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Viajes en avión privado y cocaína para seducir amigos: la “París Hilton coreana” que terminó presa por narcotráfico

Lisette Lee decía que era heredera de Samsung. Se instaló en Beverly Hills y desde allí inició su vida de mentiras. Fue atrapada por la DEA con 225 kilos de marihuana

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Lisette Lee llegó a Los Ángeles desde Corea del Sur siendo adolescente. En Estados Unidos elaboró una identidad completa que tenía la precisión de un guion de Hollywood
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“¿Pero qué me voy a poner en la cárcel?” La pregunta salió de sus labios con la misma naturalidad con que se ajustaba un zapato de taco aguja. Los agentes de la DEA la miraron y sonrieron. Detrás de ella, sobre el asfalto del aeropuerto de Columbus, Ohio, 13 valijas de lujo esperaban abiertas bajo las luces de los patrulleros. Dentro había más de 225 kilogramos de marihuana prensada en ladrillos y envuelta en plástico.

Era el 14 de junio de 2010. Lisette Lee acababa de bajar de un jet Gulfstream privado con zapatos Chanel, pestañas postizas y sombra de ojos color lavanda. Detrás de ella venían dos asistentes personales y un guardaespaldas de más de dos metros y casi 140 kilogramos. Cuando los agentes federales la rodearon con las armas en alto, ella abrió la puerta de su Escalade y gritó: “¿Qué está pasando aquí? Soy modelo”. Nadie le creyó. Pero lo extraordinario es que, durante cuatro años, casi todo el mundo sí lo había hecho.

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La heiress que nunca existió

Lisette Lee llegó a Los Ángeles desde Corea del Sur siendo adolescente. En Estados Unidos elaboró una identidad completa que tenía la precisión de un guion de Hollywood. Se presentaba como heredera del emporio Samsung, modelo que había aparecido en las páginas de Vogue, graduada de Harvard y ex alumna de Buckley, el colegio privado de Los Ángeles donde, según ella, había atormentado a Paris Hilton hasta hacerla llorar. Afirmaba haber tenido relaciones con Channing Tatum, Leonardo DiCaprio y Cristiano Ronaldo. También contaba que su familia había fundado Sony y amasado una fortuna en casinos.

Nada de eso era verdad. Pero su vida funcionaba como una prueba de sus millones. Tenía un Mercedes violeta, los dos Bentley, el Aston Martin, el apartamento de USD 1,2 millones en West Hollywood, el guardarropa de diseñador y el guardaespaldas que la seguía a todas partes. La riqueza era real. La historia detrás de ella, no.

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Según documentos del juicio, su padre biológico, Yoshi Morita, un magnate japonés de casinos, le enviaba hasta USD 100.000 mensuales. Lisette había nacido de una relación ilegítima entre Morita y Corine Lee, supuesta hija del fundador de Samsung, Byung-Chul Lee.

La relación fue considerada un escándalo, y la niña fue dada en adopción a amigos de la familia, quienes la criaron en California. Samsung negó cualquier vínculo. “Contrariamente a algunos informes de medios, Lisette Lee no es una heredera de Samsung Electronics y no es miembro de la familia Lee de Samsung”, declaró la compañía al canal de noticias WBNS de Columbus. Lo que ningún comunicado pudo explicar es por qué, con ese flujo de dinero, Lisette Lee decidió meterse en el negocio de las drogas.

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Afirmaba haber tenido relaciones con Channing Tatum, Leonardo DiCaprio y Cristiano Ronaldo

El método: aislar, seducir, controlar

En 2006, Meili Cady tenía 20 años, era actriz aspirante recién llegada del pueblo de Bremerton, Washington, y llevaba un año en Los Ángeles acumulando audiciones fallidas. Un conocido común le dijo que su amiga Lisette Lee estaba aburrida de la gente superficial de Beverly Hills y buscaba “un soplo de aire fresco”. Cady aceptó conocerla.

El apartamento de Lee en West Hollywood era exactamente lo que el mito prometía. Había sofás color crema, vodka, y una anfitriona en chándal de terciopelo que la recibió con un abrazo. Pasaron la tarde recorriendo las tiendas de Melrose. Esa noche, Lee le dijo: “Eres todo lo que Alex me contó y mucho más. Sé que vamos a ser mejores amigas”.

¿Cómo operaba Lee operaba sobre las personas que la rodeaban? Primero, la selección. Lee buscaba personas vulnerables, solas o con ambiciones insatisfechas en Los Ángeles. Segundo, el aislamiento. Cuando Cady iba a visitarla, Lee le pedía que apagara el teléfono, cerraba las cortinas y prohibía la música y la televisión. “Soy vampira”, le explicaba. Tercero, la intimidad forzada. Encerradas en ese espacio sin distracciones, las dos mujeres hablaban durante horas, se confesaban, se declaraban afecto.

“Somos tan distintas que eso nos hace especiales”, le decía. “Podemos entendernos de maneras que otros no pueden. Sos muy amable y simpática, pero sé que eres inteligente. Y la gente cree que soy una perra, pero tú sabes que soy buena persona. Ese es nuestro vínculo”.

Lo que Cady tardó años en entender es que Lee aplicaba esa misma fórmula con todos. Revisaba los contactos y las fotos del teléfono de Cady. Raramente aceptaba conocer a los amigos o familiares de ella. Cuando Cady tenía visitas, Lee no daba su consentimiento para estar presente. Cada encuentro ocurría en territorio de Lee, bajo las reglas de Lee, en los horarios de Lee. Con el tiempo, Cady vio cómo Lee manipulaba a otros en su entorno, pero se convenció de que con ella era diferente.

Años después, frente a los periodistas, Cady descubrió que Lee había enviado mensajes de texto desde su propio teléfono haciéndose pasar por otras personas de la caravana, incluso fingiendo estar hospitalizada para generar alarma. “Todos habían recibido instrucciones de mentirse entre sí sobre cómo conocían a Lee”, contó Cady.

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Manejaba una flota de autos y vivía de “los dividendos de Samsung”. Nadie le pedía pruebas. La exhibición era suficiente

La diosa que exigía adoración

Hacia el mundo exterior, Lee desplegaba una versión diferente de sí misma. Era una especie de diosa que esperaba ser adorada.

Cuando apareció en el rodaje de The Doorman, una película independiente de bajo presupuesto donde hizo un cameo como “ella misma”, llegó con un abrigo de piel, una cartera Chanel en el brazo y su guardaespaldas Frankie Edwards a un paso detrás. El equipo de producción susurraba “Samsung” y la trataba con deferencia mientras la filmaban visitando una concesionaria de Mercedes, comprando en Rodeo Drive y pasando por la tienda de vinos de su novio. “Tenía esa actitud de alguien mimada y a cargo”, recordó el director Wayne Price.

Al terminar el rodaje en una mansión de Holmby Hills, cuando todos empezaban a recoger, Lee se quedó mirando a su compañero de reparto, el actor aspirante Scott Brian Cooper, de 35 años. “Me quedo”, le dijo a su guardaespaldas. “Puedes irte a casa”. El equipo salió. Lee y Cooper se metieron en la cama. No tuvieron relaciones sexuales. Aun así, Cooper pasó los tres años siguientes disponible para ella a cualquier hora. “Es una persona con un control tremendo sobre los demás”, dijo.

Con Cooper, como con todos, Lee usaba el mismo repertorio. Había cenas de sushi, juegos de verdad o reto, cocaína, y promesas de empleo en Samsung. Manejaba una flota de autos y vivía de “los dividendos de Samsung”. Nadie le pedía pruebas. La exhibición era suficiente.

La arquitectura del “Equipo LL”

La operación de tráfico de marihuana no fue una caída en desgracia. Fue una decisión empresarial. Lisette Lee conoció a David Garrett, un dealer de nivel medio en Los Ángeles, a través del novio de él. Garrett quedó desconcertado cuando ella le propuso asociarse.

El plan era simple. Garrett conseguía la droga en California, Lee fletaba el jet privado desde el aeropuerto de Van Nuys, en Los Ángeles, y un grupo de colaboradores transportaba las valijas hasta Columbus, Ohio, donde un distribuidor local las recibía. Para los viajes, Lee reclutó personas de su entorno social.

Los primeros 13 viajes salieron sin contratiempos. En ocho meses, la operación movió cerca de 3.175 kilogramos de marihuana entre Los Ángeles y Columbus, con ganancias que las autoridades estimaron entre USD 3 millones y USD 7 millones.

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Un pastor alemán de la DEA se acercó a la van, olfateó, y se sentó. Era la señal

El pastor alemán que lo cambió todo

El sistema se rompió por un detalle de rutina. Los empleados del aeropuerto de Van Nuys habían visto a Lee cargar el mismo jet privado con el mismo tipo de valijas demasiadas veces. Cada vez, ella les daba la misma explicación. “Me estoy mudando a Ohio”, decía. La historia no aguantó la repetición. En el decimocuarto viaje, los empleados alertaron a la DEA.

Los agentes llegaron antes que el avión. Cuando el Gulfstream aterrizó en el Port Columbus International Airport al anochecer del 14 de junio de 2010, una caravana de tres vehículos salió de la pista. Desde el momento en que tocaron tierra, el grupo se movió con urgencia para descargar el equipaje. Las valijas eran tan pesadas que los dos hombres de la caravana luchaban por cargarlas.

Los agentes los observaron. Uno de ellos, antes del arresto, había visto al acompañante de cabello oscuro de Lee darle un beso largo en los labios en la pista. Tenían información, tenían posición, y esperaban. Un pastor alemán de la DEA se acercó a la van, olfateó, y se sentó. Era la señal.

Los agentes abrieron las puertas de la van. Dentro de las maletas había más de 225 kilogramos de marihuana en bloques envueltos en plástico. En el bolso de cocodrilo de Lee encontraron tres teléfonos celulares, USD 6.500 en efectivo, una bolsita de cocaína y una hoja de bloc de hotel con pesos y precios de compra que sumaban USD 300.000.

Cuando Lee vio a los agentes acercarse con las armas desenfundadas, salió del Escalade y asumió su expresión más indignada. Sus tacones Chanel golpearon el asfalto. “¿Qué está pasando aquí? Soy modelo”, gritó. Luego explicó que transportaba suministros para la granja de caballos de su novio en Ohio. Antes de que terminara la noche, cambiaría su versión. Confesó que le habían dado USD 60.000 en gastos para el viaje y que, aunque no sabía exactamente qué había en las valijas, asumió que tenía que ver con “armas y lavado de dinero o algo así”.

El juicio y el papel que no pudo sostener

En febrero de 2011, Lisette Lee se declaró culpable ante el tribunal federal de Columbus de conspiración para distribuir y poseer con intención de distribuir más de una tonelada de marihuana. El acuerdo de culpabilidad le permitió evitar la pena mínima obligatoria de diez años. En julio de 2011, el juez federal Algenon L. Marbley la sentenció a seis años de prisión y una multa de USD 20.000.

Durante la audiencia, el juez le dijo: “Creo, señorita Lee, que usted era ingenua. Sabía que estaba mal, pero había una cierta fascinación. Casi parece que creyó que estaba interpretando un papel”.

David Garrett fue condenado a diez años. Meili Cady, que en su último año de secundaria había sido elegida “la que más probablemente se haría famosa”, recibió una pena menor. Fue condenada a un mes de prisión y varios meses de arresto domiciliario con tobillera electrónica. Otros miembros del “Team LL” también enfrentaron cargos, incluso aquellos que afirmaron no haber sabido con certeza qué transportaban. El juez consideró que la ignorancia deliberada no era una defensa suficiente.

Desde su celda, Lee le concedió una entrevista a la revista Rolling Stones. “Estoy utilizando estas ‘vacaciones’ en el resort del gobierno como una experiencia de aprendizaje, y perfeccionando mi tenis y mi yoga. Lo estoy disfrutando de verdad”.

En 2012 apeló su condena. Sus abogados argumentaron que Garrett la había forzado a participar bajo amenaza de daño físico a ella y a su familia. El mismo documento de apelación incluía, sin aparente ironía, esta frase. “Lee participó en los vuelos chárter porque consideraba que era un trabajo de actuación en el que interpretaba el papel de pasajera principal. También disfrutaba escapar de Los Ángeles”. La apelación fue rechazada.

Lisette Lee fue liberada en 2017, tras cumplir los seis años de condena. Desde entonces no ha vuelto a aparecer en los medios. La mujer que construyó una identidad entera sobre la visibilidad desapareció sin dejar rastro público.

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