
La vida cotidiana en Vineland, Dowagiac y Lowell cambió con la llegada de enormes instalaciones digitales. La construcción y expansión de estos complejos, esenciales para el desarrollo de la inteligencia artificial, generó un conflicto inesperado: vecinos denuncian que el funcionamiento ininterrumpido provoca molestias sonoras, afecta la salud y deprecia el valor de las viviendas, a pesar de que las empresas aseguran respetar los límites legales de ruido y las normas de uso del suelo.
El fenómeno, analizado por The New York Times, expone un desafío para la regulación y el bienestar en comunidades sometidas a la presión del crecimiento tecnológico.
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Un problema que crece con la expansión digital
Estados Unidos alberga más de 3.000 instalaciones de procesamiento y almacenamiento de datos en funcionamiento y supera las 1.500 en desarrollo, según un análisis del Pew Research Center citado por The New York Times. El estudio revela que casi el 40% de los hogares del país se encuentra a menos de ocho kilómetros (cinco millas) de al menos uno de estos complejos.
El motor de esta expansión es la demanda creciente de potencia computacional para el desarrollo de la inteligencia artificial y otros servicios digitales. Estas instalaciones requieren miles de servidores y componentes electrónicos, que generan grandes cantidades de calor.
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Para evitar el sobrecalentamiento, las empresas recurren a ventiladores industriales de gran potencia y, en muchos casos, a generadores diésel, debido a que el suministro eléctrico local no siempre cubre la demanda.
Ruido y vibraciones: el impacto en la vida diaria
El principal reclamo de los habitantes de Vineland, Dowagiac y Lowell se centra en el ruido constante y las vibraciones de baja frecuencia que emiten estas instalaciones. Los testimonios recogidos por The New York Times describen una experiencia que va más allá de la simple contaminación acústica: en ocasiones, el sonido es imperceptible, pero las vibraciones se sienten como una presión persistente en el cuerpo, similar al retumbar de un bombo en un concierto.
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Entre los efectos señalados por los vecinos se encuentran:
- Privación crónica de sueño
- Insomnio
- Dolores de cabeza
- Presión en el oído interno
- Ansiedad
Scott Hamilton, miembro de la Acoustical Society of America y consultor en proyectos de infraestructura tecnológica, explicó al medio estadounidense que parte del problema se debe a la presencia de infrasonidos: ondas sonoras de frecuencia ultrabaja que no pueden oírse, pero sí sentirse. Este fenómeno resulta difícil de mitigar, ya que los métodos tradicionales de medición y aislamiento acústico no contemplan estos rangos.
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Richard Neitzel, profesor de ciencias de la salud ambiental en la Universidad de Michigan, advirtió en diálogo con The New York Times que “el ruido es un riesgo tan grave como la contaminación del aire o del agua”.
Neitzel remarcó que, a diferencia de otras fuentes comunitarias de ruido, como aeropuertos o autopistas, cuyos niveles suelen disminuir durante la noche, las instalaciones tecnológicas mantienen la misma intensidad sonora cuando las personas intentan descansar: “Ahora tienes el mismo nivel de sonido mientras intentas dormir, que es un período mucho más sensible para la recuperación del cuerpo”, puntualizó.
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Demandas y vacíos regulatorios
El avance de estos complejos digitales derivó en la presentación de demandas judiciales en las tres ciudades. Los vecinos sostienen que, aunque las empresas cumplen con las normativas básicas de zonificación y los límites de decibelios, el zumbido permanente y las vibraciones depreciaron sustancialmente el valor de las propiedades y privaron a los residentes del disfrute tranquilo de sus casas. Las demandas buscan compensaciones económicas y la implementación de medidas más estrictas de protección acústica.
La regulación del ruido en Estados Unidos depende mayormente de ordenanzas locales de zonificación, originalmente pensadas para fiestas, animales o trabajos de construcción, no para el funcionamiento industrial continuo de instalaciones tecnológicas.
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A nivel federal, la situación resulta aún más compleja: la administración de Ronald Reagan dejó sin financiación a la Oficina de Control y Reducción del Ruido de la Agencia de Protección Ambiental (EPA) a comienzos de la década de 1980, lo que dejó un vacío en la fiscalización y aplicación de estándares nacionales.
La mayoría de los municipios utiliza la escala de decibelios ponderada A, diseñada para reflejar la audición humana en ambientes silenciosos, que descuenta los sonidos de baja frecuencia como los que emiten estas instalaciones. La escala ponderada C, en cambio, sí puede captar esas frecuencias, pero rara vez se emplea en la regulación local.
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Estrategias de mitigación y respuestas empresariales
En Dowagiac, los residentes conviven con una instalación de 30 megavatios en un predio que antiguamente se usaba para almacenar embarcaciones y vehículos recreativos.
La empresa Alliance Cloud Services adquirió otras 20 hectáreas de terreno boscoso y planea aumentar la capacidad eléctrica a 300 megavatios. Según la compañía, parte de esa extensión funcionará como barrera natural para atenuar el impacto acústico.
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El director ejecutivo de Hyperscale Data, matriz de Alliance, William B. Horne, aseguró que las operaciones respetan los límites municipales de decibelios y que implementarán sistemas para reducir el consumo energético.
Además, ofreció comprar, a valor de mercado, las propiedades de quienes viven junto a la instalación y proporcionar un subsidio para financiar la mudanza.

En Vineland, los propietarios presentaron la demanda en un tribunal federal impulsados, en parte, por el temor a que el ruido aumente con la expansión del campus local.
Stefanie Bartiromo, una de las demandantes, describió el efecto de las salas en funcionamiento: “Hay un ruido constante de maquinaria que se nota más por la noche cuando uno intenta dormir. Suena como un helicóptero que nunca se mueve y a veces como un camión pesado funcionando sin parar”, según consta en la presentación judicial.
La empresa DataOne USA respondió que ya adoptó medidas para reducir el ruido y reiteró su voluntad de continuar ajustando la tecnología durante la ampliación del predio, que cuando esté terminado abarcará más de 240.000 metros cuadrados y demandará 300 megavatios de potencia, suficiente para abastecer una ciudad mediana.

Por su parte, en Lowell, el complejo está ubicado junto a viviendas y espacios recreativos, como un parque y un campo de béisbol.
Markley, la empresa propietaria, informó que el recinto respalda la infraestructura digital de organismos públicos, universidades y hospitales regionales. Se trata de un centro de datos de colocación, donde varias compañías alquilan espacio para sus equipos, a diferencia de los centros hiperescalados construidos para grandes tecnológicas globales.
Diana Streete, vecina de la zona, denunció que el ruido “interfiere regularmente con la capacidad de mi familia para dormir, descansar, relajarse y disfrutar cómodamente de nuestra casa”. Un portavoz de Markley aseguró a The New York Times que los generadores se prueban semanalmente y que el sonido se mantiene dentro de los límites fijados por la normativa.

Innovaciones tecnológicas y desafíos sociales
El sector tecnológico explora alternativas para reducir el impacto acústico. Una de las tendencias es la refrigeración líquida, que permite sumergir los servidores en fluidos no conductores o enfriar los procesadores con placas especiales. Esta técnica puede disminuir el ruido en más de un 50%, aunque su implementación resulta considerablemente más costosa que los sistemas tradicionales.
Les Blomberg, director ejecutivo de Noise Pollution Clearinghouse, remarcó la dificultad de adaptar las regulaciones y los métodos de medición a la nueva realidad. “La huella acústica es de un orden de magnitud completamente distinto”, afirmó citado por The New York Times.
Hamilton agregó que los estándares actuales están pensados para el ciudadano promedio, pero no contemplan la situación de quienes son especialmente sensibles al sonido: “Estas personas experimentan legítimamente el sonido, la vibración y la intensidad que el ser humano promedio considera que no son un problema, y eso las atormenta”.
El avance de la infraestructura digital plantea interrogantes sobre los límites de la convivencia tecnológica y la protección de la vida cotidiana en los barrios residenciales. Las acciones judiciales y los reclamos vecinales exponen un fenómeno en expansión, que desafía tanto a la regulación como a las soluciones técnicas disponibles.
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