
Vivimos más. Mucho más. Y esa debería ser una de las grandes noticias de la humanidad. Muchas veces la contamos como si fuera un problema.
Problema para la salud. Problema para las jubilaciones. Problema para las familias. Problema para las empresas. Problema para los estados.
Sí: hay desafíos, sobre todo porque la longevidad crece al mismo tiempo que cae la natalidad. Pero mirar solo esa cara de la moneda es quedarse corto. La longevidad no es únicamente una carga que administrar. Es también una oportunidad histórica para crear servicios, trabajos, mercados y, sobre todo, rediseñar el mundo en el que vamos a envejecer.
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De eso trata la economía plateada.
No de “venderle cosas a los viejos, que son cada vez más”. Hablamos del movimiento económico, social y cultural que surge cuando una población vive más tiempo, consume más tiempo, trabaja más tiempo, aprende más tiempo, cuida y necesita ser cuidada durante más tiempo.
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“La longevidad exige repensar productos, servicios, ciudades, cuidados y empleos para que la vida larga no sea solo más tiempo, sino más participación.”
Hablamos, también, de algo más: cómo hacer que los años que ganamos también tengan calidad de vida.
Una oportunidad brillante y plateada. Como nuestras canas.
Según Oxford Economics, la economía plateada reúne toda la actividad económica que surge de la transición demográfica. No hablamos de un nicho ni de un grupo marginal. Hablamos de una reconfiguración del mercado en la que las personas 60+ ocupan un lugar cada vez más central.
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América Latina envejece rápido y no está preparada
América Latina y el Caribe es una de las regiones que envejece con mayor velocidad. El BID estima que para 2050 más de una de cada cuatro personas de la región tendrá más de 60 años. Hacia 2090, podría convertirse en la región con mayor proporción de adultos mayores del mundo.
“El BID estima que para 2050 más de una de cada cuatro personas de la región tendrá más de 60 años.”
El dato impresiona. Pero la velocidad impresiona más.
Europa tuvo décadas para adaptarse. Nosotros vamos a tener mucho menos tiempo y dificultades extra: no es lo mismo envejecer en una sociedad con transporte accesible, salud integrada, ciudades caminables, hogares adaptados y redes de cuidado que hacerlo en una región donde muchas personas llegan a la vejez con ingresos bajos, trayectorias laborales fragmentadas y familias cada vez más chicas.
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Por eso, hablar de economía plateada en América Latina no puede ser solo hablar de negocios. Tiene que ser también hablar de inclusión, bienestar, autonomía, cuidado, dignidad y políticas públicas.
El sector privado tiene un rol. El Estado también. Las universidades, los emprendedores, las organizaciones sociales, los medios, las marcas.
La transición demográfica no es algo que “les pasa” a los mayores. Nos pasa a todos como sociedad.
No existe el “consumidor silver”
En marketing se habla mucho del “segmento senior”, del “consumidor silver”, del “target mayor”. Como si todos los 60+ fueran parecidos.
Error. No existe el consumidor silver.
No es lo mismo tener 52 que 78. No es lo mismo vivir solo que cuidar a una pareja dependiente. No es lo mismo tener una jubilación cómoda que necesitar seguir generando ingresos. No es lo mismo entrenar para una maratón que necesitar un andador. No es lo mismo tener un título universitario que no haber terminado la secundaria.
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Dentro del universo 60+ conviven realidades económicas, geográficas, educativas, familiares, corporales y emocionales completamente distintas. Hay autonomía, fragilidad, deseo, enfermedad, proyectos, soledad, reinvención.
La heterogeneidad es la regla.
Por eso la economía plateada no debería pensarse como un segmento, sino como un gran mercado atravesado por múltiples variables, necesidades y expectativas.
Y hay algo más: el destinatario no siempre es solo la persona mayor. También están las familias, que muchas veces toman decisiones, buscan servicios, organizan logísticas, comparan opciones, pagan, acompañan. Y están los cuidadores, un grupo en crecimiento y en su mayoría compuesto por mujeres, que sostiene en lo cotidiano una parte de la vida de otros.
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Pensar economía plateada es pensar un ecosistema. No una góndola.
De la autonomía a la fragilidad: no todos necesitamos lo mismo
Cuando desde mi trabajo abordo el mercado con más precisión, distingo tres grandes tipos de demanda y oportunidad.

La primera tiene que ver con estilos de vida: turismo, ocio, bienestar, aprendizaje, cultura, entretenimiento, actividad física, sexualidad, belleza, alimentación, tecnología. Personas autónomas que no necesariamente “necesitan” algo por una limitación, pero que están en otra etapa vital y buscan propuestas que dialoguen con ese momento: la madurez.
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Muchas tienen más tiempo. Algunas tienen más presupuesto disponible porque ya no cargan con gastos de crianza. Otras no. Pero todas necesitan algo igual de poderoso: espacios donde disfrutar, aprender, encontrarse, circular y pertenecer.
No es casual que Islas Canarias haya decidido posicionarse como destino silver, apoyándose en su clima, su estilo de vida amable y la promesa de seguridad personal y sanitaria para los 60+ que buscan escapar del frío invierno europeo.
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La segunda demanda/oportunidad aparece cuando necesitamos adaptar el entorno para seguir participando. Acá entran productos y servicios que compensan la pérdida de alguna funcionalidad y permiten sostener autonomía: bastones, audífonos, lentes, lubricantes, paños absorbentes, rampas, interfaces simples, botones visibles, viviendas accesibles, experiencias de atención diseñadas para el cliente o paciente mayor.

Para muchas personas, incorporar estos apoyos conlleva una herida narcisista. Es una marca del paso del tiempo. Una prueba de que algo que antes se hacía sin ayuda ahora requiere una herramienta.
Pero propongo cambiar la mirada: no son símbolos de derrota. Son tecnologías de participación.
Vodafone en el Reino Unido entendió algo de esto cuando creó un call center exclusivo para personas mayores de 70 años. Detectó que muchos clientes necesitaban otro tipo de atención: más tiempo, más paciencia, protocolos específicos. En lugar de medir solo rapidez, empezó a valorar amabilidad y empatía.
Eso no es caridad. Es experiencia. Es negocio.
La tercera demanda/oportunidad tiene que ver con cuidados de largo plazo y dependencia. Y acá entramos en uno de los temas más urgentes de las próximas décadas.
Más longevidad también significa más cronicidad, más años conviviendo con enfermedades, más necesidad de apoyos. Al mismo tiempo, las familias son más chicas y hay más mujeres trabajando fuera del hogar. Traducido: el viejo modelo de “la familia se arregla” ya no alcanza.
Además, seamos honestos: muchas veces “la familia” quiere decir una mujer cuidando gratis, sin descanso y sin reconocimiento.
El futuro del cuidado necesita dos cosas a la vez: trabajo humano capacitado y tecnología. Presencia y escala. Sensibilidad y datos. Profesionalización y acceso.
El age-tech —la tecnología aplicada al envejecimiento— puede ayudar a que muchas personas sigan viviendo en sus casas con más seguridad y autonomía: botones de asistencia, detección de caídas, monitoreo de signos vitales, teleasistencia, geolocalización, seguimiento preventivo, robots con IA y wearables.
“El futuro del cuidado combina tecnología con toque humano. Y ahí hay un enorme campo de innovación, creación de empleo y formación.”
Pero cuidado con enamorarnos de la app. No todo se automatiza. El cuidado no puede ser solo un dispositivo.
El futuro del cuidado combina tecnología con toque humano. Y ahí hay un enorme campo de innovación, creación de empleo y formación. Según proyecciones del BID, la demanda de empleo en el sector se multiplicará y requerirá 14 millones de cuidadores de larga duración para 2050, casi cinco veces la fuerza laboral actual.
La gran oportunidad está ahí: profesionalizar y formalizar un sector hoy precarizado y feminizado. Generar mejor empleo y más cuidados.
El entorno determina
En un mundo donde ya hay más personas mayores de 65 años que niños menores de cinco, urge repensar nuestras casas, veredas, transportes, hospitales, bancos, interfaces digitales, experiencias de compra y espacios públicos.

Diseñar para la longevidad no es diseñar “solo para viejos”. Es diseñar para la vida real.
Si para envejecer bien necesitamos participar, repensar ciudades que no sean hostiles con las personas mayores es prioritario. Si no, estamos condenados al encierro.
Proyectar ciudades amigables con el envejecimiento es repensar el urbanismo desde la empatía: crear entornos donde podamos disfrutar de una vida plena, autónoma y conectada a cualquier edad. Una iniciativa de la OMS propone, en lugar de aislar la longevidad, transformar el espacio público en un motor de vitalidad: plazas con bancos cómodos e iluminación segura, veredas niveladas que invitan a caminar, transporte público accesible que conecta barrios y espacios culturales donde distintas generaciones se encuentran.
Llevar adelante estas transformaciones urbanas mejorará la vida de las personas mayores, pero también demandará obra pública, empleo y movimiento económico.
La oportunidad real: crear el mundo que vamos a necesitar
Vivir más es una buena noticia. Pero vivir más no garantiza, por sí solo, vivir mejor. Eso hay que imaginarlo e implementarlo, hacer que suceda.
La economía plateada es un motor enorme de crecimiento, empleo e innovación. Pero su potencia más interesante no está solo en abrir nuevos mercados. Está en crear soluciones para que más personas puedan seguir participando durante más tiempo.
Seguir aprendiendo. Seguir trabajando. Seguir deseando. Seguir cuidando y siendo cuidados. Seguir moviéndonos por ciudades que no nos expulsen. Seguir usando productos que no nos traten como incapaces. No se trata de hacer un mundo “para mayores”. Se trata de hacer un mundo mejor diseñado para todos.
Porque, por primera vez en la historia, casi todos vamos a envejecer. Y quizás esa sea la idea más simple y más provocadora de la economía plateada: crear hoy el mundo en el que vamos a querer vivir mañana.
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