
Andrés Iniesta metió “el gol de todos” en el Mundial de 2010. Campeón de la Champions, Liga, Supercopa de España, del Mundo y seleccionado para el Balón de Oro. Tenía lo que todos podrían desear, pero cuando llegaba a casa por la noche solo quería tomarse la pastilla y apagar la mente. “Cuando estaba luchando contra la depresión, mi momento más agradable del día era cuando me tomaba la pastilla y me iba a dormir. Pierdes la alegría de la vida, de todo”, confesó el castellanomanchego. “Abrazaba a mi mujer y era como abrazar a una almohada. No sientes nada”. La imagen del genio tranquilo, querido por todas las aficiones. Nadie sabía por lo que estaba pasando. Pero el caso de Iniesta no es excepcional.
El fútbol profesional se ha construido durante décadas sobre una idea casi mitológica: la del jugador de hierro, invulnerable. Fuerte, competitivo, resistente a la presión, capaz de soportar estadios llenos contra él, las críticas y la exigencia del día a día. Hoy, esa idea llega a su fin.
“Cada vez son más los deportistas que comparten las dificultades emocionales que atraviesan, y eso abre el camino para que otros se abran. Pero esto no significa que hoy haya más problemas que antes, sino que estamos viendo una mayor conciencia y una mayor aceptación. La de que el deportista también puede atravesar momentos malos”, explica Martín Zaidman, psicólogo deportivo, a Infobae.

Una gastroenteritis llamada ansiedad
Corría el año 2008 cuando un jovencísimo Bojan Krkić estaba a punto de debutar con la selección española absoluta. El mundo lo llamaba “el nuevo Messi”. Pero en el vestuario, antes del partido contra Francia, sufrió un ataque de pánico. La versión oficial fue una gastroenteritis. “No podía decir que estaba mal mentalmente. Eso no se hacía”, explicará después.
Esa mentira no solo le dejó sin apoyo, sino que le obligó a mantener una fachada que no era suya. Cuando poco después renunció a la Eurocopa, se dijo que se iba de vacaciones. La reacción fue un linchamiento público.
Pero la verdad es que Bojan convivía con ataques de pánico, mareos constantes y miedo a la exposición. Se retiró con 32 años, 15 después del episodio que marcó su carrera. También ha publicado un libro: Controlar lo incontrolable, donde explica lo que pasaba por su mente cada vez que salía al campo. Hoy trabaja como coordinador del área de fútbol en el FC Barcelona, específicamente en La Masía.

El precio de fallar en público
El fútbol tiene algo que lo hace diferente a casi cualquier otra profesión. Es el deporte más seguido del mundo y el error ocurre ante millones de personas. Y ahora, con el mundo de las redes sociales y las miles de cámaras que hay en cada partido o evento, nunca desaparece. Se repite, se analiza o se convierte en meme. “El nivel de exposición es mucho mayor. Ese contraste entre la crítica feroz y el elogio excesivo puede ser muy difícil de gestionar, sobre todo en futbolistas jóvenes que pasan rápido del anonimato a estar en el centro de la escena”, advierte Zaidman.
Álvaro Morata lo vivió durante años. Confesó momentos de depresión y ataques de pánico que le paralizaban antes de entrenar: “No podía abrocharme las botas. Cuando me las ponía, tenía que irme corriendo a casa porque se me cerraba la garganta y empezaba a ver borroso”, ha dicho el propio futbolista.

Llegó a sentir vergüenza de salir a la calle con sus hijos por los insultos que recibía de los aficionados. Fue capitán de la selección y ha levantado una Eurocopa. Y es que no todos los jugadores reaccionan igual a la presión. “Depende de cómo el jugador interprete la situación. Si la vive como un desafío o como una amenaza. Depende de su personalidad, de sus recursos psicológicos y del apoyo que reciba de sus compañeros, del entrenador o del club”, precisa Zaidman.

Cuando el cuerpo habla
No obstante, a veces el problema no aparece como tristeza, sino que se ve directamente en el césped. Es el caso de Ronald Araújo, central del FC Barcelona, que ha convivido más de un año con ansiedad y depresión. El detonante fue la expulsión en Champions frente al Chelsea en noviembre del año pasado. Esa noche no pudo ni levantarse de la cama. Tuvo que pedir ayuda urgente.
Esta vez, el club respondió de una forma que habría sido impensable hace 15 años: le dio tiempo. Días libres por salud mental. El entrenador Hansi Flick y el director deportivo Deco respaldaron públicamente la pausa. En febrero de 2026, Araújo contó que decenas de jugadores de otros equipos europeos le escribieron para decirle que ellos sentían lo mismo, pero no habían tenido el coraje de parar.
“Las primeras señales suelen aparecer en forma de cambios en el estado de ánimo, irritabilidad, dificultades para dormir, pérdida de disfrute por el deporte o tendencia a aislarse. El problema es que muchas veces pasan desapercibidas porque el jugador sigue compitiendo y cumpliendo con sus obligaciones”, subraya Zaidman a este medio.
El llanto de Huijsen en el Bernabéu
Dean Huijsen tiene 20 años. El Real Madrid lo fichó por 60 millones de euros. Se le conoce como el chill guy, alguien a quien nada parece afectarle. Sin embargo, en un partido en el Santiago Bernabéu, de pronto comete un error que deriva en un penalti. Se escuchan pitos desde la grada cada vez que toca el balón. Y las cámaras le captan llorando mientras juega el partido.
Hay un punto en el que el rendimiento deja de ser solo fútbol. Bajo rendimiento, más presión, peor rendimiento. La espiral tiene una dinámica específica: el jugador deja de jugar para ganar y empieza a jugar para no equivocarse. Ahí se rompe algo esencial. “Lo principal es aceptar lo que está pasando y entender que el bajo rendimiento no define al deportista ni a la persona. Es tan solo un momento que debe atravesar y superar. Muchas veces lo que aparece es el miedo a fallar, a estar más pendiente de no equivocarse que de lo que el juego realmente le pide”, explica Zaidman. Recuperar esa relación natural con el juego es, precisamente, gran parte del trabajo psicológico.
Borja Iglesias llegó a plantearse dejar el fútbol. No por una lesión. Por el odio sistemático que recibía en los estadios por sus posturas públicas. Hoy habla abiertamente de ello. “Siguen siendo pocos los futbolistas que buscan ayuda psicológica cuando atraviesan momentos de malestar. En muchos contextos todavía persiste la idea de que mostrar vulnerabilidad es una señal de debilidad. Incluso la palabra ‘miedo’ es prácticamente innombrable”, dice Zaidman.
La mente también se entrena
Durante años, el fútbol entrenó todo menos eso. Pero ya empieza a cambiar. “Así como se entrena el aspecto físico, también se puede entrenar la preparación mental. Las habilidades psicológicas, la capacidad de atención, el control emocional, la tolerancia al error, la autoconfianza, no solo se pueden, sino que se deben entrenar”, sentencia Zaidman.
Y el verdadero punto de inflexión está en la cantera. “Lo principal es cuidar el disfrute y favorecer una relación sana con el deporte. Los jóvenes necesitan aprender, equivocarse y desarrollarse sin que todo esté condicionado por el resultado”. Porque se puede ganar un Mundial sin estar bien, levantar un título y no querer levantarse de la cama y jugar al máximo nivel con la cabeza al límite.

“Todavía hay clubes que no cuentan con psicólogos deportivos y otros que tienen solo uno o dos para todo el club, incluyendo la cantera y el primer equipo. Con esa estructura es muy difícil poder atender todas las necesidades que pueden aparecer”, comenta Zaidman. El cambio ha empezado. Pero está lejos de completarse.
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