
Jorge Amado, uno de los mejores escritores del sur del mundo, murió el 6 de agosto de 2001 en Salvador de Bahía, a los 88 años, después de ingresar de urgencia al Hospital Alianza por una crisis aguda de insuficiencia cardiorrespiratoria. El escritor brasileño arrastraba problemas cardíacos agravados por una hiperglucemia y, en sus últimos años, había perdido gran parte de la visión.
Jorge Leal Amado de Faria había nacido el 10 de agosto de 1912, hace 114 años, en Itabuna, una ciudad del sur del estado de Bahía, Brasil, cerca de una plantación de cacao. Su infancia transcurrió en Ilhéus, en esa misma región nordestina que sería el escenario de buena parte de su literatura. De abuela materna india y bisabuelo afro, decía sentirse “más negro que latino”.
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Estudió con los jesuitas en Salvador y se graduó en la Facultad Nacional de Derecho de Río de Janeiro. Pero la abogacía nunca fue su destino. De muy joven empezó a trabajar en periódicos, a correr delegaciones y morgues como cronista policial, hasta convertirse en redactor de O Imparcial en 1931.

Por esa época frecuentaba la Academia dos Rebeldes, un grupo vanguardista de la Salvador de los años 20 que reunía a escritores, periodistas y pensadores. Bajo ese impulso, y junto al periodista Oswaldo Dias da Costa y el antropólogo Édison Carneiro, publicó Lenita, la historia de una prostituta cortejada por un millonario y un arquitecto. El interés por las intrigas amorosas y por lo que él llamaba el “proletariado miserando” ya estaba ahí, desde el principio.
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A los 18 años publicó su primera novela en solitario, El país del carnaval. A los 20 ya estaba casado y tenía una hija.

Del panfleto a la novela social
Con Cacao (1933) y Sudor (1934), Amado tomó a la masa trabajadora como materia literaria y bebió del romance proletario que explotaba en todo el mundo durante esa década. Era también, por esos años, militante del Partido Comunista Brasileño (PCB) y esa doble pertenencia —la literaria y la política— marcaría toda la primera mitad de su vida.
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Capitanes de la arena (1937) fue, según muchos críticos, una de sus más relevantes novelas de denuncia social. Narra la vida de los chicos de la calle en Bahía y pone en primer plano algo que la agenda del Partido solía ignorar: el lugar de los niños en la cultura urbana de América del Sur, la cuestión negra, el peso de la cultura popular. Amado siempre fue más ancho que la línea del Partido.
Su adhesión al comunismo, sin embargo, fue durante años sin fisuras. Según cuenta Pablo Neruda en sus memorias Confieso que he vivido, Amado se puso a llorar cuando en la Unión Soviética comenzaron a reconocer los crímenes del estalinismo. La adhesión a la causa llegó a plasmarse en Os subterrâneos da liberdade (1954) y en el panegírico O mundo da paz (1951), que el propio Amado renegaría más tarde por “exceso de sectarismo”.
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Durante el breve período de legalidad del PCB, entre 1945 y 1946, fue elegido diputado en la Asamblea Nacional Constituyente. Desde ese lugar logró hacer aprobar varios proyectos importantes, entre ellos la ley que proclamaba la libertad de culto religioso y la no persecución de las religiones afrobrasileñas. Fue, en ese sentido, un político que impulsó proyectos de contenido profundo desde su banca.
La persecución por sus ideas comunistas lo obligó a salir de Brasil. Vivió en Argentina y Uruguay entre 1940 y 1942. Luego, en Francia entre 1948 y 1950, hasta que fue expulsado. Después se instaló en la entonces Checoslovaquia, donde residió en el castillo de Dobřiš a invitación de la Unión de Escritores Checos.
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Esos años de exilio le dieron algo que Brasil no podía darle entonces: el mundo. En París trabó amistades con Pablo Picasso, Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Neruda. También cultivó una relación progresiva con Lisboa, Portugal, donde la convivencia con José Saramago —que empezó siendo un fan tímido— se transformó con el tiempo en una amistad.

Fue en ese período, también, cuando se casó por segunda vez. Su compañera fue la escritora Zélia Gattai, con quien tuvo dos hijos más y con quien vivió más de medio siglo, hasta el final, en la casa del barrio Rio Vermelho de Salvador.
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Gabriela
En 1954, Amado dejó de lado el discurso político duro que había atravesado sus primeros libros. El giro fue gradual pero definitivo. Gabriela, cravo e canela, publicada en agosto de 1958, llegó a su quinta edición en apenas cuatro meses y fue recibida favorablemente por la crítica. La morena color de canela que seducía al turco Nacib por el paladar inauguró una nueva etapa en la historia del autor: narrativas más coloridas, volcadas hacia los usos y costumbres de la tierra, sin abandonar la dimensión social pero liberadas del lastre pedagógico y moralista que había limitado su obra anterior.
Gonzalo Aguilar, investigador del Conicet y profesor de Literatura Brasileña en la Universidad de Buenos Aires, lo explica con precisión: “Es después de los sesenta que Jorge Amado se reinventa a sí mismo y ahí aparecen sus personajes femeninos: Gabriela, Doña Flor, Teresa Batista, Tieta”.
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Ese desplazamiento también significó un privilegio de lo sensorial, de la magia, de la religión afrobahiana. Junto al pintor argentino Carybé y el fotógrafo francés Pierre Verger, Amado formó un grupo que defendió el candomblé, le dio proyección internacional y registró sus ritos. Pese a que nunca dejó de adherir al marxismo, llegó a tener un lugar jerárquico en los terreiros, los espacios donde se practica el candomblé. Esa espiritualidad impregna toda su literatura posterior.
El doctor en Letras y profesor de la Universidad Federal de Río de Janeiro Muniz Sodré lo describe así: “Considero a Jorge un explicador de Brasil. Parecía preguntarse todo el tiempo: ¿quién es el pueblo brasileño? El Imperio portugués nos dio la nación, pero no el pueblo, que es un enigma nacional. Amado ponía la liturgia de la fe en el centro del lenguaje novelístico”.
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De putas y vagabundos
A lo largo de su carrera, Amado construyó una galería de personajes que se volvieron parte del imaginario popular brasileño y de América del Sur. Obreros, pescadores, campesinos, prostitutas, chicos de la calle, borrachos, mães de santo. Alguien intentó una vez agredirlo llamándolo “el escritor de las putas y los vagabundos”. Él respondió: “No fue ninguna agresión, fue un elogio”.

El escritor João Ubaldo Ribeiro, amigo y coterráneo, lo sintetizó en una conferencia en la Academia Brasileña de Letras: “Jorge Amado no escribió libros, escribió un país. Amado amplió nuestros horizontes, creó y formó lectores y nos acercó a nosotros mismos”.
El crítico literario José Castello, en la misma línea, señaló que las obras de Amado pueden leerse como “mitos de fundación de un Brasil popular”, y lo ubicó junto a figuras como Paulo Prado y Gilberto Freyre entre quienes ayudaron a moldear la idea moderna que Brasil tiene de sí mismo.
El escritor mozambiqueño Mia Couto aportó otra dimensión: “Él hablaba de un Brasil que contenía un África adentro. Es fácil identificar los colores y los olores de África en las páginas, en los personajes negros y mulatos. Fue fundamental para que nos diéramos cuenta de nosotros mismos”.

A lo largo de su vida, Amado publicó más de 37 novelas. Sus libros fueron traducidos a 49 idiomas y publicados en 52 países. Las ventas totales superaron los 80 millones de ejemplares. La Academia Brasileña de Letras lo contó entre sus miembros desde 1961 hasta su muerte. Recibió el título de Obá de Xangô en el candomblé, el Premio Pablo Neruda, el Premio Nonino y el Cino del Duca, entre muchas otras distinciones.
Lo que nunca llegó fue el Nobel. Al igual que le ocurrió a Jorge Luis Borges en Argentina, sus innumerables premios y reconocimientos no lo llevaron al galardón sueco. Él mismo lo mencionó en más de una entrevista: “Todas las lenguas recibieron el Nobel, menos la nuestra. Si un escritor de Brasil, Portugal, Mozambique, Angola o Cabo Verde ganara el premio, todos los escritores en portugués nos sentiríamos premiados”.
El cine brasileño también lo cortejó con intensidad. La adaptación de Doña Flor y sus dos maridos (1976), dirigida por Bruno Barreto y protagonizada por Sonia Braga y José Wilker, sigue siendo hasta hoy la película más taquillera de la historia del cine brasileño. Amado siempre se mantuvo al margen de la discusión vana sobre las adaptaciones: “Una adaptación debe ser una recreación. Nadie debe pretender que el cine repita el texto original: se conserva lo fundamental y se concibe una nueva forma de contar la historia”.

En sus últimos años, Amado casi no salía de su casa en Rio Vermelho, donde vivía con Zélia Gattai. Cuando podía escribir, vivía en plenitud. Cuando no podía, se deprimía.
Dejó sin terminar el que habría sido su trigésimo cuarto libro: Boris, el Rojo, una novela urbana sobre un joven que vivió las turbulencias culturales y políticas de Bahía en los años 70. También dejó dos hijos, João Jorge y Paloma, y seis nietos.
La noticia de su muerte sacudió los ámbitos intelectuales de todo el mundo, pero el duelo más notable fue en Brasil y, sobre todo, en Bahía. Caetano Veloso se enteró mientras actuaba en el teatro Castro Alves, en el barrio de Pelourinho. Le dedicó dos canciones. Maria Bethania, hermana de Caetano, también presente esa noche, dijo: “Se va el escritor que llevó nuestra historia, la del pueblo bahiano, a todo el mundo”.

Amado alguna vez describió así el acto de escribir: “Escribir es como un parto. Terminar es como salir de una amistad, de un romance. Se produce un corte doloroso, porque todo sale de tus tripas, de tu corazón”.
Esa sensación la repitió 33 veces. La trigésimo cuarta se quedó a mitad de camino. Cuando murió hace 25 años.
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