En un nuevo episodio de La Fórmula Podcast, Rafael Guerrero, el psicólogo y doctor en Ciencias de la Educación, analizó las adicciones tecnológicas, el impacto del uso excesivo de las pantallas y la importancia de comprender qué hay detrás de las conductas adictivas. A partir de su libro Adictos a las pantallas, explicó que el problema no está necesariamente en dispositivos como el celular o las redes sociales, sino en los conflictos emocionales, los traumas y las heridas de la infancia que pueden llevar a una persona a refugiarse en ellos.
Además, habló sobre reconocer y permitir las emociones, la influencia de las experiencias de la infancia en la vida adulta y el desafío de construir una sociedad menos enfocada en la gratificación inmediata. También el experto señaló que la inteligencia emocional se puede aprender en cualquier etapa de la vida, y compartió herramientas para afrontar el malestar. El episodio completo podés escucharlo en Spotify y YouTube.
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Rafael Guerrero es un psicólogo clínico y de la salud, psicoterapeuta y doctor en Educación español, licenciado por la Universidad Complutense de Madrid. Está especializado en trauma, apego, desarrollo emocional, neuroeducación y adicciones tecnológicas, y cuenta con experiencia en el ámbito clínico, la orientación escolar y la formación de docentes y familias. También desarrolló una trayectoria como docente universitario, conferencista y divulgador, con libros como El cerebro infantil y adolescente, Educación emocional y apego, Trauma: niños traumatizados, adultos con problemas, en los que aborda el desarrollo psicológico, las experiencias de la infancia y su impacto en la vida adulta.

—Hace muy poquito salió tu último libro, Adictos a las pantallas. Contame por qué elegiste este tema.
—Era, más que nada, un reclamo de las familias, los maestros y la sociedad en general. Tenemos unos índices de consumo de pantallas, videojuegos, dispositivos tecnológicos, redes sociales y pornografía que son alarmantes. Todo lo que implica salir de la familia, del vínculo y de la relación para dedicárselo a las pantallas de una manera masiva va a implicar síntomas. Es un tema muy demandado y vemos que está en boca de todo el mundo.
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—¿Cuáles son los síntomas que estás viendo y que te preocupan o te alarman?
—Los síntomas son la voz de alarma, el SOS. Es cierto que nos centramos mucho en el síntoma y decimos: “Este niño, cada vez que le digo que es momento de retirar la tableta o el videojuego, se frustra, se enfada, grita y me insulta”. Nos encontramos con dificultades a la hora de concentrarnos y en el control de los impulsos. Tenemos cada vez menos conexión en la familia y más conexión tecnológica a través de los dispositivos. Creo que todos conocemos los síntomas de una adicción tecnológica, pero el síntoma no me preocupa porque es la señal de que hay un problema.
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Para mí, lo importante es que vayamos a la raíz de esta problemática, porque, cuando uno tiene una adicción, tanto a la tecnología como a la heroína, al porno, a la compra compulsiva, a la comida o al trabajo, el problema siempre está en la raíz. Una persona que tiene una adicción sale de una situación conflictiva o desagradable y la evita al meterse en un bucle que se llama adicción. Cuando hablamos de adicción tecnológica, aunque la depositemos en un dispositivo, en las redes sociales o en los videojuegos, ese es el síntoma.
Es fácilmente observable y podemos levantar la mano y decir: “Necesito ayuda”. Pero el problema no está en el dispositivo: no es Instagram, no es el alcohol, no es TikTok. Ahí es donde desemboca el problema. Lo que tenemos que preguntarnos es qué hay detrás de esa conducta repetitiva. ¿Ha habido un abuso? ¿Un maltrato? ¿Hay una situación conflictiva en casa? ¿Una situación de acoso escolar? Nos encontramos con niños que no son vistos, que son sobreprotegidos, maltratados o abusados sexualmente. Todo eso que está debajo de la punta del iceberg es lo que se manifiesta en la adicción.
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—Entiendo que la adicción puede funcionar como una solución temporal a un problema más profundo. Pero ¿es siempre así? Si a un niño de uno o dos años le doy una pantalla sin límites o lo acostumbro a consumir mucha azúcar, ¿puede desarrollar una adicción por esa exposición, incluso sin un problema de fondo?
—Claro. Y tiene mucho que ver con lo que estábamos diciendo antes. Siempre hay algo que te empuja en esa dirección. Fíjate que nuestro cerebro tiene una parte concreta, justo en el centro anatómico, que es el sistema límbico. Ese es el cerebro emocional; también se lo conoce con ese nombre. Y el sistema límbico lo tiene muy claro: tiendo a hacer aquello que me gusta y a evitar aquello que me duele, me resulta doloroso o es una situación conflictiva para mí.
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Otra cosa es que luego, a nivel más racional, digamos: “Esta es una situación difícil, conflictiva, pero tengo que enfrentarme a ella, me tengo que sentar y tengo que tomar una decisión”. Pero el sistema límbico tiende siempre a hacer aquello que le gusta y a evitar aquello que duele.
Si yo entro en una conducta repetitiva, la pregunta que nos tenemos que hacer es: ¿de qué huyes? ¿Qué estás evitando? De hecho, es muy interesante porque la palabra adicción, que viene de addictus, es “no dicho”, “no expresado”. Cualquier persona que tenga una adicción, con sustancia o sin sustancia, nos lleva a preguntarnos, en relación con el pasado: ¿qué sucedió? A lo mejor, “qué sucedió” se refiere a la semana pasada, hace unos años o hace otra década. ¿Qué sucedió que estás evitando y no has podido nombrar?
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Pero no todo lo que reluce es oro. No es tan fácil. El objetivo no es llegar a un diagnóstico. Quizá el nombre es lo de menos. Lo importante no es preguntarle al paciente qué le pasa, sino qué le pasó.
Porque en ese pasado es donde algo se rompió: no se sintió visto, no se sintió atendido, fue sobreprotegido o abandonado emocionalmente y hoy, como mecanismo de defensa, se sumerge en la adicción. Por eso, como decías muy bien antes, las personas con adicción tienen como solución esa conducta repetitiva. La adicción no es el problema: es su solución. Drogarse y estar ocho horas al día en redes sociales es lo más adaptativo que tiene esa persona, menor o adulta, en su mochila. Es la estrategia más potente, la más inmediata y la que la salva en ese momento. Por tanto, hay que dar recursos para salir de ahí e ir a la raíz.
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—Gran parte de la sociedad se ha vuelto adicta a las pantallas, ya sea a través de las redes sociales o de otras plataformas. Si detrás de toda adicción hay un trauma o un problema de fondo, ¿qué dice esto de nosotros como sociedad? ¿Qué nos está pasando?
—Dice muy poco. Como explico en mi libro Trauma: niños traumatizados, adultos con problemas, todos tenemos un niño o una niña interior que tiene algún trauma. Pero luego la sociedad es traumatizante o retraumatizante. La gran mayoría de nosotros, yo el primero, hemos vivido situaciones en la infancia que nos han dolido. No nos hemos sentido vistos, nos hemos sentido sobreprotegidos o desprotegidos, no nos han empoderado, no han confiado en nosotros, no nos han regulado emocionalmente, no nos han puesto límites o nos han puesto demasiados límites de una manera muy estricta y rígida.
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Encontrar el equilibrio es muy difícil. Ser madre y ser padre es muy difícil. Ser maestra es muy difícil. Entonces, es muy fácil vulnerar a un niño porque, como especie, somos muy vulnerables. Pero, además, las tribus donde venimos a desarrollarnos —la familia, la escuela, las instituciones y la sociedad— no siempre son suficientemente sanas y emocionalmente inteligentes. Por tanto, vulnerar a un niño es algo muy sencillo y, desgraciadamente, muy frecuente. Es tan frecuente que está normalizado.
Cuando castigamos a un niño, nadie se sorprende, porque lo normal o habitual es castigar. Pero no sabemos las repercusiones que tiene el castigo sobre los niños, el abandono emocional, que un niño no sea visto o que los adultos estemos secuestrados por los dispositivos tecnológicos. Esto implica que tu hijo, que te está diciendo: “Papá, mira lo que he dibujado”, no se sienta visto ni atendido.

—Como padre, ¿qué hacés con toda la información que tenés, después de haber investigado tanto sobre las heridas más frecuentes en la infancia, para evitar cometer esos mismos errores?
—Hago como el resto de los papás y las mamás: lo que está en mi mano y lo que puedo. Lo hago lo mejor posible. Es cierto que tengo mucha información y recursos, pero esto no quita que tenga un conflicto abierto con mis hijos por el tema de los dispositivos. Mis hijos tienen ocho y 10 años. Es decir, no estamos en plena adolescencia ni muchísimo menos. Pero el dispositivo está hecho para atraernos. Todo aquello que tenga luz, sonido y movimiento, es decir, un dispositivo, es atractivo y capta nuestra atención.
Con lo cual, mis hijos, igual que cualquier otro niño, quieren estar con el dispositivo, ver televisión, usar la tableta o el celular de papá y mamá. Me parece muy importante que seamos conscientes de las repercusiones que tiene estar puntualmente con un dispositivo y de las consecuencias de hacerlo de manera habitual. Son cosas muy diferentes.
Los dispositivos son fantásticos. A mí me permiten ahora, estando en Buenos Aires, ver a mis hijos y a mi mujer, estar en contacto con ellos y tener una comunicación mucho más fluida que hace unos años, cuando no existían los dispositivos inteligentes. Nos facilitan la vida y aportan muchísimas cosas, pero también tienen una cara amarga y riesgos de los que tenemos que ser conscientes.
—Dijiste algo que quedó resonando: estamos diseñados para elegir lo que nos resulta más fácil, aunque después no sea lo mejor para nosotros y tenga consecuencias.
—Lo más fácil y lo más agradable. Vivimos en una sociedad tremendamente hedonista, entonces tiendo a hacer aquello que sea placentero e inmediato. La adicción es placentera e inmediata. Si tengo un conflicto contigo y tengo que decirte algo, me muero de vergüenza o de miedo, pero mi parte racional me dice: “Debés hablarlo con Mili”. A lo mejor tengo que tirar de algún recurso externo, que no es prepararme sobre cómo te lo voy a decir, sino recurrir al alcohol.
El alcohol es inmediato, el dispositivo es inmediato, el porno es inmediato, los cortes son inmediatos. En ese momento concreto, te facilitan la vida, te permiten sobrevivir. Yo no estoy aquí para juzgar nada ni para decir: “Esto está muy mal” o “Esto está muy bien”. Es supervivencia pura y dura.
—Profundizá sobre el circuito cerebral del deseo, la recompensa y el placer, del que hablás en los primeros capítulos de tu libro.
—Cuando tengo un conflicto, ese conflicto puede ser interior, con mi mujer; puede ser que esté cansado, tenga mucho miedo o me encuentre ante una situación de incertidumbre. Es decir, hay una desregulación cognitiva y emocional. Hay muchas maneras de proceder ante ese conflicto, ante esa desregulación. Vamos a hablar de dos que son muy extremas.
La primera consiste en ser consciente de que me tengo que sentar, ver los pros y los contras de cada una de las opciones y pensar cómo puedo abordar este conflicto con mi mujer o el que tengo con mis hijos en cuanto a los dispositivos: qué normas vamos a poner, etcétera. De una manera consciente y consecuente, analizar cuáles son las opciones que tengo e implementar todo esto de forma deliberada. Pero también hay otra opción, que consiste en evadir.
Y repito que el sistema límbico me invita a hacer aquello que sea más rápido para quitarnos de encima esos momentos en los que uno se siente enfadado, avergonzado o culpable. Entonces, tendemos a evitar todo eso. Si, para evitar ese conflicto o enfrentarme a una situación, consumo alcohol, cocaína, porno o me meto en redes sociales, mi cerebro recibe un chute muy potente de dopamina porque ve que ese conflicto que tenía “lo he resuelto”. Ahora me siento mejor, más preparado, más tranquilo. Pero no me he enfrentado a ese conflicto.
¿Qué ocurre? Que el efecto del alcohol desaparece; el del porno, también; el de la comida, igual. Cuando estoy muy ansioso y me pongo hasta arriba de comer, llega un momento en que ese efecto desaparece.
Parece que la comida calma la ansiedad o que Instagram calma tu angustia, pero es una sensación que no es real y desaparece. Cuando vuelva a tener otro conflicto, ¿qué voy a hacer? Mi cerebro va a asociar y va a decir: como tiendo a lo que me gusta y a evitar lo que no me gusta, recuerdo que una vez tuve un conflicto, tomé alcohol y eso fue efectivo. Entonces, me va a invitar otra vez a consumir. Llega un momento en el que esto se convierte en una conducta adictiva.
No es que sea una opción: es que es la única. En ese momento, nos metemos en esa rueda en la que, cada vez que tengo un conflicto, me siento mal, vacío o poco importante, recurro a ese elemento de manera repetitiva y le pido a esa conducta que me dé aquello que internamente no tengo. Le estoy pidiendo a Instagram que me vea porque, en mi mundo real, nadie me ve; no me siento visto, no me siento importante. Le estoy pidiendo al alcohol que ejerza de controlador o regulador externo porque, en mi día a día, no tengo esa capacidad de autorregulación. Entonces, se la pido al alcohol, a Instagram, a Pornhub.
Ese es el bucle que surge cada vez que no tengo esos recursos internamente, pero los busco afuera. Hay muchos recursos externos que pueden “salvarnos” momentáneamente en esos momentos en los que lo pasamos realmente mal.

—Muchas veces no somos conscientes de que, cuando la balanza se inclina demasiado hacia el placer, después aparece el malestar, y viceversa. Si me excedo en la búsqueda del placer, es esperable que después experimente incomodidad. En cambio, si afronto algo que me cuesta, como entrenar o esforzarme en el trabajo, puedo obtener una recompensa a largo plazo. ¿Cómo lo ves?
—Seguro. Vivimos en una sociedad que lo quiere todo en el momento presente, lo quiere todo ya, de manera inmediata y sin ningún tipo de esfuerzo. Y eso no es real. Cuando uno quiere hacer un cambio en su vida, eso implica consciencia, toma de decisiones y sacrificio. La mayoría de los retos que nos ponemos —mencionás retos deportivos y laborales, pero hay muchos tipos— requieren trabajo. Las cosas no llegan del cielo: hay que trabajarlas, buscarlas y, sobre todo, tener perseverancia, que es un valor humano.
Somos los únicos perseverantes de manera consciente y voluntaria. Por ejemplo, tengo el objetivo de sacarme el doctorado, sacar adelante estos estudios, perder peso o fortalecer músculos. Cada uno tiene sus objetivos, pero cada vez más nos llueven ofertas de “conseguí este objetivo sin ningún esfuerzo”. Y eso no existe. Nos lo venden muy bien, con mucho marketing, y está fenomenal como eslogan, pero eso no existe. No existe la consecución de un doctorado a golpe de clic, sin invertir tiempo ni hacer determinados cambios. Requiere esfuerzo y sacrificio. Pero, en una sociedad tan hedonista, resultadista y centrada en el momento presente, esto va en contra.
—¿En qué notás que somos hedonistas como sociedad?
—En todo. Tendemos a hacer lo que nos gusta y a evitar lo que no nos gusta, a pesar de que es inevitable que, si quiero tener un buen vínculo, confianza contigo y fortalecer nuestra relación, haya cosas que tenemos que explicitar y poner encima de la mesa. Tengo que tener la suficiente confianza contigo y tú, la suficiente sensibilidad para escuchar: “Esta mañana, cuando me dijiste esto, me hiciste sentir muy mal. Me hiciste sentir culpable, avergonzado; me hiciste sentir mal”.
Y de eso nos tenemos que hacer cargo. De eso se tratan las tribus, las manadas en las que vivimos. Hablamos de familia, pero yo voy mucho más allá. En la caverna vivíamos en tribu. Me gusta mucho el concepto de tribu. Hay tribus bien tratantes y maltratantes, pero la sociedad se ha convertido en algo centrado en el momento presente, donde todo tiene que ser grabado, filmado y registrado; donde hemos perdido la privacidad y lo privado se ha convertido en algo completamente público.
—Me llama la atención nuestra capacidad para convencernos de nuestras propias excusas. El clásico: “El lunes empiezo a comer mejor, a entrenar, a cumplir mis objetivos”. Y, cuando llega el día, encontramos nuevas razones para postergarlo, aunque la experiencia nos demuestre una y otra vez que no funciona. ¿Esto nos pasa a todos?
—Estoy de acuerdo contigo, y esto nos pasa absolutamente a todos. Es viernes, estamos con unos amigos, bebemos alcohol, tomamos azúcares, harinas y ultraprocesados, y no pasa nada. Decimos: “Voy a disfrutar de esto porque el lunes voy a empezar a cuidar mi alimentación, a dejar de consumir ultraprocesados y de tomar alcohol. Voy a ir al gimnasio, a hacer deporte, a dormir las horas que tengo que dormir”.
Pero cuando llega el lunes, como tú bien decís, aparecen un montón de ideas que te animan a seguir con el estilo de vida que tenías antes porque es más fácil. ¿Qué es más fácil: decirle a un niño “No te dejo el dispositivo” o decirle “Aquí lo tenés, hacé lo que quieras. Tarifa plana, barra libre para lo que te dé la gana”? Pero que sea más fácil no quiere decir que sea más sanador o protector.
Cuando llega el lunes, tu cerebro es consciente de que, para aplicar todo esto, tiene que hacer muchos cambios. Es mucho más cómodo decir: “Sigo igual, con lo ricos que están los postres, con lo mucho que me gusta el alcohol, con el esfuerzo que tengo que hacer para ir al gimnasio o salir a correr”. Pero que sea más fácil no quiere decir que sea más sano.
Tenemos un cerebro que nos permite ir al futuro. Cuando me concentro en aspectos que tienen que ver con el futuro, controlo impulsos, me planifico, me regulo emocionalmente y no me comporto de manera impulsiva. Eso es bueno para mí y para ti: no te voy a hacer daño, te voy a cuidar y te lo voy a decir de una manera asertiva. Pero, al final, aparecen muchas excusas que hacen que el sistema límbico diga: “Tengo razón, y es más fácil hacerlo de esta manera”.
Por eso tenemos que activar zonas superiores del cerebro, como la corteza prefrontal, que nos lleva, gracias a la voluntad, la consciencia y la perseverancia, a la consecución de objetivos. Somos los únicos animales sobre la faz de la Tierra que tenemos la capacidad de desarrollar funciones ejecutivas y, dentro de ellas, la planificación. Pero esto no funciona dándole a un botón: funciona con perseverancia y regularidad. Eso es tirar de la corteza prefrontal.
¿Exige mucho más esfuerzo? Claro. El doctorado no llega solo, la consecución de un objetivo no llega sola, una boda no se organiza sola. Implica esfuerzo, tiempo y perseverancia.
—Hablaste de técnicas de autorregulación. ¿Cuáles son las que más funcionan?
—Las redes sociales están inundadas de todo tipo de técnicas, trucos y tips. Pero, para mí, la mejor técnica es que seamos conscientes de que las emociones hay que nombrarlas y permitirlas. Fijate qué cosa tan sencilla, pero no lo hacemos.
Cada vez que siento que me encuentro mal, a ese mal hay que ponerle un nombre. Ese mal puede ser vergüenza, pena, miedo, tristeza o vulnerabilidad. ¿Cómo se llama esto que estás sintiendo? ¿Y por qué sucedió? Una vez que sabemos que esto es tristeza, miedo o vergüenza, hay que preguntarse por qué sucedió. “Fulanita me dijo esto”. ¿Y dónde lo ubicás a nivel corporal? “Esta rabia la ubico aquí, en la parte superior”.
Es ir dándole un sentido a todo aquello que estamos sintiendo emocionalmente. La emoción surge, queramos o no, de una manera automática e involuntaria. Uno no puede decir: “Voy a ponerme triste” o “Voy a ponerme alegre”. No funciona a base de botones: surge.
Si queremos ser emocionalmente inteligentes, tenemos que activar la zona superior del cerebro, que se encarga de ponerle nombre, etiquetar la emoción y ubicarla en el cuerpo. Luego vienen las estrategias de regulación emocional. Pero el ABC de la inteligencia emocional es permitir que sintamos lo que sentimos y ponerle un nombre.
Cuántas veces decimos: “No estés triste, si tampoco es para tanto” o “No te enfades por eso, si la vida son dos días”. Esa es una manera de negar la emoción. Y las emociones no se pueden negar porque, si las negás, se vuelven mucho más grandes, intensas y presentes. Hay que nombrarlas, etiquetarlas.

—A veces nos cuesta identificar lo que sentimos. ¿Podemos creer que estamos tristes cuando, en realidad, sentimos enojo, o confundir la vergüenza con otra emoción?
—Claro, porque no nos han educado en inteligencia emocional. No somos emocionalmente inteligentes porque nuestros padres no lo son. Todo lo que tiene que ver con las habilidades socioemocionales se transmite de generación en generación. Tú y yo hablamos en español porque nuestros padres, nuestra tribu y nuestros maestros nos hablaban en español. Pues lo mismo pasa con las emociones.
Como hemos nacido en un momento en el que nuestros padres no eran emocionalmente inteligentes, no podían hablarnos en ese idioma emocional. Ahora nos toca aprender este idioma, que nunca va a ser materno, pero podemos incorporar estrategias porque la inteligencia emocional se puede aprender en cualquier momento de la vida.
—Quiero plantearte una situación. Por ejemplo, estoy por actuar impulsivamente y elegir la salida más fácil para lidiar con una frustración o un enojo. Primero identifico la emoción que estoy sintiendo. ¿Cuál es el siguiente paso?
—Permitírtelo. En el momento en que te permitís sentir enfado, enojo o tristeza, esa emoción ya no es tan intensa. Cuando te lo permitís a vos misma o se lo permitís a tu pareja, a tu hijo o a tu amiga, la emoción no es tan intensa.
Hay que ponerle nombre a la emoción y permitirse sentirla. Cuando permitimos la emoción, le ponemos un nombre y no vamos en contra de ella, sino que la acogemos, la recibimos y nos hacemos cargo, es mucho menos intensa.
En cambio, cuando digo: “No, aquí no está pasando nada” y quiero convencerme de que no estoy triste o de que no tengo motivos racionales para estarlo, la emoción surge. Cuántas veces he escuchado esto en consulta: pacientes adultos o adolescentes que dicen: “Me siento muy triste, no tengo fuerzas para la vida, me siento muy vacío, pero no lo entiendo, porque tengo una mujer o un marido que es fantástico, mis hijos son cariñosísimos, les va muy bien y me quieren muchísimo, tengo un trabajo estupendo”.
Empiezan a buscar racionalmente algo que no vaya bien y no lo encuentran, pero es legítimo. Algo se nos está perdiendo porque, objetivamente, veo que la vida me va bien, pero emocionalmente no. ¿Qué está pasando ahí? Se trata de permitirse sentirlo.

—Entiendo que cada persona tiene una historia particular, pero ¿qué puede haber detrás de alguien que, en teoría, tiene todo y, aun así, no logra encontrar la felicidad?
—A lo mejor le falta ese vínculo, cariño, esa relación o sentirse visto. A lo mejor tiene que sanar un acontecimiento traumático y ha caído en una adicción, porque la adicción es la manera más eficaz, inmediata y reforzante de salir de ese conflicto.
Lo que tú estás preguntando es qué hay debajo de la punta del iceberg. Y debajo del iceberg hay de todo. Son aguas gélidas, oscuras; es donde nadie quiere entrar. Por eso, la mayoría de las personas se queda en el síntoma: “Estoy diagnosticado con trastorno de ansiedad”. Eso es una etiqueta diagnóstica que se han inventado los psiquiatras de la Asociación Americana de Psiquiatría (APA, por sus siglas en inglés), que lo han metido en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM, por sus siglas en inglés).
Pero no me importa tanto el diagnóstico como qué hay debajo. ¿Por qué usted ha sido diagnosticado con trastorno de ansiedad o depresión? “Yo tengo depresión porque la serotonina de mi cerebro está por debajo de los niveles normales”. Esto nos lo han vendido durante muchos años y lo hemos comprado, pero llega un punto en el que no es creíble. No es que usted tenga depresión porque sus niveles de serotonina son bajos: son bajos porque usted tiene depresión. Pero ¿qué ha perdido usted para tener depresión? Esa es la pregunta que nos tenemos que hacer ante una persona que se siente triste: ¿qué has perdido?
“Es que acabo de ser mamá por primera vez y tengo depresión posparto. No tengo motivos para estar triste”. ¿Por qué no tienes motivos para estar triste? Claro que tienes motivos para estar triste. Hasta hace dos días estabas con tu pareja y, de repente, apareció un chiquitín. Habéis dejado de ser una pareja para convertiros en una familia. Habéis dejado de ser dos para ser tres. ¿Qué expectativas tenías del embarazo? ¿Qué expectativas tenías del parto? ¿Qué expectativas tenías del niño? ¿Y cómo es el niño? ¿Qué expectativas tenías de la maternidad que no se han cumplido?
Cuando estamos tristes, hemos perdido algo. No siempre es algo material, pero algo has perdido. Y por eso se llama duelo: porque te tiene que doler y lo tienes que expresar. Pero, racionalmente, el mandato social es no permitir que el otro esté triste, porque nos da mucho miedo enfrentarnos a la tristeza, a emociones que son muy desagradables.

—La vida implica pérdidas y todos cargamos con las huellas que deja nuestra historia. Sin embargo, frente a situaciones similares, algunas personas logran salir adelante y otras caen en la depresión. ¿Qué marca la diferencia si son experiencias que nos atraviesan a todos?
—Estoy de acuerdo contigo en que la vida es un continuo tomar decisiones. Siempre que tengo una opción A y una opción B, y elijo la A, tengo que hacer el duelo de no haber elegido la B. Puedes cambiar, si quieres, pero vas a tener que hacer el duelo de la A. Es imposible no tomar una decisión o no tener un conflicto con los demás. Y si no tienes un conflicto explícito con los demás, es porque estás evitando el conflicto. A lo mejor estás permitiendo que el otro te someta, te sobreadaptás y decís: “Todo me parece bien”. Eso ya es un conflicto en sí.
¿Por qué unas personas reaccionan de una manera ante una situación y otras, de otra? Por sus historias de conexión, de trauma y de vínculo con su mamá y su papá. Hay personas que son más resilientes y otras, menos. Hay personas que tienden más a las adicciones y a la depresión, y otras que, afortunadamente, tienen o han tenido una tribu que les ha dado recursos y adaptabilidad. Esos son factores de protección.
El apego seguro es un factor de protección y el apego inseguro es un factor de riesgo. Hay muchas variables. Por eso, no hay que quedarnos en el momento presente, sino entender cómo es esta persona aquí, en Buenos Aires, con 45 años, y cuál es su historia. Hablamos de 45 años de historia, en los que han pasado muchas cosas. Por eso, en consulta, siempre hago la línea de vida. ¿Qué ha sucedido en tu vida que es importante?
—¿Cómo es la línea de vida?
—La línea de vida consiste en tomar un folio y trazar una línea: cero es el nacimiento. Uno le pregunta al paciente: “¿Usted cuántos años tiene?”. “Tengo 54”. “¿Qué ha pasado en estos años?”. Cuando le hacés esa pregunta, generalmente te cuenta hechos objetivos: “Tengo 21 años, pero a los 17 mis padres se divorciaron y, cuando tenía siete años, mi abuelo falleció”.
Nos quedamos en hechos objetivos, pero la línea de vida también busca el contenido emocional. Hay muchos acontecimientos traumáticos que no están integrados, de los que no somos conscientes y que los pacientes, en un primer momento, no incluyen en la línea de vida porque no consideran que sean importantes.
Todo lo que sea emocional, que implique un cambio o tenga que ver con cómo te sentiste, debería estar en ese folio. A veces hay que recurrir a otros folios porque hay muchas cosas para poner. Pero es importante conocer la historia de cada uno, porque conocerla permite hacer una interpretación correcta de los síntomas, las limitaciones, las angustias y, por supuesto, las fortalezas y los aspectos positivos de cada persona.

—Retomemos el ejercicio: estoy atravesando un momento de enojo, frustración o tristeza. Primero identifico la emoción y después me permito sentirla, sin intentar evitarla. ¿Cuál es el siguiente paso?
—Actuarlo. Si me siento triste, tengo que escuchar esa emoción. Esa emoción se llama tristeza o pena. Voy a conectar con ella y a escuchar mi cuerpo. Cuando uno está triste, si escuchás a tu cuerpo, te va a decir: “No tengo ganas de salir, no me apetece ir a la calle, salir a bailar ni tomar una copa”. Porque la tristeza te invita a conectar con vos, no con los demás.
Pero tu tribu, tu entorno social, cuando estás triste, te invita a salir. Pero vos no querés porque la tristeza lo que quiere es elaborar el duelo. Y, para elaborar el duelo, no me tengo que ir a montar en bicicleta, salir a beber, ir al cine o distraerme. No quiero distraerme, quiero conectar conmigo.
Por eso, la tristeza te invita a que te metas en la cama, te quedes en casa, te hagas una bolita y te tapes con una manta. La tristeza implica un duelo que tiene que ser llorado, literalmente, pero también metafóricamente.
Hay que elaborar el duelo de que te han despedido del trabajo, tus padres se han divorciado, tu abuela ha fallecido o tu pareja está en el hospital porque ha tenido un accidente de tráfico. Estos momentos, que suponen puntos de inflexión, implican que pares, pienses, te hagas cargo y ordenes la estantería, porque, a partir de ahora, la vida es diferente de como era cinco minutos antes de recibir esa noticia. Tu vida va a ser diferente. No digo que vaya a ser mejor ni peor: va a ser diferente, porque la estantería ahora va a ser distinta.
Entonces, hay que escuchar al cuerpo, permitirse sentir de esa manera y, sobre todo, cuidarse. Te van a llamar muchos amigos, incluso tus padres, y te van a decir: “Tenés que salir, no te podés quedar encerrada”. Y la pregunta es: ¿por qué? Voy a escuchar a mi cuerpo y hoy no voy a salir. Otra cosa es que tengas que ir a trabajar. A veces uno tiene esos condicionantes y dice: “Tengo que ir a trabajar, ya está”. Pero, en aquellos momentos en los que no sea obligatorio, ¿por qué escuchamos más a la gente de lo que nos escuchamos a nosotros mismos?
—¿Cómo distinguimos entre permitirnos sentir una emoción y caer en la autoflagelación o la victimización? ¿Cuánto tiempo es razonable, por ejemplo, para atravesar un duelo?
—Conectar con uno mismo es una actividad de riesgo, podríamos decir. Es muy duro conectar con el vacío. Es duro hacerse cargo de que tu abuela ha fallecido o conectar con que te han despedido del trabajo. Hay muchas personas en este mundo que lo están pasando realmente mal, están heridas, han vivido situaciones traumáticas, de sometimiento y señalizantes.
Pero tenemos que aprender, una vez que somos adultos, a cuidar a nuestro niño o niña interior. Y vos decías antes: “¿Cuánto dura ese tiempo?”. No tengo ni idea. ¿Por qué? Porque depende de la persona.
Hay personas que son capaces de revertir ese duelo y salir más fortalecidas en unas horas, unos días o unas semanas. Y hay personas que llevan, ni siquiera te voy a decir meses o años, sino décadas enquistadas en un duelo que no fue sano y se convirtió en patológico. ¿Por qué? Porque este libro, que pertenece a tu vida y es muy importante, no lo hemos metido en la biblioteca de tu vida. Lo hemos tirado al suelo, escondido, lo hemos llenado de alcohol, de porno o de heroína. Pero te tenés que hacer cargo.
Ahora, la pregunta es: ¿tenés los recursos para hacerte cargo? Muchas veces no los tenemos, pero caminante no hay camino, se hace camino al andar.

—¿Alguna vez te pasó de tener que decirle a un paciente que es momento de empezar a salir de ese duelo y avanzar?
—Jamás en la vida me he atrevido, ni se me ha pasado por la cabeza, decirle a un paciente: “Ya está bien”. Porque, en el momento en que tú le dices eso, lo estás juzgando, y no puedes juzgar. Lo que ocurre en un contexto psicoterapéutico no tiene nada que ver con lo que ocurre en la sociedad. En la sociedad estamos acostumbrados a juzgar, señalar, criticar y comparar. Y tú, en un contexto psicoterapéutico, no puedes hacer eso porque, en el momento en que lo haces, el paciente que ya está herido se siente más herido; el paciente que está traumatizado se siente retraumatizado. Entonces, el paciente pierde la confianza en ti porque lo estás juzgando.
—¿Qué pasa si soy tu paciente, terminé una relación hace un año y todavía no tengo ganas de salir ni de retomar mis actividades? ¿En qué momento intervenís para ayudarme a salir de ese estado y volver a conectar con mi vida?
—La primera que quiere hacer eso sos vos. Y, si no lo hacés, no es porque no querés, es porque no podés. A pesar de que la sociedad te diga que querer es poder. Al paciente hay que acompañarlo, no hay que decirle lo que tiene que hacer.
Estamos hasta arriba en redes sociales de tips, orientaciones, sugerencias y pasos que tenés que seguir cuando tu hijo se siente triste, por ejemplo. Y la vida no se trata de eso. A pesar de que las redes estén inundadas de todo eso y de que, cada vez que voy a una conferencia, haya preguntas como: “¿Qué hago cuando mi hijo hace tal o cual cosa?”. No sé qué hacer cuando tu hijo hace tal o cual cosa. No tengo ni idea. ¿Por qué? Porque ni te conozco a vos, ni conozco a tu hijo, ni sus fortalezas, ni sus traumas, ni vuestra historia.
Sería muy sencillo, fantástico y muy económico decir: “Voy a escribir un libro para que aquellas personas que tengan una adicción dejen de tenerla; para que aquellas personas que tienen un apego inseguro, cuando acaben de leer la última página del libro, tengan un apego seguro”. Yo escribo libros sobre adicción, trauma y apegos inseguros. Pero el primero que dice que los libros no te solucionan la vida soy yo.
Los libros, los reels y las redes, ¿para qué sirven? Para generar conciencia, sensibilizar, para que de repente digas: “Uy, a mí esto me suena”. Bien, en ese caso, hagamos algo. Pero un libro no te soluciona la vida, no te cura. Un libro, un video, un reel o una conferencia te puede encender una luz. Pero yo no sano en las conferencias: acompaño a esa persona a sanarse.
Pero entiendo tu pregunta. Hablamos antes de la importancia de la perseverancia, de ser consciente y de que vos te hagas cargo de tu vida. Pero a veces el paciente viene y te dice: “Rafa, no me puedo hacer cargo de mi vida”. Y decís: “Claro, por eso estás aquí”.
Primero vamos a comprender por qué hoy tenés estos síntomas: ansiedad, depresión, dificultades para conectar con los demás, por qué te cuesta concentrarte, tenés problemas de memoria, por qué dormís tan mal, tenés insomnio o eyaculación precoz. ¿Por qué te han diagnosticado anorexia nerviosa? ¿Qué hay en la raíz?
Siempre que nos sumergimos en lo que está debajo de la punta del iceberg, nos encontramos con algo. Porque es una zona muy oscura donde nuestro propio inconsciente dice: “Que se quede ahí, porque esto es mierda pura. Que no salga, por favor”. El sistema límbico dice: “Disfrutemos de la fiesta”. Entonces, ¿qué pasa con el trauma? “El trauma, dejalo ahí”.
Hay gente que nace, se desarrolla, vive y muere sin haber mirado de frente al trauma, al abuso sexual que vivió. Y hablamos de abuso sexual como si, de vez en cuando, algún niño viviera situaciones de abuso sexual, y es un 20% de la población. Uno de cada cinco. Es una verdadera barbaridad.
Luego hablamos de otro tipo de traumas y situaciones donde hay sometimiento, chantaje, condicionamiento, sobreprotección y abandono emocional. Son muchas las situaciones que conllevan una potenciación de la fragilidad del ser humano.
Te dicen: “Esto se llama insomnio”. Pero la pregunta es: ¿qué te está diciendo ese síntoma? ¿Qué te está diciendo tu cuerpo cuando te duelen las rodillas o la espalda? “Esto es genético”, explican algunas personas. Entonces, echamos balones fuera. Eso es lo fácil. Pero lo difícil es decir: “¿Qué me está pasando y por qué tengo el colon irritable?”. Decir: “Pues me ha tocado, ya está”, es lo fácil, pero no es lo más responsable ni autoprotector.

—En tu libro incluís un texto de Eduardo Strauch, uno de los sobrevivientes de la tragedia de los Andes. ¿Cómo comenzó tu relación con él y por qué decidiste incluirlo en el libro? ¿Qué representa para vos esa historia?
—Como miles y miles de personas, soy un fanático de la historia de los Andes. Me despierta mucha curiosidad. Siempre me ha parecido una historia espectacular, sobresaliente, donde hay trauma, milagro, equipo y sufrimiento. Están las dos caras de la vida.
Conocí a Eduardo porque estuve dando una conferencia en Andalucía, España, por donde él había pasado, y uno de los directores del colegio me ofreció ponerme en contacto con él. Eduardo fue el primer superviviente que conocí. Ahora conozco a bastantes de ellos y tengo buena relación, pero a mí me impactó mucho conocerlo.
Recuerdo que llevaba un cuaderno con mis anotaciones y mis preguntas, pero me rompió completamente los esquemas. Cuando quedamos en la estación de Atocha, en Madrid, para tomar un café, me dijo: “Mira, Rafa, tú conoces mucho sobre mí, pero yo no sé nada sobre ti. Así que siéntate y cuéntame. ¿Tenés hijos? ¿Estás casado? ¿A qué te dedicás? ¿Qué es lo que hacés?”.
Eso me rompió los esquemas. A partir de ahí, tuvimos una linda relación de amistad y fueron surgiendo muchos proyectos, como escribir un cuento dirigido a niños, a partir de los cinco años, para contarles lo que vivieron los supervivientes en 1972. Es el primer cuento dirigido a niños que existe para contarles lo que sucedió allí. Porque la película y el libro original no son para niños. Este es un cuento con un lenguaje de niños para niños y con ilustraciones. Tanto Eduardo como yo queríamos que fuera una historia bien contada, de manera respetuosa y adaptada para niños.
En este libro, Adictos a las pantallas, quise contar con él para el epílogo porque uno de los capítulos que desarrollé tiene que ver con la resiliencia. ¿Por qué unas personas son más resilientes y otras menos? ¿Por qué algunos de los supervivientes consiguieron sobrevivir a una circunstancia tan extrema y otros murieron en la montaña? No solamente hablo del accidente de los Andes, sino también de Viktor Frankl y de otras experiencias muy extremas, pero sobresalientes, que nos aportan valores.

—¿Cómo se conecta la temática de resiliencia de Viktor Frankl con la historia de Eduardo?
—Se conecta mucho. Al final, nuestra historia hace que seamos más resilientes o que tengamos una mayor facilidad para la adicción. Por eso quise que él cerrara el libro y dedicara un capítulo a hablar de cómo nos enfrentamos a la adversidad, a nuestras distintas cordilleras, como dicen ellos.
—¿Cuál es la herramienta que a vos más te funciona cuando necesitás entenderte, escucharte o salir de alguna situación que no es beneficiosa?
—Parar. Porque nos metemos en la vorágine, el estrés, los dispositivos y el trabajo. Vamos en el auto como locos para llegar a determinados sitios. Entonces, hay que frenar, literal y metafóricamente, respirar, resetear y seguir.
A lo mejor, lo que te estás exigiendo o las expectativas sobre lo que tenés que hacer esta mañana o a lo largo del día no son viables. O a lo mejor tenés que decirle no al otro para decirte sí a vos. Parar es una estrategia que a mí me funciona mucho, pero es muy difícil hacerlo porque la sociedad te invita a acelerar constantemente.
—Rafa, voy a despedirte con la última pregunta que les hago a todos los invitados. Más que una pregunta, quiero que nos compartas algo que te haya sorprendido, conmovido o dejado pensando últimamente. Puede ser una reflexión, un mensaje o simplemente algo que te gustaría dejar como cierre de este episodio.
—La semana pasada estuve en Panamá, en un congreso, y una de las opciones que me presentaron en el vuelo era un documental de Chavela Vargas. En ese documental, ella, que ya tiene algunos años, habla sobre cómo fue su infancia. Una de las cosas que cuenta es que, cuando era pequeña, no se sentía vista ni por su mamá ni por su papá; que fue muy señalada, criticada y juzgada por su propia familia.
También cuenta que, cuando los amigos de su mamá y su papá iban a su casa de visita, la encerraban en una habitación porque era la vergüenza. No se sentían orgullosos de ella. Al final, entendés muchas cosas de los personajes públicos. Me encantan las biografías y las autobiografías. Las entendés cuando conocés un poco más de su infancia, de su adolescencia, de cómo era la relación que tenían con sus papás.
Lo de Chavela me impactó porque uno imagina que un gran profesional o artista siempre tiene detrás una tribu bien tratante y, en muchos casos conocidos y documentados, vemos que no es así. Al final, lo que la salvó fue, en este caso, la música.
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