
“Las mejores y más bellas cosas del mundo no pueden verse ni tocarse, deben sentirse con el corazón”. Helen Keller marcó un antes y un después cuando con su propia vida desafió todos los límites médicos de su época. Le tocó vivir en el silencio y la oscuridad cuando, a los 19 meses, quedó ciega y sorda, a causa de una fiebre muy alta, que los médicos denominaron “congestión aguda del estómago y del cerebro”.
A partir de ese aislamiento, su vida se transformó en una sucesión de logros sin precedentes gracias a la guía de su maestra, Anne Sullivan, quien logró abrir las puertas de su mente a través del alfabeto táctil. Helen aprendió a comunicarse y se convirtió en la primera persona sordociega en graduarse con honores de la Universidad de Harvard. Desarrolló una carrera como escritora con proyección internacional. Pero no se conformó con ser un testimonio de superación sino que asumió un rol político: defendió el voto femenino, militó en el socialismo y denunció las injusticias laborales que causaban discapacidades en las clases obreras.
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Ese recorrido y esa voz pública se apagaron el 1 de junio de 1968, cuando murió pacíficamente mientras dormía en su residencia de “Arcan Ridge” en Easton, Connecticut, a los 87 años. Su muerte generó una inmediata conmoción en las redacciones de todo el mundo, que interrumpieron sus transmisiones para despedir a una referente de los derechos humanos y por ser la mujer que otorgó dignidad legal a las personas con discapacidades.

Las sombras de Tuscumbia y el método del agua
Helen Keller nació el 27 de junio de 1880 en Tuscumbia, Alabama. Al llegar al mundo no tuvo complicaciones médicas ni nada que llevara a sus padres, Arthur H. KellerKate Adams, a pensar lo que vendría. Pero, una fiebre muy alta y prolongada la atacó a los 19 meses y perdió por completo la visión y la audición. Durante su primera infancia, careció de un sistema de comunicación estructurado y sus padres debieron enfrentar dificultades ante las crisis de frustración que tenía la niña. Helen manifestaba sus necesidades mediante conductas alteradas. Ante la falta de respuestas médicas locales, la familia inició la búsqueda de especialistas, hasta que llegó a Alexander Graham Bell, quien les recomendó contactar al Instituto Perkins para Ciegos para buscar una tutora.
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Así fue como el 3 de marzo de 1887, Anne Sullivan llegó a la residencia de los Keller para encargarse de la educación de Helen. Sullivan, con experiencia personal en discapacidad visual, aplicó un método basado en el alfabeto manual. Deletreaba palabras en la palma de la mano de Helen, asociándolas con objetos del entorno, aunque inicialmente la niña solo imitaba los movimientos sin comprender su significado.
Según Keller, varias veces, el aprendizaje de nuevas palabras reactivaba en su mente imágenes olvidadas, relacionadas con sensaciones previas. En esa época, comenzó a percibir ideas abstractas al comprender que las palabras podían designar también sentimientos. Desde el inicio, la maestra se dirigió a ella como a cualquier otro niño, solo que en vez de pronunciar palabras, las deletreaba en su mano. Cuando Helen no encontraba las palabras adecuadas para expresar sus pensamientos, Anne se las enseñaba.
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El siguiente desafío para Helen fue aprender a leer. Una vez logró un deletreo fluido, Sullivan le entregó cartones con letras en relieve para que formara palabras y oraciones cortas. En su autobiografía, la misma Keller contó que, por ejemplo, al encontrar esos cartoncitos con las palabras “la muñeca está en la cama”, dejaba cada palabra sobre el objeto correspondiente. Luego ponía la muñeca en la cama junto a esas palabras. De esa manera, asociaba las ideas con acciones concretas. Luego llegaron las clases de aritmética, zoología y botánica.
Tres meses después de iniciar su formación, Helen ya podía leer y escribir en braille y poco después comenzó a usar el lápiz. Y por las noches leía libros en braille bajo las sábanas de su cama. Ese esmero se tradujo en un cambio notable en su carácter y temperamento. Más tarde aprendió además a leer los labios de las personas con el método Tadoma, que utiliza el tacto y la percepción de las vibraciones y movimientos faciales. El director Michael Anagnos quedó tan sorprendido por el avance de Helen que escribió notas sobre sus progresos. Eso llevó el nombre de Helen a las primeras publicaciones del instituto.
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El avance decisivo ocurrió el 5 de abril de ese año en el jardín de la casa. Anne hizo correr agua sobre una mano de Helen y deletreó la palabra “A-G-U-A” en la otra. En ese momento, Helen comprendió la relación entre los signos manuales y los objetos, asimilando el concepto de lenguaje. Ese día, aprendió treinta palabras nuevas y pidió que le enseñase cómo llamar a los objetos de su casa.
El éxito del método demostró que su capacidad cognitiva era apta para el aprendizaje formal. Sullivan asumió el rol de intérprete y educadora permanente, guiando a Keller en un plan de estudios que atrajo la atención de la comunidad científica.
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El poder de la palabra escrita
Anne Sullivan acompañó a Helen durante casi cinco décadas y fue clave en su formación. En 1888, ambas se mudaron al Instituto Perkins para Ciegos en Boston, donde Helen convivió con otros niños ciegos y experimentó sus primeras lecciones de historia. A los diez años, Keller conoció a Ragnhild Kåta, una joven sorda y ciega que había aprendido a hablar, lo que la motivó a intentarlo también. Con ayuda del método Tadoma, desarrollado por la profesora Sarah Fuller, Keller logró articular palabras, aunque su pronunciación resultaba difícil de entender.
Ya centrada en su carrera de escritora, en 1891, Helen fue acusada de plagio involuntario tras enviar un cuento inspirado inconscientemente en una historia que había leído años antes. El incidente afectó su relación con el Instituto Perkins, que abandonó en 1892. Décadas después, la institución la perdonó y ella colaboró donando libros en braille y participando en actividades institucionales.
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Tras dejar Perkins, Keller continuó su educación con Sullivan y profesores particulares. El crecimiento económico familiar permitió que Helen asistiera a escuelas privadas y contara con docentes especializados en cada area. En 1894, colaboró en la apertura de una escuela para sordos en Nueva York y luego se matriculó en la escuela de señoritas de Cambridge, Massachusetts, donde Sullivan la asistía en las tareas y la lectura.

En 1897, Helen rindió los exámenes para ingresar al Radcliffe College, donde fue admitida tres años después. Llegó a cursar sus estudios universitarios gracias al apoyo financiero del magnate industrial Henry Huttleston Rogers y su esposa, a quienes conoció a través del escritor Mark Twain. Allí, Keller enfrentó nuevos desafíos, esta vez relacionados con el acceso a material en braille y la adaptación a clases numerosas, pero recibió apoyo de los profesores, especialmente en materias como álgebra y geometría.
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Durante estos años, Keller comenzó a escribir y publicó su autobiografía, La historia de mi vida, difundida primero en una revista y luego como libro en 1903. La obra obtuvo amplia difusión y fue traducida a decenas de idiomas. En 1904, se graduó con honores, convirtiéndose en la primera persona sordociega en obtener un título universitario. Un años más tarde, se casó con John Macy, destacado crítico literario, escritor, editor y profesor de literatura de la Universidad de Harvard. Gracias a su influencia, Helen profundizó su interés por el socialismo, influida por lecturas de H. G. Wells, Marx y Engels.
Al graduarse, el matrimonio y la maestra Sullivan se mudaron a Forest Hills, donde Helen escribió varios libros y mantuvo contacto con figuras intelectuales internacionales. Se unió al Industrial Workers of the World y participó activamente en causas políticas y sociales. Durante la Primera Guerra Mundial, se opuso al conflicto, cofundó la organización Helen Keller International y colaboró con la creación de la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles (ACLU), consolidando su perfil como defensora de los derechos civiles y las libertades individuales.
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La defensa de los derechos civiles
En 1909, Helen Keller se afilió al Partido Socialista de América, desde donde escribió sobre la relación entre la economía y las condiciones de salud de la población. Sostenía que enfermedades causantes de ceguera y sordera estaban relacionadas con la pobreza y la falta de regulaciones sanitarias en los entornos industriales.
Más adelante, se unió al sindicato Industrial Workers of the World, donde escribió entre 1916 y 1918. Durante este período, promovió el sufragio femenino, los derechos laborales, el socialismo y otras causas vinculadas a la izquierda política. Keller respondía a las críticas mediante cartas abiertas y artículos, en los que señalaba que la prensa valoraba su intelecto solo cuando se limitaba a relatos personales, pero lo cuestionaba al abordar cuestiones estructurales.
En 1920, cofundó la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles (ACLU), organización en la que se mantuvo activa y desde la cual representó internacionalmente a la Fundación Americana para los Ciegos. Su gestión favoreció la recaudación de fondos para escuelas técnicas, la impresión de material en Braille y la promulgación de leyes de inserción laboral en distintos estados.
En 1924, Keller decidió apartarse de la militancia política y concentró sus esfuerzos en la defensa de los derechos de las personas con discapacidad, realizando giras internacionales de conferencias hasta 1957.
Tras la muerte de Anne Sullivan en 1936, continuó su labor social en 35 países, asesorando a jefes de Estado en el diseño de políticas inclusivas. Al momento de su fallecimiento, su trabajo había contribuido a transformar los marcos legales de asistencia social y a establecer pautas para los derechos civiles contemporáneos.
En reconocimiento a su trayectoria, el presidente Lyndon Johnson le otorgó la Medalla Presidencial de la Libertad en 1964. Desde 1980, por disposición de Jimmy Carter, el aniversario de su nacimiento se conmemora como el Día de Helen Keller en Estados Unidos.
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