
Aunque por esos días los medios de todo el planeta dedicaban sus principales titulares a las tensiones en Europa por las pretensiones expansionistas de la Alemania nazi, la noticia proveniente de Perú y fechada el 14 de mayo de 1939 llegó a las portadas de casi todos los diarios y causó tanto sorpresa como estupor. La información decía que una niña llamada Lina Medina Vásquez, de solo cinco años, había dado a luz mediante una cesárea a un bebé sano, con un peso de 2,700 kilogramos y 48 centímetros de largo. Se consignaba, también que lo había llamado Gerardo en reconocimiento a uno de los médicos que la asistió.
Las diferentes coberturas sobre el “extraño caso” se enfocaron en presentarlo como un fenómeno de la medicina, un récord mundial, una curiosidad de la naturaleza y, claro, también como un milagro. Muy pocas, en cambio, plantearon lo que era más evidente: que Lina, “la niña-madre” —como de inmediato se la llamó— había sido víctima de un crimen, de un abuso sexual o, para decirlo con todas las letras, de una violación.
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El embarazo y el parto
Lina Medina Vásquez nació en la aldea andina de Antacancha, una localidad remota y aislada del departamento peruano de Huancavelica, el 27 de septiembre de 1933. Era la novena de los hijos de una familia pobre de toda pobreza, que vivía de unos pocos cultivos y de lo que se pudiera hacer. Su vida era como la de cualquier otro chico de la aldea hasta que, cuando tenía 5 años, su vientre comenzó a crecer de manera desmedida.
La primera reacción de su padre, Tiburcio, fue consultar a los chamanes de la aldea por temor a que se tratara de una maldición de un espíritu llamado Apu. Los brujos locales descartaron esa posibilidad y le recomendaron que consultara a un médico porque posiblemente se tratara de un enorme tumor. En Antacancha no había médicos, de modo que Tiburcio cargó a su hija y la llevó hasta la ciudad más cercana que contaba con un hospital, Pisco, a 70 kilómetros, que demoraron dos días en recorrer.
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En el centro médico los atendió el doctor Gerardo Lozada, que detectó el embarazo de Lina y de inmediato hizo dos cosas: llamó a Lima para pedir el traslado de la nena a la Maternidad, donde podría ser mejor atendida en el momento de dar a luz, y también llamó a la policía local, que detuvo a Tiburcio bajo la sospecha de violar a su propia hija. Lo liberaron pocos días después.
Lozada viajó con Lina a la capital y, convertido en su médico de cabecera, siguió todo el proceso con los profesionales de la Maternidad. Luego de someterla a varios estudios, pudieron determinar que había comenzado a menstruar cuando tenía apenas 2 años y 8 meses, y que había quedado embarazada a los 4 años y 8 meses. Se trataba de un caso extremo de una afección infantil conocida como pubertad precoz.
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Los médicos descartaron la posibilidad de que la niña pudiera dar a luz en un parto normal y decidieron practicarle una cesárea, que estuvo a cargo del propio doctor Lozada y su colega Rolando Colareta Landa, que se hizo cargo de la anestesia. Así, el 14 de mayo de 1939, Lina alumbró a su hijo varón, que nació sano, con estatura y peso dentro de los parámetros normales. La niña-madre tenía 5 años, 7 meses y 21 días de edad.
A todo esto, Tiburcio había quedado libre porque la policía no había podido probar que fuera el violador y las sospechas apuntaban a uno de los hermanos mayores de Lina que sufría un retraso mental. Poco después el caso fue archivado y nunca se supo quién fue el violador y padre biológico del bebé.
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El circo y el abandono
La noticia de la niña-madre y el nacimiento de su hijo Gerardo recorrió el mundo y tuvo amplia cobertura en diarios como Los Angeles Times y The New York Times. Casi todos los medios encararon la historia contando la vida de Lina y se centraron en las explicaciones científicas del caso, pero en algunos diarios y revistas sensacionalistas se describió a la niña como una suerte de Virgen María que, de acuerdo con algunas leyendas incaicas, había dado a luz al “hijo del dios Sol”.
También hubo quienes quisieron montar un circo, mostrando a Lina y a Gerardo como dos freaks. La oferta más fuerte vino de los organizadores de la Feria Mundial de Nueva York, que invitaron a la familia completa a viajar con todos los gastos pagos a Estados Unidos a cambió de que la niña-madre y su bebé fueran exhibidos al público. Los padres de Lina rechazaron la propuesta sin dar razones.
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En noviembre de 1939, The New York Times informó que el subdirector general de sanidad pública del Servicio de Salud Pública de Estados Unidos examinó a Lina durante su estancia en Perú y que “no cabía duda de la autenticidad del caso, que describió como lo más asombroso de su carrera como médico”. Según la crónica, el funcionario aseguró que la niña estaba más interesada en jugar con su muñeca que en su propio hijo.
Llegaron también propuestas de otro tipo para que viajaran al exterior, no para mostrar a madre e hijo como fenómenos de circo sino para utilizarlos como objetos de estudio. Un empresario estadounidense les ofreció 5.000 dólares de adelanto y la creación de un fondo que les asegurara el bienestar por el resto de sus vidas si viajaban al país del norte para ser investigados por un grupo de científicos.
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En este caso, la familia Medina aceptó, pero el Gobierno peruano se opuso mediante un decreto que fundamentaba la decisión en que Lina y Gerardo estaban ante un “peligro moral”, sin explicar de qué se trataba esa fórmula. Al mismo tiempo, el presidente Óscar Benavidez anunció la creación de una comisión especial para protegerlos y a la vez evitar que se concretara cualquier otra oferta desde el exterior. Además, les prometió a Lina y a su hijo cuidados médicos gratuitos y una pensión de por vida de la que nunca recibieron un centavo.
Durante los once meses que estuvieron internados en la Maternidad de Lima Lina y su hijo estuvieron en el foco de la atención pública. Funcionarios, diplomáticos y políticos y los visitaban y les hacían regalos, aprovechando la oportunidad para sacarse fotos que luego distribuían en los medios. Sin embargo, poco después de ser dados de alta, la niña-madre y su hijo pasaron al olvido. Ni la prensa y ni el Gobierno volvieron a ocuparse de ellos.
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La vida después
Lina fue llevada de regreso a Antacancha, donde Gerardo creció sus primeros años creyendo que era el décimo hijo de Tiburcio y su mujer, es decir, de sus abuelos. Recién cuando cumplió los 10 le revelaron la verdad. Así supo que a quien consideraba su hermana de 15 años era en realidad su madre. No se sabe cómo le afectó esa revelación, tanto Lina como Gerardo nunca hablaron públicamente de las historias de sus vidas.
Se sabe en cambio que Lina estudió Taquigrafía en Pisco, donde se convirtió en secretaria del doctor Gerardo Lozada, que prácticamente la adoptó como una hija propia. El médico también se ocupó de pagar la educación de Gerardo. Lina y su hijo vivieron bajo la protección de Lozada hasta que este murió a principios de la década de los ’60. Luego de la muerte de su tutor, Lina se fue a vivir a Lima con Gerardo. Allí conoció a Raúl Jurado, con quien se casó poco después de cumplir 33 años. La pareja se fue a vivir al barrio Chicago Chico de la capital peruana, donde nació su único hijo en 1972.
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Poco se sabe de la vida de Gerardo Molina, que murió en 1979, a los 40 años, debido a una enfermedad de la médula ósea. Con su esposo, Lina continuó su vida y juntos lograron construir una casa que en la década de los ochenta tuvo que ser demolida para la construcción de una autopista. Se la expropiaron sin pagarles ninguna indemnización. Raúl Jurado murió en 2008 y Lina no volvió a casarse.
Para esa misma época, el ginecólogo peruano José Sandoval, se interesó por el caso de Lina y lo investigó para escribir su libro Madre a los cinco años. Entrevistó a familiares y antiguos vecinos de Lina, revisó archivos médicos y reconstruyó la historia de la niña-madre y su hijo, pero no logró que Lina lo recibiera. Fiel a su costumbre, no quiso hablar del tema. Aún así, Sandoval decidió ocuparse de la olvidada pensión de por vida que el expresidente Benavides había decretado para Lina y Gerardo y le exigió al Gobierno peruano que pagara la deuda que tenía con ella. Nunca obtuvo respuesta.
Cuando se cumplen 87 años del día en que dio a luz a Gerardo siendo apenas una nena de 5, no se sabe si Lina Medina esta viva o muerta. Como tampoco se supo nunca el nombre de quien la violó y la convirtió en “la niña-madre”, un crimen que quedó impune.
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