
En varios momentos de su relato sincero sobre el cuidado de una pareja con trastorno de estrés postraumático, Virginia Eubanks menciona su frustración con memorias similares que terminan en bodas. Este no es uno de esos libros.
Y, por si alguien lo duda, escribirlo no resultó catártico, según cuenta Eubanks en la nota de la autora. La experiencia se pareció más al buceo libre. “Tomé varias respiraciones enormes y me sumergí”, escribe, “siguiendo líneas de anclaje hasta lo más profundo del océano, atmósferas de presión apretando mis órganos y huesos, sin estar siempre segura de tener suficiente oxígeno para volver a la superficie”.
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Dejando de lado el hecho de que Eubanks logra sostener una narrativa de trauma de 384 páginas sin mencionar el poema Diving Into the Wreck de Adrienne Rich, esa fue exactamente la sensación que tuve al leer A Guide to Open Water Lifesaving.
En octubre de 2015, Eubanks se encontraba en una residencia de escritura en los Adirondacks cuando recibió un correo electrónico de J., su pareja desde hacía más de una década, informándole que había sido brutalmente atacado por desconocidos frente a una tienda cerca de su casa en Troy, Nueva York. Posteriormente, J. fue sometido a una cirugía de seis horas para reconstruirle el rostro, un procedimiento ambulatorio que dejó a Eubanks con un sinfín de indicaciones para su cuidado.
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“Puede salirle sangre de los ojos”, advirtieron las enfermeras. Si J. sentía náuseas, le dijeron, “debía cortar los alambres que mantenían su mandíbula unida para que no se ahogara con su propio vómito”.
Eso fue solo el comienzo. En un artículo de 2022 para The New York Times Magazine, Eubanks narró buena parte de las consecuencias: la pareja recibió una factura astronómica —38.962,47 dólares— por la cirugía, a pesar de contar con seguro. Como era de esperar, J. desarrolló un trastorno de estrés postraumático incapacitante, casi paralizante. Dos meses después, volvió a ser atacado, esta vez verbalmente, por “un borracho que no toleraba su ropa no conforme al género”.
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No lo admitieron en un hospital psiquiátrico saturado porque no era suicida ni homicida; después, llegó a ser ambas cosas, siendo la segunda una idea fugaz que aterrorizó a Eubanks. Perdió su trabajo como docente, y Eubanks —periodista de investigación y profesora de ciencias políticas en la Universidad de Albany— tuvo dificultades para concluir sus proyectos de escritura durante su licencia. La relación se deterioró.
Pero Eubanks no podía abandonar a J., aunque hubiera querido, sumida como estaba en un pantano de trámites, terapias, lealtad, historia, sufrimiento y consejos bien intencionados pero en su mayoría inútiles. Especialmente irritante le resultaba el cliché de ponerse primero la mascarilla de oxígeno propia.
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“J. y yo no estábamos sentados uno al lado del otro, abrochados, tomados de la mano, con la mirada fija en un gesto conmovedor mientras nos precipitábamos hacia nuestro destino entrelazado”, escribe Eubanks. Estaban solos en una casa en ruinas, con analgésicos entre los cojines del sofá y ecos de música y comidas compartidas en tiempos más felices. No había mascarillas de oxígeno.
Aquí se percibe de qué está hecha Eubanks, su determinación férrea de resistir. Tomó cursos de navegación en kayak de mar, supervivencia invernal, salvamento, primeros auxilios en zonas silvestres y primeros auxilios en salud mental. Entrevistó a guardabosques, exploradores y, durante una estadía en una abadía benedictina, a monjes.
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Eubanks aplicó lo aprendido —los rescatistas sin entrenamiento pueden agravar una crisis; no dejar que la emergencia marque el ritmo de la respuesta; el apoyo existe aunque no siempre sea visible— para manejar su relación con J., que con el tiempo evolucionó hacia otra cosa. Comparte sus lecciones en un apéndice de letra pequeña que merecería estar en negrita, incluso en mayúsculas.
Al leer la versión impresa del libro, lo que más me interesaba era el desenlace humano: ¿mejoraría J.? ¿Lograría Eubanks apoyarlo sin descuidar su propia salud? Pero tras escuchar el audiolibro, narrado con autoridad por la propia Eubanks, me quedé pensando más en su exploración al aire libre, en la inmensidad del bosque y el cielo. ¿Cómo sería poder valerse por uno mismo en la naturaleza? ¿Por qué de pronto le resultó tan importante aprenderlo?
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Resulta difícil saber si esta memoria llegará a manos de cuidadores exhaustos, exploradores intrépidos o funcionarios con poder para ayudar a los más vulnerables. Pertenece a los tres grupos, aunque cada uno podría discrepar con alguna parte. La experiencia de J. no es universal, ni Eubanks pretende que lo sea. Sus expediciones son más bien modestas, lejos de lo narrado en Into Thin Air o Wild. Sus sueños de apoyo social pueden parecer ingenuos a quienes manejan los presupuestos (o eligen gastarlos en otra parte).
Pero el rigor del relato de Eubanks es innegable. Realmente se sumerge en el naufragio, aplicando el mismo nivel de escrutinio a su propia impaciencia y fastidio que al sufrimiento de J. Allí donde otros memorialistas optarían por elipsis (sexo, burocracia, limpiar un contenedor de compost con larvas), ella enciende su linterna. El resultado es profundamente conmovedor.
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De adolescente, tomé un curso de salvamento en el que aprendí, junto a futuros colegas en una piscina suburbana, a convertir un par de jeans en un dispositivo de flotación. Recuerdo haberme reído mientras soplaba en una pierna de unos Levi’s mojados, preguntándome cuándo me sería útil esa técnica.
Después de absorber y asimilar el libro elegante e informativo de Eubanks, recuerdo la lección que ignoré entonces: a veces hay que salvarse a uno mismo. Hay que estar preparado.
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Fuente: The New York Times
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