El día que cientos de murciélagos convertidos en bombas incendiarias destruyeron una base aérea de Estados Unidos

Los animales eran parte de un insólito proyecto para crear un arma secreta y utilizarla para quemar ciudades japonesas

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Batbomb murciélagos bomba Segunda Guerra Mundial
El arma nunca llegó a utilizarse contra el enemigo, pero provocó uno de los accidentes más insólitos de la Segunda Guerra Mundial

La utilización de animales como armas de guerra fue uno de los tantos desvelos de los estrategas militares de la antigüedad. El registro más antiguo data de alrededor de 1500 años antes de Cristo, cuando los hititas emplearon conejos para causar bajas entre sus enemigos.

En unas tablillas encontradas en las ruinas de Hattusa se documenta cómo, durante la expansión imperial murieron muchas personas víctimas de la talaremia, conocida como la fiebre de los conejos o la fiebre de las liebres silvestres, una enfermedad causada por la bacteria Francisella tularensis, propagada por conejos enfermos que fueron llevados a territorios enemigos para que contagiaran a soldados y civiles sin distinción.

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Otro caso, muy poco documentado pero que algunos historiadores consideran probable, fue la utilización de tarántulas por parte de Pirro, rey de Epiro, un reino helénico del siglo II antes de Cristo ubicado en la región montañosa de lo que hoy es el norte y el oeste de Grecia.

La historia cuenta que luego de una feroz batalla contra los romanos, donde perdió casi todo su ejército (de allí la expresión “victoria pírrica), Pirro regresó a Epiro dispuesto a vengarse de sus enemigos. Lo hizo enviando a centenares de agentes que llevaban arañas venenosas hacia distintas ciudades del imperio romano, entre ellas Taraento, que se vio prácticamente invadida por esos arácnidos, cuyas picaduras provocan, entre otros síntomas, temblores incontrolables en las piernas. El veneno, en no pocos casos, resulta mortal.

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De esos movimientos provocados por el veneno proviene el nombre del baile tradicional italiano conocido como “la tarantela”, ya que se creía que moverse “alocadamente” limitaba el dolor y contrarrestaba los efectos de la picadura.

Murciélagos bomba

Para el siglo XX, más allá de la utilización de “palomas espías” por alemanes y franceses durante la Primera Guerra Mundial, el empleo de animales como armas de guerra parecía haber quedado como una curiosidad en los libros de historia.

Sin embargo, en 1943, a un dentista estadounidense llamado Lytle Schuyler Adams se le ocurrió “inventar” los “murciélagos incendiarios” para atacar a los japoneses e inició, con el inexplicable apoyo del presidente Frankin Delano Roosevelt, uno de los proyectos armamentísticos más delirantes de la Segunda Guerra Mundial.

Batbomb murciélagos bomba Segunda Guerra Mundial
El 15 de mayo de 1943, en la base aérea auxiliar de Carlsbad, en Nuevo México, un extraño dispositivo ultrasecreto llamado Batbomb se activó por accidente

El arma nunca llegó a utilizarse contra el enemigo, pero provocó uno de los accidentes más insólitos de la Segunda Guerra Mundial en territorio norteamericano.

Incendio en una base aérea

El 15 de mayo de 1943, en la base aérea auxiliar de Carlsbad, en Nuevo México, un extraño dispositivo ultrasecreto llamado Batbomb se activó por accidente y liberó su insólito contenido: centenares de pequeños murciélagos que salieron volando y buscaron refugio en cuanto recoveco encontraron en los terrenos de la instalación militar de la Fuerza Aérea.

Se metieron en aleros, techos, chimeneas y, también, debajo de los enormes tanques que almacenaban el combustible para los aviones. Poco después, uno de esos depósitos comenzó a arder, luego otro y otro más, mientras el fuego se iba extendiendo hasta convertirse en un enorme incendio que devoró un hangar, las barracas de la tropa, la cabina de radio y varios edificios. En menos de una hora casi todas las instalaciones quedaron arrasadas.

El fuego lo habían iniciado unos murciélagos que un extraño grupo de civiles que trabajaba para la Fuerza Aérea estaba probando como armas incendiarias. Cada uno de los animales voladores estaba equipado con un compuesto ígneo pegajoso y de combustión lenta que todavía no se llamaba napalm y un temporizador para encenderlo.

La idea era cargar miles de esas Batbomb – cada una de ellas con un centenar de murciélagos incendiarios adentro – en los bombarderos y lanzarlas en paracaídas sobre los blancos. A determinada altura, las Batbombs se abrirían para dejar en libertad a los bichos voladores, que instintivamente buscarían refugio en árboles y casas. Pasado un tiempo, el temporizador encendería el napalm y el fuego quemaría los “blancos”: las típicas casas japonesas construidas con bambú, madera y papel, materiales fácilmente inflamables.

Que los murciélagos murieran carbonizados al cumplir su involuntaria misión y que las casas no fueran instalaciones militares sino viviendas civiles eran simples detalles, porque de lo que se trataba era de sembrar el terror en las ciudades del imperio nipón.

Debido a su magnitud, el incendio de la base auxiliar de Carlsbad no pasó inadvertido y la Fuerza Aérea se vio en la obligación de dar una explicación. En un comunicado de prensa se informó que el fuego se había iniciado “por accidente” sin precisar la causa. Lo fundamental era preservar el secreto del proyecto que, además, había salido de las mismísimas entrañas de la Casa Blanca con una orden directa del presidente Roosevelt.

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Debido a su magnitud, el incendio de la base auxiliar de Carlsbad no pasó inadvertido y la Fuerza Aérea se vio en la obligación de dar una explicación

Un dentista indignado

Lo más extraño del caso fue que el plan de utilizar murciélagos como armas incendiarias vivientes no había salido de la mente de un estratega militar o de un ingeniero en armas sino de la cabeza de un cirujano dentista que estaba indignado por el bombardeo japonés sobre Pearl Harbor, el doctor Lytle Schuyler Adams.

El hombre había visitado durante sus vacaciones el Parque Nacional de las Cavernas de Carlsbad, con sus famosas cuevas de estalactitas, hogar de más de un millón de murciélagos, cuya salida nocturna para cazar era – y es – un espectáculo impresionante. El doctor Adams había salido maravillado de la experiencia.

Después del bombardeo japonés en el Pacífico que provocó la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, el recuerdo de los murciélagos volando en la noche resurgió en la mente del doctor Adams, pero ya no como un fenómeno natural digno de admiración sino como posible arma de guerra.

Estaba impactado por la fuerza de los murciélagos – es decir, que podían cargar algún peso en su vuelo - y sabía que se posaban antes del amanecer. También sabía que la mayoría de los edificios de Tokio estaban construidos de madera en lugar de hormigón. Pensó entonces que, si se podían adosar elementos incendiarios de liberación prolongada a los murciélagos, se podría dejar caer algún tipo de contenedor con ellos sobre Tokio después del anochecer y que los animalitos simplemente buscarían refugio en las casas y quemarían la ciudad por completo.

El plan habría quedado en la nada si el doctor Adams no hubiese tenido la vía para darlo a conocer directamente al presidente. Daba la casualidad de que el cirujano dental era amigo de la primera dama, Eleanor Roosevelt. A través de ella, le hizo llegar al mandatario una carta donde le explicaba el proyecto y le decía, entre otras cosas, que el murciélago podía utilizarse sin ninguna objeción de conciencia porque era la “forma más inferior de vida animal”.

En su explicación al presidente, Adams le daba cuatro razones para elegir a los murciélagos: eran lo suficientemente fuertes como para transportar una carga pequeña; al bajar la temperatura, entraban en hibernación, lo que facilitaría su carga y transporte; durante el día buscaban escondites oscuros, como sótanos y áticos; y, por último, eran fáciles de conseguir.

Roosevelt leyó la carta y la compartió con el zoólogo Donald Griffin, que le aconsejó tomarla en serio. Eso lo decidió y dio la orden de contactar al doctor Adams para poner en marcha su proyecto. “Este hombre no está loco. Parece una idea completamente descabellada, pero vale la pena considerarla”, le dijo a uno de sus asesores. Y no solo aprobó el proyecto: le dio total libertad a Adams para formar su equipo de trabajo.

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Lo más extraño del caso fue que el plan de utilizar murciélagos como armas incendiarias vivientes no había salido de la mente de un estratega militar o de un ingeniero en armas sino de la cabeza de un cirujano dentista

“Amantes de los murciélagos”

El equipo que el doctor Adams formó a discreción para preparar su “arma biológica” en una instalación de la Fuerza Aérea estadounidense era de lo más variopinto: el zoólogo especializado en mamíferos Jack von Bloeker, su asistente, Jack Couffer, un supuesto científico llamado Ozro Wiswell y el ex gánster y actor Tim Holt, quienes al abocarse a la tarea decidieron bautizar al grupo como “Amantes de los Murciélagos”, un nombre bastante contradictorio si se tiene en cuenta que, de acuerdo con el plan, los animales irían directamente a morir.

Antes de realizar las primeras pruebas debieron elegir el tipo de murciélago que iban a utilizar. Después de estudiar varias especies, se decidieron por el murciélago de cola libre brasileño, que podrían conseguir con facilidad en las cuevas del Parque Nacional de Carlsbad.

Al principio pensaron equipar a los animalitos con fósforo blanco, pero por sugerencia del químico Louis Fieser se inclinaron por usar un nuevo compuesto incendiario con el que estaba experimentando y que luego llamaría napalm, que se envasaría en pequeños recipientes de celulosa fácilmente inflamables, llamados “Unidades H-2”. Después de probar diferentes métodos de fijación, se decidió pegar los contenedores al pecho de los murciélagos con un adhesivo fuerte para que no lo perdieran durante el vuelo.

Luego, para llevar a los murciélagos a la zona donde estaban los “blancos” del bombardeo idearon un contenedor de chapa liviana en cuyo interior había 26 bandejas redondas, cada una de 76 centímetros de diámetro, apiladas una encima de otra con un espaciador y conectadas entre sí con cuerdas de 7 centímetros de largo para que, al arrojarlas en paracaídas las bandejas se abrieran como un acordeón y liberaran a los murciélagos.

Cada bandeja albergaba 40 murciélagos en cámaras individuales, lo que daba un total de 1.040 murciélagos por contenedor de transporte. El contenedor de transporte de un metro y medio de largo también estaba equipado con un paracaídas, un dispositivo de apertura barométrica para dejar caer las partes laterales y un pequeño calentador para despertar a los murciélagos de la hibernación antes de caer. A ese extraño dispositivo lo llamaron “Batbomb”.

La operación que diseñaron consistía en llevar las Batbombs a Japón y lanzarlas al amanecer desde 1.200 metros de altura. Al soltarse el paracaídas de freno se abrirían los lados del contenedor y liberarían a los murciélagos, que buscarían refugio con su carga incendiaria en un radio de entre 30 y 60 kilómetros. “Piensen en miles de incendios que estallan simultáneamente en un círculo de cuarenta millas de diámetro por cada bomba lanzada. Japón podría haber quedado devastado, aunque con pequeñas pérdidas de vidas”, decía entusiasmado el doctor Adams y nadie lo contradecía.

Los primeros ensayos los hicieron en terrenos cercanos a la base, liberando murciélagos sin explosivos y todo parecía funcionar bien. Estaban en la etapa de adosarles las bombas explosivas cuando, por un descuido, un centenar de animalitos cargados con bombas de napalm se escaparon y provocaron el incendio del campo de pruebas. Nunca se explicó cómo habían escapado.

Un arma mucho más letal

El “accidente” de la base de Carlsbad fue debidamente encubierto, pero por razones de seguridad en agosto de 1943 el alto mando decidió transferir el equipo de Adams a la Armada, que bautizó el proyecto con el nombre clave de “X-Ray” (rayos X) y siguió realizando las pruebas en la Estación Aérea del Cuerpo de Marines en El Centro, California.

Después de varias pruebas y ajustes operativos, se realizó la prueba final con la “Villa Japonesa”, una réplica de algunas casas de construcción típica, que habían sido armadas por el Servicio de Guerra Química en el sitio de pruebas Dugway Proving Grounds, en Utah. El informe de esa prueba final decía: “A pesar del tamaño extremadamente pequeño de las unidades, se pueden provocar un número razonable de incendios destructivos. La principal ventaja de las unidades parecería ser su colocación dentro de las estructuras enemigas sin el conocimiento del dueño de casa o de los vigilantes del incendio, permitiendo así que el fuego se establezca antes de ser descubierto”.

La conclusión fue que las Batbombs eran más efectivas que las otras bombas incendiarias: “Las bombas normales probablemente causarían de 167 a 400 incendios por carga de bomba, mientras que los Rayos X provocarían entre 3.625 y 4.748 incendios”. Se decidió realizar nuevas las pruebas a mediados de 1944 y luego lanzar el primer bombardeo de murciélagos sobre territorio japonés. El doctor Adams estaba convencido que su invento cambiaría el curso de la guerra, pero nunca pudo ver concretado su sueño, porque al almirante Ernest King canceló el proyecto en junio de ese año.

El militar también filtró la información a la prensa con ayuda del FBI. Adams no recibió ninguna explicación, ni de la suspensión de las pruebas ni de la filtración a la prensa, porque King no podía decirle que lo había hecho para engañar a la inteligencia enemiga y alejarla de un proyecto de arma mucho más letal que las Batbombs que se estaba llevando a cabo en unas instalaciones super secretas de Los Álamos, en Nuevo México: la bomba atómica que menos de un año después destruiría en segundos las ciudades de Hiroshima y Nagasaki.

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