el 11 de agosto de 2014. Esa misma tarde, su esposa, Susan Schneider, emitió un comunicado en el que pidió que el foco de las noticias no estuviera puesto en su partida, sino en los millones de momentos de alegría que el actor le había regalado al público a lo largo de más de cuatro décadas de carrera.
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Pese a ese pedido, lo inevitable fue contar qué había sucedido. El informe de la oficina del sheriff del condado de Marin, cerca de la bahía de San Francisco, confirmó que el actor había sido encontrado en su casa, “parcialmente suspendido en el aire, con un cinturón enganchado a la parte superior de un armario”. Tenía 63 años y, días antes, le había confesado a Susan que ya no podía más. Ella no pudo creerlo: “Ya no soy yo. No sé qué me pasa, pero ya no soy yo”.

Durante las primeras horas, la explicación parecía sencilla: se habló de depresión, de sus antiguos problemas con el alcohol y las drogas, y de etapas de oscuridad detrás de una carrera extraordinariamente luminosa. Sin embargo, meses después, los estudios realizados tras su muerte revelaron que Williams padecía una grave enfermedad neurodegenerativa: demencia con cuerpos de Lewy, una patología que había comprometido seriamente su cerebro.
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Robin Williams había pasado buena parte de su vida haciendo de la improvisación una forma de libertad. Pero, al final de sus días, comenzó a perder el control sobre su propia mente. Detrás de él quedaron películas que trascendieron la pantalla: historias que hicieron reír, llorar y reflexionar a millones de personas, y que hoy permanecen como el legado de un artista capaz de transformar el humor en humanidad.

El hombre que descubrió que podía hacer reír
Robin McLaurin Williams nació el 21 de julio de 1951 en Chicago, Illinois. Creció en una familia acomodada y durante buena parte de su infancia fue un niño introvertido. En 1967, cuando tenía 16 años, su familia se mudó a California. Ese cambio marcaría un antes y un después: allí encontró en la actuación un espacio donde podía dejar atrás su timidez y transformarse en cualquier personaje.
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Al terminar la escuela, estudió Ciencias Políticas en el College of Marin, pero abandonó esa carrera para dedicarse al teatro. En 1973, con 22 años, ingresó en la Juilliard School de Nueva York, una de las instituciones teatrales más prestigiosas de Estados Unidos. Allí compartió formación y amistad con Christopher Reeve. También en esa etapa descubrió que su mayor talento no era solo la actuación sino su extraordinaria capacidad para improvisar, cambiar de voz, crear personajes en cuestión de segundos y convertir cualquier situación en un torrente de humor.

En 1976, a los 25 años, regresó a California y comenzó a actuar en clubes de comedia de San Francisco y Los Ángeles. Su aparición como el extraterrestre Mork en Happy Days, en 1978, fue determinante en su carrera. El personaje tuvo tanto éxito que ese mismo año derivó en Mork & Mindy, la serie que lo convirtió, con apenas 27 años, en una estrella de la televisión estadounidense. Williams interpretaba a aquel visitante de otro planeta con una energía desbordante, una velocidad verbal casi imposible de seguir, una expresividad física que hacía inolvidable cada escena y el memorable saludo: nanu nanu.
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Lo que para otros actores podía ser un recurso, en él se convirtió en su identidad artística. Saltaba de una voz a otra, imitaba personajes, improvisaba diálogos y era capaz de llenar cualquier silencio. Sin embargo, detrás de esa imagen coexistía un hombre que durante años luchó contra el consumo problemático de alcohol y drogas.
A comienzos de los años 80, cuando rondaba los 30 años, la muerte de su amigo John Belushi, víctima de una sobredosis en 1982, marcó un punto de inflexión. Williams abandonó las drogas y logró mantenerse sobrio durante muchos años. En 2006, después de más de dos décadas sin consumir, volvió a internarse para recibir tratamiento por su adicción al alcohol. No escapó al tema y al salir de esa experiencia habló públicamente de las adicciones y contó ante miles de personas que nunca desaparece por completo, sino que puede permanecer latente incluso después de largos períodos de recuperación.
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De la carcajada al drama
A los 31 años, Robin dio su primer gran paso hacia el cine. En 1982 protagonizó The World According to Garp (El mundo según Garp), adaptación de la novela de John Irving. Un año después, a los 32, llegó Moscow on the Hudson (Moscú en el Hudson), donde interpretó a un músico soviético que decide desertar durante una gira por Estados Unidos. Eran personajes muy diferentes del Mork que lo había convertido en una estrella y empezaban a demostrar que detrás del comediante había un actor capaz de interpretar personajes complejos, vulnerables y profundamente humanos.
El gran salto llegó en 1987, cuando tenía 36 años, con Good Morning, Vietnam (Buenos días, Vietnam). Allí interpretó al disc-jockey Adrian Cronauer, un locutor de las Fuerzas Armadas estadounidenses destinado a Saigón durante la guerra de Vietnam. Williams llevó al personaje buena parte de su propia capacidad para la improvisación y construyó una actuación en la que la velocidad, el humor y la irreverencia convivían con momentos de enorme sensibilidad. Por ese trabajo recibió su primera nominación al Oscar como mejor actor.
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Dos años después, a los 38, volvió a sorprender con Dead Poets Society (La sociedad de los poetas muertos). Encarnó al profesor John Keating, un docente que alentaba a sus alumnos a pensar por sí mismos, a mirar la vida desde una perspectiva diferente y valorar la libertad. En él, Williams encontró la manera de encarnar un personaje inolvidable capaz de emocionar sin perder magnetismo. La película se convirtió en uno de los grandes éxitos de su carrera y le valió una nueva nominación al Oscar como mejor actor.
En 1990, protagonizó Awakenings (Despertares), donde interpretó al doctor Malcolm Sayer, un neurólogo que descubre que un grupo de pacientes catatónicos puede recuperar temporalmente la conciencia gracias a un tratamiento experimental. La película le permitió mostrar una faceta mucho más contenida y sensible, y anticipó al actor dramático que poco después volvería a sorprender en The Fisher King (Pescador de ilusiones). Ese mismo año también participó en Dead Again (Muerto otra vez), un thriller de Kenneth Branagh que volvió a alejarlo de la comedia pura.
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En 1991, con 40 años, se convirtió en Peter Pan en Hook (Hook: El regreso del Capitán Garfio), una aventura que le permitió recuperar el espíritu juguetón que había caracterizado buena parte de sus primeros personajes. Al año siguiente, le puso voz al Genio en Aladdin (Aladdín), un personaje construido alrededor de su capacidad para improvisar, cambiar de voz y disparar referencias a una velocidad admirable.
Y en 1993, llegó Mrs. Doubtfire (Papá por siempre), donde interpretó a un padre que se disfraza de mujer para poder mantenerse cerca de sus hijos. Williams podía pasar de la fantasía al humor físico y de allí a la ternura sin perder su identidad.
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En 1995, protagonizó Jumanji, una aventura fantástica que se convirtió en otro de los grandes éxitos de su carrera. Pero su filmografía de esa década también mostró una creciente disposición a explorar personajes más complejos. En The Birdcage (La jaula de las locas, 1996), ya con 45 años, volvió a la comedia, esta vez desde un humor más adulto y sofisticado.
Un año después, regresó al drama con Good Will Hunting (En busca del destino), en la que interpretó al psicólogo Sean Maguire, un hombre marcado por sus propias heridas que intenta ayudar a un joven prodigio a enfrentarse a las suyas. La actuación le permitió mostrar una faceta mucho más contenida y vulnerable, lejos del vértigo verbal que había caracterizado buena parte de su carrera. Ese papel le permitió mostrar una faceta contenida y vulnerable y finalmente le dio el Oscar al mejor actor de reparto en 1998.

A los 47 años, protagonizó What Dreams May Come (Más allá de los sueños, 1998), una historia fantástica sobre el amor, la muerte y la posibilidad de reencontrarse después de la vida. Ese mismo año interpretó al médico Hunter “Patch” Adams en Patch Adams (Patch Adams), basado en la historia real de un profesional que defendía una medicina más humana y cercana a los pacientes. En 1999, volvió a explorar la relación entre humanidad y tecnología en Bicentennial Man (El hombre bicentenario), donde encarnó a Andrew Martin, un robot que durante dos siglos busca ser reconocido como ser humano. Hoy, ese personaje fantástico y humanizado no está lejos de lo que la inteligencia artificial busca crear.
Ya en el nuevo siglo, Williams comenzó a utilizar su imagen de hombre amable y cómico para construir personajes mucho más inquietantes. En 2002, a los 50 años, apareció en Insomnia (Insomnio), de Christopher Nolan, como Walter Finch, un hombre acusado de asesinato que se convierte en el centro de una investigación policial. Ese mismo año, en One Hour Photo (Retratos de una obsesión), interpretó a Seymour “Sy” Parrish, un empleado de un laboratorio fotográfico cuya obsesión con una familia comienza a desbordar todos los límites. Eran personajes alejados del Robin Williams que el público asociaba con la comedia y demostraban que su registro dramático todavía podía sorprender.

A mediados de la década, recuperó parte de su faceta más popular con Night at the Museum (Una noche en el museo, 2006), donde interpretó al presidente Theodore Roosevelt. Pero incluso en esa etapa continuó buscando papeles menos convencionales. En 2009, protagonizó World’s Greatest Dad (El mejor papá del mundo), una comedia negra en la que interpretó a un profesor cuya vida cambia radicalmente después de la muerte de su hijo.
En los últimos años de su carrera participó también en películas como The Butler (El mayordomo, 2013), The Angriest Man in Brooklyn (El hombre más enojado de Brooklyn, 2014) y Boulevard (Boulevard), estrenada en 2015 después de su muerte.
A lo largo de más de cuatro décadas de carrera, Williams participó en unas 80 películas de ficción y protagonizó más de 45. También lideró como actor principal dos series de televisión, Mork & Mindy y The Crazy Ones, y acumuló quince grandes premios internacionales. Más allá de las cifras, su filmografía, Williams había conseguido construir una carrera en la que la risa y el drama no competían entre sí, sino que se potenciaban. Podía llenar una escena con una catarata de voces y gestos y, apenas unos minutos después, reducirlo todo a una mirada o a un silencio. Esa capacidad para pasar de la carcajada a la emoción terminaría convirtiéndose en una de las marcas más reconocibles de su carrera.

El hombre detrás del actor
Fuera de los escenarios y los sets de filmación, Robin también construyó una parte importante de su legado a través de la solidaridad. Durante años apoyó organizaciones como St. Jude Children’s Research Hospital y la Christopher & Dana Reeve Foundation, a la que permaneció vinculado desde el accidente que dejó paralizado a su amigo Christopher Reeve. También fue una de las figuras centrales de Comic Relief, el proyecto benéfico que reunió a Williams con Billy Crystal y Whoopi Goldberg para recaudar fondos destinados a personas sin hogar. La iniciativa llegó a recaudar más de 80 millones de dólares.
En el año 2000, esa faceta más espontánea quedó registrada durante una visita a la Gorilla Foundation, en California. Allí conoció a Koko, la famosa gorila que había aprendido a comunicarse mediante el lenguaje de señas. El encuentro fue filmado y mostró a Williams jugando con ella, haciendo gestos y compartiendo momentos de cariño y emoción.
La escena parecía una extensión natural de lo que había hecho durante toda su carrera: encontrar una forma de comunicarse a través del humor y el juego. Tras su muerte, en 2014, integrantes de la fundación le contaron a Koko que su amigo Robin murió y reaccionó con tristeza e, incluso, lloró al comprender la noticia.
Su compromiso con los demás tampoco se limitó a las grandes organizaciones. Según contó años después su hija Zelda, Williams solía contratar a personas sin hogar para trabajar en algunos de sus proyectos y giras, una manera concreta de ofrecerles una oportunidad laboral. En paralelo, participó durante décadas en eventos benéficos y utilizó su popularidad para recaudar fondos y llamar la atención sobre distintas causas.

La enfermedad que nadie había visto
En 2014, a los 62 años, Robin comenzó a atravesar una serie de problemas de salud que resultaban difíciles de explicar. Tenía dificultades para dormir, episodios de ansiedad, alteraciones del movimiento y cambios emocionales que empezaron a afectar su vida cotidiana. En mayo de ese año recibió el diagnóstico de enfermedad de Parkinson.
Mientras intentaba continuar con su trabajo, él y su esposa, Susan Schneider Williams, consultaron a distintos especialistas en busca de respuestas. Lo que todavía no sabían era que detrás de aquellos síntomas había una enfermedad neurológica mucho más compleja.
El 11 de agosto, Williams fue encontrado muerto en su casa de California. La investigación determinó que había muerto por suicidio y los análisis toxicológicos no encontraron alcohol ni drogas ilícitas en su organismo. Pero la autopsia reveló un dato que cambiaría la comprensión de sus últimos meses: presentaba una extensa patología de cuerpos de Lewy, depósitos anormales de proteínas asociados con una enfermedad neurodegenerativa conocida como demencia con cuerpos de Lewy.

La enfermedad puede provocar parkinsonismo, deterioro cognitivo, alteraciones del sueño, fluctuaciones de la atención, alucinaciones y cambios importantes en el estado de ánimo y la conducta. En el caso de Williams, la afección cerebral era particularmente grave.
Aunque ya era demasiado tarde, conocer el diagnóstico permitió a su familia comprender mejor algunos de los síntomas que hasta entonces los habían desconcertado, especialmente durante sus últimos meses. Lo que parecía ser únicamente ansiedad, depresión o un problema psicológico también podía estar relacionado con una enfermedad que avanzaba silenciosamente en su cerebro.
Para Susan, saber qué estaba ocurriendo después de la muerte de su marido permitió darle un nuevo sentido a aquellos meses. “Me sentaron y me dijeron que básicamente Robin murió de demencia con cuerpos de Lewy. Empezaron a hablar de la neurodegeneración. No estaba en sus cabales. Me sentí aliviada de que tuviera un nombre. Robin y yo habíamos pasado por esta experiencia juntos, siendo realmente perseguidos por un monstruo invisible”.
Quizás esa revelación también permitió mirar de otra manera al hombre que, durante décadas, había sido capaz de llevar al público de la risa a la emoción más profunda en cuestión de segundos. Detrás de aquella energía desbordante había una lucha que casi nadie pudo ver.
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