
La escultura de Roberto Rosas volverá a abrirse al público en el Hospital de Emergencias Clemente Álvarez de Rosario con una visita guiada por personas mayores, después de que su familia advirtiera que incluso referentes culturales desconocían la existencia de la obra. La actividad buscará ampliar el acceso a El sol en el maizal, una pieza de hierro forjado integrada al oratorio del hospital municipal.
Fabiana Maza, esposa del escultor y responsable junto a su hija del resguardo de su legado, contó a Infobae que intentó ingresar al oratorio durante una visita a Rosario en febrero, pero no pudo hacerlo. También recibió comentarios de personas que creían que el espacio permanecía cerrado. La obra instalada en el HECA mide 9 metros de ancho por 5 metros de alto y es una de las dos producciones de mayor escala realizadas por Rosas. Debido a sus dimensiones, fue enviada a Rosario en partes y ensamblada dentro del edificio.
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La escultura fue encargada en 2001 durante la intendencia de Hermes Binner y su producción comenzó en 2003. La iniciativa formó parte de una política municipal que incorporaba arte a los edificios públicos de salud como un elemento de humanización de esos ámbitos.

La convocatoria será hoy, lunes 2 de noviembre, a las 18 h, en el oratorio ubicado en avenida Pellegrini 3.205, con entrada gratuita y como parte de la Semana del Arte.
Guías por un día es una iniciativa de la Municipalidad de Rosario y la Universidad Nacional de Rosario que forma a personas mayores como mediadoras de diez espacios culturales. El programa integra Museos Más Abiertos y articula el trabajo de la Secretaría de Cultura y Educación, la Dirección de Adultos Mayores y el Programa Universidad Abierta para Personas Mayores.
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La obra y su historia, contada por Fabiana Maza
—¿Cómo recibiste el llamado desde Rosario? ¿Cómo nació esto de volver a poner en recirculación la obra?
—Hace 11 años falleció Roberto y, desde entonces, con Paloma, que es la hija de Roberto, estamos con el resguardo de todo su legado. Queremos que su casa-taller permanezca como él quería: abierta para la gente y con sus obras expuestas. Esa fue una obsesión de Roberto toda su vida.
A lo largo de estos años hemos tratado de preservar el taller y su obra. No es una tarea fácil: estamos en Argentina y especialmente en Mendoza, donde el tema del arte no es prioritario para nada. Una de las angustias de Roberto en vida siempre fue pensar qué pasaba con la obra cuando el artista ya no estaba, que no fuera una carga para los herederos. Esa obsesión se trasladó un poco a mí.
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Desde 2022 trabajamos mucho con turismo internacional. Una de las visitas que hacemos, aparte del taller, es ver las obras de Roberto en los espacios públicos. Acá en Mendoza hay muchas obras suyas, muy grandes, pero tengo el problema de que no tienen cartel ni título. Con la fundación tratamos de administrar todo eso.

Al ver cómo se sorprende la gente con la obra de Roberto, recordaba que la obra más grande de Rosas está en Rosario. Mide nueve metros de ancho por cinco metros veinte de alto. Más que una obra, es un monumento.
Yo sabía que estaba en un oratorio del hospital. Como soy de esa zona de Rosario, estuve en el hospital en febrero, pero no me permitieron entrar al oratorio. Ya había recibido comentarios de gente que decía que el lugar estaba cerrado.
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Roberto se obsesionaba con que la obra debía mostrarse y que la gente tenía que tener acceso al trabajo de un artista. Entonces me puse en campaña para ver con quién podía hablar y de qué manera podíamos hacer que esa obra fuera pública, más masiva de lo que es ahora.
Ulpiano Suárez, intendente de Mendoza, vino al taller y me dijo: “Yo conozco al intendente de Rosario, te voy a poner en contacto”. A partir de ahí fue mágico.
—Para ponerlo en dimensión, ¿cómo definirías la obra de Roberto? Sé que le decían ‘El herrero mágico’... ¿Cómo lo definirías?
—El herrero mágico, el domador de metales. Era un hombre que decía: “Pobre metal, hago lo que se me da la gana con el metal. Cualquier idea que ande por mi cabeza puede ser transformada en una escultura”. Era un trabajador del metal, un obrero del metal, obsesionado con hacer y mostrar. Eso es lo que veo diferente en Roberto respecto de otros artistas: esa obsesión.
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Su taller tiene 1.200 metros y hay 300 m con vista a la calle. Vos, desde la vereda, ya podés ver lo que hacía Roberto, donde están las obras monumentales. Le encantaba hacer obras grandes, aunque era muy ermitaño, muy de Mendoza, de no trasladarse.

Por este taller pasaron muchos grandes: Carlos Alonso, Julio Le Parc, Oswaldo Guayasamín. Hay videos porque documentó su vida. Se hacía filmar mucho, por eso para mí es fácil hablar: solamente repito lo que él decía.
Hay más de 1.000 obras de Roberto en el mundo y acá en el taller no hay más de 70. Están distribuidas por todos lados. Preservar la obra de un artista no es tarea sencilla.
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Roberto decía que en una habitación se pueden guardar hasta 500 cuadros, pero no más de tres o cuatro esculturas suyas. Tenía ese grado de obsesión de pensar: “¿Qué pasa con mi obra cuando yo no esté? Quiero que esto trascienda”. Es una carga pesada, pero creo que lo estamos logrando.
—¿Cómo surgió la obra para el HECA y qué importancia tuvo la mirada de Hermes Binner, como médico, sobre el arte en un espacio público de salud?
—Roberto conocía a Hermes Binner desde hacía más de 25 años, porque expuso muchísimo en Rosario. Hay más de 300 obras vendidas en la ciudad. En 1999, Roberto fue a dar un taller de escultura a los Balcones del Parque España, creo que se llamaba así. Cuando se proyectó el HECA, había un espacio, una vidriera de vidrio, que no sabían bien qué hacer.
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Roberto decía que la obra del maizal podía describirse como un dibujo escultórico en el espacio, porque era muy difícil y él quería que entrara toda la luz. Diagramó ese abanico que contiene al maizal, que es el alimento latinoamericano, y al sol, que es algo fundamental y de culto para todos los pueblos.

Hizo una integración del paisaje: una combinación entre arte, arquitectura y naturaleza. Creo que cumplió uno de sus sueños.
Hay un video de 1993 en el que Roberto habla de dos cosas que logró. Una fue hacer un gran espantahombres, una escultura de 5,5 metros llamada Gran hombre en construcción, que inauguró el mismo día que inauguró el maizal en Mendoza, en 2004.
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Otro de sus grandes proyectos era hacer el Arco de Triunfo de la Naturaleza. Hablaba de eso en 1993. A su manera, lo hizo cuando creó el sol en el maizal.
Por eso, para mí es tan importante ir y volver a verlo. Lo vimos en 2007. La idea comenzó en 2001, cuando empezaron a hacer los bocetos y nos mandaban fotos. Roberto la terminó en 2004, comenzó a mandarla y creo que en 2007 se inauguró definitivamente. Desde entonces no la vimos más.
Los últimos años y la fundación del legado
—Va a ser todo un reencuentro. Qué emoción…
—También hay que agradecerles a las autoridades. El tema de la cultura es muy difícil. No se logra hacer hincapié en que el arte es sinónimo de turismo y de comercio. No hay que tenerle miedo. La gente viene a buscar a la Argentina o a Mendoza el arte de los artistas que vivían acá, que eran de Mendoza. A veces no se entiende que hay que preparar, acompañar y difundir al artista y su obra. En Rosario, con lo que veo que hacen con la Semana del Arte, uno se siente agradecido de que le den importancia al trabajo del artista.
—¿Conocías el programa Guías por un día, en el que personas mayores acompañan al público en recorridos por espacios de la ciudad? ¿Qué te parece esa propuesta?
—Fantástico. Es la llegada del arte a la gente común, como decía Roberto. El arte tiene que estar al alcance de la gente. Si bien no es masivo y no todo el mundo se interesa por el arte, hay que presentárselo en buena forma, bien hecho y con conciencia. La gente está ávida de conocer lo que hace el artista. Me encanta.

—Contame cómo fue la vida de Roberto en sus últimos años y cómo surgió la idea de crear la fundación, esta idea del legado.
—En 1999, Roberto estaba creando la Fundación Rosas para la Escultura. Yo no conocía a Roberto, no sabía nada de arte, pero tenía que firmar el acta constitutiva y ahí lo conocí.
Era un tipo muy ermitaño. Con Paloma no vivíamos con él porque había que aguantar el mundo de Roberto. Era muy distinto al nuestro. Tenía su música clásica, su televisor para ver sus películas, y cada vez que llegabas al taller tenías que bajar un cambio; si no, no entrabas.
Él decía que en ese taller había aprendido a dominar sus demonios, aunque siempre estaba dispuesto al combate. ¿En qué sentido? En defender la naturaleza. Era un defensor absoluto del medio ambiente, muy adelantado en cuanto a la temática de su obra.

Era obsesivo con su arte. Muchas veces yo me enojaba porque no quería que vendiera alguna escultura que me gustaba, y él me decía: “Vamos, yo vivo de esto”. Vendía una escultura y lo primero que decía era: “Che, voy a construir. Construyo, construyo”. Era absolutamente obsesivo.
Los últimos años fueron difíciles. Fue coherente hasta en eso. Cuando Paloma era bebé, en un reportaje del diario Los Andes, había dicho que estaba seguro de que, cuando se diera cuenta de que no iba a poder trabajar más, no iba a querer seguir viviendo.
No contaba con que iba a tener una nena tan chiquita. El último año aguantó por Paloma, porque se deprimió absolutamente. No podía ir a trabajar. Trabajar con hierro requiere mucha fuerza, y la soldadura afecta los ojos. Se nos deprimió porque vivía para su trabajo y su arte. Era un adelantado, sinceramente.

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