
La larga y variada historia de España ha incluido culturas, comunidades y sociedades muy diferentes, ricas en conocimiento, tradiciones y creencias de lo más variadas. Cada esquina del país tiene sus particularidades, sus fiestas y sus manías, así como sus productos y recetas tradicionales. Aunque con el paso del tiempo hayamos adaptado celebraciones de otros países, como ocurre, por ejemplo, con Halloween, incluso para esta fiesta de origen americano tenemos nuestro propio antecedente.
Mucho antes de que las películas de miedo, el truco o trato y las calabazas con caras llegaran a España, en Galicia ya se celebraba el Samaín, una de las fiestas más antiguas que se conoce vinculada con la tierra y la labranza. Celebrada en la noche del 31 de octubre, esta festividad hace honor a los difuntos y se celebra desde tiempos de los celtas. A nuestros días han llegado las historias místicas que rodean este día, pero también algunas recetas deliciosas que se solían cocinar alrededor de estas fechas.
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Ejemplo de ello son las chulas de calabaza, unas tortitas de calabaza gallegas que se suelen tomar para el Entroido y el Samaín y que se hacen con pocos y sencillos ingredientes: puré de calabaza, harina, azúcar, huevos y poco más. Este delicioso postre es muy fácil de hacer y forma parte del recetario tradicional gallego, al que se le suman otros platos como las filloas, la tarta de Santiago o la bica de trives.
Samaín, la festividad celta de los difuntos
En gaélico, Samhain significa ‘fin del verano’, pues, durante este día, los antiguos celtas celebraban el punto de transición del estío al invierno. Esta celebración milenaria tenía lugar cada año, durante la noche que va del 31 de octubre al 1 de noviembre. El calendario celta dividía el año en dos mitades, la oscura, que comenzaba en octubre, y la clara, que se iniciaba en abril. Con este día, se ponía fin a un ciclo, el de la vida, para iniciar el otro, el de la muerte.
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Pero, además de una fecha de cambio, el Samaín tenía otras implicaciones místicas. Los celtas contaban con muchas creencias religiosas y, creían que, durante esa noche, las almas de los difuntos volvían al mundo de los vivos. Los mortales, entonces, utilizaban máscaras y disfraces con el fin de ahuyentar a los espíritus malignos. Para los que sí eran bien recibidos, dejaban alimentos y regalos en sus puertas. Durante toda la noche del 31 de octubre, en las casas celtas se quedaba el fuego de la chimenea encendido y una silla vacía, para ofrecer hospitalidad al espíritu que viniese a visitar la casa.
Estas creencias son muy similares a las de otras culturas muy distantes, como el Día de Muertos mexicano, donde las familias honran a sus antepasados con diferentes ofrendas. Entre los dulces que se elaboran para celebrar el Samaín y ofrecerse, como señal de respeto, a los difuntos, están las chulas de calabaza, una especie de tortita hecha con una base de puré de calabaza que también se disfruta en otras festividades como el Estroido, una fiesta popular de carnaval en Galicia.
Receta de chulas de calabaza
Tiempo de elaboración: 1 hora y 30 minutos
Raciones: 4 personas
Ingredientes:
- 250 g calabaza
- 100 g harina de trigo
- 2 cucharadas de azúcar
- 3 huevos
- 1 sobre de levadura química en polvo
- Canela
- Aceite de oliva virgen suave o de girasol para freír
- Azúcar para espolvorear
Elaboración:
- Pelamos la calabaza, eliminando la corteza exterior, y la troceamos. Ponemos los trozos en una olla con agua hirviendo y dejamos cocer 40 minutos, hasta que se reblandezca (también podemos hornearla).
- Una vez cocinada, machacamos la calabaza con un tenedor hasta que quede una masa y la pasamos por un escurridor, eliminando toda el agua posible. Queremos que quede seca para que la mezcla no quede aguada.
- Mezclamos el puré de calabaza con los huevos batidos, el azúcar y la pizca de canela. Añadimos poco a poco la harina tamizada y la levadura química. Removemos todo con un tenedor o varilla hasta que quede una mezcla sin grumos. Tapamos con film transparente y dejamos reposar la masa durante media hora.
- Pasado el tiempo de reposo, calentamos abundante aceite de girasol en una sartén. Cuando esté caliente, pero sin humear, comenzamos la fritura. Con una cuchara vamos echando porciones de masa, intentando que nos quede extendida. Dejamos que se haga y doren, por un lado, y le damos la vuelta. Las freímos unos segundos más y las retiramos. Las reservamos en un plato con papel de cocina, para retirar el exceso de aceite.
- Las espolvoreamos con azúcar y las servimos.
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