En un nuevo episodio de La Fórmula Podcast, el empresario y diseñador Ricky Sarkany repasó los momentos que marcaron su historia personal y profesional. Recordó la llegada de sus padres a la Argentina, después de sobrevivir al Holocausto, las enseñanzas que recibió de ellos y el camino que llevó a su familia a construir una empresa con más de cuatro generaciones de trayectoria. También contó cómo es trabajar junto a sus hijas y qué lugar ocupa el legado familiar en su vida.
Además, recordó a Sofía, su hija mayor, y habló de cómo aprendió a convivir con su ausencia sin dejar de celebrar la vida y los momentos compartidos. Reflexionó sobre la espiritualidad, el propósito, la exigencia personal y la necesidad de recuperar la atención en un mundo atravesado por las redes sociales y la ansiedad. El episodio completo podés escucharlo en Spotify y YouTube.
PUBLICIDAD
Ricky Sarkany es un empresario y diseñador argentino, referente de la industria del calzado y la moda en el país. Pertenece a la cuarta generación de una familia de zapateros de origen húngaro y en 1985 fundó la empresa que lleva su apellido. Al frente de la marca, convirtió un emprendimiento familiar en una de las firmas líderes del mercado argentino de calzado, con proyección internacional. Es licenciado en Administración de Empresas y tiene formación de posgrado en Marketing y Administración Estratégica. En 2026 publicó Memorias de un zapatero, su autobiografía, en la que reconstruye su historia familiar, su trayectoria empresarial y los acontecimientos personales que marcaron su manera de entender la vida.

—Toda tu familia es un ejemplo de alegría, resiliencia y fortaleza. Me gustaría empezar por ahí: ¿cómo es trabajar con tus hijas? ¿Cómo construyeron esa relación profesional y cómo es la dinámica entre ustedes?
PUBLICIDAD
—Te voy a contar un poquito cómo fue, cómo es y lo que pasó el miércoles pasado. Ese día tuvimos una charla con Fer Niizawa que vino a hablarnos del ikigai. Esto último lo dejo en suspenso, para el final.
La primera que dijo “yo voy a trabajar con vos”, fue Sofía. A los 15 años dijo: “Papá, yo quiero acompañarte a los viajes que hacen a Nueva York a ver moda”. En ese momento íbamos a ver zapatos. Nuestra capacidad creativa estaba totalmente sesgada. Íbamos a ver las propuestas de los diseñadores. Y tampoco sabíamos si esos diseñadores iban a ser exitosos con las propuestas. Con el tiempo empezamos a ver la calle. Yo empecé a ir al Fashion Week de Nueva York y la gente me decía: “¿Qué desfile viste?”.
PUBLICIDAD
Lo que menos me importaba era ver el desfile. Me importaba ver a las modelos llegando, cómo estaban vestidas, la gente que iba a ver los shows —que era gente que dejaba de ir al cine, al teatro, a jugar a la canasta, para ir a ver un show de moda— y cómo iban vestidos. Y, por otro lado, la primera fila, donde la gente era más extrovertida y veías tal vez lo que nunca se iba a usar, pero alguien había pensado distinto. Y un día vino Sofía y dijo: “Yo quiero ir a Nueva York”. Y yo le expliqué que, con 15 años, ella no podía ir porque no era un viaje de placer sino para investigar.
De ahí no salía justamente todo lo que uno iba a hacer, sino que eso era un lugar de inspiración para que luego, con el tiempo, mientras vas trabajando, decís: “Me acordé de algo que vi que me gustaba”. Y me dijo: “Pero papá, yo quiero ir a Nueva York”. Y le dije: “No, sos muy chiquita y tenés el colegio”. Se fue y me trajo un dibujo de un zapato en tres dimensiones, un diseño de ella, y me dijo: “Tomá, papá, yo quiero ir a Nueva York”. Le saqué el pasaje y viajamos todos. Era chiquita ella. Cuando llegamos hacía muchísimo frío y fuimos a caminar por Madison.
PUBLICIDAD
Llegamos a una tienda que era la primera que habíamos conocido en ese momento de una marca que hoy tiene infinidad de locales, Urban Outfitters. Y ella se queda frente a la vidriera y dice: “¿Ves lo que estoy viendo?”. “Sí, pero...”, le respondí. “¿No te das cuenta, papá? ¡Hay calaveras en todos lados! Ese pañuelo tiene calaveras, esa bota tiene una calavera”. Nosotros mirábamos cosas que tenían que ver con lo comercial. Al pensar en una calavera en un zapato o en una bota, decíamos: “Es difícil de vender y, si lo vendo, vendo poco”. Al otro día vamos a Alexander McQueen.
Todavía estaba vivo y era la tienda que quedaba en el Meatpacking. Había un japonés que nos atendía y nos contaba todas las novedades. Teníamos mucho contacto con él y creo que le llevábamos alfajores. Y nos dijo: “Todo lo que viene son calaveras. Fíjense lo que Alexander McQueen acaba de hacer”. Con lo cual, lo primero que hice fue comprarle un pañuelo con unas calaveras a Sofi. Pero claro, lo que ella veía era distinto de nosotros. Ella quería ver denominadores comunes de la moda, no quería ver zapatos ni modelos, porque si lo hizo otro no era lo de ella.
PUBLICIDAD
Ella quería hacer arte. Y entonces empezamos a ver distinto y uno aprende de los chicos. Ella fue la primera en unirse a trabajar y la primera en decir: “Yo no trabajo más con vos”. Simplemente se fue. Entonces le dije lo mismo que me dijeron mis padres a mí: “Tenés que ir a estudiar. Yo no quiero vagos en casa”. Y entonces estudió Diseño Gráfico. Al segundo año ya era adjunta de una cátedra y ayudaba a la profesora. Pero un día nos llama llorando del auto, diciendo: “Me quiero bajar, no quiero. Yo quiero hacer otra cosa”. “Sí, Sofi, obviamente. Si no te gusta...”, le dijimos. A mí me pasó lo mismo. Fui un año a Ingeniería y abandoné. Mi papá me dijo: “Yo no crío vagos”. Sofi dijo: “Yo quiero estudiar arte”. Estudió en el Central Saint Martins College of Art, en Londres. Así que sacó el pasaje y se fue a estudiar. Después volvió, presentó una colección de sus cuadros y calificó en el Centro Cultural Recoleta para una muestra de arte.
Había muchísimos artistas y muchísimas salas, y la eligieron. En una pared puso todos sus cuadros. Eran seis. En el fondo de la pared, hizo que esos cuadros se convirtieran en colores. Entonces, con proyectores hacía un mundo inmersivo donde vos te mirabas y veías cómo esos colores fluctuaban. Y luego, con esos 12 colores, hizo una impresión. Imprimió eso en telas e hizo zapatos raros, grandotes. Y yo le decía: “¿Para qué ese zapato con todos los colores juntos? Elegí dos: negro y marrón, negro y blanco. ¿Pero por qué le metés 12 colores?”.
PUBLICIDAD
Me miró sin entender lo que estaba diciendo. La gente llegaba, miraba los cuadros, se quedaba en la experiencia inmersiva y quería comprar los zapatos. En ese momento el dólar tenía un tipo de cambio distinto, pero se vendieron el primer año USD 1 millón de esos zapatos. Y ella no quería saber nada con trabajar con nosotros, quería su propia línea: Sofía. A ella le gustaba el arte, pero también le gustaba la plata. Así que fue la primera, la que rompía, la que le costaba hacer todo. Era la primera hija y sos más cuidadoso.

—¿Y cómo fue con tus otras hijas?
—Josefina empezó a ayudarla a Sofía y ahora Clarita está trabajando activamente. Clarita es la que en la empresa piensa distinto. Cuando tenemos que hacer un hot sale decimos: “¿Quién puede ser la modelo?” “Y la modelo puede ser Emilia Attias”. Y ella dice: “No, papá, es Caro Pardiaco”. “¿Quién?”. “Caro Pardiaco”. Y yo decía: “Pero Caro Pardiaco es un hombre, tiene peluca rubia, habla de alguna manera ridiculizando a la mujer de zona norte”.
PUBLICIDAD
Pero ella insistía: “No, papá, es Caro Pardiaco”. Hizo el guion, lo filmó, lo editó y funcionó. ¿Por qué? Porque hace algo distinto. Y el otro día, volviendo a lo de Fer Niizawa que mencioné antes, él nos dice: “Júntense en grupos de a cuatro”. Y nos juntamos y me tocó al lado de Sofía. Estaba toda la empresa. Y nos preguntó: “¿Cómo fueron cuando eran chiquitos? ¿Cómo fue su adolescencia? ¿Cuáles son sus sueños? ¿Qué es lo que están haciendo ahora? ¿Qué es lo que quieren hacer y cómo quieren ser recordados?“.
—¿Esto es lo que compartían en una reunión grupal?
—Sí, cada uno tenía que escribir algo y luego una experiencia que es básica, pero nosotros no la aplicamos, que es: habla uno y los otros tres se sientan y le dan lo más importante que tienen, que es el tiempo y la atención. Todos callados, no se puede interrumpir, mientras uno va contando paso por paso cada cuadradito. Y cuando llegó el momento de decir qué es lo que espera en su vida, Clarita dice: “Espero tener una familia hermosa (con los chicos, con su pareja) y tener una empresa de comunicaciones”. Y te digo que por primera vez ella, que trabaja conmigo, no dijo: “Quiero seguir con la historia familiar y la herencia”. Y me sacó un peso tremendo de encima. El trabajo, al ser cotidianamente todo lo mismo... Yo me presento como la cuarta generación, después vendrá la quinta y ¿Brunita será la sexta? No. Uno tiene que ser feliz haciendo lo que hace.
PUBLICIDAD
Uno puede seguir o no seguir, o hacerlo acá o hacerlo en otro lugar, pero vos querés que tus hijos sean felices. Y no dijo que quería seguir. Cuando uno trabaja, piensa que trabaja y vuelve a casa muy cansado, sin ganas eventualmente de compartir o de jugar, con la excusa de darle una mejor vida a los chicos. Pero los chicos nunca te pidieron que vos dejes de darles atención para trabajar. Es una responsabilidad que tenemos nosotros, los de una generación mayor. Fue maravilloso saber este tema, que es propio. Tenemos el superyó que nos trata a nosotros peor de lo que pudiésemos llegar a tratar a otra persona. Pero aceptamos que nos trate así. Eso que ella dijo me liberó. Mis padres no me educaron a mí para que haya ocho generaciones, ni me dijeron que siga con esto. Y yo ya tengo 66 años. Si estuviera trabajando en una compañía, a los 65 me jubilaba y hoy estaría disfrutando mi jubilación.
Pero sigo con esta motivación de la pasión que tenemos por el trabajo y me encanta lo que hacemos. Crear y transformar. Pero pasó esto con Clarita, que ella no sabe y se va a enterar cuando vea el podcast, de lo importante que fue para mí saber que lo que pasa por mi cabeza no es lo que pasa: no hay un camino que uno deba recorrer y hay que disfrutar de ese camino. Aprendí muchas cosas con el tiempo. Antes pensaba que lo más importante era lo que mal llamamos “éxito”, haber llegado a un determinado lugar. Luego me di cuenta de que eso no era importante, que lo importante era disfrutar del camino. Siempre dicen en los juegos de Disney, “enjoy the ride”, disfrutá el camino. Y ahora me di cuenta de que lo importante es la compañía. La compañía de los hijos, los amigos, la pareja, la familia.
Es haber disfrutado con alguien. Si vos te ponés a ver una serie, una película y la ves solo, lo disfrutás. Si tenés alguien al lado y se ríen juntos y después comentan, es completamente distinto. Con el tiempo me di cuenta de que lo importante es el camino y estoy disfrutando mucho este camino y, por otro lado, de la compañía, que es lo que me hace tener un camino lleno de flores. No significa que haya momentos de soledad donde uno pueda disfrutar. Es la elección clara de un momento de soledad. Pero mis amigos y mi familia me salvaron la vida.

—Recién me decías: “Mi superyó es muy exigente. Me trato como, tal vez, no trataría a otra persona”. ¿Cómo es tu diálogo interno? ¿Es algo que trabajás?
—Mi diálogo interno tiene que ver mucho con mi herencia familiar. Mucho de lo que somos, hasta que tenemos nuestra personalidad desarrollada, es herencia directa, son cosas que vemos en nuestro entorno y en la historia familiar. No somos ajenos a eso. Yo soy un hijo de sobrevivientes del Holocausto. Mi madre estuvo en un campo de concentración, mi padre en un campo de exterminio. Mis padres, luego de eso, pasaron por el comunismo, porque Hungría fue liberada por el ejército ruso, con lo cual la fábrica de mi bisabuelo, mi abuelo y mi papá, pasó a ser del pueblo. No había nada que tenga que ver con la actividad privada.
Un día había una votación, un plebiscito para elegir si uno estaba a favor o en contra del Partido Comunista. Y mi padre votó en contra del Partido Comunista. Pero para votar en contra había que ir a otra sala a buscar la boleta, con lo cual esa misma noche lo fueron a buscar. Y esa misma noche se escaparon con mi mamá embarazada de ocho meses de mi hermana. Querían ir a Austria, pero el campo estaba minado, así que tuvieron que cruzar con un bote a remo, con una persona que los cruzó a Checoslovaquia. El siguiente viaje después del que hicieron ellos, los mataron a todos. Cuando llegaron a Checoslovaquia, los detuvieron.
Mi padre lo único que podía decir es “Bratislava”. Hacía con la mano la seña de dos para que el colectivo los lleve a ese lugar. Tenían el equivalente a USD 60, producto de unos cubiertos que habían podido vender antes de viajar. Y los detuvieron. A mi padre lo llevaron encarcelado para deportarlo de vuelta a Hungría. Mi madre se quedó en la puerta de la comisaría y simuló tener contracciones. Así, liberaron a mi papá y le dijeron: “Su mujer es muy valiente”. Porque se dieron cuenta de que estaba fingiendo, pero los dejaron salir. Llegaron a Austria, donde nació mi hermana, y de ahí a Génova. Dos países les dieron asilo político. Uno era Australia y otro era Argentina.
Llegaron a Argentina porque el primer barco venía para acá. En el barco consiguieron un diccionario y mi papá aprendió a decir: “Tenga la bondad de darme fuego”. Mi mamá aprendió a decir: “Un cuarto de sémola, por favor”, que era lo que iba a necesitar para darle de comer a Heidi. Llegaron a Argentina sin conocer el idioma ni la cultura. Luego mi padre, lo único que hacía, era trabajar, trabajar y trabajar. Era el primero en llegar a la fábrica y el último en irse. En ese momento, Argentina estaba muy ávida de toda la inmigración porque traía conocimiento. Llegaban ingenieros, zapateros, sastres y había una demanda insatisfecha. Lo que uno hacía artesanalmente se vendía inmediatamente. Hubo ciertas anécdotas muy lindas de cómo pudo empezar una actividad comercial.
Mi padre hizo los dos primeros grandes fracasos: la primera bota en Argentina y la primera sandalia. Y le decían: “Usted está completamente loco. ¿Cómo una mujer va a usar botas? La bota da reminiscencia militar, la sociedad es machista. Acá el clima es húmedo, no es seco como en Siberia. Una mujer nunca usa botas”. Y después con respecto a una sandalia le decían: “¿Cómo va a mostrar los dedos una mujer?”. Pero mi padre pensaba distinto, hasta que finalmente se alió al gusto tradicional de la sociedad argentina. Mi padre fue un loco del trabajo y mi madre sabía sonreír, acariciar y dar besos. Era una persona encantadora. Una vez fallecida, vi los tres videos que grabó ella para Steven Spielberg cuando vinieron a hacer el guión de La lista de Schindler.
Y ella contaba las cosas que pasaron en el campo de concentración con una sonrisa y sin rencor. Contaba lo que había vivido y cómo había vivido. Había vivido cosas realmente tremendas. Pudo, por un familiar que había sido héroe de la Primera Guerra Mundial, bajarse del tren que los estaba llevando a Auschwitz, pero quería quedarse con quien era su hermana, quien sería mi tía, que era chiquitita. Fueron juntas y no la quiso dejar. Cuando llegaron, los recibió Mengele y separó a unos a la izquierda y otros a la derecha. A los más fuertes a la izquierda, a los más débiles a la derecha. A los dos días preguntó: “¿Dónde está mi hermana?”. Y mostraban una chimenea donde salía humo y le dijeron: “Ahí está su hermana”. Y había que seguir viviendo.
Mi madre cuenta que en un momento pasa frente a un vidrio y dice: “Me parece que conozco a esa señora” y era ella, totalmente demacrada y sin pelo. Cuando iban a bañarse, abrían el grifo y no sabían si iba a salir gas o agua. No sé cómo será otra gente que nace en Argentina o en cualquier país, pero yo vivo distinta la vida. Cuando llegan a Argentina, lo único que quieren es sembrar raíces para tener una familia en este país que les había abierto los brazos. Así que esto a mí me dio una fortaleza distinta para ver la vida. Luego a mí me pasaron diversas otras cosas. Mi mamá tenía un tumor y vivió tres o cuatro años con el tumor, pero en un momento estaba realmente mal porque tenía problemas con la pleura y se llenaba el pulmón de agua.
Estaba internada en una clínica y nos turnábamos para estar con ella. Sabíamos cuál era el desenlace. Estaba realmente mal y me tocaba entrar a mí al cuarto. Me sequé las lágrimas, puse mi mejor sonrisa, abrí la puerta y me puse al lado de ella. Mi mamá me agarró de la mano y me dijo: “No te pongas mal, es la vida”. Ella me consolaba a mí. Uno tiene que ser agradecido. Los estoicos saben que a la noche nos morimos y a la mañana renacemos. Es un motivo maravilloso para agradecer, pero nos preocupamos por millones de problemas, que son problemas hasta que tenés uno de verdad. Y ahí no hay más problemas. Así que la vida realmente me forjó de otra manera.

—Me quedo impresionada y pensando mucho en tu madre, en cómo alguien puede haber vivido tanto y llevar la vida con tanta alegría, con una sonrisa.
—Te cuento algo: yo intenté ver los videos. No puedo verlos en tramos de más de tres minutos, porque se te revuelve la panza y tenés que ir corriendo y meter la cabeza en el agua. Decís: “Alguien no pudo haber vivido esto”. Ni a los animales los tratan así. Mi padre escribió su autobiografía con anécdotas increíbles. Mi padre, cuando se escapa, se tira por un barranco porque los estaban llevando a fusilar y disparan y no le pegan. Una familia católica lo esconde en la casa, con el riesgo de que alguien los delate, que era lo más normal que la gente diga: “Aquel”, y maten a la familia católica y a mi papá escondido ahí dentro. Cuando llega el ejército ruso, él quiere liberar Hungría sin saber que el ejército ruso era comunista. De todos modos, igual quería liberar Hungría.
Se alista al ejército ruso y dice que es médico porque quería ayudar. El trabajo de mi papá era salvarle la vida a la gente. ¿Qué problemas tenía la gente en una guerra? Tenía esquirlas de alguna granada, mina o algún disparo en los miembros. ¿Y cómo le salvaban la vida en ese momento? Como ya llegaban infectados, cortándole la pierna o el brazo. Por eso es que había tanta gente amputada después de la Segunda Guerra. Y el trabajo de mi papá era agarrarle muy fuerte la pierna mientras el cirujano con un serrucho se la cortaba para salvarle la vida. Muchas veces, contaba mi papá, sin anestesia, porque no había, pero le tenían que salvar la vida al señor. Él contaba que muchas veces a la noche se despertaba escuchando los gritos de esa persona. Y hay que sobrevivir a eso.
—Esas situaciones que todavía hoy se viven en otras partes del mundo nos recuerdan lo rápido que nos acostumbramos a las comodidades y a todo lo bueno que tenemos hoy en día, ¿verdad?
—Cuando nosotros todos los días prendemos la televisión, vemos las noticias y nos enteramos de cosas que pasan en el mundo, pero si no nos pasa a nosotros, decimos: “Qué barbaridad, ¿viste los saqueos que hubo en tal lugar?”. Ahora, si me lo hicieron a mí, ya lo vivo distinto. Hay 64 conflictos bélicos en este momento en el mundo. Nos acordamos del estrecho de Ormuz y de Ucrania. Pero hay muchos Esteban y Katy -los nombres de mis padres- en distintos lugares del mundo viviendo estas realidades que nosotros en Argentina no las estamos viviendo. Y nos hacemos realmente problemas por otras cosas. Y no soy ajeno a eso. Soy un ser humano, con lo cual también me hago problemas.
Pero trato, con el aprendizaje que tuve, de saber que las crisis son una situación coyuntural que probablemente pase. Y, si no pasa, voy a ver cómo me reinvento o cómo sigue, pero no es ni cerca lo que vivieron mis viejos. Mi vida tuvo también ciertos bemoles desde que me casé, pero la verdad es que yo no debería estar acá, porque a mis padres los debieron haber matado en la guerra. Así que no tengo otra cosa que hacer que lo que hacía mi mamá todo el tiempo: sonreír. Por eso es que sonreímos todos. Tenemos ese denominador común. Es muy lindo que recibas a una persona y que esa persona esté alegre y sonriente, pese a que tenga sus problemas, y que no venga desesperado y vos lo veas y te angusties solamente por su cara. Obviamente, después voy a entender qué pasa y le voy a tratar de decir: “¿Cómo te va?”. Y me va a decir: “Bien, bien”. “No, contame en serio cómo te va. A mí no me mientas”. Pero lo más barato que tenemos para alegrar el mundo es recibir a la gente con una sonrisa, con un abrazo, con altruismo.

—Hace poco publicaste Memorias de un zapatero. Más allá del proceso de escritura, me interesa conocer qué te motivó a contar tu historia y qué querías transmitir. ¿Qué te parece importante que la gente sepa de vos?
—Yo podría mentirte a vos y a la gente que ve La Fórmula. Pero nunca me imaginé escribir un libro. Mi padre había escrito su autobiografía. No sentí que pudiera ser importante comunicar lo que estaba haciendo porque era lo que a mí me gustaba hacer, mi pasión. Y me parecía inclusive una falta de respeto para la historia de mis padres que yo estuviera escribiendo un libro, cuando el libro que tendrían que leer es la biografía de mi papá. Y cuando me llama la gente de El Ateneo para proponerme escribirlo, lo que hago es preguntarle a dos personas. Una es a tu papá, que me dijo: “Sí, tenés que hacerlo”. Y le dije: “Entonces, ¿me escribís el prólogo?”. “Bueno, te escribo el prólogo”, contestó. Yo sabía que algo bueno iba a tener el libro, que era el prólogo.
A la segunda persona que le pregunté es a Clarita. “Papá, claro que tenés que hacerlo, porque una vez que escribís el libro, hacemos un libro grande como los que se ponen en las mesas de los livings con fotos de todas las colecciones”, me dijo. A ella no le importaba un pito la parte de contenido del libro. Ella decía: “El libro que tenemos que tener es ese. No hay ninguna marca en Argentina que su diseñador tenga su libro. Así que dale, escribí el libro”. Dije que sí y ahí me di cuenta de que tenía que abrir el corazón, ser sincero, volcar una historia que era real y tocar temas que son difíciles. Cuando fui chiquito, mis padres no me dieron ninguna enseñanza religiosa. No querían que yo, simplemente por haber nacido en el seno de una familia de alguna religión, pudiera sufrir lo que sufrieron ellos.
De la guerra no se hablaba y no se trataban temas que podían angustiar. Yo lo sabía, no les preguntaba y ellos no me decían nada. Me fui enterando de distintas maneras y, obviamente, uno es curioso y, a medida que es más grande, es más curioso, quiere saber sus raíces y en el libro había que volcarlas. Yo no sabía si estaba preparado para volcarlas. Tenía también cosas que me pasaron a mí. Tuve una infancia muy especial, hijo de inmigrantes. No teníamos un grupo grande de amigos con un montón de hijos. Yo estaba con los mayores. Cuando tuve escarlatina o rubéola, dijeron: “¿Qué hacemos con este chico? Lo tenemos que tener en cama en cuarentena”.
Me enseñaron a jugar al ajedrez, que es lo que jugaban los europeos que llegaban. Y empecé a jugar y tuve mucha habilidad. Llegué a un puesto muy alto. A los ocho años le ganaba a todos los amigos de mi papá. A los cuatro años le gané al campeón mediano. Pero el ajedrez es algo tremendo y trágico. Uno no está jugando contra otra persona. La otra persona, si te gana, no te ganó. La jugada que hiciste, con la que me ganaste, yo la debí haber previsto. La cabeza se mueve de una manera distinta y no para en ningún momento. Si te cuento algo más trágico todavía, cuando era chico me hicieron un test de inteligencia y me dio un coeficiente de 144.
—¡Es muy alto!
—Sí, lamentablemente es lo que llaman genio.
—¿Por qué decís: “lamentablemente”?
—Porque es horrible. Es muy feo tener la cabeza en constante movimiento y darse cuenta de otras cosas que una persona que tiene un coeficiente más bajo no se da cuenta. Darte cuenta del segundo paso que hay detrás de un interés particular de cualquier persona que se te acerca, dudar de todo lo que está pasando. Y uno hasta podría llegar a decir: “Me quedo sin amigos” o “mi grupo es muy chiquitito”, o sigue la cabeza pensando mientras estás durmiendo.
Cuando hablo con mi psicólogo me dice: “¿Cuándo descansas?”. Nunca. No es bueno. No es bueno ser distinto a la media. Hoy trato de utilizar esa “habilidad” o ese “don” para temas que tienen que ver con lo que me gusta: estrategias de marketing, diseño de zapatos. Como decía mi papá, y es lo que más me enseñó, “ver lo que todos ven y pensar lo que nadie pensó”. Pero no es lindo ver más allá del horizonte, te aseguro que lo lindo es disfrutar el paisaje.

—Hay algo de lo que decís que me interesa profundizar: esa rumiación que a veces no te deja dormir. ¿Cómo trabajás para dominar la mente y recuperar el control en esos momentos en los que los pensamientos te desbordan?
—Tenemos un tema que se agrava: soy ansioso y, si hay algo que no está perfecto, me siento mal. Este TOC que uno tiene por tener todo bajo control. Donde no hay una certeza, un camino claro, la mente puede ir para dos lugares: para el optimismo puro o para el desvío trágico. El optimismo racional está bien, pero el bolud* que es sobre optimista no. Por un lado, está bien que uno trate de calmar la mente para tomar decisiones más racionales. Pero a mí, por una cuestión de exigencia de mi familia, mi padre, que me enseñó a jugar al ajedrez y quería que yo gane siempre. Perder no estaba dentro de las posibilidades.
Quería que sea el mejor alumno porque para eso él se esforzaba. Mi padre nunca me felicitó porque siempre quería algo más de quien había puesto toda su apuesta, su cariño, su corazón y su pasión. Y esa carrera te quita el disfrute de la felicidad. Uno dice: “Yo quiero una vida feliz”. Encuentro acepciones distintas a la palabra éxito, fracaso y felicidad. Nosotros vivimos el hoy. Ayer ya pasó y es demasiado tarde. Mañana todavía no llegó, es demasiado temprano. Es hoy. Tengo que tratar de ser feliz hoy. Si quiero una vida feliz, soy demasiado ambicioso. Ahora, si soy feliz hoy y soy feliz mañana y soy feliz pasado, probablemente haya tenido una vida feliz.
Pero los ambiciosos quieren la vida feliz sin pasar por el hoy, mañana o pasado y todos los días hay que esforzarse por ser feliz. En mi vida yo siempre me esforcé por superarme. El primer libro que leí era el que estaba de moda en marketing en ese momento, que se llamaba In Search of Excellence, En busca de la excelencia, de Tom Peters y Waterman. ¿Por qué tiene que ser la excelencia? ¿Por qué no puede ser hacerlo bien? Yo te aseguro que si yo ganaba una partida de ajedrez y había una forma más vistosa, linda, más romántica de haberla ganado, ya no era bueno. ¡Mirá que pudiste haber hecho eso! Eran noches sin dormir. Era la pelea contra uno mismo de ser mejor. Cuando uno es joven, espera algún día tener eventualmente su pareja. Cuando uno tiene pareja, quiere tener una familia.
Cuando tiene familia, quiere que los chicos sean sanitos. Una vez que son sanitos, quiere que sean felices. Y si la felicidad coincide con lo que vos hacés y con tus pasiones, si es de tu mismo club, vamos todos a la cancha de River, a Estudiantes de La Plata, gritamos todos juntos y estamos contentos. Y si no, él va a estar feliz con su club y yo voy a estar feliz con el mío. Pero se dieron ciertas cosas. En el caso particular mío, cuando me casé decidimos con Graciela que era el momento de tener hijos. Y no quedaba embarazada. Hasta que empezamos a ver médicos. Yo había tenido un tema de paperas cuando era chico, que se me había complicado. Era algo que supuestamente estaba solucionado, pero los espermatozoides no se movían, quedaban duritos. Y cuando hacían los estudios, decían: “Ustedes no van a poder tener hijos de forma natural”.
No contento con eso, fuimos a ver a otro especialista. “Usted no va a poder tener hijos de forma natural”, me repitieron. Finalmente, había un señor que era una eminencia y cobraba mucho dinero, más de lo que yo ganaba en un mes. Lo fuimos a ver y le pagué lo que tenía que pagarle. Revisó todos los estudios y me dijo: “Ustedes no van a poder tener hijos de forma natural”. Le agradecí mucho y nos fuimos. Cuando me estaba yendo, me dijo: “Sarkany, venga un segundo. ¿Le puedo pedir un favor? Si su mujer llega a quedar embarazada, ¿me avisa? Por la estadística, vio”. Y nos fuimos. Una persona que habíamos visto, un urólogo, me había dicho en la época que estaban de moda los slips. No sé si alguien se acuerda que estaba Maradona con unos slips Versace que tenía el logo de la medusa.
El especialista me dice: “Ricky, hacé una cosa, no uses ese tipo de calzoncillo. Usá el calzoncillo común, porque los testículos, al estar cerca del cuerpo, toman la temperatura y es bueno que tengan su temperatura normal. Dejé de usar eso, usá calzoncillos comunes”. A los dos meses, Graciela quedó embarazada de Sofía. A los dos años llegó Josefina, al tiempo Clarita y luego Violeta. Yo no iba a poder tener hijos. Me habían dicho que no iba a poder de forma natural. Ya Graciela estaba pensando en la posibilidad maravillosa de adoptar, pero la vida me dio eso. Otra vez más. Me puedo estar criticando y cuestionando: “Qué barbaridad, me rayaron el auto o mirá la situación económica”, y un montón de cosas que me sigo cuestionando. No es que no lo haga, pero no es justo.
Tengo que ser agradecido. Y ahí vamos a un tema que me marcó también. Sofía es la primera rebelde de la casa. Y un día estaba volviendo del Mundial de Rusia y nos enteramos de un mal diagnóstico que había tenido de su ginecóloga. Un desconocimiento de lo que pasaba hizo que avance un tumor de cuello de útero. Cuando lo descubren, ya estaba avanzado. Hicimos todo lo que pudimos hacer para subsanarlo. Nos fuimos a Houston, averiguamos quién era el mejor médico del mundo en esto. La atendió y le dio las oportunidades. Ella decidió la más agresiva para salvarse y para vivir, que era sacarse el útero. Ella simplemente quería disfrutar de la vida. Durante la operación, antes de sacarlo, revisan 14 ganglios y el ganglio centinela, y estaba todo perfecto, con lo cual, cuando nos fuimos, estaba curada.
Se hizo los estudios cada seis meses y un día le apareció algo, una metástasis rarísima en el mediastino. Y ahí pasó una cosa que no esperábamos: la pandemia. La pandemia hizo que, por obligación, todos nos juntemos en un determinado lugar y pudimos disfrutar juntos de compartir un tiempo que no hubiésemos podido por las distintas cosas y sin tener que hacer o tener obligaciones, como viajar, estábamos todos juntos. Vivimos junto a ella, hablamos. Yo personalmente tuve charlas largas con ella. Luego tuvo un tratamiento, pero no dio efecto. Averiguamos para volver a Houston porque había un experimento que tenía un alto porcentaje de posibilidades de éxito. Viajamos de vuelta y lo fuimos a hacer. Cuando iba a empezar el tratamiento, se ve que el cáncer había avanzado, tomó otros órganos y no pudo iniciarlo. Estaba escrito.
Ella se sacó la máscara de oxígeno y nos dijo: “Fui muy feliz”. Yo le dije: “No, Sofía, fuiste, sos y vas a ser muy feliz”, convencido de que este no era el final. Este fue el día anterior a que naciera Félix. Ella congeló óvulos y, con vientre subrogado, esperaban a Félix. Había muy pocas posibilidades de que ella lo conociera porque su enfermedad avanzaba mucho más que el embarazo. Sin embargo, siete días antes de que esto avanzara y mientras estaba en la casa, nació Félix. Lo fueron a buscar. Tommy lo tuvo en brazos y durmió con Félix. Al otro día la internaron. Pero lo conoció, lo vio, se vieron. Félix hoy habla y dice: “Mi mamá era una artista”.
Tiene clarísimo muchísimas cosas. Y Sofía se fue. Cuando el médico nos dice que estaba muy mal, una enfermera me dice: “No vayas esta noche a tu casa”. Nos despedimos y Clara, Josefina, Tommy y Violeta se fueron al lado de ella. Luego me enteré de que le ponían la música que le gustaba, le hacían mimitos, caricias, estaban con ella, le hablaban y le contaban cosas. Y en eso el pasillo era muy largo y vienen caminando a avisarme. Yo ya sabía lo que pasaba, pero estaba desesperado. “¿Qué pasó?”. Me dicen: “Fue hermoso, papá”. Digo: “¿Hermoso qué?”. “Fue hermoso”. Recuerdo que hasta internamente me había enojado con eso. Pensaba ¿qué tiene de hermoso esto? Con el tiempo, me di cuenta. El día que nacemos, sabemos que algún día nos vamos a morir. Y eso para mucha gente es una causa de angustia.
Para nosotros es lo que nos hace todos los días saber que tenemos que agradecer y disfrutar. Y ese día que nos vamos a morir, si pudiéramos elegir estar rodeados de la gente que más nos quiere, que nos haga caricias, nos ponga la música que nos gusta, ¿qué es más hermoso que eso? Es distinto ser hermano, ser pareja que ser papá. Pero irse de la forma que se fue, fue hermoso. Soy un afortunado de haber vivido 31 años con Sofía. Si hubiese vivido 40, hubiese sido muy poco. Si hubiese vivido 50, hubiese sido muy poco. Y con 60, fue muy poco. Pero la vida no se mide en años, en meses, en días, se mide en emociones, en momentos, en cosas que haya hecho.

Y si Sofía pudo hacer muchas cosas, fue multimillonaria, porque esos 31 años los explotó de una manera que hay gente que tiene 80 y no lo hizo. Así que tengo que estar orgulloso y agradecido de haber compartido ese tiempo con ella. ¿Cuántas posibilidades había de que ese ser increíble, cuando nacen tantos chicos en el mundo, haya nacido en nuestra familia y estado viviendo en nuestra casa? ¿Cuántas posibilidades había para que eso pase? En el mundo se dice: “Tuve la suerte de”. Pero si lo miramos con romanticismo, es la suerte de que nuestras vidas se hayan encontrado y hayamos podido vivir eso, hayamos podido vivir 31 años maravillosos.
Eso lo cuento con una sonrisa y digo: “Qué hermoso es haberlo compartido con Sofía y haberlo vivido así”. Pero hace un tiempo me invitaron a un programa porque presentaba el libro, el programa de Mario Pergolini, al que yo no había querido ir durante todo el año anterior, pero tenía que promocionar el libro. Y fui. Me acompañaron todos los chicos, inclusive Clarita. Él me atendió de una manera increíblemente maravillosa. Y yo hablaba, contaba una historia y creo que conté, no recuerdo bien qué, pero conté esta historia y algunas cosas de la vida. Y cuando terminó, Clarita me dijo: “Papá, qué desastre. No podés hablar sin parar, sin respirar. Ellos son graciosos, no vos. Tenías que dejar que ellos manejen el programa. No vuelvas a hacerlo. Concentrate. Tomate una gotita de Rivotril, pero no hagas de vuelta esto que hiciste, por favor”.
Nunca me había visto. Jamás. Es más, alguna vez me fui y dije: “Qué barbaridad, no dije tal cosa, me hubiese gustado decirlo”. Y me hacía mala sangre. Nadie sabía lo que iba a decir, que nunca dije. Y entonces eran las diez de la noche, Graciela se había dormido y digo: “Empieza el programa, voy a ver qué dije mal”. Y por primera vez me vi. Yo miraba la tele y decía: “Este tipo no puede estar diciendo las cosas que dice. Este tipo está loco. No es verdad. No hay nada maravilloso en haber perdido una hija y haber vivido 31 años. Este tipo es un impostor”. Hay una similitud entre lo que yo sé que la gente quiere escuchar y mi verdad. Yo sé que a la gente le hace muchísimo bien ver que una persona está bien.
Me llegan mensajes: “Qué lindo, qué fortaleza tenés”. Las pelotas. Vi también a alguien que dice: “No, el que lo tiene claro es Buda”. Buda decía: ‘El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional’“. Era demasiado optimista Buda. ¿Cómo se hace para separar el dolor del sufrimiento? Alguien que me explique. Porque el dolor es dolor. Y está bien, me lastimé, ya me voy a poner bien, no voy a estar sufriendo por esto. Pero yo la extraño todos los días. Tuve miles, decenas de miles de mensajes, muchos hermosos, después de ese programa. Mensaje de gente que no conozco, pero de golpe tengo un mensaje de tres minutos de un señor que se llama Iván Zamorano.
Lo conocen más por Bam Bam Zamorano, un exfutbolista chileno, quizá el mejor futbolista que tuvo Chile en la historia, lo llaman el pichichi de la Liga Española, el goleador, como lo fue Messi. Yo lo tenía agendado por una vez que fui a Chile. El primer minuto dice: “Lamento mucho, tenés que tener fuerza”. Hasta que finalmente dice: “Mirá, yo te voy a contar una cosa. Mi padre falleció y yo estaba muy mal, hasta que un día, casualmente, me encuentro con el obispo de Santiago de Chile. Y el obispo me dice: ‘Te voy a decir una cosa que tenés que saber. El tiempo todo lo cura’. Y hoy, a 20 años de que falleció mi padre, te puedo decir que es mentira. El tiempo no cura nada. Hay que convivir con el dolor’”. Es muy difícil esto. El tiempo no cura nada.
Hay que combatir. Todos los días se extraña. Y sé que hay un mundo espiritual, porque lo viví también por una cosa que me pasó y pude conocerlo y sentirlo. Y sé que, si Sofía estuviera acá, que yo siento que está, no le gustaría verme a mí serio, angustiado. Le gustaría verme contento y disfrutando. Mi vida creo que, a partir de ahí, fue un tributo al recuerdo de Sofía. Cuando doy las charlas, siempre las termino con el momento que más quiero: pongo un video de Sofía hablando de su forma de ver la vida con el arte, de que hay que disfrutar de la vida y hay que hacer de la vida de uno su mejor obra de arte.
Hay que tratar de dejar todo lo que uno tiene, disfrutarlo, vivirlo y hacer su mejor obra de arte, porque eso es parte de lo que va a trascender. Es una forma de vivir la vida. Yo hoy lo veo de una manera espiritual, pese a que a mí no me dieron ningún tipo de educación religiosa ni espiritual. Yo acompañaba a Graciela a la iglesia, mi mujer es católica, porque ella quería rezar y yo veía a toda la gente rezando y decía: “Si esta gente se siente bien rezando, es muy bueno para todos ellos”. Pero descreía completamente. Cuando falleció Sofía, el dolor era tremendo, desgarrador. Yo estaba en un piso 21 y la única manera de hacer que ese dolor pase es tirándote por el balcón. Jamás en mi vida se me ocurriría tirarme, pero es la única manera que, no sé, siete, diez segundos, buscas.

—¿Apagar ese dolor?
—En realidad no lo apagás, se lo causás al resto de la gente con un egoísmo total. Pero no hay un: “Tomate tres Dexalgin y se te pasa”. Eso no existe. Siempre traté de no mostrarme llorando ni mal en público, porque la escuela de mi mamá era sonreír pese a todo. Cuando vienen mis cuñados, hacía un mes que no me afeitaba. Es una tradición judía. No me afeité durante un mes. Pero son cosas que no tienen ninguna explicación. Me dicen: “Tenés que salir de acá, no podés estar acá, tenés que volver a la vida. Bajemos a caminar”. Esto fue en Miami. Bajamos a caminar todos juntos y era época de pandemia, estábamos con barbijos. Empezamos a caminar y yo veo dos argentinos caminando.
Los reconocés enseguida. Un chico que estaba sin remera y un señor que le vi cara conocida. Cuando vi una cara conocida, inmediatamente bajé la mirada y seguí caminando. Yo no quería tener contacto con nadie. Me acuerdo que dije: “Es Francella”. Y seguí caminando. Pero cuando hago diez metros me dice: “¡Ricky!”. Era como una puñalada en la espalda. Y me doy vuelta, viene corriendo y me dice: “Ricky, perdoname. Soy Gustavo Yankelevich. Yo no estoy acá de casualidad. Estoy acá porque me mandaron. Yo vivo en la calle 100, a seis kilómetros, soy una persona mayor, caminé hasta acá y ahora tengo que volver. Obviamente que yo debía haber vuelto antes y estaríamos caminando los dos para el mismo lado. Vos tal vez no deberías estar acá abajo. Yo no salgo a caminar para acá, pero mi hijo me llamó, que no me llama nunca, y me dice: ‘Papá, ¿salimos a caminar?’. Y le dije que sí y lo pasé a buscar a Tomás. Me hizo esperarlo 20 minutos. En ningún caso lo iba a esperar 20 minutos. No sé por qué lo esperé, pero lo hice. Y caminamos para acá, pero yo no estoy acá de casualidad. A mí me mandaron”.
A partir de ahí y ciertas cosas que pasaron después, que rozan la espiritualidad y que son parte privada de mi vida, empecé a darme cuenta de que las casualidades no existen. Empecé a descreer de las casualidades. Steve Jobs lo decía de una manera distinta. Lo dijo en la Universidad de Stanford.
—Los puntos solo los podemos conectar mirando para atrás.
—Sí. Había un filósofo danés que decía: “La vida solamente puede ser comprendida mirando para atrás, pero tiene que ser vivida mirando para adelante”. Pero los puntos conectados, mirados para atrás, cosas que fueron pasando, que no había ninguna razón de que pudieran haber pasado. Él me contó ciertas cosas. Lo primero fue: “A mí me mandó Romina. Me dice: ‘Nos vamos a encontrar en un lugar’. Nos encontramos en ese lugar”. Me contó ciertas anécdotas, me dijo: “Vamos a avanzar de esta manera”. Y de esa manera pude conectar con el mundo espiritual, que me hizo perder el miedo a la muerte. Antes tenía miedo a la muerte.
En este ejercicio que hicimos con Fer Niizawa el otro día, con Clarita al lado mío, cuando tiene que contar su adolescencia, cuenta que ella perdió a su hermana y le hizo perder el miedo. Ella tenía pánico a la muerte, como por ahí tienen muchos chicos. ¿Y cuándo perdés eso? Cuando realmente te das cuenta de que estamos viviendo una vida terrenal donde tratamos de disfrutar de la compañía, de los amigos, de todo, pero hay algo que tiene que haber más allá. No puede ser que esto termine. Y luego, hace muy poquito, nació Félix, que estuvo con Sofía, nació Luca y acaban de ser mamás Clara y Josefina, que son mamás de Bruna y de Cora. Y yo las veo y son tan hermosas que pienso: “No puedo ser tan afortunado”. Y vos me decís: “¿Y cómo fue tu vida?”. Y yo te tengo que decir: “Tengo que ser un agradecido”. Y ahora, con el tema de la vida espiritual, yo no sé por qué y para qué y por qué razón, porque siempre nos repetimos nosotros: “Lo mejor está por venir”. Y siempre decimos.
No le encuentro razón a lo que pasó. Cuando se cierra una puerta, inmediatamente se abren puertas atrás. Sofía, el nombre que eligió Graciela y significa sabiduría. Y la verdad es que, si me dejó algo, es que me dejó esa sabiduría para poder procesar y poder ver la vida de una manera distinta. Eso no quita que la actividad y la cotidianidad y lo que pase en cada momento no me afecte, porque terminamos siendo seres humanos. Cuando yo voy al psicólogo y le cuento: “Explicame cómo puedo hacerme mala sangre por esto”. Y porque es la raza humana y cómo somos.

—Intelectualizar nos ayuda a resignificar el dolor, pero no siempre alcanza. Hay un vacío existencial que, en algún momento, nos atraviesa a todos.
—Y sí, uno dice: “Extraño cada día más”. Si nos detenemos a pensar, yo te dije que somos zapateros, transformamos un pedazo de cuero, una suela en un taco, y la gente transforma. Transforma una palabra en algo maravilloso, una herida en una fortaleza y el dolor más grande en el recuerdo más hermoso. Esa es nuestra obligación. Pero es fácil decirlo, ejercitarlo es el problema, porque es cada día y ahí volvemos al superyó, que te lo recuerda en cada momento. Es una forma distinta de ver la vida. Yo tengo, por un lado, lo que vivieron mis padres y la forma en que lo sobrellevaron, y lo que vivimos nosotros. Yo no iba a poder tener hijos. A mí me dieron la certeza de que no iba a poder tener hijos. Entonces, “¿de qué te quejás, Ricky?“, te dice la mente.
Pero vamos a una realidad. Yo no me llamo Alicia y donde vivo no es el país de las maravillas. Yo me llamo Ricardo y este es el planeta Tierra donde pasan millones de cosas: hay guerras, gobiernos, amigos, es un lugar donde pasan cosas que no entendemos, no comprendemos. Cuando le pasa a otro, uno dice: “Qué barbaridad, ¿viste lo que es eso?”. Cuando le pasa a uno es completamente distinto. Y los seres humanos somos especiales. Si vamos por una ruta a una velocidad muy alta y de golpe vemos que hay dos autos chocados y pasó algo grande, bajamos la velocidad y durante un período mediano o corto vamos a una velocidad menor que la permitida. Al poco tiempo, aceleramos un poquito más y volvemos a estar a la velocidad que no deberíamos estar. Es bueno autolimitarse y eso es un trabajo que uno tiene que hacer cada día. A mí me encanta estudiar y aprender de frases y pensamientos de filósofos.
—¿Cuál es tu preferido?
—Confucio y Aristóteles, pero Confucio, en el año 400 a.C., decía: “Me preguntás por qué compro arroz y flores. Compro arroz para vivir y flores para tener algo por qué vivir”. Y tiene que tener un sentido, un propósito en la vida. Si la vida no tiene un propósito, a lo largo del tiempo habrás durado, si la expectativa es de 84 años, llegás a 84 años si la calzás justo. Pero no los viviste. Tenés que tener algo por qué vivir. Para mí es la definición de moda ese algo por qué vivir.
Pero, ¿qué hacían esas personas? Se sentaban y contemplaban. Disfrutaban de lo más valioso que tenemos que es el tiempo y que hoy no lo tenemos más. Hoy la ansiedad nos quita el poder disfrutar. Antes, el evento más visto del mundo era la final del Super Bowl y en el entretiempo se mostraban las presentaciones de las nuevas marcas que salían. Había producciones publicitarias donde se gastaban millones y millones de dólares y la gente les prestaba atención. Duraban entre 30 segundos y un minuto. Era parte del show. Hoy duran cinco segundos. En un momento duraban 15, pero hoy nadie aguanta más de 15 segundos.

—Las TED Talks antes duraban 18 minutos, ahora como tope duran ocho.
—Es que ya no prestamos atención. Pepo Ferradas, que es un amigo en común que tenemos, siempre cuenta algo muy graciosamente, y te lo voy a preguntar a vos: ¿recordás cuál es la canción más escuchada de la historia en habla hispana?
—De la última década, creo que Despacito.
—Sí, perfecto. Pero, ¿te acordás el principio? Ni Luis Fonsi recuerda cómo empezaba. Todos recordamos: “Despacito, despacito”. Y si yo te hubiese dicho la canción de Bad Bunny, Debí tirar más fotos, el principio tampoco lo recordamos. Recordamos pedacitos. Nuestra vida pasó a ser estos pedacitos chiquititos de cada cosa. Sumado a esto, estamos de alguna manera infectados de gente maravillosa que logra que nosotros nos intoxiquemos de redes sociales, generando adicción y haciendo que el algoritmo nos muestre lo que queremos ver. Porque, en el momento en que nos muestra algo que no queremos ver, cambiamos de red, hacemos otra cosa o dejamos el celular, pero nos intoxicamos de esto.
Y encima nos creemos que esa es la realidad, porque imaginemos que si soy de un partido político y me gustara la política, voy a ver todo lo que me gusta. Entonces, ves C5N y decís: “Claro, tienen razón. ¿Viste qué mal todo lo que están haciendo?”. Y mirás otro y decís: “No, tiene razón. Mirá qué bien el estadista y aparte merece el Premio Nobel de Economía”. Como bien aprendí de una persona que admiro mucho, que es tu papá, lo que empezó siendo una grieta: Mario Pergolini - Marcelo Tinelli, peronista - antiperonista, radical - peronista, se empieza a ensanchar más. ¿Por qué? Porque creemos como única verdad lo que vemos. Estamos viviendo un momento muy especial, sumado a la nueva revolución de la inteligencia artificial.

—¿Hay algún libro que te haya marcado, transformado y que hoy nos puedas compartir?
—Sí. Me encantó Martes con mi viejo profesor. Un libro de los años 2000 que se convirtió en película, la protagonizó Jack Lemmon, y habla de algo maravilloso. Un profesor, creo que de Harvard, que le diagnostican ELA y un viejo alumno lo visita todos los martes. Este viejo profesor lo único que busca en su vida es lo que buscamos todos: amor, cariño, caricias. Y va contando con total alegría, sabiendo que lo lleva, y sin tratar de generarle una culpa, un dolor a otra persona, con charlas que van teniendo, a medida que avanza la enfermedad, de una manera riquísima sobre el sentido de la vida, sobre qué es disfrutar, qué es el camino y la compañía. Espera que sea martes para que él lo visite. Ahora estoy leyendo también Estoicismo cotidiano. Me interesa mucho todo el tema del estoicismo. También me gustó mucho, porque lo recuerdo siempre Desde el jardín, de Jerzy Kosiński, que hoy la está protagonizando en teatro Guillermo Francella.
Es una historia maravillosa de un jardinero que fortuitamente se cruza con una persona y entonces piensan que él es muy inteligente porque dice frases que tienen que ver con la jardinería. Dicen: “Esta persona puede dar el perfil para que pueda ser nuestro próximo presidente”. Y llega a presidente. Hay cierto paralelismo con cosas que vos digas: ¿hubo una formación o simplemente fue que cayó simpático? Y luego, diversos pensamientos que tienen que ver con realidades actuales. Hay una persona que se llama Muhammad Yunus, de Bangladesh, el dueño del banco Grameen, la banca de microcréditos. Él, ante la usura que sufrían muchísimas personas de bajos recursos, decidió darles crédito a tasa cero a un montón de gente y no tuvo prácticamente ninguna persona que no le devolviera la plata.
Toda esa gente pudo progresar gracias a esa banca de microcréditos. Y lo que más me llama la atención es que recibe el Premio Nobel, pero recibe el Premio Nobel de la Paz, no el de Economía. ¿Por qué? Porque el crédito es un derecho que tenemos. Y en Argentina hoy el crédito es un castigo para mucha gente del cual no se sale más, porque justamente la actividad comercial rinde menos que la tasa, que es demasiado alta. Son cosas donde uno va tratando de siempre saber un poco más. No te puedo decir inteligente sino más sabio. ¿Por qué? Porque hay una gran diferencia entre inteligentes y sabios. El inteligente usa la cabeza y el sabio usa el corazón. Uno dice: “Me voy a rodear de mucha gente inteligente en la empresa”. Hoy la IA es más inteligente. Las decisiones hay que tomarlas de una manera más racional. La inteligencia artificial no tiene corazón y muchas cosas no tienen explicación.
Al camino lo marca el corazón, porque es lo que nos da la felicidad. Yo sigo manteniendo con todas nuestras hijas, especialmente con Sofía: que lo mejor está por venir y disfrutar de lo mejor que está por venir. Einstein, que es más cercano a nosotros, decía: “Hay dos maneras de vivir la vida: como si nada fuera un milagro o como si todo fuera un milagro”. Y la verdad es que sí, solamente despertarse, tener la posibilidad de estar acá y que la gente pueda llegar a encontrar un mensaje esperanzador y que empatice, ya es maravilloso. La vida es una sola, es terrenal.
Uno tiene dos maneras: puede simplemente cursarla o vivirla. Si la va a vivir, tiene que ser como protagonista. Si es protagonista, tiene que prenderse la luz y estar debajo de la luz. Cuando se está bajo la luz y uno apunta, probablemente esté sujeto a muchísimas críticas de terceros, pero también puede ser la luz que ilumine a terceros. Hoy justamente es un momento donde las redes sociales permiten una simbiosis inmediata con un grupo grande de comunidad, que hace que uno pueda ser líder o no, uno puede ser una voz que habla o puede, eventualmente, simplemente ser una persona que explica o cuenta parte de su historia para que otra persona empatice.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
Pan integral o multigrano: claves para reconocer la mejor alternativa
Especialistas y organismos de salud recomiendan priorizar preparaciones con ingredientes simples, aporte de fibra dietética y menor contenido de sal

Más de 40 restaurantes se suman a la Semana de la Cocina Italiana en Buenos Aires
Del 16 al 22 de noviembre, la iniciativa impulsada por la Embajada del país europeo reunirá a establecimientos gastronómicos que ofrecerán beneficios y promociones. Quienes participen podrán acceder a un sorteo por un viaje para dos personas

Receta de canelones de pollo, rápida y fácil
Sin ingredientes difíciles de conseguir, esta preparación rinde cuatro porciones y se puede conservar tanto en el freezer como en la heladera

Receta de batatas gratinadas, rápida y fácil
Una guarnición cremosa y dorada, preparada con escasos ingredientes y lista en poco tiempo. Ideal para acompañar carnes, pollo, milanesas o servir como opción vegetariana

"Duermo mucho y como dos helados cada día": el secreto de longevidad de la italiana Gianna Pratesi a los 106 años
Fue dueña de una heladería en las Highlands escocesas, recibió a Isabel II antes de su coronación y conserva tres pianos en su vivienda de Chiavari, una pintoresca comuna italiana situada en la región de Liguria. Cómo son sus hábitos y su rutina de alimentación


