En un nuevo episodio de La Fórmula Podcast, Guillermo Pino, el creador de Plim Plim repasó el recorrido de una marca que pasó de una larga etapa de preproducción y años de incertidumbre a convertirse en uno de los fenómenos infantiles más vistos del mundo hispano. A lo largo de la entrevista, explicó cómo la fe en el proyecto, el propósito de transmitir valores a la primera infancia y la capacidad de adaptarse a los cambios del mercado fueron claves para sostener el crecimiento.
Además, reflexionó sobre los momentos más duros detrás del éxito, desde la crisis económica de la empresa y la reinvención en YouTube hasta su búsqueda personal en la espiritualidad, el autoconocimiento y el liderazgo. También habló sobre qué significa realmente “ser importante”, la necesidad de construir un mejor diálogo interno y la importancia de rodearse de equipos talentosos, humanos y comprometidos. El episodio completo podés escucharlo en Spotify y YouTube.
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Guillermo Pino es publicista, productor audiovisual y creador de Plim Plim. Además, es fundador y presidente de la productora audiovisual Smilehood, desde donde creó El Payaso Plim Plim, un héroe del corazón, una propuesta infantil basada en valores humanos, hábitos positivos y el cuidado del medio ambiente. Antes de impulsar ese proyecto, trabajó en el área de Marketing y Comunicaciones de América TV, se desempeñó como asesor en comunicación, publicidad y marketing estratégico y desarrolló una trayectoria como productor de espectáculos y contenidos audiovisuales, además de participar como productor en películas del cine argentino.

—¿Cómo fue el proceso de creación de Plim Plim? Actualmente, es el canal de YouTube en español con mayor cantidad de visualizaciones. ¿A qué atribuís este fenómeno?
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—Creo que es multifactorial, porque, aunque suene poco creíble, nosotros lo hacemos con mucho amor. Siento que existe una diferencia entre quienes buscan un resultado permanente y quienes hacen las cosas con propósito. Lo veo en nuestro producto y también en otros. Cuando alguien pone dedicación —ya sea en un restaurante, cuando te atiende el dueño o el mozo, y ambos están involucrados en el proyecto—, eso se nota. Si tuviera que hacer una síntesis, diría que es por las ganas y el propósito que le ponemos.
—Plim Plim surgió como una idea en 2006, pero el proyecto permaneció en preproducción hasta 2011, año en que finalmente salió al aire. ¿Qué ocurrió durante ese período y cómo lograste mantener la convicción en el proyecto sin contar aún con resultados concretos?
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—Primero hicimos un trabajo que consistió en seleccionar a los mejores alumnos de escuelas públicas de la provincia de Buenos Aires. Armamos un equipo muy bueno, aunque sin experiencia, y comenzamos a planificar. Investigamos lo que ya existía en el mercado, analizamos más de 600 dibujos animados y armamos una pared con todos ellos. Observábamos qué nos gustaba de cada uno, incluso de productos que no eran animaciones, sino series de ficción infantil. A partir de ahí, empezamos a sacar conclusiones. Para mantenernos, lo que hacíamos era soñar, imaginarlo materializado, pensar en el resultado final y demás. Hubo momentos muy duros; atravesamos situaciones complejas durante ese proceso. Pero recuerdo una frase que leí y me gustó: cuando pienses algo, pensalo más alto. Esa idea me marcó, como también una frase de Guillermo Vilas.
Vilas decía: “Yo siempre hice todo apuntando al sol. No apunté a una nube para después decir: ‘Ah, llegué a la nube, entonces puedo intentar el sol’. Si apuntaba al sol y me quedaba en una nube, era lo que correspondía”. Yo siempre repetía: “Esto va a salir al mundo, vamos a ser un éxito”. A veces, los que trabajaban conmigo comentaban: “Parecías un pastor, ¿viste? De esos que tienen fe”. Pero esa fue la realidad. Con el tiempo, todos nos fuimos contagiando; veíamos un diseño o terminábamos un capítulo y decíamos: “Che, esto quedó bueno, en serio”. Se lo mostrábamos a algún chico, porque no queríamos que se difundiera que estábamos haciendo esto, y nos decía: “Che, está bueno”. Así fuimos ganando confianza en el proceso. Sin duda, lo que nos sostuvo fue la fe y el propósito. En eso nos apoyamos y lo seguimos haciendo. Ahora, en otra etapa de la propiedad, cuando lanzamos un canal nuevo en un idioma diferente, también hay que volver a empezar. Ahora lanzamos el indonesio. De nuevo, cabeza, fuerza, ganas y dedicación. Para tener 50 vistas por día, seguimos con la misma determinación.
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—¿Cuál era el objetivo en ese momento?
—Fui un fanático de la televisión toda mi vida. Me encantaba y pasaba horas mirando tele. Creía que existía una posibilidad como fenómeno de comunicación. Los chicos son los más permeables, por eso buscamos dejar un mensaje positivo. Hicimos un listado y decidimos que Plim Plim debía transmitir valores y hábitos positivos. Ese fue el eje fundamental: lograr un mensaje que abrace a los chicos en la primera infancia y los entretenga, porque primero hay que divertirlos, eso es clave. Que la pasen bien. Y después, si podemos dejar un mensaje positivo, hacerlo. Si podemos transmitir el cuidado del agua, hacerlo. Si podemos enseñar a decir por favor y gracias, hacerlo. Que compartan, que sean tolerantes, que sean empáticos. Así fuimos incorporando canciones y capítulos, siempre alrededor de esa temática.
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—Cuando Plim Plim comenzó a emitirse por Disney en 2011, ¿el éxito fue inmediato o el reconocimiento y la popularidad llegaron de manera gradual?
—Pasamos por muchísimas situaciones. Cuando ingresamos a Disney, fuimos la primera productora independiente en llegar a la compañía. Nos ayudó Diego Lerner, que falleció hace poco y nos abrió las puertas. Al principio, no nos creían que lo habíamos hecho en Argentina. Decían: “Che, esto lo hicieron en estudios de China o la India”. Respondíamos: “No, lo hicimos acá”. Preguntaban dónde estaban los estudios, y explicábamos que habíamos contratado gente que no trabajaba en ningún estudio, los sumamos al proyecto. Primero tuvimos que convencerlos de que era un producto argentino y que lo desarrollábamos aquí. Luego atravesamos distintas etapas. Al lanzar, tuvimos un éxito muy grande dentro de Disney Junior, pero, al mismo tiempo, llegó una fase muy complicada para nosotros porque teníamos un acuerdo con Disney. Primero nos ponían sábados y domingos, después empezaron a ubicarnos en el prime time infantil, que era a las ocho de la mañana y a las cinco de la tarde.
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Vivimos muchas situaciones. Al ingresar a Disney, fuimos la primera productora independiente en llegar a la compañía. Diego Lerner —quien falleció recientemente— nos ayudó y nos abrió las puertas. Al principio, no creían que lo habíamos hecho en Argentina. Decían: “Che, esto lo hicieron en estudios de China o de la India”. Respondíamos: “No, lo hicimos acá”. Preguntaban por los estudios y explicábamos que habíamos contratado personas que no trabajaban en estudios, los sumamos al proyecto. Primero debimos convencerlos de que era un producto argentino y que se desarrollaba en el país. Luego atravesamos distintas etapas. Al lanzar, tuvimos mucho éxito dentro de Disney Junior, pero al mismo tiempo llegó una etapa muy complicada porque teníamos un acuerdo con Disney. Primero emitían el programa sábados y domingos, luego empezaron a colocarlo en el prime time infantil, a las ocho de la mañana y a las cinco de la tarde.

—En ese período, YouTube ya se perfilaba como una plataforma con potencial para desarrollar un modelo de negocio rentable. ¿Coincidís?
—Sí, empezaba a serlo, digamos.
—¿Por qué decidieron apostar por YouTube en lugar de presentar el proyecto a canales tradicionales, como los competidores de Disney? En ese momento, no era habitual elegir YouTube como primera opción. ¿Qué los llevó a tomar esa decisión?
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—Es cierto, pero creíamos que había un potencial. Lo que me gusta de YouTube es que se trata de un ecosistema con mucha competencia. Ahora estamos número uno del mundo en todas las categorías, no solo en el segmento infantil, sino también frente a cualquier streamer o youtuber, y competimos contra cuatro millones de generadores de contenido en español.
Esa competencia me parecía interesante y era una manera de demostrar que nuestro producto es bueno. En la televisión tradicional, uno debía negociar con un gerente de programación o con quien te compraba el contenido, o con un canal de cable. Sentía que ese modelo se estaba limitando y veía una oportunidad para nosotros. Lo curioso es que, después de todo ese recorrido, ahora tenemos nuestro propio canal de cable. Hoy contamos con una señal que llega a 33 millones de hogares en toda Latinoamérica, con presencia en 10 países. Fuimos de YouTube y, luego, volvimos al cable. Hoy estamos en ambos, en YouTube y en el cable, además de otras redes sociales.
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—Si tuvieras que identificar algunos momentos clave que considerás determinantes en el crecimiento de Plim Plim hasta alcanzar el lugar que ocupa actualmente, ¿cuáles señalarías?
—Podría mencionar algunos aspectos negativos que nos hicieron más fuertes. Pasamos por situaciones complicadas, especialmente cuando enfrentamos una reducción drástica en la facturación. Tuvimos que pasar de un equipo grande a quedarnos con los 15 o 20 mejores, verdaderos cracks. Siempre recuerdo con frustración esos momentos. Despedir a alguien es horrible; quienes lo vivimos sabemos lo difícil que resulta.
A veces uno despide porque la persona no cumple bien su trabajo o por cambios en la unidad de negocio. Pero cuando se trata de alguien talentoso, comprometido, con ganas, que ya era amigo —personas cuyos hijos vi nacer, cuyos casamientos compartí—, tener que decirles “no tengo para pagarte” fue muy duro. Lo único que pude prometer en ese momento fue: “Si algún día volvemos a estar bien, te voy a llamar”. La mayoría de ellos hoy trabaja otra vez con nosotros. Pero en ese momento sentí mucha frustración, enojo y dolor, porque se iban personas valiosas, con las que compartí mucho. Lo atravesamos igual.
Eso nos fortaleció y, cuando comenzamos a salir adelante, muchos volvieron. Al principio trabajaban part time porque no podían dejar sus otros empleos, pero después la mayoría regresó a tiempo completo. Así logramos salir adelante. Es curioso, porque ahora, al contarles a los nuevos empleados sobre la importancia de mantener el espíritu y la cultura de la empresa, resulta complejo: piensan que siempre hubo café rico y comodidades.
En un momento, comprábamos la yerba mate más barata porque no alcanzaba para otra cosa. Ahora hay cafetera, pero antes no era así. Compartiendo estas anécdotas con el equipo nuevo, recordamos que nos cayó un rayo en un tanque de agua y se nos arruinó un stock de licencias; tuvimos que secar todo en un balcón. También pagamos indemnizaciones en 12 o 18 cuotas porque no podíamos hacerlo de otra manera. Esa fue nuestra realidad. Todo esto hace que quienes hoy están vinculados a la empresa tengan un fuerte arraigo con la marca y con la cultura de la organización.

—¿Qué aprendizajes te dejaron los momentos de frustración en los que proyectos que parecían avanzar comenzaron a retroceder? ¿De qué manera lograste mantener tu propia motivación y, al mismo tiempo, transmitir confianza y convicción al equipo para continuar?
—Mi otra pasión, además del entretenimiento y los medios de comunicación, está relacionada con la espiritualidad. Me refugié mucho en ese ámbito e incursioné profundamente. Siempre practiqué actividades holísticas e hice varias terapias alternativas que me resultaron muy útiles. En ese momento, también surgió un desafío personal: después de haber empezado desde abajo y de lograr una buena posición, con oficina linda y todo, tuvimos que mudarnos y achicarnos de verdad. Eso también golpeó mi ego. Venía de una historia con momentos de carencia y volver a esa situación después de haber estado bien fue duro. Un amigo me dijo una vez: “Cuando uno está abajo y va subiendo, es una cosa, pero cuando subiste y tenés que volver a bajar, volver a viajar en colectivo cuando ya ibas en auto, es difícil”.
Atravesamos de nuevo momentos de carencia y ahí recurrí mucho al autoconocimiento. Luego, cuestiones personales, como la partida de mi mamá, me llevaron a conectarme más conmigo mismo. Como dicen algunos expertos, “como es adentro es afuera”. Cuando pude ordenar mi interior, ser más honesto conmigo, abrazar mis miedos y angustias, aceptar mis partes que menos me gustan y reconocerme en determinadas situaciones, noté cambios afuera.
Cuando logré ese orden interno, mágicamente comenzaron a aparecer sincronías: justo necesitábamos algo y aparecía la persona indicada o surgía lo que buscábamos. También estaba más atento; antes vivía acelerado y chocaba diez veces por mes, ahora voy más despacio y, si choco, es una o dos veces al mes. Cuando estuve más atento en mi vida, sentí que el espíritu, Dios o como se lo quiera llamar, me empezó a regalar más cosas lindas.
—Me gustaría consultarte más sobre el aspecto comercial de Plim Plim. Actualmente, cuentan con presencia tanto en YouTube como en televisión por cable, ¿correcto?
—Tenemos once canales de YouTube. Está dividido por idiomas.
—Además de los juegos y las presentaciones teatrales, ¿qué otras líneas de negocio desarrollan actualmente? ¿Incluyen productos de merchandising u otras áreas que aún no mencionamos?
—Sí, tenemos compañía de teatro: dos en Argentina, una en México y una en Chile. Este año, por primera vez —te doy una primicia—, vamos a estrenar en Estados Unidos. Haremos funciones en seis ciudades estadounidenses. Ya habíamos estado en Puerto Rico, pero no lo consideramos igual, aunque sea territorio americano, porque ahora vamos al continente. Estamos cerrando, junto a Mariano Pitarch, una gira muy ambiciosa. Es impresionante ver que el teatro de Nueva York ya abrió y comenzó a vender entradas.
—¿Es en inglés?
—No, en español. Todo dirigido al público hispanohablante. En inglés tenemos un canal que funciona bien, pero sigue siendo muy pequeño para ese mercado. Contamos con dos millones de suscriptores, pero aún es poco. Empezamos primero con el español y ojalá, en algunos años, podamos hacerlo también en inglés.

—De todas estas líneas de negocio, ¿cuál es la que sostiene a Plim Plim?
—Hoy el negocio está más diversificado. Al principio, era principalmente YouTube, y después, a medida que fuimos abriendo licencias, el panorama cambió. En licencias tenemos dos socios fundamentales: Bandai, la cuarta juguetera más grande del mundo, y Arbrex, una empresa argentina líder en el país y con operaciones en toda Latinoamérica. Hicimos acuerdos con ambos y el negocio de las licencias se fortaleció. Además, Cindy, quien gestiona todo el tema de licencias, es una verdadera guerrera: asiste a todas las ferias, incluidas las de Las Vegas y las principales de la industria. Siempre invertimos mucho en eso, aunque la recepción de hoy no se compara con la de antes.
Recuerdo que, al principio, cuando iba a una feria llevaba un one sheet, que es una breve explicación del producto. Me tocó ir a NATPE, MIPCOM, LA Screenings y, al explicarle a alguien, a veces le sonaba el teléfono, atendía, y luego decía: “Uy, tengo otra reunión”. Cerraba el celular —a veces de los que tenían tapita—, tomaba el papel y lo tiraba. Yo veía cómo el one sheet caía y sentía el rechazo. Como teníamos tan poca visibilidad, lo recogía y pensaba: “Bueno, se lo daré a otro”.
Otra anécdota que siempre recuerdo: a través de un contacto logré llegar al referente de animación de Francia, un hombre que vendía a todos los canales, como si en Argentina fuera Suar o Juan Cruz Ávila. Me recibió y me dijo: “No voy a juzgar si tu producto es bueno o malo. Pero, ¿vos creés que algún canal francés va a poner un producto argentino cuando tenemos coproducción con Canadá?”. Le respondí: “Pero si los productos son buenos, ¿no tienen oportunidad en el mundo?”. Me contestó: “No. Acá tenemos acuerdos con Canadá y producimos. Nadie te va a abrir la puerta acá. No insistas más”. Fue un golpe duro.
En medio de esto, desde Buenos Aires me preguntaban: “¿Cómo te fue en la reunión con el francés?”. Respondía: “Más o menos, qué sé yo”. Nada. Recuerdo estar caminando por alguna de las ferias, y una vez, en Cannes, la feria duraba cuatro días y, al tercer día, me sentía tan desanimado que caminé en dirección contraria, llorando. En un momento, me dije: “Basta, tengo que salir de esta vibración, estoy muy bajo”. Empecé a repetirme mantras, a cantar canciones de Plim Plim y a motivarme. Decidí: “Lo voy a dar vuelta”. Y finalmente, lo logramos.
—Cuando mencionás que antes ibas “a 100 mil kilómetros por hora” y eso te llevaba a situaciones difíciles, ¿a qué te referís concretamente? ¿Qué conductas o decisiones formaban parte de esa etapa y qué cambios implementaste desde entonces?
—Antes solía tener, por ejemplo, 16 reuniones en un día, una cada media hora. No tenía capacidad de escucha. Estaba muy acelerado, corría de un lado a otro y me involucraba en muchas cosas al mismo tiempo. Tampoco me respetaba a la hora de decidir con quién hacer algo. Siento que soy intuitivo, pero a veces también racional. Por momentos, había alguien cuya energía no me convencía, pero tal vez esa persona me traía un regalo o me elogiaba.
Entonces pensaba: “No, pero este es buen pibe”. Y después, al terminar, me preguntaba: “¿Qué estoy haciendo con esta persona? ¿Por qué me involucré en este negocio? ¿Por qué acepté si ya sabía de entrada que no era lo correcto?”. Ahí empecé a prestarme más atención y a estar más atento a las señales, a ser más consciente. No significa que no me equivoque, sigo cometiendo errores, pero ahora el porcentaje es mucho menor y, sobre todo, hay más coherencia entre mi interior y mi exterior.
—¿Cuántos empleados son en Plim Plim?
—Más de 100.

—En los momentos difíciles, ¿cómo lograbas comunicar tu visión al equipo? ¿Qué nivel de cercanía mantenés con las personas que trabajan junto a vos?
—Es difícil que te dé mi propia opinión, habría que preguntarle a ellos (risas). Siento que soy muy cercano. Intento serlo en todos los ámbitos donde me muevo, con virtudes y defectos. A veces soy un poco burdo. Las personas que trabajan conmigo en Plim Plim, como Sabrina Pace, que maneja toda la parte editorial, siempre me señalan cuando en una reunión doy un ejemplo demasiado crudo: “Guille, no podés decir eso, no podés ser tan bruto”. Y yo le respondo que prefiero mostrarme tal cual soy, con todas mis imperfecciones. Soy transparente, digo lo que siento y pienso.
Procuro ser educado, pero he aprendido a no actuar en caliente. Otro aprendizaje fue saber decir: “Esto me molesta, me irrita, hoy no es el día para tratarlo, espero hasta mañana”. En esos casos, acomodo el discurso, cuento lo que pasa, lo que siento, y escucho mucho. Tenemos una dinámica de trabajo con un coach, Gonzalo Pérez Pouzo, uruguayo, y trabajamos con un sistema de Gestalt que conocí en un curso. Es una rama de la psicología que, a mi modo de ver, fomenta la circularidad.
Hoy, en el directorio, no tomo las decisiones solo. Tenemos un directorio grande, debatimos temas y cada uno aporta su visión y percepción. No impongo: “Esto lo hago porque sí”. Vamos logrando consensos y decidimos de forma pausada. A veces, cuando nos asociamos con alguien, nos dicen: “Ustedes consultan todo”. Nuestro proceso de decisión es más lento, pero mucho más asertivo. Este formato también permite conocernos mejor, no solo en lo laboral. Porque uno puede trabajar ocho o diez horas con alguien y no saber nada de su vida personal.
Me interesa mucho la idea de encuadrar bien desde el principio. Si alguien va a trabajar conmigo, le explico: “Acá el trabajo es de 9 a 6 para estas tareas. Pero puede pasar que un día te llame un fin de semana a las diez de la noche y necesite que me respondas. Si estás en un velorio o en un casamiento, entiendo que no puedas contestar, pero respondé cuando puedas, porque trabajamos con noticias, lanzamientos de teatro y casi que tenemos una agencia de noticias funcionando en todo momento”. Entonces, si se entiende y se acuerda, no hay lugar para reclamos posteriores si surge una urgencia un sábado a la tarde. Tengo cuatro compañías de teatro, y si se rompe una camioneta, hay un imprevisto o un vuelo no llega, necesitamos estar atentos siempre.

—¿Qué aspectos considerás fundamentales al momento de identificar nuevos talentos? ¿Seguís participando activamente en el proceso de selección o esa tarea ya está delegada?
—Estoy involucrado en las etapas de selección. A veces también participan mis socios: Picho, Damián, el Colo y todos los que forman parte del equipo. Ellos suelen encargarse de la selección de personal en sus áreas. En los sectores donde estoy más involucrado, participo directamente; si no, una vez que ellos hacen la selección, suelo tener una charla con los nuevos. Antes era individual, ahora a veces es con tres o cuatro juntos, según el momento. Busco establecer una charla de conexión para entender quiénes son, qué hicieron, qué piensan y sienten, y también para transmitirles qué es lo importante para mí.
Les digo: “Errores cometemos todos; para mí lo importante es tener ganas de ganar”. También destaco que, si alguien les hace una observación o les sugiere un cambio de manera constructiva, siempre lo vean como una oportunidad de optimización. Aprendí a comunicarme de otra forma. No es lo mismo que te digan: “Estás mal vestido”, que te sugieran: “Quizás te quedaría mejor otro tipo de buzo, con distinto escote”. Me parece clave cuidar el verbo, como decía Jesús sobre la palabra, y usarlo bien, entendiendo que todos podemos mejorar siempre.
Cuando recibo una crítica, a veces no la reconozco en el momento. Tal vez un día después puedo decir: “Perdón, ayer estaba mal por tal motivo, reaccioné mal”. Las dinámicas de trabajo son similares a las amistades: todos tuvimos amigos en distintas etapas, algunos se pierden con el tiempo y otros permanecen en las buenas, en las malas y en las más o menos. El tiempo va acomodando esas relaciones, y creo que mucho de eso también sucede en los equipos de trabajo.
—Cuando mencionás las dinámicas que realizan junto al coach, ¿qué los llevó a incorporarlas? ¿Qué necesidades identificaste en la empresa en ese momento? Más allá de los beneficios personales y del clima laboral, ¿qué impacto observás en el desempeño estrictamente profesional?
—Lo primero que me pasa es que me encanta y disfruto mucho juntar gente y compartir conocimientos. Soy insoportable con eso. Por ejemplo, ahora descubrí una reflexóloga que es excelente y se la recomiendo a todos. También conozco a alguien que hace una dinámica llamada diseño humano que me fascinó; se la mando a Gustavo, a todo el mundo, y muchas veces invito yo mismo, lo pago, invierto mucho dinero en eso. Compartir lo que me hace bien me resulta espectacular, lo siento como un regalo de Dios.
Empecé a incorporar cosas que me hacían bien. Cuando conocí el diseño humano, que es un estudio sobre la personalidad sin condicionamientos externos, entendí muchas cosas de mí mismo y pensé: “¡Esto es buenísimo!”. Empecé a compartirlo con gente de la empresa. Hoy, cuando seleccionamos a alguien, también le hacemos un diseño humano, pero solo para ver en qué lugar encaja mejor, no para decidir si se suma o no al equipo. Todo lo hacemos desde un lugar de conciencia y autoconocimiento.
Todo eso me enriqueció. Un pilar fundamental fue un libro que leí: El camino del puma, de la colección El regreso de los hijos de la tierra, de Alejandro Corchs y Lerena. Ese libro me impactó profundamente, lloré muchas horas y luego fui a hacer cursos con él en Uruguay, donde experimenté la Gestalt y la dinámica de grupo. Soy ansioso, en algunos casos hasta prepotente, así que estar en una dinámica de grupo donde alguien habla cuarenta minutos sobre su angustia y yo debo escuchar sin interrumpir, fue todo un aprendizaje. Entendí que, a veces, otro pone en palabras algo que también siento, y eso ayuda.
Escuchar a otros expresar cosas que yo no podía decir y emocionarme con eso, me hizo ver el valor de esa dinámica para una empresa. También aprendí a mostrar mi vulnerabilidad. Vengo de una escuela donde, a los veinte años, caminar un 6 de enero con camisa y traje por la calle Florida era sentirse importante. Después entendí que lo importante es cómo impacto en la gente que me rodea, en quienes me quieren y hasta en quienes no me quieren, pero reconocen que ayudé a sus hijos, por ejemplo.
Cuando descubrí todo esto con Ale Corchs, quise llevarlo a la empresa. Así nacieron los círculos de Gestalt y otras dinámicas. También conocí a Alejandro Spagenberg, un terapeuta muy reconocido en Uruguay, que aportó otra perspectiva, como la importancia de repreguntar y reflexionar sobre experiencias cotidianas. Esas preguntas te hacen repensar muchas cosas. Cuando hay fluidez energética en estos procesos y se logran cambios, el camino se vuelve más claro.
—Mencionaste que te sentías más valioso por estar trabajando un 6 de enero. ¿Creés que ese tipo de exigencias personales es común en entornos creativos o emprendedores? ¿Cómo las gestionás?
—También me pasa, no es que soy el Dalai Lama. Siempre digo que la primera relación es con uno mismo. Entreno al equipo de fútbol de mi hijo y les digo a todos: “Si pateás la pelota afuera, tratate bien”. Ese diálogo interno es fundamental. Una vez, un terapeuta que me introdujo a la espiritualidad, Eugenio Albertocco, me enseñó algo importante. Estábamos charlando, había un mate, lo golpeé y se cayó la yerba. Dije: “¡Qué pelotud* soy!” y él me respondió: “Tranquilo, solo tiraste un mate. Prestá atención a cómo te hablás. Empezá a hablarte mejor”.
A partir de ahí, empecé a anotar mis mantras y los repito, trabajando en dialogar mejor conmigo mismo. Cuando mejorás ese diálogo, bajás el nivel de agresividad, tanto hacia vos como hacia los demás, y también te entendés mejor. Con el tiempo, entendés que hay momentos y situaciones distintas. Es curioso, porque el día que trabajás once horas, no llegás a casa y te felicitás: “Qué bien, qué trabajadora que sos, qué ejemplo para la Argentina”. Simplemente pensás que fue un día más de trabajo. Pero el día que te quedás mirando una serie en Netflix a las once de la mañana y no atendés el celular, pensás: “No puede ser, que no se entere nadie”.
—Vergüenza máxima, ¿verdad?
—Me ha pasado. De hecho, cuando a veces me duermo una siesta en el trabajo, aviso: “No hagan ruido, me voy a dormir”. Y ya está, listo. Prefiero que, si alguien no tiene ganas de trabajar o no se siente bien, se vaya a su casa, demos vuelta la página, porque estar bajo presión no sirve. Entender eso es fundamental. Cuanta más humanidad le ponemos a los procesos, todo es más claro.
Hoy no reniego de la abundancia que tenemos en vistas y en todo lo demás, pero me conecta mucho más el cambio pequeño, como cuando una mamá de chicos neurodivergentes me cuenta algo, o cuando logramos cosas puntuales. Por ejemplo, le mandamos un saludo, a través de un amigo jugador de la selección, a una escuela de Jujuy. Conseguimos ese saludo en medio del Mundial, algo que parecía imposible.
Cielo Salviolo, que está en DirecTV, me escribió: “Estoy emocionada, te mando el video de los chicos”. Yo estaba mirando el Mundial y lloraba, porque sentía la alegría de haber conseguido eso para ellos. No sé si cambio el mundo o si es solo un granito de arena, pero en ese proceso, siento que soy yo mismo.

—Alcanzar posiciones de liderazgo y ser número uno en el mundo hispanohablante exige rodearse de personas altamente capacitadas. Mencionaste que valorás especialmente las ganas de ganar, pero ¿qué otras cualidades considerás esenciales en tu equipo? Además, ¿cómo abordan el desafío de no solo captar, sino también retener talento dentro de la empresa?
—Sí, busco gente con ganas de ganar, seguro. Que sean talentosos. Desconfío un poco de quienes aseguran: “Yo sé mucho sobre esto”. Todos sabemos algo, pero también es clave tener ganas de aprender y de capacitarse. Hoy no es como antes, cuando había que ir a una biblioteca o a la facultad. Ahora, si querés aprender sobre astronomía, con una hora diaria de videos en pocos meses sabés mucho más. Todo está al alcance; es cuestión de determinación.
Creo que hay que entender que siempre podemos capacitarnos. Me llevo mejor con las personas que saben interactuar en equipo. Para mí, esto es como una selva: uno puede ser el león, otro la víbora, otro el ratón. Si el ratón no hace el agujero para que entre el agua, los otros también sufren. Entender que cada uno tiene su talento y que la interacción de esos talentos es lo que hace que funcione.
Tiene que haber personalidades diversas, pero no gente que se cierre o se enoje si le hacés una observación. Busco personas talentosas, honestas y con ganas de crecer. Todos, incluido yo, somos parte de algo mucho más grande. Hay canciones, temáticas y situaciones que nos van a trascender. Por ejemplo, tenemos una canción llamada “Abejita chiquitita” que, en su video original, tiene 1.700 millones de vistas y crece dos millones por día. En compilados, ya debe tener tres mil millones. Es la canción infantil que más creció en la historia en ese período. Hay canciones con diez mil millones, pero en más de una década; esta creció más rápido. Esa canción nos va a trascender. La van a cantar mis nietos y posiblemente los nietos de mis nietos.
La hicimos para que los chicos no le tengan miedo a las abejas, porque gracias a ellas existe la polinización. Metimos esa palabra compleja en la canción, y hoy nos escriben desde México, Estados Unidos o Ucrania diciendo que la conocen. Ahora estamos haciendo una canción sobre permacultura y otra sobre la importancia de respirar antes de reaccionar. Yo mismo, en Palermo, si estoy por decir algo fuera de lugar, respiro y me ahorro un problema.
Si podemos sumar más de esos mensajes, eso es lo que importa. Al que se suma a esta locura hermosa, que es demandante, sentimos que está en el mejor trabajo de su vida. Y el que no entra en esa lógica, está perfecto que busque otra oportunidad.

—Mencionaste antes el diseño humano. ¿Cómo es?
El diseño humano es un estudio similar a una encuesta: mucha gente puede hacer encuestas, pero pocos las interpretan bien. Gustavo Couturier es un especialista, un científico que luego se dedicó a esto, y realmente es fantástico. El diseño humano te muestra cómo es tu ser antes de que lo impacte el entorno: antes de nacer en una familia pobre o rica, antes de ser rubio o morocho, antes de que te digan si sos bueno o malo en algo. Te muestra tu esencia.
Me lo hice alrededor de los 40 años, a los 43, y fue revelador porque soy muy entusiasta. Cuando me convocan para algo, me entusiasmo fácilmente. Tengo palabra: si te digo que te acompaño o que hago algo, lo hago. Pero a veces me pasaba que un amigo me llamaba para poner un puesto de panchos en Constitución, y yo le decía a mi mujer: “Me llamó, ya sé cómo se va a llamar el puesto”. Y al otro día pensaba: “¿Por qué dije que sí? No como panchos, no voy nunca a Constitución, pero le dije que sí por lo emocional y por no querer fallar”. Terminaba comprometido en cosas que no me correspondían.
Mi sistema era hacer varias reuniones hasta que alguien me preguntaba cuánto cuesta el puesto, yo ponía el dinero y, si funcionaba, avisaba. Pero ahora, mi recomendación, según mi diseño, es consultar las decisiones importantes con la almohada. Si alguien me ofrece algo tentador, prefiero decir: “Llamame el viernes”. Si para entonces ya no me interesa, está bien. Aprendí que no todo es para mí y que hay que dejar pasar algunas oportunidades.
También fui reconociendo que, aunque tengo intuición, muchas veces la racionalizaba demasiado. Ahora, cuando siento esa intuición, la sigo sin discutirla tanto. No es infalible, pero me ayudó a entenderme mejor. En mi diseño, soy proyector: detecto el talento de los demás y lo ordeno, integro equipos. No compito con el talento de los demás; mis socios son mucho más talentosos que yo en muchos aspectos. Mi trabajo es integrar todo eso, y el diseño humano me ayudó a comprenderlo.
Otras prácticas holísticas, como los cursos con Alejandro Corchs, también me sirvieron mucho, sobre todo para ver y abrazar mis partes vulnerables. Me pregunté por qué me pasaba lo que me pasaba: vengo de una familia de clase media-alta que fue perdiendo posición social, y crecí con la idea de que todo tiempo pasado fue mejor. Salí a la vida rápido, buscando ganar plata y tener éxito. Lo logré, gané dinero, pero cuando creí que había llegado a un lugar, sentí una angustia interna. Toda mi vida tuve un solo par de zapatillas y después, con seis, no era más feliz.
Pude alojarme en hoteles espectaculares y también hacer una búsqueda de visión en Uruguay, quedándome solo debajo de un árbol durante nueve días. Ahí descubrí que podía ser feliz en la simpleza. Salís de esa experiencia sintiéndote capaz de todo. Me di cuenta de que, después de correr toda la vida tras el dinero o el reconocimiento, solo debajo de un árbol me sentí pleno. Ahora puedo ir a cualquier hotel o quedarme bajo un árbol; al final, todo depende de cómo me siento yo.
—Mencionaste que alcanzar el éxito no siempre genera la satisfacción que uno imagina. ¿Qué aspectos inesperados descubriste que realmente te brindan una sensación de plenitud?
—Siento que ahora, al tener el poder de alegrar a alguien, de regalarle algo o ayudarlo, eso me da una sensación de plenitud. Antes tenía mucha menos capacidad de impacto porque estaba en otra escala, con otras posibilidades. Hoy, por ejemplo, estamos haciendo una campaña para ayudar a UNICEF en Venezuela, algo que antes no podíamos. Ahora contamos con un canal y cinco millones de seguidores en TikTok.
Cuando ponemos el foco en algo, lo llevamos adelante. Hacemos campañas para UNICEF y también para una casa que ayuda a chicos con síndrome de Down en San Isidro. Otras veces colaboramos con un hogar en Chile, o fuimos a República Dominicana con el corpóreo de Plim Plim e hicimos un pequeño evento para chicos huérfanos. Ese impacto sí cambió mucho y se siente bien, porque percibís que llegás a más personas. Eso me da orgullo, me gusta y me hace sentir bien.
—Si tuvieras que identificar una herramienta concreta que hayas adquirido a partir del proceso de autoconocimiento, ¿cuál destacarías?
—Hoy siento que soy mucho más coherente entre lo que pienso y siento, y también entre lo que digo y hago. Después de abrazar mis vulnerabilidades, mis zonas oscuras, mis miedos y angustias, ahora puedo trabajarlas y entenderlas mejor; soy más tolerante conmigo mismo. Antes me castigaba mucho internamente, pero eso cambió y se fue transformando.
También entendí que no todo es para mí. Durante años empujé, insistí y me topé con muchas trabas, sin parar. No me gustaba perder, pero aprendí a soltar. Ahora puedo decir: “Esto lo dejo ir, y si tiene que volver, volverá de otra forma”. Fue salir de la fantasía del control, como decía Roberto Azambuya, uno de los terapeutas en Uruguay: uno cree que controla todo —el trabajo, la vida, la salud, las relaciones—, pero la vida puede cambiarlo todo de golpe. Te echan del trabajo, aparece una enfermedad, sucede algo inesperado.
Para mí, la vida es perfecta con el amor, el dolor, la angustia y la depresión. Con mi mujer perdimos tres embarazos, nos costó mucho ser padres, y ahora entiendo que eso también estuvo bien como parte del proceso. En su momento fue frustrante y muy doloroso; ella incluso corrió riesgo de vida. Si abrazo la vida cuando nace un niño, también la abrazo con mi papá, que está senil hace cinco años. Hay una perfección, aunque duela. La vida no se puede editar.
Uno quisiera que no se muera nadie que ama, o que los padres vivan para ver crecer a los hijos y nietos. Pero la vida tiene un diseño propio. El desafío está en cómo nos adaptamos, en cómo surfeamos esa ola y vamos ajustándonos a esa corriente.
—Te voy a despedir con la última pregunta que les hago a todos los invitados, que en realidad es como una nota final. ¿Qué te gustaría dejarnos para despedir este episodio? Hay gente que deja una frase que le gusta, un libro, un mensaje. Lo que vos sientas que querés dejar acá como último mensaje.
—Lean el libro de Alejandro Corchs Lerena, El camino del puma: El regreso de los hijos de la tierra. Es muy recomendable. También quiero dejar un mensaje más “argentinista”, porque no comparto la crítica permanente hacia Argentina que percibo tanto desde afuera como desde adentro. No es así. Argentina es un país extraordinario, con muchísimas cosas valiosas. Tenemos cinco Premios Nobel, personas talentosas, creativos. Veo chicos que dibujan increíble o que crean guiones espectaculares. Somos un gran país.
Contamos con una sociedad que nunca deja que te caigas. Siempre existe la posibilidad de un comedor escolar, un club que te contenga. El valor de los clubes de barrio es enorme y no se reconoce lo suficiente. En otros países, si el Estado no financia, no existe ese respaldo. Acá, la parte social es extraordinaria; nos ayudamos mucho entre todos.
Creo que el mensaje es darle más valor a eso que tenemos como comunidad, a la comunidad que construimos. Salimos a festejar un Mundial, o incluso al salir segundos, y hay mucho mérito en eso. Al viajar, veo que no siempre reconocemos todas las cosas positivas que tenemos; eso no significa negar los aspectos a mejorar, claro que hay oportunidades de optimización. Pero me encanta ser argentino, vivir acá y que mis hijos crezcan en este país. Creo que ahí también tenemos una gran oportunidad para crecer como sociedad.
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