Mathias Rust pasó 437 días preso en la Unión Soviética por un vuelo que duró siete horas y media. Tenía 19 años y apenas 50 horas en los aires cuando, el 28 de mayo de 1987, aterrizó una avioneta Cessna monomotor en el puente Bolshói Moskvoretski, a metros de la Plaza Roja de Moscú. Lo que las fuerzas armadas soviéticas no pudieron detener, un tribunal lo resolvió con una condena a cuatro años de trabajos forzados.
La historia empezó en el living de su casa en Hamburgo, Alemania, frente al televisor. De chico, Rust consumía las aventuras de Perry Rhodan, un astronauta inmortal de una revista de ciencia ficción que exploraba planetas y salvaba mundos. Cuando creció, cambió los cómics por los noticieros. El 11 de octubre de 1986 siguió la cumbre de Reikiavik, Islandia, entre el estadounidense Ronald Reagan y el soviético Mijaíl Gorbachov. Los dos líderes más poderosos del mundo se reunieron durante cuatro horas y media en una sala austera de Islandia para negociar el desarme nuclear. No firmaron nada.
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“Yo esperaba mucho de ese encuentro y sufrí una gran decepción”, recordó Rust. En 1985 se había anotado en el aeroclub de Hamburgo. Dos años después, con la licencia recién obtenida, decidió que era su turno de hacer lo que los líderes de las dos potencias mundiales no habían podido.

El 13 de mayo de 1987 despegó del aeródromo de Uetersen con una aviooneta Reims-Cessna F172P Skyhawk II, matrícula D-ECJB, alquilada al aeroclub con dinero propio y dinero prestado por sus padres. El modelo tenía dos asientos reemplazados por tanques de combustible adicionales. A su familia le dijo que quería sumar horas de vuelo para obtener la licencia profesional.
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Voló a las islas Shetland, luego a las Feroe, después a Reikiavik, donde visitó la Casa Höfði, el mismo edificio de la cumbre fallida. Siguió hacia Bergen, Noruega y el 25 de mayo aterrizó en Helsinki, Finlandia. Pasó tres días debatiéndose sobre si debía seguir o no. Su madre lo había descripto como “un chico tranquilo con pasión por volar”.
La madrugada del 28 de mayo fue de insomnio. A la mañana siguiente fue al aeropuerto de Malmi, cargó combustible y presentó un plan de vuelo con destino a Estocolmo, Suecia. Despegó a las 12:21. Mantuvo el rumbo media hora. Luego giró 170 grados hacia el este y apagó todos los equipos de comunicación.
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Los controladores finlandeses notaron el cambio, intentaron contactarlo y no obtuvieron respuesta. El avión desapareció del radar. Un helicóptero avistó una mancha de aceite en el agua. Organizaron un operativo de rescate y buscaron restos en el fondo del mar. No encontraron nada. Finlandia le cobró después una multa de 100.000 dólares por haber activado ese dispositivo.
A las 14:29, los radares soviéticos en Estonia (que por entonces formaba parte de la URSS) detectaron una aeronave no identificada. Le asignaron el número de combate 8255. Tres baterías de misiles tierra-aire la siguieron en pantalla. Ninguna recibió autorización para abrir fuego.
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A las 14:48, cerca de Gdov, el teniente primero Andrei Puchnin interceptó la Cessna con un avión MiG-23. “Pasó por mi lado izquierdo, tan cerca que pude ver a los dos pilotos sentados en la cabina y vi, por supuesto, la estrella roja del ala de la nave”, recordó Rust. El piloto soviético pidió permiso para atacar. Se lo negaron. Los cazas no podían escoltar indefinidamente una aeronave lenta y de baja altura. Volvieron a la base.
Lo que siguió fue una cadena de errores. El regimiento cerca de Pskov estaba en maniobras y sus controladores habían asignado estado amigo a todo el tráfico del área. Rust quedó incluido. Cerca de Torzhok, un operativo de búsqueda por un choque aéreo del día anterior había multiplicado el tráfico de helicópteros. La avioneta Cessna fue confundida con uno de esos aparatos.
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El sistema de defensa aérea acababa de ser reorganizado en distritos. La información sobre el intruso llegaba fragmentada de una zona a la siguiente. Cuando Rust entró en el Distrito de Defensa Aérea de Moscú, el comando recibió solo datos parciales: un Yak-12 soviético, probablemente un estudiante desviado de su ruta. Nadie mencionó que había cruzado la frontera desde Finlandia.
Ese día era, además, el Día de los Guardias de Frontera en la Unión Soviética. Gorbachov estaba en Berlín Oriental en una reunión del Pacto de Varsovia junto con el alto mando militar. Las órdenes para abrir fuego contra una aeronave civil solo podían venir del nivel más alto. Esos dirigentes estaban fuera del país.
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“Aún no puedo creer que sobreviviera. Había calculado que tan solo tenía un 50% de probabilidades de éxito”, confesó Rust.
A las 19:00, Rust sobrevoló el centro de Moscú a diez metros sobre las cabezas de los transeúntes. Su plan original era aterrizar dentro del Kremlin, pero lo descartó: si lo arrestaban detrás de los muros, la KGB, la policía secreta soviética, podía negar que el episodio hubiera ocurrido.
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La Plaza Roja estaba llena de gente. Localizó el puente Bolshói Moskvoretski, de seis carriles, junto a la catedral de San Basilio. Los cables del trolebús que normalmente cruzaban el puente habían sido retirados esa mañana por mantenimiento. Al día siguiente los volvieron a instalar.
“Volé tres veces cerca del suelo para que la gente se retirase. Pero no funcionó. Así que tuve que aterrizar sobre el puente”, contó. Rodó hasta la catedral y se detuvo. De la cabina de la misteriosa avioneta bajó un joven vestido de rojo. La multitud se acercó y le pidió autógrafos. Una mujer le ofreció un pan como símbolo de amistad.
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Cuando le preguntaron de dónde venía, dijo “Alemania”. Creyeron que era de la República Democrática Alemana y lo felicitaron. “No, de Alemania Occidental”, aclaró. El analista militar estadounidense John Pike, que estaba esa tarde en la embajada de Estados Unidos en Moscú, vio el avión circular desde su ventana y se sorprendió. “No hay aviación privada en la Unión Soviética. No hay nada privado acá”, pensó sin salir de su asombro.

Pasó más de una hora antes de que las autoridades reaccionaran. Llegaron dos camiones con soldados, pusieron barreras alrededor del avión y tres hombres que bajaron de un auto negro le pidieron el pasaporte. La avioneta Cessna fue trasladada al aeropuerto de Sheremétievo y desarmada. Rust fue llevado a Lefortovo, el complejo que el KGB usaba para alojar a presos políticos.
Los investigadores no podían creer que todo aquello fuera obra un adolescente. El diario Pravda fue categórico: los servicios de inteligencia occidentales habían usado a un joven ingenuo. El traductor Wolfgang Akunow, que acompañó a Rust durante el proceso, percibió desde el principio “un rasgo de farsa”. “Tenía la impresión de que Rust sabía que no podía pasarle nada malo”, dijo a DW, la emisora internacional alemana, en 2012.
El juicio comenzó el 2 de septiembre de 1987. Rust se declaró culpable de violar las leyes aéreas y de cruzar ilegalmente la frontera, pero rechazó el cargo de “vandalismo malicioso”. Tres jueces lo condenaron a cuatro años de trabajo forzado. Nunca llegó a ese campo: cumplió su detención en Lefortovo, donde podía trabajar en el jardín y recibir visitas de sus padres cada dos meses.

“Fue muy duro tener 19 años y permanecer encerrado 23 horas al día. Tuve muchas dificultades con la comida y perdí mucho peso”, recordó.
Las consecuencias para el ejército fueron inmediatas. El ministro de Defensa, el mariscal Serguéi Sokolov, fue destituido junto con el comandante de las Fuerzas de Defensa Aérea, el mariscal jefe Alexandr Koldunov. En total, más de 200 personas perdieron sus cargos. Fue la mayor renovación del mando militar soviético desde las purgas de José Stalin. Gorbachov aprovechó el escándalo para desplazar a los sectores del ejército que más resistían la Perestroika y la Glasnost, la apertura que se buscaba entonces.
El 3 de agosto de 1988, el Soviet Supremo ordenó la liberación de Rust como “gesto de buena voluntad”, dos meses después de que Reagan y Gorbachov firmaran el tratado de eliminación de misiles de alcance intermedio. En el juicio, Rust había declarado: “No soy un espía ni un hombre de negocios ni un aventurero. Viajé hasta aquí por motivos personales. Mejor dicho, volé hasta aquí”.

El regreso a la entonces Alemania Occidental fue con cámaras. Rust no habló con ningún periodista: su familia había vendido los derechos exclusivos a la revista Stern por 100.000 marcos alemanes. Los periodistas que lo vieron lo describieron como “psicológicamente inestable y peligrosamente desconectado de la realidad”.
Cumplió el servicio comunitario como auxiliar en un hospital. El 24 de noviembre de 1989 apuñaló a una compañera que lo había rechazado. Lo condenaron a dos años y medio y quedó libre a los 15 meses.
En 1994 anunció que volvería a Rusia para visitar un orfanato y desapareció dos años. Circuló el rumor de que había muerto. Estaba vendiendo zapatos en Moscú. En 1996 se convirtió al hinduismo para comprometerse con la hija de un comerciante de té indio. En 2001 fue condenado por robar un pulóver de cachemira. En 2005, otra condena por fraude.

En 2009 se describía como jugador profesional de póker. En 2012 trabajaba como analista en un banco de Zúrich y estudiaba para instructor de yoga. Luego se dedicó a enseñar yoga. Nunca volvió a pilotear un avión.
La avioneta Cessna D-ECJB está expuesta desde 2008 en el Deutsches Technikmuseum de Berlín. En 2022, Estonia inauguró un monumento en la costa norte del país, en el parque de la mansión Saka, exactamente donde Rust entró al espacio aéreo soviético: una pista de hormigón negro de 24 metros que termina en una Plaza Roja simbólica de granito rojo. Recuerda aquel insólito vuelo sucedido hace 39 años.
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